La Verdad

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En tu fiesta me colé
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Mar y Cleo | 17-07-2016 | 08:37

Llega la temporada del aquí y del ahora. Llega la emoción sin límites. Llega el momento “canción del verano”. Así que ocupen su localidad, que esto va a empezar.

Puede que yo ahora vaya muy de chiringuito fashion y de fin de semana SPA, pero también he tenido mi época mochilera y de recorrer las playas y sus fiestas de junio a septiembre. Igual dormía en casa de una amiga, que me dejaba caer en una hamaca bajo una sombrilla con tal de recargar las pilas y seguir de happy en happy hour. Entre sueño y sueño sentía esos aires de juventud que rozan y acarician la rebeldía. Eso sí, había que organizarse con el monedero y, si quería alargar el verano, había que racionar las escapadas: bocatas, nevera portátil, fruta, bebida y hasta una petaca, por si a la noche caía una copa, pagaba el refresco y a escondidas lo convertía en cubata.

Pero los años traen sus acomodos y me convertí en una mujer con coche y mi coche se convirtió en mi caja de Pandora. Sabía cuándo salía, pero nunca podía predecir la vuelta. El maletero era mi bote salvavidas: ropa de día, de noche, secador, maquillajes, abalorios,  sandalias de tacón… ¡Qué fácil se convierte un día de playa en un fin de semana loco y sin retorno!

De pronto nos encontramos mi amiga del alma y yo en un día de summercity de esos a tope de calurosos, lejos de las olas y el fresquito. Cogemos nuestro gorro de paja, la toalla y unas increíbles ganas de vivir. Cruzamos el Puerto de la Cadena sin rumbo, directas a los mares del sur con la piel y el maletero sedientos de experiencias. El día de sol y mar, la tarde de chiringuito, los cuerpos morenos… todo baila a nuestro alrededor. Los planes surgen solos y se presenta una noche de cena, fiesta y luna. Así que,  ¡imaginación al poder! Porque claro, con estos pelos, llenas de sal y arena hasta en los rincones más recónditos de nuestros cuerpos, no era plan. Así que sacamos el instinto de supervivencia y vemos al fondo un club deportivo, con solo mirarnos ya sabemos lo que tenemos que hacer. A veces creo que soy como un fantasma que atravieso paredes, aunque al día de hoy pocas puertas me dicen que no pase. Entramos muy dignas, con la frente bien alta, moviendo las caderas y pronunciando el escote con un leve tironcillo de los tirantes del bikini; a mi derecha las pistas de pádel, me giro y saludo como si los conociera de toda la vida, y los dos hombretones sudorosos se creen que han ligado y saludan entregados. Nadie se imagina que somos unas intrusas, ni siquiera nosotras, que al cuarto paso es como si aquello fuera nuestro. Nos habíamos convertido en socias clandestinas, con disimulo entramos a los vestuarios y comienza la transformación. ¡Nos habíamos colado y sin remordimientos! A solas nos da la risa y en cuestión de poco tiempo salimos tan perfectas como si, en vez de un vestuario de un polideportivo, saliéramos de un salón de belleza. Maquilladas, perfumadas… y para colmo, como le pillamos el truco a esa travesura, se acabó convirtiéndose en un clásico del verano y ya nadie se extrañaba de vernos por allí, pero si hasta nos trataban como si fuéramos socias honoríficas.

Y oye, que le cogí el gustillo a eso de colarme y no había discoteca, concierto y hasta plaza de toros que se me resistiera. No sé qué pasaba, pero me subía la adrenalina, supongo que harta de ser siempre y simplemente una buena persona.

Confieso que alguna vez que otra me han pillado. Un día nos colamos en la plaza de toros, en asiento de sombra, por supuesto, que ya que nos ponemos, no íbamos a escatimar. Hasta que nos cazaron infraganti, pero con la misma naturalidad que entramos, salíamos, aunque eso sí, muertas de risa, porque la vida no está para tomar disgustos ni para dejarla pasar sin emociones.

Desde entonces he perdido un poco mis habilidades de tramposilla, aunque en eso de colarme por alguno, aún sigo algo novata y de vez en cuando mi cabecita se deja llevar, porque sin saber cómo, noto que se me han colado en el corazón, casi sin pedir permiso, y aunque yo me las dé de experta, he caído en la trampa.

Por eso he decidido vivir esta temporada, aquí y ahora, voy a vivir unas vacaciones verdaderas y ya os contaré a la vuelta, dispuesta a sentir esa emoción de cuando dos corazones se cuelan como tortolitos, y a dejar subir la adrenalina, porque las aventuras auténticas emocionan antes de vivirlas, porque sí, porque sabes que son de verdad y no una ilusión. Y es que no hay nada más bonito que decir que en la fiesta de tu corazón me colé y escuchar de tu boca: ¡Por favor, quédate!

Sobre el autor Mar y Cleo

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