La Verdad

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¿No es verdad, palomo mío…?
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Mar y Cleo | 02-11-2014 | 10:26

Un año más, el comienzo del mes de noviembre me hace soñar con una capa de terciopelo cruzando oscuras y empedradas callejuelas para recitar serenatas bajo el balcón de una bella dama y oigo como en un susurro palabras de amor convertidas en poesía:

– ¿No es verdad, hermosa mía, que están respirando amor?

–Callad, por Dios, ¡oh, don Juan, que no podré resistir mucho tiempo sin morir…!

En cuestiones de cortejos y flirteos el asunto se ha vuelto muy ambiguo. Sí, no lo dudéis, yo lo he visto, ¡él sigue vivo, pero eso sí, dando los últimos coletazos porque al pobre lo tenemos mareado! El don Juan de andar por casa o de Zorrilla -¡vaya apellido tenía el pobre!- sigue tan Tenorio como siempre, pero las damas de hoy aprendieron demasiado de sus antepasadas y se dedican a ponérselo difícil al incauto galán que se atreva a cortejarlas. Los incansables don Juanes no esperan a la noche de difuntos, durante todo el año representan su papel en garitos de moda, por los pasillos de la oficina, mientras se toman una caña o en el ascensor de la comunidad. El desdichado don Juan poético, maravilloso y adulador está estresado y desconcertado, ya no sabe si recitar o ponerse a llorar. Él vivía la conquista como si fuera un arte, desde el primero hasta el último acto, sus palabras, sus miradas, sus sonrisas, pero sobre todo las distancias, eran fríamente calculadas.

Y la doña Inés de hoy ha perdido su inocencia y candidez, ya no se arrebola por un –Te invito a cenar…– ¡Ay esta doña Inés del alma mía, que a los restaurantes va cuando a ella le viene en gana, y que si no cena esa noche es porque ha decidido hacer dieta!

Así empieza el espectáculo… Se abre el telón y comienzan los artistas a hacer sus poses en el escenario de la vida: las luces de las farolas encendidas, las calles y los bares forman el decorado. No hay nada escrito y todo se improvisa. ¡Don Juan, doña Inés, a escena! Todos en silencio, que la función va a comenzar:

Aparece una doña Inés con unos pedazos tacones y vestida por Armani, ya que nos ponemos a imaginar que vaya la chica despampanante, inteligente, culta y además disfruta demostrándolo.

DON JUAN: Mírala, si va de listilla, a ver si voy a quedar yo aquí como un ignorante– murmura mientras se escurre entre el bullicio.

Pero en esta obra no hay una sola doña Inés, que somos muchas, y claro, hace su entrada otra doña Inés, dulce, doncella risueña y encantadora, con faldita de vuelo y camisa abrochada con primor. También tiene los minutos contados.

DON JUAN: “Demasiado simpática” con todos. A mí no me la pega, no me fío ni un pelo de tanta pureza virginal, mira que luego las modositas gastan una mala follá...– El figura se esfuma arropado por los aplausos de sus camaradas de juerga.

Y llega otra, esta pisa fuerte las tablas, es una Inés provocativa. Cazadora de cuero y vaqueros ceñidos que le aportan la energía de la iniciativa y osa susurrarle al oído: ¿No es verdad, palomo mío…?

Y con respingo temeroso este Tenorio justifica su desaire: Igual que lo hace conmigo, lo hará con todos ¡Sólo me faltaba a mis años llevar cuernos bajo el ala del sombrero!

Y al cazador difícil de cazar, le parece que el cazado va a ser él cuando ve entrar en escena a una doña Inés bella, elegante y distante en la mirada. Temeroso de que el tiro le sea fallido, advierte el peligro de caer rendido y se atrinchera: ¿De sobrada por la vida? Seguro que tiene tantos detrás de ella, que me convertiría en una pieza más de su colección y ¡de eso nada! Aquí el conquistador soy yo.

Cualquier escena de atracción y sensacionalmente escandalosa es inevitable, pero el aplauso final termina sin llantos ni amores eternos.

Aquella doña Inés ingenua, indecisa, santurrona e inocente que Zorrilla recreó, ya no vive con nosotros. Y el don Juan, presumido, halagador y, si me apuras, algo amanerado, es una especie en extinción, y anda un poco acobardado entre tanta modernidad.

A la doña Inés le sigue enamorando el golfo atrevido, pero siempre acaba olvidando que si le conoció siendo un don Juan no podrá impedir que siga de flor en flor. Claro, que ella procurará pagarle con su misma moneda.

Un remake de las buenas costumbres en las conquistas donjuanescas bien podría deleitarse en una nueva escena del sofá, cuando él le dice todo meloso a su querida amada: ¿No es cierto, ángel de amor….?

Y su ángel le contesta: Sí cariño, lo que tú digas, pero acuéstate que esta noche salgo con las amigas y llegaré tarde.

Sobre el autor Mar y Cleo

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