La Verdad

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Playeando
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Mar y Cleo | 13-07-2014 | 09:13

Todos los años me hago el mismo propósito: no pienso pisar la arena de la playa en fin de semana. Pero llego hasta el viernes, que no es poco, me falta palabra y me sobran ganas de acelerar y salir disparada, aunque en la carretera estemos como piojos en costura con todos estos domingueros ocupando el carril izquierdo, incluso desde que salen de la rampa de su garaje.

¿Y qué hago al despertarme el sábado por la mañana? Pues guardar en el cajón de los olvidos mi proyecto de huir del día de playeo. Agarro el macuto, la sombrilla, la toalla, la crema, la otra crema, las chanclas, el pareo, los biquinis, el otro minivestido por si a caso, las sandalias a juego, el libro, el bocata, pasar por el cajero por si al final la cosa se lía más de la cuenta, llenar de gasolina el depósito, que solo me faltaba quedarme tirada, convoco de nuevo a todo el personal con los que el domingo pasado juré que nunca jamás volvería en fin de semana a la playa y arranco como una loca a ver si para cuando llegue, aún queda libre un metro cuadrado de playa donde estirar mi cuerpo sin que entre mi toalla y las olas haya diez minutos de mis pies achicharrados.

¿Cuál será la razón oculta por la cual cada vez que después de mucho pensármelo consigo meter en el agua una punta de mi pie, al tiempo que la barriga se me encoge hacia dentro, la entrepierna me tiembla solo de pensar lo fría que va a estar el agua cuando llegue a esa altura, se me encienden las luces de posición sin poder controlarlo y consigo ajustarme la melena con una pinza de pelo maruja que por fin he encontrado tras mucho rebuscar en el macuto de la playa? Entonces ahí aparece él, ese macho machote, dotado con un insólito bañador que ni marca ni sujeta, pero que extrañamente insinúa algo indefinible en tamaño y textura. Me mira con ojos inyectados de espermatozoides a punto de salir proyectados, y claro, decide que es su momento para demostrarme que dejarse caer en plancha le convierte en lo más de lo más… en lo más imbécil,  insoportable, insufrible, vamos, un idiota en toda regla. Y ahí estoy yo, salpicada de pies a cabeza, con la melena chorreando, el rímel restregado y con ganas de matar al que ahora se gira a ver si estoy admirando tanta hombría en un solo cuerpo. Como dice una amiga: ¡Qué pena de penes!

¡Y yo que había decidido no alterarme, pero es que no hay manera! Vuelvo a mi toalla, la sacudo de nuevo y estiro, porque en mi ausencia ha debido pasar por aquí el huracán Carter. ¡Tranquila, que has venido a disfrutar!

¿A disfrutar? ¿Pero será guarro el tío ese? ¿Pues no va y cambia de sitio la piscinita del crío para vigilarlo en línea recta conmigo y así la parienta no se mosquea mientras me da un repaso de arriba abajo? Pienso poner en lo alto de mi sombrilla una bandera pirata para ahuyentar a todos los pulpos, mirones, salidos, a dos velas, maridos frígidos, babosos y chuloplayas que haya a cien kilómetros a la redonda.

Está claro, el cuartel general está bajo el chiringuito, ese soniquete de musiquilla hortera de verano tira de mí directa a la barra. Planto los pies en la arena, y a poco me quedo allí petrificada con las plantas de los pies abrasadas. Me lío el pareo en el sitio justo, lo suficientemente alto para que tape los polvorones de Navidad que aún siguen ahí pegados al lomo y lo bastante bajo para que este escote mío, que es lo mejor que tengo, insinúe y, de paso, altere la imaginación.

Consigo una primera fila en la barra, me hago la graciosa moviendo las caderas al ritmillo de la música chiringuitera. Como veo que el truquillo no funciona, me suelto la melena a ver si con este aire de personaje de Supervivientes alguien se fija en mí, y nada. Demostrado, cuando un camarero bajito y lleno de granos no me hace ni puñetero caso, es la señal de irme por donde he venido, y a ser posible sin hacer mucho ruido. Pero de pronto noto que alguien me da unos golpecitos en la espalda, me giro toda ilusionada y me encuentro un pedazo llavero delante de mis narices y un guiri que me dice:

─Gracias, pero no quedar papel en el WC.

Arranco la sombrilla de la arena, recojo todo mi arsenal playero y me voy de dominguera a mi casa. Tiro la bolsa de la playa, me lanzo a la ducha y, para colmo, descubro que me he quemado todo el escote. Y sin poder contenerme vuelvo a hacer mi promesa de no volver a la playa en fin de semana. ¡Hogar dulce hogar!

Sobre el autor Mar y Cleo

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