La Verdad

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Autor: Joaquín García Cruz
Aquella Cataluña y esta
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Joaquín García Cruz | 08-09-2017 | 11:55| 0

Echo de menos aquella Cataluña vanguardista en todo, la Cataluña guay que se sabía más cerca de Europa que de la España provinciana que en cierto modo la envidiaba. Estos días recuerdo con nostalgia a la Cataluña de entonces, y no porque se haya quedado atrás en su modernidad, sino porque se ha difuminado en la bronca y parece que ya no invita a disfrutarla como antes. También porque no veo que los catalanes se rebelen contra la cacicada del Parlament, una asonada que en Madrid habría causado ya otro 2 de Mayo y en cualquier otra región sacaría también a su gente a la calle. La aprobación de la ley del referéndum convierte a la Cataluña política en un esperpento institucional, en un anacronismo alejado a distancia sideral de aquella otra Cataluña a la que admirábamos y de la que hoy sus responsables se empeñan en separarnos.

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Tropiezo en la ITV
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Joaquín García Cruz | 05-09-2017 | 4:02| 0

La oposición comanditaria tumbó ayer en la Asamblea el decreto-ley del Gobierno regional sobre las ITV, lo cual certifica otra derrota parlamentaria del PP y anticipa la azarosa legislatura que tiene por delante. Este revés confirma también la imprevisibilidad de Ciudadanos, cuya complicidad el Ejecutivo de López Miras creía -hasta el momento de la votación- tener asegurada en forma de abstención, y corrobora la firmeza de PSOE y Podemos en su obstrucción por sistema a cualquier medida privatizadora, aunque lo que pudiera enajenarse fuera solo la gestión de un servicio público, no ya su titularidad. Todas estas certezas políticas eran esperables, pero queda por despejar una duda: ¿es mejor, para la sociedad (no para los partidos), el modelo actual de las ITV o el que proponía el Gobierno y ha tropezado con la oposición?

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Había mucho nivel
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Joaquín García Cruz | 03-09-2017 | 4:02| 0

Mientras que el PP deshojaba la margarita de PAS, este recomendaba el ‘arroz aparte’ de El Poli, FER perdía al dominó, Urralburu asistía a una «tradicional cohetada», y un restaurante colgaba en la pared la foto de Miguel Sánchez

Ignoro quién es Ana Sharife. Atea, hija de musulmana y de cristiano, según reza su perfil en Twitter, contaba 4.000 seguidores cuando el lunes pasado fijó un tuit con la imagen de un montón de libros apilados y una sola palabra: bolardos. Me pareció un mensaje irrebatible, terminante y más directo, al corazón y a la mente, que la mayoría de los propalados tras la barbarie de Cataluña. El tuit de Ana Sharife fue también muy compartido en su día, aunque no tanto como la despreciativa respuesta que alguien arrojó sobre la pantalla del móvil de Kiko Rivera cuando el hombre se ofreció a ayudar a la ciudad de Barcelona en todo lo que su colaboración pudiera resultar útil. «De bolardo, lo petas», le escupió alguien a la cara, en todo un zasca característico de las legiones de imbéciles que han convertido Twitter en una red social dañina y adictiva como la nicotina, un mundo paralelo al que muchos políticos siguen enganchados en la creencia de que sus consignas llegarán más lejos y ganarán efectividad.

Es probable que, si Trump decide golpear al payaso de Corea, lo comunique, dado que así lo hace con todas sus bravatas, por Twitter, algo que sería tan demencial como las consecuencias del ataque. Estas cosas se hacían mejor ya en la Edad Media, cuando los señores feudales enviaban a sus reyes de armas para formalizar a los pies del castillo de sus nuevos enemigos, pergamino en mano, cualquier declaración de hostilidades. Qué menos que una carta certificada para desatar una guerra.

