La Verdad

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¿Quién dijo que el amor no existe?
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Mar y Cleo | 04-10-2015 | 08:17

Cuántas veces me sujeté con horquillas en el pelo esos visillos del salón y cuántas veces jugué en mi infancia a que agarraba las flores del jarrón de mi madre, me calzaba sus zapatos y a trompicones recorría el interminable pasillo mirando a mi hermano, que con cara de resignación y con ojos de esto no te lo perdono, hacía de cura, y yo, agarrada del brazo del primer muñeco que pillaba por mi habitación, recorría orgullosa todo el camino… y ¡chan, chan, channn…!

─Sí, quiero.

Porque suena así, redondo, contundente, ilusionado, seguro, eterno y, desde luego, suena como el mejor presagio del amor infinito. Cuando voy a las bodas lo que más me gusta es mirar a los ojos de la novia, no hay día más bonito en el que poder ver reflejada toda su ilusión, ¡hay tantos sueños por cumplirse, que es imposible esconderlos! Y ella dice:

─Sí, quiero.

Y todos los que estamos a su lado nos sentimos felices al verla, porque también queremos, porque el amor es así, contagioso, caprichoso, alegre, chisporroteante, apasionado y, en ocasiones, un poco inalcanzable, y eso es lo que nos hace quererlo, y todos a una decimos con ella:

─¡Sí, quiero!

¿Quién dijo que el amor no existe? ¿Que resulta que hay muchos sí, quieros? Bueno y qué. Cada uno de mis sí, quieros fueron de verdad, porque todos los viví como únicos, porque por nada en el mundo me perdería ni uno solo y, sobre todo, porque nunca se cumplió eso de: “Hasta que la muerte os separe”.

─Tú, qué pasa, ¿que llevas los pasos de Liz Taylor?

Yo  lo único que sé es que cada vez vivimos más años, cada vez apuramos los minutos más y el tiempo para estos asuntos se convierte en un verdadero aliado y nos da tiempo a vivir más y más.

Me niego a cerrar mi corazón al amor, a creer que ya no estoy para esas pasiones, porque a mí me encanta ver a esos ancianos risueños y zalameros que le pellizcan el culo a su señora mientras le sueltan un piropo al oído. Yo pienso ser una de esas viejecitas presumidas, con sus pendientes largos, su meneíto de cadera, el bolso colgando y su ropa interior de puntillas con liguero, que seguro que para entonces todavía seré capaz de llevarme al más apuesto de la residencia al huerto y hasta a tiempo estaremos de darnos un:

─Sí, quiero.

En cada una de esas demostraciones de amor que he tenido, y que me quedan por tener, reconozco que me han hecho muy feliz, que me he sentido amada y deseada, que he disfrutado a tope, porque yo cuando doy mi palabra, la doy como si no hubiera un mañana, que ya vendrán otros tiempos y ya veremos, si es que hay algo que ver o… por si este fuera el definitivo, también estaría bien.

Pero tengo muy claro, es que un sí, quiero no significa: haz conmigo lo que quieras, por eso hay momentos en los que hay que aprender a decir:

─No quiero.

Además hay que saber expresarlo con la misma firmeza y claridad: No quiero que me hagas daño, no quiero que me mientas, no quiero que me pegues, no quiero que me seas infiel, no quiero depender de ti, no quiero que me cortes las alas… De esos no quieros de entonces, han brotado después mis mejores: Sí, quiero. Llenos de sinceridad, cargados de amor, de esa ilusión como la de la primera vez, adornados con mi mejor sonrisa y acariciados con los susurros de miles de palabras envolviendo de felicidad cada día que hemos compartido y con cada beso que recorrió nuestras almas durante ese tiempo.

─¿Y el amor eterno?

─Eternidad es lo que tú y yo queramos que sea, y mientras sea, será amor eterno.

Y así pasan los días, y cierro los ojos, y me acuerdo de cuánto he disfrutado de la vida y me pregunto:

─¿Pero quién será el aburrido que le puso límites al amor? ¿Quién se atrevió a decir aquello de: “Solamente una vez, se ama en la vida…”?

─ Capaz soy de convencerlo y acabar por cambiar la letra del bolero.

En el fondo, un poco de razón llevaba, porque yo soy como la española cuando besa, cuando amo, amo de verdad, y juntos amamos como si este fuera nuestro primer y único gran amor.

Como no sé si me quedan muchos sí quieros o no, pero, por si acaso, no pienso perderme una, y estoy dispuesta a volver a sacar el visillo y las flores de plástico del jarrón de mi madre, calzarme los tacones, que ya no me están grandes, porque ahora se me ajustan a mis pies y a paso fuerte recorro cualquier camino que se me ponga por delante, y segura de que al final del pasillo, con cara de felicidad solo me espera un…: Sí, quiero.

Sobre el autor Mar y Cleo

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