La Verdad

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Esta mujer también soy yo
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Mar y Cleo | 26-04-2015 | 08:55

Hay días que me he mirado al espejo y no me he identificado con esa chica tan maja que hoy se asoma con una tremenda sonrisa y se refleja en él con descaro. Pestañeo  mientras acaricio mi piel, esa en la que ya se van marcando pequeñas huellas de mi vida, y sé que la que está ahí ahora, no es quien es por casualidad. Me acerco más para ver el brillo de mis ojos, y me gusta verlos tan secos de lágrimas que ya ni siquiera se acuerdan de llorar en las bodas de mis amigas. Y esa boca generosa… ¡pero si se me escapan carcajadas y besos por cualquier motivo! Me miro las manos, estiro los dedos con todas mis fuerzas, y sé que puedo coger aquella estrella que lleva mi nombre. Pues sí, esta mujer también soy yo.

No soy de dar pasos en falso, vamos, que cuando digo que para adelante en algo, lo digo con todo mi ser y con mis dos tacones. Es verdad que este ímpetu mío, en ocasiones, me ha jugado alguna mala pasada, pero como soy muy de genio y figura, he toreado bien esos vaivenes sin marearme ni una pizca y sin que me pillara el toro.

Tampoco soy mujer de luchar contra el tiempo, porque simplemente me he hecho amiga de de él, y es que es mi aliado y fiel compañero. Es cierto que me toca mucho las narices porque cuando mejor estoy, más rápido se pasa. ¡Si es que necesitaría vivir varias vidas, que una se me queda corta con todo lo que tengo que hacer! Pero no hay que olvidar que el tiempo tiene una virtud que no viene nada mal, hace olvidar, y entonces mi memoria histórica se convierta en memoria selectiva y de forma misteriosa me quedo solo con lo que me conviene y borro lo que para nada sirvió.

─No sé, me estás mirando hace un rato y por eso me he acercado a ver qué quieres…─ le digo poniendo mis morritos de chica seductora.

─Claro que te miro, porque aún recuerdo aquella vez que… tú ya me entiendes…

Y de pronto todas mis neuronas se ponen en búsqueda y captura del sujeto en cuestión en mi disco duro:

─Pues lo siento, pero no caigo…─ Y el maromo que se pone pálido y a mí que me empieza a venir a la cabeza de qué le conozco… ¡horror de los horrores! Y le digo:

─Aunque si tú lo dices será, pero igual es una de esas situaciones que no recuerdo porque es mejor no recordar.─ Y toda digna de mí, giro sobre mis tacones, y yo rapidita a tomar distancia, y él a tomar viento.

Por eso ahora me rodeo solamente de personas que dejan huella en mi corazón, porque es la única forma de que no se me quede vacío. Y gasto bromas por donde voy, envío un mensaje con una rosa, tomo aperitivos, abrazo fuerte a mis amigos, paseo cantando por la calle, bailo mientras me visto por las mañanas, y me río porque quiero que mis días sean tan alegres como yo.

Y con este propósito pienso seguir, a ver si con estas consigo que a mí nadie me enmiende la plana y tenga al final que arrepentirme de algo, y si aparece alguien que me pueda fastidiar la fiesta, le miraré de cerca, con descaro, como miro a mi espejo.

─¿Pero es que nunca te han hecho llorar? ¿Nunca has sido esa Penélope que se quedó sentada esperando?─ me pregunta mi amigo-psicoanalista-confesor-compañero de fatigas.

─Lloré y reí, soñé y me desperté con pesadillas, me dejaron por otra y yo dejé por otro, no me hicieron ni caso y yo di esquinazo, quise besar a quien no quería y me comieron a besos, dije que no, dije que sí… ¿Y sabes qué? Que no me arrepiento de nada, además con mi facultad de darle la vuelta a la tortilla a todo, aunque no haya sartén, siempre salgo bien parada. Total, pero si todos tenemos y tendremos equivocaciones, meteduras de pata, y no por eso nos vamos a estar tirando de los pelos y lamentándonos continuamente.

Y pase lo que pase todo sigue, al tiempo no hay quién lo detenga. Así que desde aquí le doy las gracias a los que me amaron y a los que no, porque tanto unos como otros han puesto su granito de arena para que hoy sea la mujer que soy.

Ya no hay quien me haga llorar, salvo que sea por placer. Ya no hay quien se lleve mis ilusiones, porque esas vienen solas y a mí no se me escapa ni una. Y me miro al espejo, y sí, esta mujer de hoy, esa que puede presumir de no dar pasos en falso, también soy yo.

Sobre el autor Mar y Cleo

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