La Verdad

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¡Qué sabe nadie!
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Mar y Cleo | 27-09-2015 | 09:13

Ahora que el otoño tan solo se hace real en el calendario porque en mi armario siguen colgados los vestidos de tirantes, la bolsa de la playa aún está en uso y mis sandalias son el único calzado que me puedo poner, yo he decidido salir a disfrutar del verotoño con el fresquito del atardecer a hacer un poco de ejercicio, bueno tampoco hay que exagerar, un paseíto relajante y vuelta a casa.

Es curioso, por mucho que queramos, nuestra cabeza no para ni un segundo, lo cierto es que nunca he entendido muy bien a esos que dicen que se les queda la mente en blanco, porque lo que es a mí, esto es un no parar, y cuando creo que estoy pensando en ese chico del fin de semana pasado, de pronto, como si fuera un camicace, se me atraviesa un pensamiento, no me quedan tomates en la nevera para hacer luego una ensalada, y de los tomates salto a la dichosa multa que aún no he pagado, y flash, me viene el peliculón que vi anoche que me hizo recordar que aún ando un poco enamorada.

Y sigo andando, porque en el fondo lo que más me gusta de mi paseo es poder encontrarme conmigo misma, olvidarme de todo para volver a recordarlo todo, porque la vida es como la película Memorias de África, por mil veces que la vea, cada vez que la vuelven a poner es como si fuera la primera vez, y aparecen nuevos detalles, personajes que antes habían pasado desapercibidos, música nunca escuchada, paisajes desconocidos y, sobre todo, diálogos y palabras tan bellas que vuelven a acariciarme el corazón y yo me dejo arrastrar por tanta belleza.  

Y mi paseo continúa, y me cruzo con caras desconocidas y conocidas, a todos les regalo mi mejor sonrisa, porque eso es lo que quiero que se lleven de mí. No creo que me entiendan si yo les cuento que esta mañana me ha dado un ataque de nervios al abrir el bolso y descubrir que me había dejado el mando del garaje y tenía que subir a por él, lógicamente he llegado tarde. Tampoco comprenderán que a mí me da ansiedad cuando es jueves y no tengo planificada mi salida del sábado. A ver a quién le explico que no me duele gastarme el dinero en unos tacones de firma, pero que me da mucha rabia tener que pagar el billete del tranvía para solo dos paradas.

Y yo sigo andando, y me doy cuenta de que muchos de los que me rodean creen saber qué es lo que más me conviene:

─A ese no le llames, que yo lo conozco y es un cantamañanas.

─No te bañes, esas olas son peligrosas.                              

─¿Pero tú sabes la de calorías que lleva esa ensalada?

Y yo le pregunto a este otro yo que ha salido de paseo otoñal conmigo: ¿Qué sabe nadie de lo que yo pienso, siento y deseo?

A lo mejor la culpa es mía, es que si en lugar de regalarles a todos mi mejor sonrisa les contara de verdad lo que estoy pensando en ese momento, quizá dejarían de suponer que son mis mejores consejeros.

Y yo sigo paseando y me fijo en los otros, en esos que no soy yo, y me pregunto: ¿Y yo, qué sé de ellos? Pues tanto como ellos de mí. Pero a mí en cambio la curiosidad me puede, no lo puedo resistir…:

─¡Mi reino por tus pensamientos!

Porque yo con sus pensamientos construiría miles de historias, pero historias dignas de ser vividas, llenas de enamorados, de amantes capaces de hacerte volar hasta paraísos perdidos sin moverte de tu sitio, sería capaz de llenarle de colores su vida. Y a este le emparejaría con aquella, y a la que va con ese le busco yo otro mejor, porque es que no hacen buena pareja, y claro, y si no pegan, no hay quien pueda dejar volar la imaginación…

Y yo sigo andando, pero no por el parque, qué va, hace tiempo que ya volví a mi sofá, sigo andando pero por esos caminos que solo mi cabeza es capaz de llevarme, y me da mucho gusto, porque siento que estoy viva, el día que mi cabeza no sea capaz de escaparse hasta el más allá, mala señal… Por eso me siento muy orgullosa de ser yo la única dueña de estas ideas locas que pululan por ahí dentro, y que siga así siempre. Porque no quiero que sepa nadie hasta dónde yo solita soy capaz de llevarme sin moverme del sofá, sí, con tan solo esos pequeños pasitos de mis dedos en el teclado del portátil, y camino hasta aquellas ilusiones que semana tras semana aparecen negro sobre blanco como pequeñas hormigas en la pantalla… ¿qué sabe nadie si lo que escribo es real o tan solo es mi imaginación? 

Sobre el autor Mar y Cleo

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