La Verdad
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Autor: Joaquín García Cruz
Sé fuerte, Pilar, y hazlo tú
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Joaquín García Cruz | 22-01-2018 | 9:38| 0

El abogado de Pilar Barreiro conmina a la Prensa a pedir perdón a su clienta. ¿Por qué? ¿No será más bien que es la senadora quien debe disculparse, si hasta el propio Rajoy lo hizo cuando estalló ‘Púnica’, el mismo caso en el que ella está imputada?

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Ciudadanos, tres al día
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Joaquín García Cruz | 14-01-2018 | 6:36| 0

El partido naranja, que sigue subiendo en afiliación como un suflé, encarga a Miguel López Bachero el papel de cazatalentos, prescriptores sociales de prestigio que ya trabajan como expertos

Lo verdaderamente emocionante de la cadena de oro, aquella estafa piramidal que en los años ochenta reportó pingües ganancias a los más espabilados del juego (a costa de otros muchos pardillos), era llegar cada mañana al banco, actualizar la cartilla y constatar un día más el crecimiento fulgurante de la cuenta corriente a base de imposiciones anónimas de mil pesetas, que entraban por remesas y proporcionaban un chute de adrenalina similar al que Ciudadanos experimenta cada vez que consulta su base de afiliados y contempla nuevas incorporaciones. De los 22.000 inscritos que el partido de Albert Rivera registraba en España en noviembre pasado, 1.047 eran de Murcia, la segunda región con un mayor aumento de la militancia (22%), solo por detrás de Cataluña, donde Ciudadanos es la primera fuerza en votos gracias al triunfo de Inés Arrimadas en las elecciones del 21-D. El censo va ya por los 1.210 militantes (dato del viernes pasado), lo que confirma un goteo constante, a razón de tres altas al día, y dibuja una tendencia que parece destinada a consolidarse y está directamente relacionada con el desencanto creciente hacia el PP, sin duda el caladero donde más papeletas pescarán Ciudadanos y el nuevo partido de Alberto Garre.

La identificación de Rivera con la unidad nacional, cuando –y donde– más amenazada se veía esta por el independentismo, y la frescura de su candidata Arrimadas, explican un éxito cuyas razones resultan de difícil extrapolación a Murcia. De hecho, habrá que esperar a mayo de 2019 para verificar si las urnas confirman también aquí el robustecimiento de Ciudadanos que anticipan las encuestas, pero la subida de la afiliación es ya un hecho –especialmente llamativo en Murcia, Molina de Segura y Alcantarilla–, al igual que el aterrizaje en el partido de destacados miembros de la sociedad civil, algunos situados en puestos de responsabilidad dentro de los ámbitos de la Región en los que se mueven. Ciudadanos prevé darlos a conocer en breve, envueltos en la vitola de grupos de expertos en economía, sanidad, justicia, educación y cultura. Algunos de ellos han llegado a la casa de la mano de Miguel López Bachero, profesor de la UMU y ex director gerente del Círculo de Economía, cuyo alistamiento en octubre pasado como secretario de Programas y Áreas Sectoriales insufla al proyecto autonómico de Albert Rivera una pátina de rigor y seriedad que viene a contrarrestar la idea primigenia de que Ciudadanos se nutre en parte de advenedizos y desechos de tienta, una imagen que hoy ya no se sostiene. López Bachero es el cazatalentos del partido, un ‘fichador’ de caras reconocibles en Murcia, por el momento colaboradores (no todos se han afiliado), entre los que hay personas a las que se asociará con el PSOE y otras vinculadas en mayor o menor medida al PP, si bien el perfil que se busca desde el Comité Autonómico responde a un dibujo distinto: influyentes, profesionales, clase media e independientes, etiquetas todas ellas muy queridas por los liberales, que también se enorgullecen de estar recibiendo un aluvión de mujeres.

