Feliz verano

El fin de curso se nos ha echado encima como un ladrón en la noche. Sin darnos cuenta, lenta pero seguramente, hiriéndonos con cada hora hasta comprobar que, efectivamente, somos un año más viejos y que no todos hemos aprobado el curso.

Hay quien, como el Murcia, ha perdido el tiempo y, más que avanzar, yo diría que ha retrocedido cambiando la decepción del descenso por la indiferencia de la permanencia.

Hay quien ha hecho los deberes y ha ganado la liga con total autoridad y merecimiento como El Pozo o las chicas del voley y hay quien, más o menos sigue como estaba, en tierra de nadie, con los mismos problemas de siempre y sin aspirar a nada más allá de salvarse en el último partido y conseguir un patrocinador para el próximo curso, como el CB Murcia.

También los hay a los que les tienen manía y no les dejan correr el Tour a pesar de que no está claro qué pecado cometieron al nacer pero que siguen ganando carreras y demostrando su categoría como Alejandro Valverde, que, en septiembre tendrá la oportunidad de graduarse en la Vuelta a España que tanto se le resiste.

En lo que a mí respecta, después de meses contando mi particular visión del deporte he decidido tomarme unas vacaciones, lo de merecidas o no lo dejo a juicio de mis fieles lectores, para disfrutar de mi familia, de mis amigos y de mis libros y pensar qué será de mi vida cuando pasen los calores y haya que volver a dar el callo en el trabajo.

Ha sido un placer escribir y un placer más grande saber de los que me leeis a través de vuestros comentarios. Un abrazo para todos y feliz verano.

Ojos que no ven

No es lo mismo enterarte de que ha ganado tu equipo que verle ganar. Estoy seguro que cualquier aficionado que me lea, si es que aún lo hace alguien, estará de acuerdo con esta afirmación que firmaría el mismísimo Perogrullo. Es la misma diferencia que hay entre ver una película o leer un libro y que te cuenten el final. No es lo mismo. El resultadismo nunca ha sido un buen compañero de viaje para los amantes del deporte. Para eso ya está la Primitiva.

Cuando los tuyos ganan pero no los ves jugar sientes alegría, sí, pero es una sensación como de quedarse a medio, huérfana de la emoción de las dos horas del partido y del placer del espectáculo. Sí, sí. El deporte también es espectáculo, aburrido unas veces, entretenido casi siempre y sublime en muchas ocasiones pero espectáculo al fin y al cabo. Una comedia, o un drama, según el color del cristal con que se mire, que nadie sabe cómo terminará. O, como diría Manolo Preciado: “hasta que no pasa el último cura no termina la procesión”.

Digo esto porque esta noche juega El Pozo el segundo partido de la final de liga. Si gana, será campeón. Hay que ver este partido y si puede ser en el pabellón, mejor todavía. No todos los días se tiene la oportunidad de ver cómo tu equipo gana la liga y de bañarse en la Redonda con los jugadores. Si la victoria no nos sonríe, la emoción de dos horas de fútbol sala entre los mejores equipos del mundo tampoco es mal plan para un viernes. Además, siempre nos quedará el domingo.

Las lágrimas de Ramón

Me consta que Ramón Trecet lloró el domingo cuando Pau Gasol conquistó por fin el anillo de campeón de la NBA. Al profeta del mejor baloncesto del mundo se le quebró la voz cuando vio cumplido al fin su sueño de tantas noches en vela de la mano del mejor de sus discípulos, un espigado chico de Sant Boi que quiso llegar cerca de las estrellas y lo consiguió tras años de esfuerzo y superación personal. Nada es fruto de la casualidad.

Hace más de veinte años, Ramón anunciaba la tierra prometida en el desierto de las madrugadas de Televisión Española en los tiempos en que Fernando Martín, un adelantado a su tiempo, agitaba la toalla en el banquillo de Portland y el baloncesto español saboreaba aún las mieles de la medalla de plata de Los Ángeles. Era un baloncesto de sueño y de legañas en el que el showtime de los Lakers, mi equipo de toda la vida, caía derrotado ante los Bad Boys de Detroit en las finales de la NBA mientras mis amigos y yo nos quitábamos los nervios de la selectividad jugando al baloncesto.

