La Verdad

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Un taxi, por favor
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Mar y Cleo | 17-05-2015 | 10:08

Hay historias que están dentro de otras historias, de esas que has vivido tanto tú como yo, y que al cabo del tiempo nos hacen ser como somos, y con ellas voy escribiendo mi diario, y casi sin darme cuenta lo lleno de palabras que al quedar impresas pasan a ser recuerdos, pero es que tiene tantas hojas esperando a ser escritas como esa historia interminable que yo quisiera dejar volar mi imaginación y crear cada nuevo día.

Conforme han ido saliendo de mis manos la letras todo ha ido cambiando dentro de mí, y no para mal, que yo soy optimista hasta decir basta, que los vasos para mí siempre están llenos, que estoy convencida que podría tocar la luna si me lo propusiera, pero además de esto tengo que admitir que me he vuelto bastante más práctica. Mira, lo que antes me sacaba de quicio, ahora lo resuelvo tan rápido que casi ni me afecta. Una de las cosas que siempre me ha puesto mala es buscar sitio para aparcar el coche, siempre siempre el que iba delante mío se lo apropiaba. Así que simplemente un día decidí usar la frase: “Un taxi, por favor”, y bingo, la mitad de mis apuros resueltos.

Que voy a una reunión y me aburro, pues suelto mi frase y me largo. Y además he vivido historias divertidas en ellos. Hace ya unos años, una amiga y yo llegábamos tarde a un sarao, íbamos a la carrera por las aceras con nuestros taconazos y grité: “Un taxi, por favor” y allí que apareció. El conductor con una sonrisa de oreja a oreja, no sé si por lo lejos de nuestro destino o por llevar en el coche a dos mujeres vestidas como para una fiesta de Hollywood y muertas de risa, y nosotras continuamos nuestra conversación como si él no estuviera.

–Mira, en esa heladería me cité por primera vez con un chico.

–¿Tu primer novio?– me preguntó mi amiga.

–Pues sí, fue el primero– contesté cerrando los ojos intentando recordar el sabor de aquella bola de chocolate.

–¡Qué bonito! El primero nunca se olvida.

–Yo tengo muchos “primeros-novios”– le dije con una sonrisa pícara.

–¿¿Cómo…??                                      

–Está el primero que se me declaró, el primero que me besó y cómo no, el primero con el que perdí la inocencia.

El taxista que iba escuchando la conversación no lo pudo resistir e intervino con cierta guasa:

–Ja,ja…– reía sin dejar de mirarme por el retrovisor–. Perdona, pero es que no había oído nunca algo así. Yo creo que primer-novio sólo debería haber uno. ¡No hay quien os entienda!

–La cuestión es hacerle creer que es el primero en algo, como si participara en una prueba olímpica. El primero en llevarte a ese restaurante, el que mejor te ha besado, con el que más has disfrutado…

Desde entonces dejo que me lleven y lo que es mejor, que me recojan. Porque desde aquellos primeros novios el cuento ha ido cambiando y ahora soy yo la que decide cuando llego y cuando me voy.

Seguro que alguna vez has invitado a una mujer a tu casa, y después de la velada has llamado a un taxi porque en tu casa no se queda a dormir nadie, que tú duermes  solo, y si tienes que hacer de taxista nocturno… ¡pues encantado, mientras mantengas tu principio de soltería intacto! Pero también estamos las que queremos dormir solas y  sin que te dé tiempo a parpadear, pedimos uno y nos largamos con un: “No me olvides”.

Pero sí, a veces ocurre, tanto a ti como a mí, que después de ese ritual de pareja que simplemente comenzó con una amistosa cena, y llega el momento y entonces los dos compartimos risas y nos confesamos secretos a media luz, la noche avanza y nos deseamos, nos queremos, al principio despacio para disfrutar de esas miradas, de esos roces, manteniendo una tranquilidad en ocasiones imposible de contener, la música marca el ritmo de la pasión, la melodía cambia de compás, las miradas brillan, se aprietan los cuerpos, se unen las manos, se juntan los labios terminando la canción en un abrazo eterno donde solo queda cerrar los ojos y sentir la respiración… Y es justo en ese momento cuando me doy cuenta de que no consigo acordarme del número para llamar al taxi, ¿968… era 84 o 82? Y lo rebusco en mi memoria, y nada, que se me ha borrado. Veo a lo lejos el móvil, seguro que lo guardé en la agenda de los contactos, pero mi piel está pegada a la tuya y siento que hoy no quiero dormir sola. Y en ese silencio vestido de caricias escucho: “Quédate a dormir y no pidas un taxi, por favor”.

Sobre el autor Mar y Cleo

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