La Verdad

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Enamorada hasta las trancas
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Mar y Cleo | 15-02-2015 | 11:06

A estas alturas de la película, y si la memoria no me falla, tengo que reconocer que he tenido catorces de febrero de todos los colores. Los hay en los que me he encerrado en casa con la manta en la cabeza esperando a que pasara de largo este día; otros en cambio, y son los más, en los que me han rodeado corazoncitos colgando y mensajitos cursilones endulzándome el día; pero lo cierto es que ninguno ha sido igual al anterior, porque ya procuro yo que cada año Cupido llame a mi puerta como si fuera la primera vez, porque me niego a estar de vuelta de todo, y mucho menos de estas cosillas del querer que tanto me trastornan los sentidos.

Lo curioso del caso es que nadie tiene claro a partir de qué momento una se dice a sí misma:

─Lo reconozco, estoy enamorada hasta la trancas.

Una de las pruebas es cuando el móvil del otro se convierte en ese oscuro objeto del deseo, porque si a mí tú me das igual, pues más igual me da con quién puñetas andas todo el día wasapeando… Y entonces escucho que el grifo se abre, que entre afeitado y ducha me queda la costa libre de moros unos diez minutos como poco, allá voy, a por él… y cuando después de un buen rato descubro que mi chico tiene el móvil más aburrido del barrio y que la mujer que más le acosa a mensajes es su propia madre para saber si el domingo va a ir a comer, entonces sigilosamente lo dejo donde estaba, y me digo:

─¡Prueba superada, si es que lo tengo que querer!

Otra de las sensaciones que es un aviso de que el corazón lo tienes entregado es cuando deseas compartirlo todo con él, y entonces te entra el ataque y quieres verlo ya, y te da por hacer cosas que jamás aprobarías, como estar todo el santo día buscando el hueco para llamarlo. Y, ¿quién me lo iba a decir a mí que tanto he criticado eso?

Pero como no todos los días son de colorines, nos llegan esos momentos de bajón… sí, esos que desde primera hora todo se tuerce, que si el calentador roto, el agua helada y el pelo lleno de espuma. Y respiro y me digo, no pasa nada, yo puedo con esto y con más, y me lanzo a la cafetera, y resulta que se me olvidó comprar café, bueno, que nada, que me lo tomo en la calle…. Y así todo el puñetero día. Y llego a casa con un tremendo dolor de cabeza de tanto pensar cómo conseguir que un día torcido se convierta en un día maravilloso, y entonces ese herpes que siempre está amenazando con ocupar todo mi labio, va y cumple, y aparece puntualmente en pleno viernes. Y como aún no he perdido el michelín del roscón de Reyes, pues el vestido que pensaba ponerme, ni sube, ni baja, ni hay manera de desenroscármelo. Y lo sé, y lo veo venir, y por mucho que pretenda hacer que esto a mí no me está pasando, es absurdo, porque toda esta paranoia es mía y de nadie más. Y entonces, decido dejarme arrastrar, para qué luchar contra los designios del destino, y me tiro al sofá, pongo la tele sin volumen, una caja de clínex en una mano y en la otra sujeto una tableta de chocolate, total ya, de perdidos al río… Y suena el móvil, ni miro la pantalla, no quiero darle explicaciones a nadie de que tengo mi día tonto, y suena y suena hasta que cuelgan, y yo lloro y lloro hasta que me miro al espejo y me parezco a la niña del exorcista, ¡estoy espantosa! No sé cómo hacen en las películas para llorar y que no se les ponga la nariz como un pimiento morrón y los ojos saltones como los del feo de los hermanos Calatrava. Y me suena un whatsapp… lo dejo, me muero de curiosidad, quién será, pero si estoy fatal, a mí que más me da, ¿y si lo miro solo un momento y luego sigo llorando…?

─Mi niña preciosa, en veinte minutos estoy ahí, súbete a los tacones que el resto lo pongo yo.

Y de pronto todo ese mundo de tinieblas desaparece del universo, y me miro al espejo y no queda ni rastro de las ojeras, ni del herpes, así que buen viaje a las tristezas y por cierto, ¿esa mujer tan maravillosa que sonríe al espejo soy yo?

Y claro, a estas alturas de la película, tengo que reconocer que, aún hoy y después de tantos catorces de febrero, no me importa celebrar el Día de los Enamorados, que da igual que esté enamorada hasta las trancas o no, porque lo más grande de todos los siempres es que no hay nada mejor que amar y ser amado.

Sobre el autor Mar y Cleo

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