La Verdad

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Si yo te contara…
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Mar y Cleo | 27-11-2016 | 10:00

Yo cuando voy a hacer gestiones a los bancos tengo un truco infalible, esa mañana me dejo escondido en el armario el glamour que siempre va conmigo y me coloco el disfraz de perroflauta. Es verdad que no me favorece nada, pero oye, noto que a los banqueros les impone, no vaya a ser que me ponga en plan antisistema y les haga culpables de todos los males del mundo mundial, incluido este dolor de espalda que me acompaña desde hace una temporadita. Y funciona de verdad, que más de una vez me he vuelto a casa con un juego de sartenes y sin ninguna imposición a plazo fijo, ni parecido.

Hoy es un día de esos, de los que me toca ir a gestionar mis finanzas, que dicho así hasta parece que estoy forrada. Llego y elijo entre los que atienden, hago un casting rápido y después de descartar a los que tienen cara de: “Ayer me quedé viendo la interminable gala final de Máster chef”, ficho a mi candidato. Y ahí está él, y me lo intento imaginar cómo será su cara cuando se pasen de moda las barbas, y presiento que este promete seguir siendo un guaperas. Su mesa está ordenada, seguro que es de los que después de hacer pis baja la tapa. Decidido, este es mi favorito.

Y me mira y nos miramos. Y me escucha, y hasta parece que me quiere entender. Y me contesta, y yo también le entiendo, desde la primera palabra hasta la última. Me temo que este pobre no va a llegar muy lejos en el banco, pero hoy a mí me tiene ganada, me entrego y a partir de este momento soy suya.

De pronto, delante de mis narices hay un folio para rellenar, un cuestionario para elegir respuesta y una sección de información confidencial donde todos los apartados son de obligada contestación. Nombre, apellidos, calle, teléfono… esto se está poniendo interesante, igual confidencialmente le da por llamarme. Pero, ¡oh, sorpresa!, ¿y ahora dónde marco yo la cruz del estado civil?

A ver, soltera. Pues… la verdad es que soltera, soltera, tampoco soy, ni lo soy ni lo siento y como decía mi abuelo: “Uno es de donde se siente”. Y además así visto, todos nacemos solteros, que ya luego la vida se encarga de que la soltería se convierta en una anécdota en nuestro curriculum amoroso. Pues nada, este descartado.

¿Y casada? Uf, qué tremendo suena eso. ¿De verdad que alguien puede ir por ahí diciendo de vocación: marido, o de actividad: esposa? Si es que es lo que tiene esto de andar agrupando a la gente y cerrando el redil, luego resulta que los que están dentro quieren salir y los que están fuera les gustaría entrar; y claro, así van las cosas, que a río revuelto, ganancia de pescadores, y de pescador a golfo solo hay un salto y un par de cuernos. Pues ale, que aquí tampoco.

¡Huy, viuda! Pues mira lo que te digo, un mamporro bien dado aún no se lo he soltado a ninguno, aunque ganas no me han faltado con uno que yo me sé, pero en fin, preferí que la vida misma se lo cobrara directamente, que no me gustaría a mí llevar esos antecedentes a mis espaldas y que acabara siendo la viuda alegre, porque eso sí, si llegara el caso, me niego a andar penando. Así que nones.

¡Anda, y qué querrá decir esto! Estado civil: …otros. Pues oye igual yo estoy en esta opción, porque lo de soltera, casada o viuda puede ser transitorio, pero lo que sí que es para toda la vida, irremediablemente, es ser ex-. Pues sí, y además puede ser reincidente y discontinua, sin que me acusen de bigamia ni nada parecido. Pero anda que cuando queremos borrarnos el título de ex-, y damos una segunda oportunidad… ganamos un nuevo estado civil: exex-, porque ya lo dice el refrán: “Segundas partes, nunca fueron buenas”. Porque mira que tirarse los trastos duele, pero son cosas que le pasan al más pintado. Pero tirarse los mismos trastos por segunda vez, ese chichón no se cura en la vida.

Pues sabes qué, que ya tengo pensado mi estado civil, que para algo han puesto los puntos suspensivos:

Otros: Si yo te contará…

Y acto seguido marco una flecha directa a mi número de teléfono. A partir de aquí, la pelota está sobre el tejado del guapi-barbas, y si quiere saber, pues que pregunte. Aunque digo yo, ¿no era más fácil cuando me regalaban un juego de sartenes? Para mí que aquí hay gato encerrado, porque no termino yo de encontrar la relación entre mi estado civil, los veinte interminables dígitos de la cuenta corriente, mi número de móvil, el crédito concedido que ni quiero ni necesito para nada y este tío tan buenorro que me está atendiendo. ¡Ay, si yo te contará…!

Sobre el autor Mar y Cleo

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