A diferencia de Podemos, donde sus círculos asamblearios no impiden saber quién lleva la batuta (Óscar Urralburu), y de los partidos tradicionales, representados en el PP por un presidente (Fernando López Miras), y en el PSOE por un secretario general (Diego Conesa), en Ciudadanos se hace difícil localizar entre sus dirigentes a un líder omnímodo, alineados como están en una extraña estructura horizontal de mando en la que Albert Rivera sobresale por encima de las nubes, pero sin que haya un referente regional nítido. Miguel Sánchez tiene más visibilidad que nadie debido al altavoz que le da su doble faceta de portavoz en la Asamblea Regional y en el partido, pero en la parcela orgánica se sienta casi a la misma altura, aunque con voto de calidad, que Valle Miguélez (secretaria de Organización), López Bachero (Programas y Áreas Sectoriales), José Luis Ros (Comunicación), Francisco Álvarez (Acción Institucional) y María Dolores Jiménez (Relaciones Institucionales). Todos ellos son secretarios ejecutivos, junto con Miguel Garaulet (diputado al Congreso), Juan José Molina (diputado regional) y los portavoces municipales de Murcia (Mario Gómez), Cartagena (Manuel Padín) y Yecla (Antonio Puche). Ciudadanos cerrará la semana próxima la composición de siete comités territoriales, y sus respectivos coordinadores se sumarán al Comité Autonómico, que quedará formado por un total de dieciocho dirigentes y funcionará de forma parecida al Comité Ejecutivo en el PP o a la Comisión Ejecutiva del PSOE.
Miguel Sánchez figura como ‘primus inter pares’, pero ¿puede hablarse de él como un líder indiscutible de Ciudadanos? ¿Goza del respaldo mayoritario de los afiliados para superar las primarias del partido –a las que se presentará–, y de la confianza social necesaria para ganar las elecciones autonómicas? Hay quienes dudan de su liderazgo, pero él se ve fuerte, y convencido de sus opciones para vencer en las primarias que la formación naranja celebrará, probablemente a la vuelta del verano, para elegir a los candidatos a la Comunidad Autónoma y –atención– a las 45 alcaldías de la Región. El notable crecimiento de afiliados, y su certeza de que la política regional asiste ya a un cambio de ciclo, alimentan el entusiasmo de Ciudadanos, que tiene ya decidido un cambio sustancial con respecto a los comicios de 2015:el partido de Albert Rivera no volverá a suscribir un pacto de investidura. Si otro partido necesita a sus diputados, deberá compartir el poder con Ciudadanos, y pactar un programa de gobierno. Ciudadanos se ha cansado ya de estar en la oposición.

La pregunta era otra

López Miras se hace mayor con la imputación de Pilar Barreiro

La ceremoniosa rueda de prensa en la que Fernando López Miras (FER) anunció una rebaja del IRPFen el tramo autonómico, con todos sus consejeros esperando sentados a que el jefe descendiera por las escaleras del palacio de San Esteban, tuvo su miga. Puso de manifiesto que el presidente autonómico más joven de España se está haciendo mayor. Se le preguntó si permitirá, en su condición de presidente regional del PP, que Pilar Barreiro retenga su escaño en el Senado pese a que mañana comparecerá ante el Tribunal Supremo como imputada por sus relaciones con la trama ‘Púnica’, y FER contestó: «Si tengo que echar a patadas a alguien de mi proyecto, será cuando lo diga un juez». Pero esa no era la respuesta que se esperaba de él, no la que debió dar, porque la pregunta era otra, y la respondió como si llevara toda la vida al frente del PP.

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La esquela
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Joaquín García Cruz | 07-01-2018 | 10:08| 0

Pilar Barreiro es ya el problema principal de López Miras, que quedará tocado en sus intereses electorales si como presidente regional del partido no consigue, inmediatamente y sin conmiseración, que la senadora deje el escaño

Una esquela de página entera en los primeros periódicos del nuevo año, con su cruz gigante, su D. E. P., sus letras negras y su mal rollo, fue la forma elegida por los populares para comunicar a los cuatro vientos la defunción del Impuesto de Sucesiones y Donaciones. En realidad, el gravamen habita aún entre nosotros, aunque ciertamente reducido a cenizas porque se ha minorado hasta un simbólico 1% el dineral que antes se apoquinaba por recibir una herencia entre padres, hijos y cónyuges y por realizar una donación ‘inter vivos’ con estos mismos grados de consanguinidad. La publicidad mortuoria no parece el mejor modo de felicitar a nadie ni de alborozarse ante una rebaja fiscal, pero el logro está conseguido, y con creces, si lo que se pretendía era hacer ruido y llamar la atención en las redes sociales, donde Mariano Rajoy contribuyó al debate con un ‘me gusta’ y la oposición sigue dándole cera a la esquela.

