La Verdad

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¡A ti te hacía yo un favor!
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Mar y Cleo | 01-03-2015 | 11:39

Como se acercan las elecciones, los partidos andan medio locos prometiendo lo que todos sabemos que son incapaces de cumplir. En el fondo tengo que aceptar que la ley antitabaco ha conseguido que, como poco, respiremos sanos y algunos hayamos dejado de fumar por puro aburrimiento, por frío o por calor. Mal que bien, todos los años termino pagando a Hacienda más de lo que me gustaría, y por miedo a la multa siempre le pongo el tique de la zona azul, no vaya a ser que por no gastarme un euro, la tontería me salga cara. Vale, hasta aquí soy una ciudadana más que colabora como puede y sin rechistar por la buena convivencia cívica. Pero, y aquí llega el pero, si tengo que salir a manifestarme, a liarme a tortazos o a lo que se me ocurra en contra de que ilegalicen los piropos, pues que no me busquen porque me van a encontrar, y no de muy buen humor.

─Esto ya es el acabose, qué disparate, pero si con la crisis solo quedan un puñado albañiles graciosos, y qué piensan ¿meterlos en la cárcel si me sueltan un piropo?─ me pregunta una vecina mientras subimos en el ascensor.

Yo no sé muy bien quién ha sido la cabeza pensante de tal disparate, y prefiero no saberlo por si me da por ir a explicárselo, pero entre los antitaurinos y los antipiropos, ya solo queda que aparezca algún iluminado y pretenda cargarse también la siesta, ¡y juro que me cambio de país!

Lo sé, este tema me tiene soliviantada, que yo de normal soy más tranquilita y sosegada, pero es que detrás de cada piropo que he recibido en mi vida, y no son pocos, hay toda una historia, y me niego a que ya nunca jamás mis oídos vuelvan a deleitarse con tanta maestría callejera y tanta pasión de andar por casa, que un piropo es una obra de arte y no se puede ilegalizar así como si fuera una droga.

─El mejor recuerdo y lo más bonito que me dijeron, jamás la olvidaré…

─¿Quién, tu primer novio?─ me pregunta llena de curiosidad.

─¿Ese? Pero si era un soso, muy guapito pero no valía para nada. Era el hijo del carnicero, siempre que iba me atendía la primera, y en cuanto me descuidaba, decía a todo lo que le daba la voz: “Qué cara más bonita que tienes, ay si esos ojitos me quisieran mirar…”. Y yo me ponía como un tomate por fuera, pero por dentro me daba un no sé qué, que terminé por abandonar mi vena vegetariana de la adolescencia y todos los días le pedía a mi madre un filete para comer, con tal de ser yo la que fuera a comprarlo, claro.

Tengo una amiga que la pobre no es nada agraciada, por decirlo suavemente, ella siempre cuenta que cuando nació era tan tan fea, que su padre al asomarse a la cuna, levantó la vista, miró a los familiares que estaban a la espera de ver a la criatura y les dijo muy seriamente:

─Ha nacido una soltera.

Y ella, que lo cuenta muerta de risa, dice que siempre le ha parecido tremendo que su padre no le haya sacado más jugo a esos poderes de Rapel para predecir el futuro, porque es cierto, ella sigue soltera, soltera. Y tan feliz que va por la vida, para qué quiere ella tirarse toda la tarde del domingo planchando camisas y lavando calzoncillos, si cuando le da el bajón, coge y se lanza a la calle en busca de esos hombres-ONG que siempre tienen una palabra bonita en la boca. Y ella que es muy lista se pone sus tacones, se echa el flequillo para delante, por taparse un poquito el careto, ensaya ese meneíto suyo tan sexy antes de salir de casa y se lanza a la aventura. Hay gente que para reforzar su autoestima va y pagan a un psicólogo, pero mi amiga es más espabilada que nadie, se va al polígono industrial de al lado de su casa a la hora del almuerzo, y al ratito vuelve a su casa hecha una reina.

Por eso digo que en nombre de las guapas, de las feas, de las flacas, de las gordas, de las tías macizas, de las resultonas, de las que cojean, de las de ojos saltones, de las de melena larga, de las rubias de bote, de la madre que nos parió…, que no nos toquen los cojones y que en lugar de intentar aniquilar las pocas cosas gratis y estupendas que nos quedan por disfrutar, que se vayan a legislar contra los de las cuentas en Suiza, y a los que no necesitamos tantas cosas para ser felices, que nos dejen en paz y felices con un simple: “¡A ti te hacía yo un favor!”.

Sobre el autor Mar y Cleo

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