La Verdad

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Como el día y la noche
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Mar y Cleo | 26-10-2014 | 11:09

Es la primera vez que no me planteo si quiero que llegue el frío de una vez, tampoco me programo el fin de semana con cinco días de antelación, ni siquiera miro el móvil continuamente, aunque no me suene. Mira tú por dónde, después de tantas idas y venidas parece que he conseguido una temporada de paz, he logrado respirar profundamente cada momento que vivo, y esto no significa que esté hecha una aburrida, es simplemente una sensación de paz. Y qué quieres que te diga, que no es nada fácil llegar a un sentimiento así.

Me ha dado por madrugar para que el día me dure lo máximo posible, pero… siempre hay un pero, lo malo son las noches, no sé qué me ocurre últimamente que no pego ojo. Hago todas las técnicas y remedios de la abuela y al final funcionan, caigo rendida, dormida como un bebé, aunque, a eso de la cuatro campanadas, mi cabeza se pone a funcionar, juro que es como si estuviera despierta con los ojos cerrados, porque eso sí, me he prohibido abrirlos. No sé qué poder tiene el subconsciente, estoy por preguntarle a Iker Jiménez de Cuarto milenio, porque fijo que me daría una explicación de lo más completita, igual todo esto es un complot de una secta oculta ligada a los servicios secretos, y que me tienen hipnotizada de día inyectándome alegría, y cuando dejo de estar bajo su influencia me salen todas las preocupaciones.

Es curioso, porque mientras duermo mi cerebro es como cuando le paso el antivirus a mi ordenador, y ahí estoy yo con los ojos cerrados repasando todo lo que he hecho, organizo mi agenda, le digo a mi última pareja cuánto la echo de menos, me pongo a dieta, me duelen los recuerdos y vivo amores que no existen. Y así miles de películas. Y cuando me despierto me dejo llevar por mis pies descalzos hasta el aroma a café, y solo cuando estoy debajo de la ducha me doy verdadera cuenta del follón mental que se me ha formado en la cabeza mientras dormía, y vamos, que entre lo que se me olvida y lo que no pienso hacer, solamente me ha servido para pasar una noche viviendo otras vidas en otros mundos, porque yo en cuanto sale la luz del día me pongo mis tacones y subo tan alto que casi toco el sol y, por ahora, dejo la luna para los lobos.

Me estoy acordando de una historia que quizás más de uno ha vivido o le han contado. Un día, un amigo mío decidió que esa noche ligaba sí o sí, y se fue al garito más oscuro de toda la ciudad, casi se tenía que mover con la linterna del móvil, pero allí el triunfo estaba asegurado. La música bailona movía los cuerpos con tentaciones sensuales. El antro en cuestión se lleva la palma porque, entre que el volumen alto y sin casi luz, pues eso, que como no te pegues a la chica, ni te escucha, ni te ve. Y así transcurrió la noche loca a la espera de recoger el triunfo. Y tal como se había propuesto… pues ale, que ya se sabe a qué va uno allí.

Pero al día siguiente, cuando la tensión sexual quedó resuelta, algo había aún de la tremenda resaca, de pronto abre primero un ojo, luego muy despacio el otro, los rayos de sol entran hasta el pasillo, y con la voz pegajosa le pregunta:

─Perdona, ¿tú quién eres? Porque yo no te conozco de nada. Ayer me vine con otra.

Ella se lo toma a guasa, le da por reírse a carcajadas, mientras intenta poner derecha las pestañas postizas que andan medio despegadas. Él, que es genio y figura hasta la sepultura, nota que le entran los temblores y unas ganas de salir corriendo tremendas, pero claro, es su casa… ¿a dónde va a ir? Mira, y entre las sábanas ve un manojo de pelos y ella que le dice que se le han caído las extensiones, él la boca abierta, ella que le pregunta que dónde está el baño para recomponerse y él, con los ojos cerrados le señala la puerta. No quiere verla pasearse por la habitación, no sea que vea lo que le faltaba para convencerse de que en vez de Maruja, la cariñosa, es Manolo, el encantador.

Por eso, ahora quiero ser como el día, luminosa y llena de bullicio, y madrugo, y me calzo con la fuerza de mis zapatos para tocar siempre el sol. Salgo de la ducha, olvido los trajines que se montan en mi cabeza cuando duermo, y los dejo allí, en el Cuarto milenio para que los analicen. Y si tú eres solamente noche, oscuro y con olor a Marujas o Manolos, pues seremos como el día y la noche, cuando a ti te dé por llegar, pues yo ya me habré ido.

Sobre el autor Mar y Cleo

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