Lo sustantivo del asunto, sin embargo, no radica en tan singular alboroque, sino en la supresión misma del impuesto. Lleva razón el consejero Andrés Carrillo cuando la considera «una medida de política social de primer orden». Muchos de los 15.000 murcianos que cada año afrontaban el pago de este tributo terminaban renunciando por cientos al legado de una casa paterna, o de cuatro tahúllas en la huerta, ante la imposibilidad de abonar el gravamen, que no siempre era soportable para una economía modesta: recibir en herencia un bien valorado en 180.000 euros, por ejemplo, comporta ahora el pago previo a Hacienda de 240 euros, pero hasta 2015 suponía un castigo de 24.000 euros, que ya en 2016 se limitó a ‘solo’ 3.000 merced a una primera rebaja, también significativa (del 60%), pero que entonces no se anunció con tantas alharacas. La eliminación del impuesto no es, por consiguiente, una decisión que favorezca únicamente a los ricos. Y objetar que los 26 millones que la hacienda regional dejará de ingresar este año podrían destinarse a mejorar la sanidad llevaría al absurdo de preguntarnos por qué no volcar en el maltrecho sistema de salud la totalidad de las arcas públicas, dada la voracidad insaciable del gasto sanitario, que solo podrá contenerse -y va veremos hasta qué punto- de la mano de un nuevo y más razonable sistema de financiación autonómica. A mi parecer, la eliminación del Impuesto de Sucesiones y Donaciones constituye una buena noticia, quizá el primer mojón de un año, 2018, del que Fernando López Miras vaticinó en su discurso de Nochevieja que será el «más positivo de la historia reciente», empujado sin duda por un entusiasmo que, con independencia de que se antoja exagerado, anticipa la ruta de campaña que el PP ha dibujado ya, y que está marcada por la necesidad de poner tierra de por medio con Ciudadanos. El partido de Albert Rivera le comió la tostada a los populares en Cataluña y amenaza con un crecimiento electoral análogo en el resto de las comunidades, así que en esta pugna a codazos con la formación naranja es donde encaja el hecho de que PP y Ciudadanos se disputen como niños el mérito de haber eliminado el impuesto sucesorio. Tan lejos llegan unos y otros en su empeño por atribuirse la gloria de la rebaja fiscal -incluida por el PP en su programa electoral de 2015- que a la esquela de marras respondió enseguida en Twitter el jefe de filas de Ciudadanos, Miguel Sánchez, con un mensaje más propio de un consejero con mando en plaza que de un portavoz de la oposición: «Comenzamos el año eliminando impuestos».

La gresca durará hasta que las urnas se abran en 2019. Aún no habían terminado los dos partidos de enterrar el Impuesto de Sucesiones y Donaciones, y allí mismo, en el velatorio, volvieron a chocar, pero esta vez por algo más peliagudo, de mayor gravedad y de resonancia nacional: la citación por el Tribunal Supremo de la senadora Pilar Barreiro, imputada en ‘Púnica’, el mismo caso que tumbó al expresidente Pedro Antonio Sánchez. Ciudadanos quiere su cabeza, y está en su derecho a cobrársela porque firmó un pacto de investidura con Mariano Rajoy, y los pactos se cumplen o se tiran a la basura.

Pilar Barreiro es ya el problema principal de Fernando López Miras. Si el PP sigue haciéndose el remolón con sus imputados, no podrá afianzar la solvencia de su candidato a la Comunidad Autónoma y su virginidad política quedará desautorizada como principal activo para conducir al PP hasta una victoria electoral. O López Miras hace valer su condición de presidente regional del partido, y aparta del Senado a la exalcaldesa de Cartagena -inmediatamente y sin la menor conmiseración-, o quedará tocado para siempre por la misma conchabanza que tantos disgustos ha traído al PP cuando le ha tocado lidiar con la corrupción y se ha cruzado de manos. Malo sería que López Miras se dejara conducir por su antecesor en la resolución de este asunto, y peor aún que aceptara las presiones de la propia Barreiro para mantenerse en el escaño, desoyendo el consejo que Paul Aster ofreció ante los periodistas durante la reciente presentación en Madrid de su (soberbia) novela ‘4 3 2 1’: «Los moribundos nunca deberían dar consejos».