Hoy todos somos un poco más viejos: Trecet, Gasol, mis amigos… El tiempo ha pasado por nosotros pero la ilusión sigue intacta. Ahora los que hacen la selectividad son nuestros alumnos, en los Lakers juega Gasol y el lunes todos fuimos al trabajo un poco más felices porque uno de los nuestros había ganado el anillo y eso, sin duda, era una buena noticia. Si un español puede ganar la NBA, podemos lograr cualquier cosa que nos propongamos.

Termino con una frase que escuché precisamente en uno de los programas de Ramón Trecet mientras el resto del mundo dormía: “No sabían que era imposible. Por eso lo hicieron”.

Sí señor

Todos los que creemos en Alejandro Valverde estamos hoy de enhorabuena después de que el ciclista de Las Lumbreras se alzara ayer con su segundo triunfo en la Dauphiné Liberé igualando con Ocaña e Indurain en el palmarés de la prueba. En las carreteras que servían al gigante de Villaba para coger el punto para pulverizar a sus rivales en el Tour, Valverde ha demostrado su clase y ha podido con todos: Con Evans, con Contador, con el Mont Ventoux, el Galibier, la Croix de Fer, la Madeleine, con la fiscalía del CONI y con la madre que los parió.

Un hombre que jamás ha dado positivo en un control anti dopaje no se merece la persecución de la que está siendo víctima desde hace años. La presunción de inocencia se fue al carajo hace años en este deporte de las dos ruedas en el que, como suele pasar en otras facetas de la vida, pagan justos por pecadores. Valverde es sospechoso porque gana. “No puede ser que esté bien durante tantos meses ergo se dopa” parece ser el razonamiento de las cabezas pensantes de la fiscalía italiana que pueden dejarle fuera del Tour con una sanción dictada tras un procedimiento cuanto menos de dudosa legalidad.

El futuro inmediato de Valverde está ahora en manos del Tribunal del Arbitraje Deportivo, que tendrá la última palabra y decidirá si Alejandro puede o no correr un Tour de Francia que pasa un día por carreteras italianas infestadas de carabinieri apostados en las cunetas como lobos esperando al de Las Lumbreras para leerle sus derechos, cosa esta última que estoy empezando a dudar que tenga.

Alejandro ha hablado con la bicicleta ganando con autoridad una carrera al alcance de muy pocos, después de machacar a sus rivales en el desolado paisaje del Mont Ventoux, donde la falta de oxígeno hace que desaparezca la vegetación y el sol machaca tu cabeza sin misericordia sin una mala sobra donde guarecerse. Valverde se puso líder allí y le regaló la etapa a su compañero de fuga ganándose una vez más mi respeto y mi admiración. Ojalá algún día se haga justicia.

Como en nochevieja

El tema de la mensajería móvil ha inundado nuestras vidas sin que sepamos cómo quitárnoslo de encima. Cuando llega la Nochevieja todos empezamos a recibir mensajitos más o menos cursis que muchos ni siquiera se molestan en redactar. Le dan a reenviar y punto. Que si los amigos son como las estrellas, que si este mensaje es una cajita de paz, que si cierra los ojos y recuerda los mejores momentos de tu vida… No faltan tampoco los que avisan a la población de que el simulacro de paz y amor ha finalizado o los conjuros indios que impiden hacer el amor durante todo el año. En internet hay páginas llenas de estas chorradas para que no nos calentemos la cabeza demasiado pensando qué poner mientras los “operadores” se frotan las manos con los beneficios.

Personalmente estoy en contra de estas tonterías aunque debo confesar que también mando mensajes. Eso sí, nunca los reenvío porque prefiero personalizarlos y escribirlos como Dios manda. Lo de “tqmxo” o “mñn ns vms” nunca lo he entendido.

Anoche, los móviles volvieron a echar humo con ocasión del triunfo del Barça en la Champions. Mientras los barcelonistas se felicitaban por el histórico triplete y proponían sin mucha convicción acudir a la Redonda los madridistas recordaban que ellos tienen nueve orejonas en sus vitrinas y que pronto llegarán tiempos mejores de la mano del ser superior.

“Esto parece Nochevieja”, exclamó mi mujer entre mensaje y mensaje mientras yo tecleaba como un poseso. Los comentaristas de la tele desvelaban algunos de los que habían llegado al móvil de Guardiola y hasta Zapatero declaraba en Antena 3 que estaba esperando la felicitación de Rubalcaba, reconocido madridista de su partido.

Un último mensaje me bajó de la nube de una bofetada: “Movistar le informa que su saldo está agotado”.

