La Verdad

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Porque hoy es hoy
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Mar y Cleo | 15-11-2015 | 12:36

Fumando espero… ¡ay no, perdón, fumando no! ¡Cómo se me ocurre decir eso! Bueno vale, pues esperaré comiéndome un chuletón, ¡ay no, perdón, eso tampoco! En fin me conformaré con un café calentito y un buen bollo espolvoreado de azúcar, ¡vaya, eso tampoco que me da colesterol! Uff, a resignarse toca, me voy a dar un paseo que me estoy estresando. ¡Oh, pero si no me he echado crema para protegerme de los rayos solares que ahora se cuelan por un tremendo agujero en esa capa que nos protege!

De verdad, juro que cogería un avión y desaparecería… Pero, ¿a dónde? ¿Y cómo? A saber si este es otro de los aviones que no llega a su destino, porque eso de ir en avión anda jodido con los putos terroristas, y suponiendo que aterrice, igual me encuentro con un campo de desdichados refugiados y lógicamente me daría por ir a ayudar. Pero, ¿y si acabo dando con una isla paradisiaca de esas que salen en las revistas pijas y me pierdo? Y entonces yo ahí, venga a disfrutar de las gentes y del lugar. Primer aviso, toca agarrar bien el bolso porque como me vean cara de turista, me lo pueden birlar seguro, que yo para estas cosas me las pinto sola. Vale, pues me voy en coche, calla, también resulta que contamino, y ojo, que como me dé por irme a dedo… ¡cuidado que hay mucho loco suelto! ¿Y si me voy a la….?

Alto, quieta parada, porque hoy es hoy. Pero es que hoy también es el mañana, así que me parece que mejor me quedo. Y en este convencimiento decido empezar el día con alegría: me miro al espejo y en eso, me doy cuenta de que son ya demasiadas cosas malas a nuestro alrededor, que esto se ha convertido en un casino peligroso donde jugar a la ruleta rusa con los elementos, y lo juro, a mí me agota pensar en todo esto. Me meto a la ducha, pero eso sí, me enjabono con un gel libre de parabenos, si es que alguien sabe qué demonios es eso. Voy y me seco con una toalla de fibras naturales, me pongo ropa que no ha sido fabricada por niños… Y de pronto, voy a la cocina, me tomo un zumo natural de un huerto ecológico donde no hay pesticidas, por supuesto.

Creo que he llegado ya a un punto en el que he perdido la cuenta de todo lo que hay que hacer y de lo que no. Llegados a este momento, me suelto la melena, desato mis ganas de decir un motón de palabrotas maldiciendo todo lo que me molesta y me pregunto: ¿Será también malo decir palabrotas?

Pues a tomar viento fresco, ya no puedo más, porque yo quiero vivir en paz y volver a aquellos tiempos donde me gustaba un chico y ni se me ocurría pensar si será o no un pervertido o si le tenía que pedir un análisis de sangre para ver su sistema inmunitario, ni, por supuesto, preguntarle si a parte de gustarle yo, también le gustaban los hombres.

No quiero ser catastrofista, ni quiero dejar de ser quien soy, aunque eso sí, es cierto que me gustaría tener una casita con mi propio huerto, con mis gallinas corriendo por allí, mi vaca dando leche, pero de la de antes, ¿eh? Aunque claro, ¡mucho tendrían que cambiar las cosas para que al final fuera yo una granjera con tacones!

Todo tiene su cara bonita y su lado bueno, así que habrá que darle la vuelta al mundo para cambiarle el color, y por eso me digo, si entre tantísimos peligros yo estoy bien, pues eso: ¡Qué más felicidad puedo pedir que tener la oportunidad de disfrutar de la vida, del amor, de un café, de una terraza al sol mientras me zampo un plato de jamón!

Total, ya no hay marcha atrás, porque a ver quién puede deshacer lo hecho. Sí, porque yo también fui aquella pequeña que corría por las playas con la piel agitanada sin una pizca de crema, también he practicado el sexo y el amor, sin grandes catástrofes imposibles de superar, me he ido de vinos y de quintos, acompañados de morcillas, salchichas o hamburguesas, y eso que entonces, una cogorza no era más que eso, una cogorza. Supongo que virus habría, pero para mí que no tantos, y como nunca fui una cobarde, aprendí que los valientes superamos mejor las enfermedades.

Si todo lo que daba gusto, ahora es malo, pues nada, buscaremos otros placeres más asépticos y a meterle gracia a todo: la crema me la pones tú y te la pongo yo, y sin olvidar la sonrisa, sin perder la libertad, sin dejar de cerrar los ojos mientras los rayos de sol acarician mi piel y, sobre todo, sin miedo a vivir. Porque que hoy es hoy, pero hoy también es el mañana.

Sobre el autor Mar y Cleo

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