La Verdad

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Abre los ojos a los deseos
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Mar y Cleo | 07-12-2015 | 10:32

Cada año, por estas fechas, día más, día menos, me encuentro siempre con este runrún por dentro. Una vez más se acerca mi cumpleaños y ya me veo otra vez frente a unas cuantas velas cerrando los ojos y pidiendo un deseo. Voy a intentar seleccionar entre todos los que me rondan por la cabeza y ponerlos en orden. Pero lo más alucinante de todo, es que aún, al día de hoy, sigo teniendo el inmenso lujo de pedir deseos y soñar.

Vale, lo confieso, hay momentos en lo que me da el bajón, sí porque como no son 15 años precisamente los que voy a cumplir me entra un poco de miedo al ver que cada vez me parezco más a mi madre y, si me descuido, me veo contando batallitas de tiempos pasados como mi abuela.

Pero en cambio, hay otros días en los que lo veo todo maravillosísimo, porque anda que no tengo suerte, si es que con los años que tengo, luzco un cuerpo 10, bueno vale con un 8,5 me conformo, que seguro que llega alguien y me recuerda que soy una exagerada para todo. ¿Y esta mente mía tan privilegiada? Ni qué decir tiene. Y repaso mi lista de contactos, y la verdad, es digna del libro Guinness, ¡ya la quisiera más de una y más de dos para ella! Y entonces me miro al espejo, y me reconozco en esa carita que se asoma ahí y, lo mejor de todo, me gusto.

He tenido fiestas de cumple de todos los colores. De pequeña mi madre las organizaba bien gordas, llenaba la casa de globos, chucherías, piñata y hasta con un  payaso para hacernos reír. Y a mí me encantaba eso de ir al cole repartiendo tarjetitas de invitación a todas las de la clase. Bueno, a todas menos a una, a la repipi de Reme no, porque ella nunca me invitaba a la suya, y eso que vivía en una casa gigante con piscina. Pues sabes qué, que el piso de mis padres era pequeñito, pero mi madre lo agrandaba y lo achicaba haciendo magia para que en mi cumpleaños cupiéramos todos, incluidos los abuelos, los primos y la chacha del pueblo que siempre me traía rosquillas de anís hechas por ella y llenas de amor. A veces cierro los ojos y hago que me estoy comiendo una de aquellas rosquillas fritas, y hasta me parece que se me queda la masa pegada entre las muelas como cuando era pequeña.

Después vinieron los cumples de adolescente, como en el que me regalaron una esclava de plata con mi nombre y una fecha grabada por dentro para que nunca olvidara el día en que nos dimos nuestro primer beso. ¿Y ese cumple en el que por fin me dejaron llegar más tarde de las 12? Y yo, como la Cenicienta, perdí algo, pero no fueron los zapatos, fue la niñez y creció en mí esa rebeldía que aún llevo dentro.

Y de pronto, sin darme cuenta, comencé a no desear tener los 18, porque ya se habían quedado atrás y empecé a contar los años en los que se dice “… y tantos”, y desde entonces hasta ahora parece que esto va a la velocidad de la luz y no hay narices de pararlo, es cierto que algunas veces deseo ser aquella niña que no había perdido aún la inocencia, pero la mayoría de las veces me encanta disfrutar la vida como es ahora mismo, con libertad, ganas y experiencia.

También he tenido algunos cumpleaños en épocas bajas, pero aunque una no esté para tirar cohetes, no hay mejor remedio para las tristezas que una party quitapenas y a lo loco, y ahogar las tristezas en risas, besos y abrazos.

Es curioso, pero ahora que lo pienso, en todo este tiempo nunca me ha faltado una tarta con velas y, cómo no, con su deseo antes de soplar. He llegado a pedir de todo, he tenido deseos disparatados, románticos, imposibles y hasta alguno inconfesable. Se cumplieron muchos, otros aún los estoy esperando, pero creo que hay un puñado que va a ser mejor que no se cumplan porque con el tiempo me he dado cuenta que por mi bien es preferible olvidarlos.

Y este año también habrá tarta, y desde luego no me van a faltar ni globos, ni música, ni ninguno de todos vosotros, y aunque hincharé bien los pulmones, soplaré bien fuerte y miraré a mi alrededor, esta vez no voy a cerrar los ojos y ni a pedir ningún deseo, porque mientras escribo estas líneas he abierto los ojos y me he dado cuenta de que con todos los amigos que tengo, con todo lo que he vivido y con lo que falta por venir, que aún tengo guerra para rato, ¡que más le puedo pedir a la vida!

Sobre el autor Mar y Cleo

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