La Verdad

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La suerte está echada
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Mar y Cleo | 14-09-2014 | 08:26

Está claro que lo más importante del móvil es mi agenda, que una buena lista de contactos te saca de muchos apuros. Aunque tengo que admitir que la mía está tan anticuada, obsoleta y aburrida, que salvo mis verdaderos amigos y amigas, me encuentro que si me pongo a repasarla hay gente que no tengo ni idea de quiénes son, no sé si será cuestión de mi memoria que empieza a fallar un poco, o es que dejaron poca huella.

Pero a falta de pan, buena es una amiga, de esas que este tema lo lleva a rajatabla, y con su móvil es capaz de lo impensable y no sé cómo pero aparecí sentada en los toros, ¡pero al sol!… Debe ser un móvil de gama media, desde luego. Y yo sentada en ese minitrozo de cemento, aunque eso sí, como una señora… Y el maquillaje empieza a derretirse, me seco a suaves toques con un pañuelo, pero la cosa va a más y juro que ni con una toalla me quito yo estos sudores. Nos miramos y centramos de nuevo la vista en su móvil, vuelvo a pasar los dedos por la pantalla y resuelto, ahí está, en barrera, tan cerca del burladero que al final de la corrida toda la cuadrilla termina por brindarnos hasta los sobreros que no habían salido al ruedo.

─¿Desde cuándo te gustan a ti los toros?– le reprocho a mi amiga.

─A mí me gustan los hombres bravos, así que una cosa me llevó a la otra– responde divertida.– Mira, esto de los toros es como la vida misma, pero con cierto toque femenino. Al terminar la corrida, si el torero se lo merece, le premias con tu admiración y cuando la faena se ajusta a tus expectativas la mayor recompensa es… el rabo y las dos orejas.

─¡Como la vida misma!– le digo entre risas.

Pero yo, todo lo que sé de tauromaquia lo aprendí de niña escuchando a mi tata cantar aquello de “No me gusta que a los toros, te pongas la minifalda…”, y como lo de acortar las faldas me encanta, nunca fui a los toros. Pero esta tarde me he atrevido con la minifalda y con mis inseparables tacones, la fiesta lo merece. Bebemos un par de palomas para alegrarnos el cuerpo, y mis recelos taurinos empiezan a difuminarse. La plaza está repleta y se respira ambiente de feria, los primeros olés son para nosotras mientras nos abrimos paso entre el público. La tarde promete.

─¡Qué par de Miuras! ¡Música maestro!

─¡Vaya cartel! ¡Ole, ole y ole!

Con nuestro paseillo hecho, las cuadrillas y maestros dispuestos para la lidia comienza el espectáculo. El matador ante la puerta de toriles, con capote en mano y de rodillas espera al primero de la tarde.

─A porta gayola…– me susurra ella. – Es el lance más vistoso y, aparentemente, el más arriesgado. Desconfía de una cita que comience a porta gayola, te deslumbra al principio, pero la faena puede terminar deslucida.

─Si es que las mujeres somos como los toros, y no lo digo por los cuernos… que la que más y la que menos los lleva bien puestos, me refiero a que cada una tiene sus motivos para embestir. Depende del arte que emplee el torero, claro. Hay toros que van mejor al natural, otros que con un par de muletazos pierden bravura, pero el más peligroso y temido es el resabiaó, con ese no vale perderle de vista ni los perdones, porque su único objetivo es darte una cornada por las banderillas que le pusiste.

Tras unas alegres chicuelinas, largas cambiadas y verónicas, sale el picador para restarle bravura al bicho, pero un capote atrevido le corta el paso, va a ser una brega de igual a igual. No quiere el diestro puya ni toro manso. Y al son de los  clarines llega el cambio de tercio.

─Los banderilleros con sus quiebros al ritmo de la banda me están poniendo el cuerpo golfo, ¡mira qué meneito!– le digo eufórica.

─Si es que los trajes de luces tienen un peligro…

Toro y torero se arriman y se buscan. Mujer y hombre se miran y se miden. Uno le cita con la muleta, el otro le acepta el engaño. Él prueba sus artes de conquistador y ella aguanta el envite. Un pase de pecho acorta distancias con el toro. Un piropo al oído, saca su casta. El estoque es su arma, las astas su defensa. La suerte está echada. Las miradas se encuentran, el cruce dilata el remate de la faena. La plaza en pie clama el indulto. Toro y torero han ganado. Ella lo mira enamorada. Él la mira orgulloso. Ya no hay traje de luces, ni público, ni cuernos, ni bravura. Y  juntos salen por la puerta grande, abandonan la plaza sabiendo que, la faena aún no ha terminado.

Sobre el autor Mar y Cleo

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