La Verdad

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Palabras, palabras y más palabras
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Mar y Cleo | 07-02-2016 | 13:05

A mediodía, sentada en una terraza de esas que parece que tienen los rayos de sol alquilados todos los días del año, me tomo mi descanso a mitad de jornada. Viene la camarera sonriente, me ofrece el menú, con una mirada de complicidad entiendo que es su primer día y que está de prueba. Yo le susurro unas palabras para tranquilizarla:

─Lo vas a hacer muy bien. La primera vez de algo siempre es apasionante, o casi siempre…

Todo va al ritmo en el que tiene que ir, me reclino un poco y cierro los ojos dejándome bañar por este calor invernal que el cambio climático ha instalado para todos los siempres. Me relajo, disfruto del silencio que envuelve mi descanso, aunque de pronto en ese silencio, inevitablemente, se cuelan palabras sin sentido: animadas, alteradas, efusivas y también encendidas. Oye y qué quieres que te diga, que yo no he venido hasta aquí para escuchar a nadie, pero no lo puedo evitar y me sale la vena cotilla,  pongo la oreja en la dirección adecuada y escucho:

─¿Has visto el video del coletas?

─¡Hasta dónde vamos a llegar! Seguro que la bolsa baja…

─¡Pero si la bolsa la manejan desde China unos cuantos!

─No, si al final somos marionetas en manos de tres o cuatro espabilados.

─Pues yo me largo a un paraíso fiscal y paso de todo. ¡Camarera, otra cerveza!

Te lo juro, ya estoy hasta la mismísima peineta de políticos, investiduras y acuerdos con los unos y con los otros. Y siempre igual, palabras y más palabras, sueños y más sueños, justicia y más justicia, y así miles de palabrerías salidas de los diccionarios, pero al final sin significado ni enjundia.

Intento concentrarme en mi ensalada, aunque no puedo evitar que mis pensamientos me lleven a esa frase que más de una vez hemos dicho todos: ¡Qué mundo este…! Pues bien, yo creo que las únicas opciones posibles son: o rebelarme, o conformarme, o pasar, o protestar, o dejarme llevar… Pero de verdad, si es que yo ya no estoy para estas tonterías, yo solo quiero vivir y además estoy segura de que como a mí, le pasa a muchos y cuando se sientan delante de la tele y casi todo se nos llena de palabras sobre que si aquella alcaldesa lo sabía todo, que si este se ha embolsado nuestro dinero, que si la corrupción, que si el paro, que si… No sé si estoy viendo el telediario o la serie de “Aquí no hay quien viva”.

Así que hoy, lidere quien lidere, con sus palabrejas envueltas en lacitos de esperanza, a mí no me quita nadie ser la reina de mi mundo, ser la presidenta de mi propia legislatura y así, voy y salgo a la calle con mis tacones que simbolizan que cada paso que doy, lo doy yo. Que cada decisión que tomo, es mía porque soy libre. Que yo soy la dueña de mis palabras y también de mis silencios. Y en este microcosmos en el que me ha tocado bailar la danza de la vida, a mí solo me valen los hechos y no los dimes y diretes que no llegan a nada.

Y la camarera me trae el postre, y el sol sigue calentándome la piel, se ve que a mis eventuales vecinos de mesa también les está afectando a las cabezas el calor de este solecito de invierno.

─Estoy fatal, no hay forma de ligar, las mujeres están de un raro… o te dicen que no las molestes o son ellas las que te persiguen. ¡Ya no sé qué hacer con ellas!

─Pues está bien clarito, les sueltas  un: “¿En tu casa o en la mía?”

Y las carcajadas suben de volumen y bajan la voz para contarse la última vez que lo hicieron, y nada, que para contarse los detalles más morbosos susurran entre dientes y no me entero, vamos que ni estirando el cuello pillo nada. Para que no cante mucho doy sorbos lentos a una taza de ese café que hace ya rato se acabó, me sujeto a la silla para no inmiscuirme en su conversación y me quedo con las ganas de soltarle más de una palabrita a estos sexy-expertos. A decir verdad, y aunque no me guste reconocerlo, lo cierto es que no van demasiados desencaminados, pero lo que no dicen es que precisamente de lo que los hombres se quejan, las mujeres también nos quejamos. Vamos, que estamos todos hechos unos quejicas y sin visos de entendernos, igual que los políticos. Pero me callo porque se supone que no estoy poniendo mi oreja indiscreta y cotilla.

Me despido de la camarera, de estos rayos de sol a los que ya les queda poco, de mi descanso y  también de mis vecinos de mesa con un guiño descarado, y ellos siguen enfrascados entre palabras, palabritas y palabrejas que el viento se lleva siguiendo la estela de mis tacones.

Sobre el autor Mar y Cleo

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