La Verdad

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¡¡¡O me cojo vacaciones o no respondo!!!
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Mar y Cleo | 05-07-2015 | 09:43

Para mí que el mundo está un poco loco, cosa que no me extraña, pero es que esto ya es el acabose, porque claro, resulta que de pronto veo en las tiendas que llevamos tres días con las rebajas puestas, ¿pero qué día es hoy? ¿Quién me ha robado la primavera?

─¿Pero tú en qué mundo vives? Desde que te dio la locura esa de la liberación emocional, de horarios y de todo, y se te ocurrió decidir que jamás volverías a llevar un reloj en la muñeca a cambio de dejarte llevar por el calendario lunar, has perdido la noción del tiempo, de las cosas y del espacio.

─Que no, que te digo que es imposible, que no es posible que esté empezando julio.

Mira, por mucho que se empeñe ella, yo llevo más de un mes renegando del calor, sudando desde la mañana a la noche y duchándome seis veces al día como poco. Así que visto lo visto, y que ya quedó tan atrás aquel mes de febrero, y que la primavera pasó como un suspiro y que en cuanto me descuide ya estoy de nuevo con la bufanda al cuello, no me queda otra que gritar a los cuatro vientos:

─¡¡¡O me cojo vacaciones o no respondo¡¡¡

Y oye, que me paso todo el día con ese run-run en la cabeza, y la cosa es que es verdad, este cuerpecico mío necesita unas vacaciones, que no me vale con quitarme el reloj, ¿tan difícil es entender que este calor es insoportable y que me quiero ir a la playa, a la piscina, al monte o al mismísimo  Cancún, pero me quiero ir y punto?

¿Tienes jefe y no te atreves a decirle bye bye? ¿Esta tontería te va ahora a echar para atrás? Pues no, yo creo que hablando se entiende la gente, y tu jefe igual está deseando perderte de vista y así tener también una excusa para largarse. Le puedes decir:

─Que digo que a mí el calor me afecta un montón, madre mía, si es que tengo la tensión por los suelos, seguro que así no voy a rendir. Creo que lo mejor es que me vaya tomando ya unos días y verás cómo a la vuelta estoy nueva y todo me sale muchísimo mejor.

Pero  si él va y contesta:

─Si no es mucho recordar, me parece que hace unos meses era el frio el que te acobardaba y en esas condiciones era mejor quedarse en casa debajo del edredón. ¿Ahora la culpa la tiene el calor?

Pues está claro que con este no vale el diálogo. Entonces pongamos en marcha el plan B: artes de mujer.

Ventanas del despacho abiertas de par en par, pelo recogido en un moño atravesado con un lápiz, ventilador a todo lo que da y de paso que se vuelen algunos papeles a ver si así el montón que tengo delante para archivar se hace más pequeño, minivestidito playero de tirantes rematado con ese volantito tan sexy, todo lo largo que dan mis piernas cruzadas encima de la mesa y rematadas por esas sandalias de tacón de tiritas finas que el año pasado me hicieron tres ampollas, pero que son tan supersexys que yo creo que van a ser infalibles para hacer entrar en razón al terco de mi jefe. Y le veo, viene directo hacia mi mesa, levanta la vista, me mira con los ojos, con la boca y con el chorro de baba que le cae hasta la barbilla… mi puesta en escena está dando resultados, o no.

─Pero mujer, cuando dije que había que recortar en gastos no contaba con quitar el aire acondicionado. Anda, cierra esa ventana que no me gusta ver sufrir al personal con este dichoso calor.

Y él, en un acto de bondad, conecta el aire a -20º por lo menos, y al final salgo disparada al chino de la esquina a comprarme unos calcetines y un forro polar.

Oye, pues prueba a llorar sin parar, antes funcionaba, aunque ahora no sé yo…

─¿Pero dónde vas a estar mejor que aquí? Tan fresquita, sin mancharte de arena, sin tener que soportar a los pala-playas de la sombrilla de al lado, sin que los niños te salpiquen la toalla de arena y ¿chiringuito dices? Pero dime qué quejas tienes tú de esa máquina dispensadora que hemos puesto al fondo del pasillo que no le falta detalle, hasta refrescos con sabor a mojito que tiene.

Puede que el cambio climático haya vuelto loco el mundo, incluso me haya vuelto un poco loca a mí, pero te juro que no puedo más, que necesito unas vacaciones. Cierro los ojos y solo veo playa y palmeras, y, al fondo, una piscina con un camarero esperándome, en mi muñeca no hay reloj, porque el tiempo, por unos días, se va a parar solo para mí.

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