Una gentileza del catedrático de la UMU Ismael Crespo me ha llevado a leer estos días las recomendaciones de un especialista en comunicación política, Fran Carrillo, consultor y director de la Fábrica de los Discursos, que escribe en la revista ‘Más poder local’ un artículo dirigido a los políticos que quieran armar un mejor discurso y sacarle rédito en las redes sociales. Que sean directos, básicamente, que vayan al grano y que no se anden por las ramas, viene a decir. Que no cuenten su vida, vaya, que transmitan lo importante y -añado yo- reserven las gracietas y los chascarrillos para los grupos de amigos. Y que midan sus pasos, antes de darlos. «Promesas unidireccionales, advierte Fran Carrillo, solo sirven para hipotecar el crédito y credibilidad del gobernante o candidato a medio plazo, hipoteca con intereses altos que, en ocasiones, cuestan gobiernos. Por ello, para hacerlo compatible, recordable, sostenible, se necesita un relato creíble detrás y un orador auténtico narrándolo». A nadie importa de un político la playa donde se baña ni la capital europea que visitó en el puente de la Virgen. Pero la mayoría de los políticos hacen caso omiso a estos consejos (y al sentido común), se prodigan en bagatelas y acaban por erosionar su propia imagen pública, al contrario de lo que pretendían. Gobernantes y aspirantes nos han mostrado en agosto sus caminos de Santiago, las procesiones marítimas a las que asistían, sus travesías a la isla del Ciervo y las cintas que cortaban. Mientras que todo el PP pasaba el verano con el alma en vilo, deshojando la margarita de Pedro Antonio Sánchez (¿abandonará su escaño en la Asamblea?, ¿nos dejará huérfanos?), Sánchez se relamía en Twitter con los «buenísimos rollitos de almendra rellenos de chocolate blanco y con salsa de frutas de la pasión» que Arturo sirve en Los Collados Beach, o alababa el «‘arroz aparte’, único, de El Poli, en Águilas». Fernando López Miras, el presidente regional, reveló el miércoles pasado que estaba «pasando un rato estupendo en el Centro de Mayores de Mazarrón», donde «había mucho nivel al dominó y fue imposible ganar la partida». De Rafael González Tovar, el mandatario del PSOE, supimos que disfrutó de las fiestas de Ojós con amigos de «este pintoresco pueblo del Valle de Ricote», al que también aireó que había acudido Óscar Urralburu, el líder de Podemos, para celebrar «la tradicional cohetada que pone punto final a las fiestas populares». Por Twitter nos enteramos de que Miguel Sánchez, el portavoz parlamentario de Ciudadanos, forma parte ya «del elenco de fotos de Paco, del restaurante del Santuario Virgen de la Esperanza», donde lo han colocado en la pared, aunque yo hubiera elegido otra en la que figura caracterizado de Cristóbal Colón, que es con la que ha ilustrado durante una parte del verano su perfil en la red del pajarito azul.

A ver si, ya metidos en septiembre, dejamos las tonterías a un lado y vamos centrándonos, que hay mucho tajo por delante.

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Turismo de sangría
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Joaquín García Cruz | 28-08-2017 | 11:51| 0

Aquel taxista de Madrid, su mujer, la suegra y una niña con flotador entraron a la macrodiscoteca de moda sin más ropaje que bañador y toalla, saludaron por su nombre al musculoso portero y se zambulleron antes que nadie en la fiesta de la espuma -que una noche más estaba a punto de llenarles de felicidad- en el mismo barreño donde una chica de Albacete había ganado en la víspera el concurso de ‘miss camiseta mojada’. Ni un cubata se tomó la familia, pese a que tenía barra libre del dueño a cambio de que se resignara a dormir de día durante toda la quincena, ya que por la noche su apartamento no dejaba de temblar, por las reverberaciones de la música, y una vez comprobado que de nada habían servido las numerosas denuncias del verano anterior. La discoteca -almenas postizas, dos pistas, jaulas para los más bailongos, piscina, gogós, palmeras y garrafón-, se situaba a las afueras del pueblo, pegada a un invernadero. Pero no tenía pérdida. Un cañón de rayos láser que iluminaban las tomateras circundantes te guiaba hasta el establecimiento, y allí aparcabas sobre un terraplén, si -como solía suceder-ya estaba imposible la explanada que se ofrecía de aparcamiento y en la que sexo y droga corrían por dentro y por fuera de los coches sin respeto alguno a lagartijas y mosquitos, confundidos en su hábitat por aquella marabunta ocasional. Estaba garantizado que los viernes y los sábados harías el camino en caravana, y que a la vuelta, ya al alba, te esperaría un control de alcoholemia.

