La Verdad

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Soy pura adrenalina
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Mar y Cleo | 10-07-2016 | 08:55

A estas alturas del verano confieso que el maletero de mi coche es pura adrenalina. Mi cuerpo está aquí, pero desde hace semanas mi mente, mi imaginación y voluntad están allá. No hay un destino que se me resista, ni una tentación que deje pasar por algo tan frívolo como un: ¡Estoy sin depilar!, ni por una razón tan frustrante como un: ¡Tendría que pasar por casa primero! De eso nada, mis motores y el depósito de gasolina de mi coche están en línea de salida y siempre dispuestos a arrancar al primer pistoletazo, sea el destino que sea. ¡No hay mal rumbo que me haga dudar, ni desatino que me impida vivir un desafío! ¡Que tiemble el planeta que mi verano ya está aquí!

Todo empezó hace unos días cuando descubrí que entre mi cadera y mi muslo aún no había una frontera que diferenciara el verano del invierno, y esa palidez que reinaba en mi delantera me recordaba que mi vida era una tremenda sosería y que los escotes de  mis camisetas estaban perdiendo ese encantador valle con doradito caribeño que tan sexy me hace. Entonces subí al trastero, rebusqué en la sección “ahí os quedáis hasta el próximo año”, y desempolvé la silleta de la playa, el canasto top-beach de las mil cosas indispensables, unas chanclas deschancladas, una sombrilla cochambrosa y un misterioso paquete muy envuelto que no recordaba haber guardado.

De pronto me encontré rodeada de cachivaches que antaño me habían acompañado en esos veranos fielmente marcados a fuego en mi memoria y en mis sentidos. Esos indispensables que ahora me chirriaban. Una sombrilla oxidada, una silleta con la lona desteñida, unas chanclas con la purpurina mate y a roales, un canasto con el asa rota… Entonces siento que se me encoge el corazón, intuyo que nuestros días juntos llegan a su fin, toca decirles adiós, me tengo que despedir de la sombrilla y de los secretos que solo ella y yo sabemos; de las miles de caminatas y chiringuitos recorridos con mis pies, en chanclas y mi sonrisa; de los millones de ilusiones que iban y venían en el capazo, tantas, que ahora no me extraña que el asa terminara rota. ¿Cómo es posible que hace solo unos meses yo lo guardara todo en el trastero sin dudarlo y que ahora en cambio tenga superclaro que van derechitos al contenedor? ¿O quizá no lo tenga tan claro y puede que con un pequeño apaño la sombrilla, las chanclas y el canasto se libren de tan cruel destino?

Poco a poco despego la cinta adhesiva, rompo llena de curiosidad el envoltorio porque mi ansiedad ante lo misterioso está empezando a rozar lo educadamente permitido, y ahí están todos aquellos tarros, botes y frascos de cremas solares que aguardan protagonizar el secreto de mi belleza estival, el reafirmamiento de mi abandono invernal y la base del dorado caribeño soñado. Me viene a la cabeza la pasta que me gasté y me mareo, porque yo soy muy de bioinvertir por dentro lo que luego se ve por fuera. Tengo ante mí un tesoro, un puñado de euros nada desdeñable, el precio de un fin de semana de hotel en forma de cremas caducadas, pestilentes y resecas. ¡Quién se atrevería a echarse esa pócima en el careto sin temer una reacción! Como poco me saldrían verrugas, pelos de pincho y hasta sarpullidos por todo mi ser.

Poco a poco, y como si de un ritual se tratara, van cayendo en un saco de basura. He comprendido que con el mismo ímpetu que soy capaz de abrir mis brazos el primer día que algo llega a mi vida, también sé que una sombrilla, unas chanclas, un capazo, unas cremas y un te quiero pueden tener fecha de caducidad. Lo tengo claro, en mi vida no tiene sentido una sombrilla oxidada, son absurdas una chanclas rotas, es inútil un cesto sin asa y, desde luego, ni pensar en guardar y retener un te quiero desquerido, roto y oxidado.

Por fin mi maletero brilla como debe ser. No va a haber destino para el que no esté preparada, conmigo no hay excusas que valgan. Macuto de montaña, equipo completo de playa, maleta llena de por-si-acasos y unas ganas locas de sentir el verano, de dejar volar mis sensaciones hasta ahí y un poco más, de mirar a la cara lo que viene, no vaya a ser que por mirar hacia el pasado, me pille de espaldas el hoy y el ahora y me lo pierda.

Lo bonito es saber que estoy preparada para lo desconocido, para todas esas cosas con las que la vida me sorprende. Pero lo mejor de todo es saber que cuando algo se termina, la vida sigue siendo capaz de alucinarme. A estas alturas del verano confieso que no es mi coche, sino yo la que soy pura adrenalina.

Sobre el autor Mar y Cleo

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