La Verdad

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Por mi cara bonita
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Mar y Cleo | 24-05-2015 | 09:51

A veces me miro al espejo de prisa y corriendo y pocas veces me estudio despacio. De sobra sé que la belleza la llevo por dentro, pero qué quieres que te diga, la percha también cuenta. Si pregunto: ¿Soy guapa?, y me dicen que tengo una sonrisa preciosa y ya está, ni una palabra más… entonces es cuando me mosqueo, me arrepiento y me digo:

─¡Qué buena oportunidad he perdido para estarme calladita!

Llevo clavados en mi más remota memoria piropos interminables, porque no hay nada más peligroso que el amor de madre, bueno sí, el amor de abuela y de madre juntos, eso mucho peor. Y así me fue a mí, me pasé toda mi infancia mirándome al espejo de los ojos de estas dos mujeres, y ellas venga a decirme sin parar:

─¡Pero mírala que requeteguapa que es mi niña!─ Y así me desayunaba yo todos los días después de que me apretara tanto las trenzas que un día llegué a creer que me estaba volviendo china con esas sienes tan estiradas.

¿Y mi abuela? Pues esa era incapaz de contenerse cuando yo aparecía por la puerta con mi cartera al hombro y ese enorme lazo adornando mi cabellera:

─¡Qué carica más bonita que tienes! ¡Y esos mofletes apretaos que me tienen loca!─ Y para rematar su pasión, me peñizcaba los dos carrillos al tiempo que me plantaba un besazo, y así se quedaba su marca de carmín como señal inefable de que por ahí había pasado una abuela.

Y mi infancia seguía llenándose de besos, carantoñas y arrumacos, y yo sin darme cuenta crecía y me iba convirtiendo en la madrastra de Blancanieves, porque cada vez que me miraba al espejo yo escuchaba una vocecita que me contestaba a aquello de:

─Espejito, espejito mágico… ¿quién es la más guapa del reino?

Y oye que siempre siempre me respondía que era yo.

Hasta un día, al principio de esa turbulenta edad del pavo, lo vi, ahí estaba él, el más sexy del instituto, todas estábamos derretidas por él, pero lo tenía claro, iba a ser para mí, sí o sí. Ya por fin le iba a demostrar al mundo lo que yo era capaz de hacer solo por mi cara bonita.

Y de pronto comenzó a venir hacia donde yo estaba. De un codazo aparté a la nariguda de Elena y a la marigranos de su amiga, quería el campo bien despejado de chismosas y desaborías. Y yo que me retoco el flequillo, que me aliso la camisa, que me desabrocho un botón, que pongo ojos de tigresa y boquita de piñón, vamos la mar de receptiva… Y va él, y en el último paso se gira, mira a la marisabidilla de la dentona de Luisita y le coge de la mano y le murmura:

─¿Te apetece una Coca-cola, bombón?

Y yo ahí, con cara de a este le doy yo dos yoyas que se va a enterar, cuando de pronto me susurraron al oído una sonrisita malévola:

─La suerte de la fea, la guapa la desea…

Y me volví a casa con la intención de no salir nunca más de allí, y durante una temporada lo cumplí. Tardé tanto, como tiempo necesité en volver a creer en mí. Nunca más le volví a preguntar nada al espejito mágico, y no por temor a una respuesta irreversible, sino porque ese tiempo de reclusión voluntaria había surtido su efecto: el lifting mental me había cambiado de dentro hacia fuera.

─Si soy guapa o no eso se lo dejo a mi madre y mi abuela, lo único que cuenta aquí es la actitud─ le confesé a mi mejor amiga que vino a casa a visitarme asustada por mi larga ausencia de pasarela urbana.

─¿Actitud…? ¿Pero tú estás bien?

Desde el episodio del instituto hubo un antes y un después en mi existencia. A mí ya no me interesa eso de ser beatiful woman, ¡cuánta frivolidad…! El secreto está en sentirme guapa y ya todo lo demás viene solo, porque cuando me siento guapa no me veo la tripita invernal, y mi piel jamás tuvo celulitis, ni ese granito del mentón que puntualmente me sale cada viernes que tengo cena… Y cada día cuido de sentirme mejor, de ser más y más feliz, porque no hay mejor cura de belleza.

Ahora no gasto tiempo en hacer preguntas a las que no quiero oír respuesta, ya no me hace falta, porque solo con sentirme guapa y echar un vistazo a los ojos de los otros, sé lo bella que me ven. Y me miro al espejo de la vida, despacio y sin prisas, y ahí me veo yo, tan feliz, tan contenta y tan campante, y escucho el ritmo de mi corazón que late más y más fuerte cuando sonrío. Con razón lo más bello de mí, es mi sonrisa.

Sobre el autor Mar y Cleo

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