Tampoco de día te aburrías. Ojeabas medio periódico en la cola de los churros, buscabas el pan, echabas un pestañeo por el súper y, cuando te dabas cuenta, ya estabas sudando. A la playa. Segunda línea, no está mal, qué raro, será porque se ha nublado. Un vertido de aguas fecales obligaba a cerrarla hasta la tarde o incluso hasta la mañana siguiente, alguna vez en julio y -seguro- otras tres o cuatro en agosto, cuando la población se multiplicaba y las tuberías reventaban. El Ayuntamiento te cobraba los recibos de todo el año, pero, bien, bien, lo que se dice bien, la red de agua potable solo funcionaba en temporada baja. Demasiada gente para este pueblo. Era la única e inadmisible explicación municipal.

La siesta se veía interrumpida a las cinco de la tarde, como si el descanso entendiera de horas, por la flauta del afilador, el derrape de algún niñato con la moto trucada o el descapotable con señorita en lo alto que recorría las urbanizaciones forrado de altavoces que anunciaban la fiesta de la espuma en la macrodiscoteca de moda. Tampoco ayudaba a completar un feliz veraneo que pidieras en la terraza del paseo marítimo un calamar a la plancha y te sirvieran anillas de calamar descongeladas, o que comerte una pizza con ensalada te costara dos horas y más dinero de la cuenta.

Todo esto sucedía invariablemente (¿sucede aún?) en cualesquiera de los pueblos de nuestra Costa Cálida, la misma que regala, para quien sepa gozarlas, algunas de las mejores playas de España -sí, de las mejores de España-, gracias a su arena dorada y sus aguas limpias, en las que puede uno bañarse sin necesidad de escarpines, unas playas que ya quisieran para sí Andalucía y Cataluña (las dos autonomías que más turistas reciben); el mismo litoral también en el que una puesta de sol -imbatible la del Mar Menor- parece sacada de una paleta de colores y con la que tampoco alcanzan a rivalizar los crepúsculos a menudo desabridos de la cornisa cantábrica y de la orilla oceánica.

