La Verdad

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¡Mi vida es un carnaval!
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Mar y Cleo | 22-02-2015 | 10:53

En todas mis fiestas de cumpleaños era obligatorio ir vestido de cualquier cosa menos de uno mismo. Y si en el cole se preparaba una obra de teatro, ahí estaba yo, cargadita de collares. Sí, a mi lo de disfrazarme me viene de lejos, pero la verdad es que nunca sospeché la cantidad de personajes que terminaría representando por exigencias del guion.

Una vez estuve a puntito de casarme, pero que en un tris. Aunque la cosa se complicó tanto, que terminé alterándome al máximo hasta llegar a convertirme en la novia más estresada de la historia. Y justo estaba al borde de un ataque de nervios, cuando decidí romper con todo y quedarme con mi Orfidal, que era el único que me comprendía.

Todo comenzó al ir a elegir el traje de novia. Mi madre se negó a acompañarme.

–No me gusta ese chico tan raro, te mereces algo mejor y no estoy dispuesta a ser cómplice de este disparate.

Mi mejor amiga es fanática del amor&sexo y dice, lógicamente, que el matrimonio es su mayor enemigo. Y me advirtió:

–No cuentes conmigo para hacer el paseillo por las tiendas de Zarandona.

Tan afectada me quedé al ver que todos mis recursos femeninos me habían abandonado, que mi incondicional novio se ofreció para acompañarme.

–Vamos, ni pensarlo. ¿En qué cabeza cabe que veas el traje antes de la boda?

–¿Y si nadie descubre que soy el novio?– dijo con risita picarona.

Yo, como estaba tan desesperada, acepté, porque eso de comprar el vestido de novia sola es peor que ir por primera vez al ginecólogo con tu madre y que te pregunten: ─¿Desde cuándo mantienes relaciones sexuales?

Quedé con él en la puerta de la tienda, y como tardaba, entré a echar un vistazo y de pronto los ojos se me fueron detrás de una mujer vestida con unos vaqueros superajustados, marcando culete, melena a lo Pantoja, gafas de sol tamaño Raphel, camisola de Falete y zapatos de tacón más altos que los míos. Comencé a probarme por hacer tiempo. En esas estaba, cuando de pronto la folclórica se coló en mi probador, se levantó las gafas y me dijo con voz de camionero mientras me guiñaba un ojo:

–¡Holaaa cariño!– Le reconocí al momento, me levantó el vestido y se metió bajo mi falda. Muum… la verdad es que la cosa tuvo su morbo. Y ahí comenzó mi perdición y claro, me lie.

Pero otro día me llamó lloriqueando:

–Ven corriendo, estoy malísimo…

En su piso me estaba esperando el enfermito tumbado en el sofá diciendo:

–Señorita ahí tiene su uniforme–. Y ese día me convertí en Marilyn la enfermera.

En su oficina me transformé en Angelina, la jefa masoca. En el restaurante, vestida de hombre, fui Kim Basinger jugando a ser su gigoló mientras sorbía un interminable spaghetti. Y le encantó cuando me vio chupando una piruleta de fresa con mis dos trencitas y tan sólo con un baby de colegiala a lo Lolita.

Lo que en un principio tuvo su gracia terminó por agotarme. Es más, cuando iba vestida de persona, ni me besaba. Hasta que por fin llegó el día del carnaval. ¡Uf, con lo que a mí me gusta esta fiesta! Pero ese año era incapaz de salir con la comparsa. Mis amigas, asustadas, aparecieron para pedirme explicaciones y yo tranquilamente les respondí:

–¿Sabéis lo qué os digo? Que yo, de lo que tengo ganas es de hacer el amor como las personas normales, que mi vida es un carnaval a todas horas.

Tal desvarío les hizo pensar que los preparativos de la boda me estaban afectando demasiado. Se giraron y miraron a mi novio, pero él, colorado como un tomate, salió corriendo. Y entonces les confesé:

–Desde hace seis meses estoy vestida de carnaval a todas horas y ya no puedo más. Yo lo que quiero es tardar diez minutitos en hacerlo y luego dormir a pierna suelta ¡Vamos, como todo hijo de vecino!

La boda se suspendió, y yo he vuelto a ser la que era. Ahora me miro al espejo y me reconozco y, aunque en estos quehaceres, cada maestrillo tiene su librillo, y que quede claro que en ese librillo no incluyo las pesadas y machaconas 50 sombras de Grey, porque más que en sombras se han convertido en una auténtica pesadilla.

¿Pero tan difícil es entender que hace ya mucho que en la alcoba no hay reglas, solo respeto? Es cierto que aquella historia ya la superé y ponerme un antifaz para sorprender, me parece de lo más sexi, y que no hace falta que llegue ningún carnaval para montar mi propia fiesta de Don Carnal… Pero eso sí, solo pido que me quiera, que me diga al oído que le gusto, con disfraz o sin él. En mi vida, el amor es un baile, pero no uno de máscaras.

Sobre el autor Mar y Cleo

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