La Verdad

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Ahí te quedas
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Mar y Cleo | 12-10-2014 | 09:22

Cada vez que no tengo algo claro, cojo y lo guardo en el cajón de “ahí te quedas una temporada”. Y oye, mano de santo, es como poner los garbanzos a remojo, o dejar reposar las sensaciones. Y cuando lo retomo, solo tengo que decidir entre guardármelo para mí porque merece la pena, o tirarlo a la basura, pero no a la de mi casa, yo me voy al contenedor más lejano, no vaya a ser que eche peste, que hay asuntillos que huelen mal demasiado rápido. Y es que el rollo ese de contar hasta diez antes de hacer nada, a mí no me sirve de mucho, que yo, o cuento hasta mil o no me da tiempo a concentrarme y tomar una decisión que no sea radical, y está clarísimo que las decisiones arrebatadas solo me sirven para hacer los problemas más grandes o para hacer doblete con las penas y, qué quieres que te diga, que una ya no está para eso.

Y de pronto, me despierto del ensimismamiento que tengo yo hoy aquí tan reflexiva, y pego la oreja a la conversación de las dos que se están tomando el aperitivo en la mesa de al lado:

 ─¿Tú crees que el amor es ciego?

─El amor es totalmente ciego, porque ahora veo a mis ex y me pregunto: ¿Cómo estuve yo para estar con ellos?

Tampoco es que me ofusque tanto como para perder así el norte, pero a mí como en la copla: Me lo dijeron mil veces, pero nunca quise prestar atención. Oye, que no lo vemos, o que no lo queremos ver, no es el amor el hipnotizado, que somos nosotros. Pero mira lo que te digo, que si no fuera así no se disfrutaría de los efluvios borrosos y maravillosos que provoca esto del amor.

¡Y mira que han pasado días, y meses  con sus 500 noches sabineras incluidas! Pero yo seguía sin tenerlo claro, porque están los momentos de bajón, pero también están los del subidón, y en esa montaña rusa emocional está el secreto, ese que todo lo cura, y ese que ha terminado por convertirme en esta mujer, porque hoy soy capaz de mirar al fondo de la calle y sentirme vacunada de casi todo lo vacunable.

Sabía que en cualquier momento me podía pasar, temía el día en que su mirada se volviera a cruzar con la mía, que compartiéramos el cielo del mismo sol rozando su piel y la mía, me daba terror no poder sujetar mi corazón cuando su mundo y el mío volvieran a estar en el mismo planeta… Y pasó, de pronto apareció, cuando yo tenía ya todo cerrado en el cajón del no abrir más, pero estas cosas ocurren, y ahí estabas tú, como venido de una nave extraterrestre, a contraluz. Y la vida se detiene, igualito que en las películas, todo a cámara lenta, y me fijo y me doy cuenta de que no conozco a nadie que tarde tanto en recorrer este mísero trozo de calle, pero qué ven mis ojos… Os tengo que dar la razón, yo antes nunca lo vi, pero es verdad: cojea. Esa pierna que renquea y que le da un aire de no saber si es que va a coger impulso para girar e irse en dirección contraria, o es que se le ha caído una moneda y busca un apoyo invisible para agacharse.

Y como me ha dado por cuidarme para sentirme mejor que bien, pues resulta que según veo que avanza por la calle hacia mí, inevitablemente me comparo con él. ¿Pero qué te ha pasado, has cumplido los años de dos en dos? ¿Las arrugas que a mí no me han salido, se han instalado en ti? Igual es que en mi cabreo te eché alguna maldición y se te ha quedado todo arrugadito.

Y el cajón de “ahí te quedas una temporada” ha vuelto a cumplir su cometido. Cojo la llave que la llevo colgada en el cuello, enganchada a una pesada cadena, y sin mirar atrás, me voy nada menos que hasta tu calle, y justo debajo de tu puerta abro el contenedor y te digo adiós. Ahora que ya puedo decir que estoy curada, que estoy inmune ante cualquier posible contagio, que he recuperado la vista, voy a ver si aprovecho y apunto mejor cuando vuelva a disparar los dardos de Cupido. Y que esta vez la cabeza y el corazón se pongan de acuerdo, y que no me lo tengan que repetir mil veces, que la vida de copla se la voy a dejar a otros, que yo lo único que quiero es que me canten al oído baladas de amor, que a mí lo de los Pimpinela me da muy mal rollo, pero eso sí, que las 500 noches sean todas de amor, pasión y desenfreno.  

Sobre el autor Mar y Cleo

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