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La foto peligrosa
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Joaquín García Cruz | 18-12-2017 | 8:36| 0

A los políticos  de todos los colores que se manifestaron en la calle junto a los regantes no les bastará con retratarse bajo la pancarta. Su gesto quedará en agua de borrajas si no ponen sobre la mesa lo que tienen que poner

 

Siempre hay una primera vez. Mariano Rajoy nunca había protestado en la calle contra nada y contra nadie (salvo en las concentraciones para condenar el terrorismo), hasta que en julio de 2005 se manifestó en Murcia en defensa del Trasvase Tajo-Segura, junto a 400.000 agricultores, regantes, empresarios y ciudadanos llegados también de Valencia y Andalucía. Eran los tiempos del ‘agua para todos’. Zapatero acababa de derogar el trasvase del Ebro, en cumplimiento de su compromiso con Esquerra Republicana (que le devolvió el favor votándole en la investidura), y su Gobierno, el de Cristina Narbona en Medio Ambiente, no daba señales de garantizar siquiera la supervivencia del Tajo-Segura para mantener con aliento a la cuenca del Segura. La receta alternativa de Narbona consistía entonces en la construcción de veinte desaladoras y «el ahorro, la mejora de la gestión y la reutilización del agua».

Qué peligrosas son las fotos, y qué traicionera la memoria. Aquel caluroso día de julio en Murcia, el presidente nacional del PP asistió a un almuerzo multitudinario con dirigentes y afiliados populares. Subió al atril con una hoja de lechuga de la ensalada y, blandiéndola, preguntó a los suyos si hay alguna agricultura mejor que la murciana. «¡Nooooo!». Rajoy se hinchió de ardor militante, reivindicó el Plan Hidrológico Nacional recién derogado parcialmente por el PSOE, y dejó sembrada allí la esperanza de los regantes en un vuelco electoral. Era la primera vez que Rajoy se manifestaba en su vida, pero no fue aquella, sin embargo, la primera ensoñación con que se embaucó a los regantes. José María Aznar se le anticipó durante un mitin de la campaña de 1996 en la plaza de toros. Sin importarle que años antes se hubiera mostrado desde su cuna vallisoletana partidario de no alterar con los trasvases el curso natural de los ríos (qué traicioneras resultan también las hemerotecas), Aznar levantó el vaso de la tribuna de oradores y enardeció a su auditorio: «Murcianos, dadme votos y os daré agua». Zapatero le ganó la partida de las urnas en 2004 y su promesa quedó reducida a una primera piedra y finalmente truncada como un junco del delta del Ebro azotado por el mistral.

No hay duda de que las fotos las carga el diablo. Bien podrían atestiguarlo los socialistas Pedro Saura y Ramón Ortiz, a quienes su partido comunicó que el trasvase de Aznar iba a quedar sepultado en el BOE… cuando apenas habían pasado de Fuente la Higuera a su regreso de una concentración en Valencia convocada para exigir el inicio de las obras. Ítem más. El alcalde Ballesta, a la sazón consejero y portavoz del Gobierno regional, y el entonces alcalde Miguel Ángel Cámara protagonizaron a su pesar otro ejemplo de imágenes bumerán en febrero de 2014, al situarse tras la pancarta de la Plataforma Pro Soterramiento en una manifestación contra la llegada del AVE a Murcia en superficie, que es -con los matices que se quiera- lo que ahora defienden, añado yo que acertadamente: no existe otra forma de que el soterramiento avance sin frenar la entrada de la alta velocidad.