Cuando vi a la familia de Madrid lanzarse de cabeza a la fiesta de la espuma en aquella discoteca de las afueras, me dije, hace ya de esto veinte años, que el turismo iba mal encaminado. Aún no habían salido de la caverna los ‘kaleborrokas’ que este verano pintarrajean los autobuses de los ‘guiris’ y pinchan las bicicletas municipales de alquiler, pero yo empecé a tener claro entonces que nuestro tradicional modelo de turismo se agotaba, y hoy estoy convencido de que si por estos pagos no se ha llegado a los extremos del ‘balconing’ y de las borracheras colectivas de Magaluf ha sido por la falta de hoteles para alojar a tantos borregos juntos. Solo por eso. El cariz que nuestras playas empezaban a tomar en los noventa, y el feísmo rampante, parecían abocarnos a convertirnos también en un destino barato. Nos empeñamos en contar cuántos visitantes más recibimos cada verano, a la caza de medallas estadísticas, sin avistar el riesgo de que el sector languidezca, no porque se masifique (una eventualidad aún lejana), sino porque se empobrezca. Nuestros hoteles son los más baratos, pero también los menos rentables. Mal negocio. Los visitantes extranjeros vienen en su gran mayoría empaquetados por un operador, pero no llegan individualmente atraídos por unos encantos que apenas conocen debido a una promoción errante y desacertada. Es el momento de apuntarse al gran debate nacional que Gobierno, autonomías y empresarios acaban de abrir, empujados por los brotes de ‘turismofobia’, y definir un modelo definitivo para la Región en el que, si bien cabe toda la riqueza turística disponible (la cultural, la gastronómica, la natural y la religiosa), habrá que apostar por valores seguros e identificar sin ambages ni complejos nuestras fortalezas, que son -admitámoslo ya de entrada- el sol y la playa. Pero de poco servirán tales atributos si no se revisten -de verdad, no de boquilla- con el marchamo de la calidad y el criterio inapelable de la sostenibilidad. De no hacerlo así, nos enfrentaremos al riesgo de seguir engrosando la estadística con los turistas ‘low cost’, con los que suben al avión ya ebrios, con los que ahora la lían parda en Magaluf, y con todos aquellos a quienes Cataluña y Baleares no dejarán entrar porque se han dado cuenta, a tiempo, de que la masificación pone en peligro su gallina de los huevos de oro. Nos quedaremos con las migajas, con las sobras de los otros, con quienes no se toman ni una cerveza porque la llevan comprada del chino, y con quienes disfrutan más en una fiesta de la espuma (¡Dios mío!) que amartelándose de atardecida con la brisa que acaricia a un buen chiringuito.

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No, no es verdad
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Joaquín García Cruz | 25-08-2017 | 12:10| 0

Tenemos miedo. Cómo no tenerlo. Perderíamos la condición humana, la que nos diferencia de las bestias yihadistas. Quién no atisbó la sombra de la muerte al ver el sembradío de cadáveres en Las Ramblas, aquella catarata de sangre

Bestia significa también animal, bárbaro, alimañana y cafre, acepciones todas que se quedan cortas, aunque pudiéramos agruparlas en una sola palabra, para llamar por su nombre a los terroristas que otra vez han desgarrado el corazón de España. Concebir atropellos masivos como el perpetrado el jueves en Barcelona y el que los Mossos d’Esquadra frustraron horas después en el paseo marítimo de Cambrils se hace difícil sin renegar de la condición humana. Plauto era seguramente incapaz de imaginar que nadie en sus cabales pudiera llevar a cabo atrocidades de tal magnitud cuando escribió para una comedia que el hombre es un lobo para el hombre (‘homo homini lupus’), una simple metáfora, un latinajo referido al egoísmo, a la necesidad de cultivar la convivencia en sociedad para corregir los desvaríos del individuo. No, ni siquiera realizando un esfuerzo de aprehensión filosófica del fanatismo cabe en cabeza humana figurarse a un chaval de 17 años, los que tenía Moussa Oukabir, fantasear durante meses con estampar una furgoneta contra miles de inocentes, planificar la salvajada al detalle y ejecutarla, en la creencia de que Alá y un puñado de vírgenes lo esperan en el Más Allá para darle un abrazo eterno. De ahí la dificultad de adjetivar las tropelías yihadistas -y a los propios yihadistas- sin recurrir a vocablos circunscritos a la zoología.

