La Verdad

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Mancha de mora, con mora verde se quita
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Mar y Cleo | 23-10-2016 | 09:30

Tengo una amiga que ha colgado en su corazón el cartel de “Cerrado por defunción”, y no es que se haya quedado viuda, qué va, su otra parte está vivito y coleando, incluso coleando más de la cuenta, para que se me entienda. Pero ella, en cambio, tiene de luto el ánimo y la mirada. Y cuando salimos juntas no hay más tema que su desamor, ni más sentir que su pena, y la entiendo; pero es que yo siempre he sido muy fan de aquello del: “Mancha de mora, con mora verde se quita”.

-¡Huy, qué va! Quita, quita, solo de pensar que me toque uno es que se me eriza la piel.

Y yo la escucho, pero también me río por dentro, porque yo sé muy bien que como venga uno que le entre por los ojos… le da un orgasmo de autoestima y se acabaron las llantinas y los bajones del viernes noche.

-La verdad es que lo único que necesito es un poco de paz, que me he quedado muy tocada, no creo que lo pueda superar jamás. Vamos, que a mí ni se me acerquen, porque desde luego, apetito amoroso no tengo ninguno.

Y me quedo pensativa, porque realmente no sé si es verdad lo que me cuenta, o me lo está diciendo con la boca pequeña. Yo creo que en el fondo le encantaría echar una canita al aire, aunque ella no lo sepa, que digo yo que después de tantos años tan formalita igual descubre otra mujer dentro de sí.

Y me pongo a pensar e intento recordar si en alguna etapa de mi intensa vida yo he sufrido de anorexia sentimental, rebusco en mi historial por si en algún momento he perdido mi apetito amoroso, y oye, que me temo que esa medalla es de las pocas que nunca me he puesto en la pechera. Y además, digo yo, ¿qué gano negándome a amar o a ser amada? ¿Qué parezco así, una estirada melancólica o una tonta por desaprovechar la única vida que tengo?

Y como la veo tan mal y tan desanimada, le invito a un paseo a ver si se anima un poco, que le ha dado por estar depre y sabes qué, que nadie se merece nuestra tristeza. Salimos a la calle a que nos dé el fresco otoñal y el calorcito de unas marineras con unas cañitas bien frías. Y a las cervezas le siguen unos vinitos, y los vinitos se rematan con unos chupitos, y cuando las penas están ya un poco ahogadas, sale lo mejor de cada una. Reconozco que la boquita pequeña de mi amiga se va haciendo más grande, los ojitos de pena brillan con una chispera de lo más resplandeciente y las lucecitas del whatsAap de su móvil adquieren vida propia, y venga mensajes que van y vienen, hasta que por fin me enseña que la vibración de su teléfono tiene cara y nombre y hasta intenciones. Se acabó su anorexia amorosa, ahora toca vivir llena de ilusión, reír como una quinceañera y comprarse unos vaqueritos rotos en la planta juvenil. Hermosa y envidiable etapa esta, nada desdeñable, por cierto.

Me alegra saber que mi teoría del “No estoy para nada” es cierta, esa es la frase más falsa que pueden pronunciar los labios de una mujer, es más, creo que no se la cree ni quien la dice. Lo cierto es que para quien la escucha, si no es muy experto en estos asuntillos del querer, despierta cierta lástima hacia esa alma en pena. Pero digo yo, ¿quién quiere que se le tenga pena, pudiendo tener pasión desenfrenada?

Pensándolo bien, en lo que sí que creo es en la otra cara del desamor, sobre todo si eres tú la dejada, abandonada o cambiada… Y entonces se puede desencadenar una bulimia amorosa, y oye, que hay veces que no viene mal darse algún que otro atracón, que cuando el ánimo anda cabizbajo y nos hemos fundido ya el crédito del mes, un buen repaso de vanidad femenina gratis, viene requetebién. Aunque eso sí, cuidado con los atracones que ya se sabe lo que pasa con la bulimia, que luego llegan los remordimientos y da por echarlos fuera, y tampoco es plan desaprovechar así los regalos de la vida.

Pues eso, que cuando alguien me suelte eso de: “No quiero nada de nada”, una de dos, es que la puerta de atrás no se ha cerrado y en cualquier momento hay un “Aquí estoy otra vez”, y donde hubo fuego quedan brasas; o es que se hace la interesante y así su valor de cotización se multiplica por cien. Yo, por mi parte, no pienso subirme a ninguno de esos carros, que a mí tanto postureo me tiene agotada, lo confieso, soy adicta al amor y si para enamorarme me tengo que desenamorar, pues a comer moras verdes, que el remedio funciona.

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