Silencio

Dicen que si no puedes mejorar el silencio lo mejor es callarse y la verdad es que la marcha del Murcia esta temporada no es algo que invite precisamente a la tertulia. Mal en lo social, incurso en un concurso de acreedores y con una trayectoria deportiva decepcionante, lo mejor que puede hacer esta temporada es morirse y dejarnos en paz de una vez: “mientras tú reposas yo descanso”, que rezaba un epitafio en un cementerio perdido.

Sin embargo he de confesar que el silencio que este blog ha mantenido durante una larga temporada no se ha debido exclusivamente al descalabro grana sino más bien a la falta de tiempo del que suscribe. Uno tiene que trabajar para comer y el periodismo amateur no da para mucho así que, puestos a elegir, primero es la obligación que la devoción.

El vicio de escribir es algo que uno lleva dentro desde pequeñito y la plataforma que me ofrecía la verdad era una tentación que no pude resistir, o, como diría Vito Corleone, “una oferta que no podrás rechazar”, pero que no pocas veces lleva aparejada la penitencia en el pecado. Es entonces, cuando las teclas no responden y fallan las fuerzas y la voluntad cuando el apoyo de mis cuatro lectores me anima a seguir. Por eso quiero darles hoy las gracias. Por leerme, por comentarme y, sobre todo, por quererme.

Lo siento mucho pero seguiré escribiendo. No os librareis de mí tan fácilmente. A estas alturas de la película he descubierto que escribir de lo que a uno le da la gana es algo que no tiene precio. Más bien es algo que no se paga.

El partido del padre

Lo vi a lo lejos mirando nervioso el reloj en el centro comercial. Las nueve de la noche y todavía por allí, sin posibilidades ya de ver el primer tiempo del partido, resignado a su suerte, jugando con su hija pequeña y con las orejas alerta esperando una señal. Pocos minutos antes le pareció escuchar un murmullo, un extraño sonido apenas perceptible para la mayoría de los mortales pero que su sentido arácnido identificó al instante con un gol del Chelsea.

Pasadas las nueve y media consiguió montarse por fin en el coche y regresó a su casa sin encender la radio para no despertar a su hija que dormía plácidamente en el asiento posterior. Ya en el garaje la tomó con cuidado y la llevó con la cabeza apoyada en su hombro como si transportarse la mercancía más valiosa del mundo. Si llegaba dormida aún podía escuchar la segunda parte por la radio.

Le quitó los zapatos y la acostó con delicadeza llevando cuidado de no despertarla y salió sigilosamente de la habitación en dirección a la cocina, donde conectó la radio con un volumen apenas audible. El Barsa perdía uno a cero y no jugaba bien.

Desde la habitación, su hija reclamó su atención. No quería dormirse así que aprovechó para ponerle el pijama y prepararle la leche mientras veían juntos unos dibujos animados. Miró otra vez el reloj. Más de las diez y media.

Desde el edificio de enfrente llegó un alarido de alegría. Iniesta había marcado el gol de su vida y el Barsa estaba clasificado. Levantó los puños y apretó los labios con rabia como única celebración mientras su hija contemplaba absorta “El flautista de Hamelín” en la televisión.

Cuando su mujer llegó, los dos dormían en el sofá como angelitos.

Malos tiempos

Hay personas a las que admiro por su capacidad de levantarse. Gente a la que la vida se encarga de golpear una y otra vez sin compasión pero que poseen una envidiable capacidad de superación y de seguir caminando con la esperanza de que al final de la tormenta vuelva a salir el sol.

El otro día me lo encontré en la comunión del hijo de una prima. Una ceremonia que aún consigue emocionarme y que sirve de lugar de encuentro para la familia, habitualmente desperdigada por trabajos y barrios diferentes y que sirve para darte cuenta de lo rápido que crecen los hijos de los demás y que el tiempo no detiene su frenética marcha, más veloz a medida que te haces más viejo.

Allí estaba él. Asimilando la noticia de que acababan de ponerlo de patitas en la calle saludando con agrado a unos y a otros como si tal cosa. La crisis no perdona a nadie y sus tentáculos se van extendiendo más y más sin que nadie pueda ponerle remedio. Tras sobrevivir a un divorcio y a varios cambios de trabajo ha logrado rehacer su vida con una mujer estupenda y un zagal maravilloso que se llamaba como él y que esa misma mañana había marcado un gol con su equipo pero está visto que las preocupaciones no están por la labor de dejarlo en paz por el momento.