Las verdades del barquero

Cuánto peligro encierra también la foto que Fernando López Miras y su Gobierno en pleno se hicieron el miércoles pasado con los miles de manifestantes que exigían agua por las calles de Murcia. Los regantes son pacientes, pero tontos, no, y pedirán más fotos como esa, hasta conseguir que se les resuelva el problema, que ningún gobierno se ha atrevido a abordar, tantos años después, por la sencilla razón de que no le salen las cuentas electorales. Imágenes como la del miércoles, con el presidente de la Comunidad Autónoma y toda la oposición paseándose por la Gran Vía en comandita y junto a los agricultores, dejan un reguero de preguntas a contestar. Por ejemplo, dónde estará cada uno de esos políticos cuando la siguiente sequía venga a visitarnos. Cuánto tiempo más la cabecera del Tajo almacenará menos de los 400 hectómetros cúbicos por debajo de los cuales la ley del Memorándum impide los desembalses. Qué hará Rajoy para sacar adelante un plan hidrológico al que está cantado que Aragón y Castilla-La Mancha se opondrán con fuerza, en el caso de que incluya trasvases a otras cuencas. Cómo, a falta de trasvases, se paliará el déficit estructural del Segura. Hasta cuándo seguirá abierto el canal del Tajo, del que dependen decenas de miles de familias. A qué precio habrá que pagar el agua de las desaladoras, y a qué coste medioambiental. Cómo Diego Conesa será capaz de convencer a los barones del PSOE (presidido por Cristina Narbona) de la bondad del acueducto. Qué podrá hacer Alberto Garre para remediar la situación, aparte de sacarle lustre a su merecida insignia de oro del Sindicato Central de Regantes. A qué espera Ciudadanos para poner en marcha la comisión de sabios que anunció para articular una respuesta global y despolitizada a la penuria hídrica. Cómo explicará Podemos a sus círculos que sus diputados compartieron manifestación con quienes gritaban contra el desmantelamiento por la Confederación Hidrográfica de un gigantesco salmueroducto contaminante. Cuál de todos ellos advertirá alto y claro de que reclamar un riego de socorro en las circunstancias actuales supone un error estratégico de calado. Quién tendrá la gallardía de admitir que hay empresarios agrícolas sensatos pero también otros codiciosos, y que no todos los agricultores son intocables, pese al mantra extendido desde San Esteban durante los años fructuosos del ‘agua para todos’, en una suerte de chantaje emocional. Más preguntas. Cómo embridar las 20.000 hectáreas de regadío supuestamente ilegales en el Campo de Cartagena recién denunciadas en el Juzgado por el fiscal superior. Quién y cómo acabará con los vertidos irregulares al Mar Menor antes de que la laguna se muera y sin arrastrar a nadie a la ruina. Hasta dónde permitirá Rajoy a López Miras convertir en duradero su compromiso, que el presidente formalizó en Twitter, de estar «siempre junto a mi gente» en tanto no se alcance «una solución definitiva». Quién se atreverá a reunir a los sindicatos del campo para persuadirlos de que no hay futuro sin agricultura sostenible, y de que los desafíos del cambio climático no son un canto de sirenas.

Estas y otras preguntas sin respuesta configuran la foto fija de este momento en la Región, que es la foto de verdad, esa que nadie puede ignorar si no es dándole largas por enésima vez. Tarde o temprano, los políticos -todos- que se retrataron el miércoles bajo la pancarta de los regantes deberán despejar tales interrogantes, como única manera de verificar que no era palabrería lo que allí dijeron. Tendrán que hacerlo, y entonces se darán cuenta del peligro que algunas fotos encierran para su credibilidad.

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¡Viva el coche!
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Joaquín García Cruz | 10-12-2017 | 1:29| 0

El concejal de Tráfico pidió que se usara menos el coche en Murcia, para rebajar la contaminación. Pero no parece que el tráfico se haya reducido, salvo en el macropuente, porque casi todos nos fuimos (en coche) a contaminar a otros lugares

¿Alguien pensaba que encontraría eco la recomendación del Ayuntamiento de Murcia para dejar el coche en casa y rebajar así la contaminación atmosférica procedente de los atascos de tráfico? El llamamiento, hace dos semanas, del concejal Antonio Navarro llevaba aparejada la orden de que la Policía Local se volcara en prevenir los embotellamientos, y fue publicado al constatarse que la estación de San Basilio que mide la calidad del aire en Murcia había rebasado durante seis días consecutivos los niveles legalmente admisibles de PM10, partículas contaminantes liberadas por las emisiones del tráfico rodado y, en menor medida, por las quemas agrícolas. Aunque no hace al caso hurgar aquí en la polémica, sí conviene recordar que aquello fue «un grave episodio de contaminación, de consecuencias para la salud pública», según el experto de Ecologistas en Acción Pedro Belmonte, mientras que para Juan Madrigal, el director general de Medio Ambiente de la Comunidad Autónoma, «los ciudadanos podemos estar tranquilos porque los parámetros del aire que respiramos están controlados». Queda a juicio del lector discernir cuál de estos dos diagnósticos, tan dispares, merece su confianza.

