La Verdad

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Jamás un otoño duró dos primaveras
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Mar y Cleo | 02-10-2016 | 08:44

Los anuncios se empeñan desde hace tiempo, los escaparates insisten con tesón y ahora el calendario se impone, pero como a mí no hay quién me gane cuando me obstino en algo, mi cuerpo, mi mente y mi yo seguimos en verano y no pienso darlo por terminado hasta que a mí me dé la gana. Por eso, la naturaleza y los dioses se han aliado conmigo, no me llevan la contraria y me regalan atardeceres deliciosos y días de luz inmensa para que mi bronceado siga dorando mi piel y tus ojos se deleiten con cada palmo de mi cuerpo que asoma sin miedo, porque las chaquetas y los pantalones los tengo castigados sin salir por un largo tiempo.

Sé que tarde o temprano va a ser imposible seguir saliéndome con la mía, que jamás duró un verano dos primaveras, pero es que yo aún estoy en periodo de adaptación laboral y solo me falta que encima tenga que acomodar también mi armario y mi piel, todo de una vez.

Abro el maletero de mi coche y ahí sigue ese puñado de fina arena que durante estos últimos meses ha ido formando su propio ecosistema. En mis uñas brillan colores chillones y los biquinis se niegan a entrar en el cajón del “hasta el año que viene”. Y no voy a ser yo la que diga lo contrario.

Pero si hay algo que la vida me ha enseñado es que no todo es eterno, aprendí a aceptar la fecha de caducidad, y por eso yo soy tan de vivir cada momento a tope. Pero es que, por mucho que no queramos aceptar la realidad, sé que dentro de poco cambiaré mis sandalias por botas y mis minivestiditos de colorines por el forro polar, aunque mientras sí y mientras no, sé que no me he perdido ni una ola en la que retozarme muerta de risa ni he dejado que en ningún chiringuito se bailara sin que mis caderas fueran las que marcaran su ritmo. Y miro las tardes con prisa, porque cada vez son más cortas, y me asomo a la ventana y me deleito con mi árbol favorito, ese que me avisa de que el tiempo pasa, ¡pero qué linda sombra me has dado bajo la que leer horas y horas!

Vale, lo acepto, pero fue bonito mientras duró… ¿Pensará lo mismo Angelina? ¿Realmente fue tan maravilloso?

-No nos queda mucho para enterarnos, ya verás.

-A ver cuánto tardan en sacar los trapos sucios escondidos durante su eterno e idílico romance.

-¡Qué poco duran los amores eternos!

Si es que por muy que nos las demos de “civilizados”, cuando entre tú y yo cae el otoño, no hay nada mejor que prepararse para un cálido invierno, bueno, más bien para un invierno de lo más caldeado.

Mosquear a una mujer puede resultar peligroso, pero cabrearla es poner en marcha un torbellino arrasador, un campo de minas y un bumerang atómico. Querido Brad, búscate una buena trinchera porque me da en la nariz que este irreconciliable enfado de la amiga Jolie va a dejar sin escala de Richter al terremoto que se te viene encima.

Ahora empezaremos a oír lindezas del tipo: “Y tú más”, para que el otro lo arregle respondiendo: “Pues anda que tú…”, y así queda declarada la guerra de fuegos cruzados sin pipa de la paz de fondo. Aquella famosa guerra de los Rose de entonces, se ha actualizado, ahora tenemos la batalla de los Brangelina.

Aquí el que más o el que menos ha tenido su otoño amoroso. Algunos afortunados se saltaron el invierno y lo resolvieron con una dulce primavera superando la crisis del entretiempo. Pero luego estamos los terrícolas, los que en aquel otoño quisimos pimaverar, pero salimos escaldados tomándonos el turrón de aquel invierno de espaldas. Mientras que con una mano nos secábamos las lágrimas por la pérdida del amor, con la otra tiramos de la cuerda para no vernos con el corazón partido y encima con una mano delante y otra detrás, y ya está el lío montado:

-Este libro, esta tele y aquel sillón es mío y me los llevo.

-Sí, pero el cable de la tele lo compré yo.- Y de un tirón me encuentro con una tv inservible y que, además, ni me cabe en el maletero del coche porque ya  está repleto con mi dignidad innegociable, con más ganas de gresca y con un “esta me la pagas”. Claro que si el reparto hubiera sido una mansión por allí, un yate por allá… seguro que la televisión la hubiera voleado por la ventana con cable o sin él.

Es cierto, los días se acortan, el calor se va y las flores hibernan, pero mi sonrisa sigue brillando como el sol de agosto, que no hay otoño que pueda conmigo ni con mi corazón.

Sobre el autor Mar y Cleo

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