Para colmo, decía, seguro que el Murcia pierde esta tarde. Y lo decía con el conocimiento y la resignación que dan cuatro décadas de socio de un equipo tan malo que si no está en puestos de descenso es única y exclusivamente por la racha de cinco triunfos consecutivos logrados tras la marcha de Clemente y por lo malos que son los de atrás. Lo peor es que su hijo, me confiesa apenado, no es del Murcia sino del que gana y este año va con el Barça.

Me marché tocado de la celebración aunque espero tener pronto noticias suyas y de su nuevo trabajo. En cuanto a lo del hijo, yo no me preocuparía demasiado. Estoy convencido de que con los años preferirá al Murcia sobre cualquier equipo porque los genes del padre y del abuelo que corren por sus venas saldrán a relucir cualquier día de estos, cuando comprenda que lo más importante no es ganar y que hay valores mucho más preciosos que el de la victoria.

No siempre fuimos tan malos

La historia del Real Murcia no ha sido siempre gris. Al contrario de lo que pensaba una chica a la que, por supuesto, nunca volví a llamar dada su ignorancia, el club de mis amores ha estado en Primera unas cuantas temporadas y el color rojo de su camiseta ha impregnado buena parte de su centenaria historia llenando de color e ilusión a la sufrida afición que aún recuerda con cariño a sus héroes del pasado entre café y café en el bar de Andrés.

Personalmente, la tribu pimentonera que más gratos recuerdos me trae es la que dirigió durante los primeros ochenta el malogrado Eusebio Ríos, el entrenador que más partidos ha dirigido al Murcia en Primera, artífice del ascenso del equipo a la máxima categoría en la temporada 82-83, donde permaneció tres temporadas consecutivas llegando a mantenerse invicto durante las siete primeras jornadas de su debut en la división de oro en el mejor arranque liguero que se le recuerda al club de nuestras pesambres.

Por aquel entonces el club lo dirigía Pardo Cano y el enorme técnico de Portugalete, grande en tamaño y más grande en corazón, tenía a sus órdenes a jugadores tan añorados y legendarios para los aficionados como Echevarría, Cervantes, Campello, Núñez, Ruiz, Higinio, Vidaña, López, Guina, Abad, Salamanca, Chuchi García, Moyano o Figueroa, el máximo goleador del Murcia en Primera que le doblaba las manos a Andrés con sus potentísimos disparos cuando entrenaba con el primer equipo.

En aquella época mi tito Juan me llevaba de la mano a la vieja Condomina a inyectarme la dosis quincenal de veneno pimentonero que aún hoy corre por mis venas. Desde el Fondo Norte jaleábamos la contundencia de Higinio, la calidad de Guina, los cañonazos de Figueroa y las peligrosísimas internadas por la banda de Moyano, retratado a la perfección para el albúm de la liga 83/84. Un album cuyos cromos, especialmente los de los jugadores granas, eran coleccionados como tesoros por mí y por todos mis amigos.

El olor a fútbol, a hierba recién cortada y a puro llenó el bar y todos nos sentimos un poco mejor después de aquel ratico de animada tertulia cafetera, rejuvenecidos por los recuerdos de un club que, a falta de presente, tiene por lo menos un pasado al que aferrarse y la esperanza, lo último que se pierde y que nunca nos podrán arrebatar, de que vendrán tiempos mejores.

lev LIGA 83/84-1ª DIVISION EDICIONES ESTE - REAL MURCIA.MOYANO (Coleccionismo Deportivo - Álbumes y Cromos de Deportes - Cromos de Fútbol)

Olor a reflex

Martes por la noche en un polideportivo de la ciudad. Los colegas llegan a la pista y empiezan a calentar con cuidado pero sin matarse. Ya no son unos críos y a estas alturas hay que llevar cuidado con las lesiones.

En la zona se huele a reflex y se ven más prótesis que en una ortopedia. Muñequeras, rodilleras, musleras y más eras. Las zapatillas chirrían patinando sobre la pista azul y algunas rodillas hacen ruidos raros. Se escucha el inconfundible sonido del bote del balón y el chof de la red al ser perforada con limpieza.

Voces, risas y palmadas. Muchas palmadas. Baloncesto a cámara lenta. Cierras los ojos y te empapas del olor y de los sonidos. No hace falta abrirlos para saber lo que está pasando. El balón te cae en el dedo y te duele. Has vuelto.

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