Sea como fuere, el tráfico no se ha reducido en Murcia, salvo durante el macropuente, que lógicamente no cuenta porque casi todos nos fuimos (con el coche) a contaminar a otros lugares. El Ayuntamiento se muestra optimista acerca de la evolución del tráfico y la contaminación en los quince días transcurridos desde su petición a los ciudadanos, pero mi observación personal es que no he visto, en mis cuatro trayectos cotidianos de ida y vuelta al trabajo, más policías locales regulando la circulación para aliviar la congestión de mediodía en Teniente Flomesta o evitar las retenciones en Reino de Murcia y Miguel Indurain, incesantes desde que ambas avenidas se estrangularon para dejar hueco a carriles bici que nadie utiliza porque a ningún sitio conducen. Tampoco me ha parecido apreciar en los días posteriores a la recomendación municipal una mayor ocupación del tranvía y de los autobuses, hechos incontestables de los que no puedo sino colegir que, una vez más, los políticos van por un lado y el personal, por otro. Me he registrado -para que no se diga- en la web municipal que fomenta el uso compartido del coche, pero aún espero -cuatro días después- una respuesta a mi intento de contribuir modestamente a una ciudad más limpia y menos ruidosa. Respecto a los índices de contaminación, mi ceguera es total, por más que he intentado suplir mi desconocimiento de lo que se esconde tras las partículas PM10 con las preguntas pertinentes a quien sí lo sabe y tiene además la obligación (incluso por ley) de explicarlo a la opinión pública, con el fin de que los ciudadanos sepamos si conviene agenciarse una mascarilla o nos enfrentamos a otra exageración de los malvados ecologistas. La página web de la Comunidad Autónoma que contabiliza las incidencias en la calidad del aire (sinqlair.carm.es) no hay quien la entienda sin un máster previo de educación medioambiental, más allá de percibirse frecuentes concentraciones de PM10 en los medidores de San Basilio y Alcantarilla superiores a las que la ley permite, con el añadido de un mensaje tan poco tranquilizador como inescrutable acerca de una ‘intrusión sahariana confirmada’.

Cualquiera diría que Murcia es una ciudad tranquila, sin los inconvenientes de las grandes urbes, quizá porque los 439.000 habitantes que la sitúan como la séptima metrópoli más poblada de España viven dispersados en 52 pedanías que se reparten a lo largo y ancho de 885 km2, de tal suerte que configuran una de las capitales con menos densidad de población (500 habitantes/km2). Esta morfología municipal ayuda a que no suframos aquí las aglomeraciones de las grandes ciudades, sus atascos perennes y los episodios de contaminación que obligan a limitar ocasionalmente la velocidad de los coches, la circulación en momentos puntuales y el estacionamiento en el centro para los no residentes. El apiñamiento ha alcanzado en Madrid tal magnitud que el equipo de Manuela Carmena ha ordenado a los peatones (bajo pena de multa) que caminen en sentido único por las aceras de las calles Carmen y Preciados, el cogollo comercial, siempre que la Policía Local considere que la marea humana lo hace intransitable.

Pero esta Murcia de apariencia tranquila, y en la que tanto nos gusta vivir, empieza a reproducir las molestias de las grandes ciudades dentro de los 13 km2 de su casco urbano, ensartado de arterias estrechas y atestadas de autobuses concurrentes, una zona de convivencia difícil con la bicicleta (pese a la llanura y a la bondad climática), con un tranvía que solo te lleva de compras y una estación de autobuses de imposible peor ubicación.

Parece llegado el momento de adoptar decisiones valientes para evitar que Murcia se transmute a medio plazo en un lugar asfixiante, y eso al margen del riesgo que para la salud pública pudieran deparar las dichosas partículas PM10. No hace falta ser un experto para percatarse de que existe mucho margen en este terreno, desde una mejor sincronización de los semáforos hasta la implantación de una red de carriles bici que sea útil, la devolución de su tercera vía a las nuevas rondas de circunvalación, la prolongación del tranvía hacia El Carmen y La Arrixaca, aparcamientos disuasorios bien cuidados a las afueras, subterráneos más baratos para capuzar el vehículo, una conexión más operativa de los autobuses con las pedanías… y más calles peatonales, de las que me confieso muy fan. Aún recuerdo la polvareda que se levantó por la peatonalización de la avenida de la Libertad, ahora un espacio amable y sin tubos de escape que disfrutan vecinos y comerciantes. O la zapatiesta que se armó cuando el Ayuntamiento sacó para siempre los coches de la plaza de Belluga y luego levantó allí el edificio Moneo, cuya modernidad parecía chirriar con la Catedral y desmerecer el barroquismo de la plaza, convertida hoy, sin embargo, en uno de los iconos de Murcia, si no en su imagen más representativa.

Si el Ayuntamiento quiere reducir el tráfico y la contaminación, mejor será que se olvide de la colaboración vecinal, impulse por fin un transporte público atractivo, consiga que moverse en bici deje de ser en Murcia una actividad de riesgo y aplique medidas que resultan inicialmente impopulares pero se consolidan después como positivas. No será necesario poner a los peatones en fila de a uno para caminar por Trapería y Platería, pero algo más de lo que se hace tendrá que hacerse para acabar con los atascos y los malos humos que a ratos recuerdan en Murcia lo peor de las grandes ciudades.

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