La matanza motorizada de Las Ramblas es la última de una secuencia que arrancó en Niza en 2004 y dejó después una estela sangrienta de muy parecida factura en Berlín, Londres, Estocolmo y París. «Francia está en guerra», declaró François Hollande tras los atentados de noviembre de 2015, que dejaron en París y Saint-Denis 137 muertos y 415 heridos. No exageraba Hollande. El mundo entero está inmerso en una guerra que unilateralmente ha declarado el Daesh, dispuesto a destruir, zarpazo a zarpazo, el modelo de vida occidental. El minuto de silencio que 100.000 personas guardaron anteayer en la plaza de Catalunya en repulsa a los terroristas y en homenaje a las víctimas de Las Ramblas dio paso al grito unánime de «¡No tinc por!» («¡No tengo miedo!»). Las emociones afloran al ver ese instante en televisión, y supongo cuánto más debió de conmover a quienes allí estaban. Pero no es verdad. Tenemos miedo. A quién no se le pasó por la imaginación, viendo el sembradío de cadáveres en Las Ramblas, el viaje reciente de un familiar a Barcelona, la eventualidad de que un amigo estuviera por allí, las últimas olivas con vinagre de cava en La Boquería, aquel concierto en el vecino Liceo. A quién no se le escapó un ‘hijosdelagranputa’ y quién no reflexionó para sus adentros acerca del castigo más justo. Quién no escarbó en el sentido de la vida y atisbó la sombra de la muerte, al removerle las entrañas semejante catarata de ambulancias, policías, estampida, un niño boca abajo, cinturones explosivos, chatarra, cuchillos, quioscos, ‘última hora’, ‘¿has visto lo de Barcelona?’, chicos llorando sobre la acera, ansiedad, hospitales, desconsuelo, atropellos, flores, quejidos, bandejas volando, sangre, mimos despintados, bombonas, personas ayudando a personas, hienas soltando dentelladas a lomos de una furgoneta asesina. Quién no se sintió frágil al saber, después, que el italiano de 35 años Bruno Gullota empujó a tiempo a su hijo Alexander y, por salvarlo, murió arrollado ante la mirada enloquecida de su mujer, Martina, de su Alexander milagrosamente vivo y de Aria, el bebé a quien la madre transportaba en un capazo. Quién puede no estremecerse al leer que Heidi, una californiana que recorría Europa en el primer aniversario de su boda, busca todavía a su marido, Jared Tucker, de 42 años, un albañil de San Francisco. Cuánto dolor no azotaría el alma de la australiana Jumari ‘Jom’, ingresada por múltiples fracturas, hasta enterarse -ayer, 48 interminables horas más tarde- de que Julian Cadman, su pequeño de siete años, se cura en otro hospital.

Tener miedo ante barbaridades como la de Barcelona no significa rendirse al enemigo. Más bien nos protege. El miedo nos fortalece frente a la brutalidad yihadista, porque es una herramienta biológica que garantiza la supervivencia de la especie. Ellos no lo experimentan, dado que son bestias en las que por consiguiente no anida la condición humana. Su corazón solo genera odio, el arma mortífera que habrá que arrebatarles, sea como sea, y de la que la sociedad a la que el yihadismo ataca deberá también cuidarse con la misma fuerza que se protege frente a los bárbaros. Tras los vídeos del horror, circulan ahora por las redes sociales los vídeos del odio, y en alguno se invocan incluso las expulsiones de los Reyes Católicos. Ojo con cruzar la raya que nos separa de las alimañas, porque pisarla nos acercaría a ellas. Fecundaría rencor, también entre nosotros. Bastante sufrió España con el fanatismo de ETA en los años de plomo. Fernando Aramburu relata magníficamente en su novela ‘Patria’ el efecto destructor del veneno que la banda etarra inoculó entre los vascos. Miren, la madre de un chaval que cambia el frontón por la capucha, habla así a su marido tras serle presentada la familia -salmantina- del novio de su hija Arantxa, quien crece ajena al delirio combativo de su madre y su hermano: «Serán amables, educados y lo que tú quieras, pero se nota que no son de aquí. Esa manera de hablar, esos gestos. Hasta me parece que mastican distinto. Ve preparándote para tener un nieto que se apellide Hernández. Solo de pensarlo me entra dolor de tripa». Eso es odio, la negación de la humanidad, el límite preciso -que todos deberíamos convenir infranqueable- de la guerra contra el yihadismo. Odio, no. Pero tampoco digamos, más allá de un grito y del discurso políticamente correcto, que no sentimos miedo. Estamos asustados, muy asustados. Si no tuviéramos miedo, seríamos como ellos. Seríamos sanguijuelas.

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