La Verdad

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Categoría: Arqueología
Un BIC en paradero desconocido

Las esculturas de la villa romana de Los Cantos (Bullas), recuperadas por la Guardia Civil y depositadas en el Museo Arqueológico de Murcia a la espera de lo que dicte un juez de Mula, ya cuentan con la máxima protección, como Bien de Interés Cultural (BIC). Lo curioso del caso es que esa misma declaración también afecta a una cuarta pieza, del citado yacimiento, que sigue en paradero desconocido. De esta forma, la Consejería blinda especialmente esta obra, conocida como ‘Niño de las Uvas’, con el fin de dificultar su venta en el mercado negro, y a la espera de que la investigación que prosigue el Instituto Armado para su localización arroje nuevos resultados. El conjunto escultórico de Los Cantos fue hallado entre los años 1905 y 1909 en el transcurso de los trabajos de excavación realizados por el párroco Juan Bautista Molina. Desde entonces, las piezas habían permanecido desaparecidas, y solo se tenía constancia de ellas por unas fotografías antiguas.
La resolución con la incoación de la declaración de bien cultural apareció publicada el pasado 9 de diciembre en el Boletín Oficial de la Región de Murcia (Borm). Desde ese día, la protección está plenamente vigente. La propia Consejería ha difundido nuevas instantáneas, que constatan la “excepcional conservación” de estas obras, aunque a una de ellas le falta la cabeza. De hecho, las labores de conservación se limitarán a una simple limpieza.

Las tres esculturas de Los Cantos. / CARM

El expediente publicado en el boletín oficial destaca que las cuatro esculturas-fuente (estaban preparadas para ese uso recreativo) “disponen de una notable coherencia arqueológica, estilística, funcional y cronológica. Formaban parte del mismo programa ornamental del área doméstica de la villa de Los Cantos, y por tanto conforman un conjunto único e indivisible”. Añade la resolución que constituye “un excelente exponente de la plástica provincial de época romana en nuestra región y tiene un extraordinario valor para la investigación, pues son testimonio del modo de vida y de la ideología de sus antiguos posesores y del modo social que lo sostenía”.
Todo ese valor se convertirá en un nuevo atractivo para Bullas. Porque las esculturas regresarán a su lugar de origen, según el compromiso expresado por la Consejería de Cultura. Aún no hay fecha para la devolución, que se plantea “a medio plazo”. Cuando se produzca volverá el debate acerca de la reivindicación que mantienen varios municipios para recuperar obras de arte halladas en sus territorios pero que se exponen fueran de sus fronteras.

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Murcia, año 1266

En su último trabajo publicado, los investigadores murcianos Julio Navarro y Pedro Jiménez, de la Escuela de Estudios Árabes-CSIC, proponen un interesante viaje al pasado. Activan el interruptor de la máquina del tiempo para trasladar a los amantes de la Historia casi ocho siglos atrás, con el propósito de que perciban la misma Murcia que se encontró el Rey Sabio tras la conquista cristiana de la ciudad. El medio centenar de páginas de ‘Murcia, la ciudad andalusí que contempló Alfonxo X’, una obra editada por Cafés Salzillo con motivo del 750 aniversario del Concejo, se leen de un tirón y, lo mejor, despiertan la imaginación para hacer un recorrido por una urbe llena de vida y “en pleno esplendor”, como indican los autores.
La publicación sumerge al lector en una Murcia conocida y cercana, pero, a la vez, muy distinta. Allí donde se ubica la Catedral estaba la mezquita mayor o congregacional, lugar de culto para el sermón de los viernes, aunque, también, sede del tribunal de justicia del cadí y academia para impartir ciencias legales y religiosas. No era la única. A finales del siglo XIII se levantaban en Murcia veinte mezquitas de barrio. En el mismo lugar en que hoy se alza un campanario, casi seguro que entonces había un oratorio musulmán.
Dominando la urbe, el alcázar, en la esquina de Teniente Flomesta y Ceballos, lugar de residencia del gobernante de turno. Y a su pies, en el actual barrio de San Juan, “50 tahúllas de tierra de cultivo para su sostenimiento”. Cuentan estos dos estudiosos que la ciudadela tendría varios recintos intercomunicados, a lo largo de la fachada del Segura, ahora ocupados por el Palacio Episcopal, el seminario de San Fulgencio y la Glorieta.

Arrabal del Arrixaca, descubierto en San Esteban. F. Manzanera

Aquella Murcia era una ciudad bien protegida. Un cinturón defensivo, formado por una antemuralla, un foso y una muralla, envolvía la medina: el principal núcleo residencial, que ocupaba 38 hectáreas. La actividad bullía, sobre todo, en el eje de Puerta de Orihuela-San Pedro, donde estaba el zoco, un mercado lineal compuesto por tiendas y talleres artesanales “de planta rectangular, estrecha y profunda, con un vano que servía de puerta y mostrado”. Y salpicando el entramado de calles, saturadas y más bien estrechas, los baños públicos (el último en desaparecer, el de la calle Madre de Dios) con sus tres zonas bien delimitadas: una seca, otra húmeda y la de servicios.
Este recorrido no estaría completo sin una parada en el Alcázar Seguir, hoy Santa Clara, un conjunto palaciego que ocupaba desde el Teatro Circo hasta el callejón de la Aurora. Y, por último, aunque no menos importante, los arrabales, espacios residenciales en la periferia. El más conocido (por el descubrimiento de San Esteban), el Arrixaca, donde vivían, entre otros, los mercaderes genoveses, pisanos y sicilianos. Y otros dos no lo son tanto: el Alharilla (en El Carmen) y el arrabal Las Callejuelas (en San Antón).
‘Murcia, la ciudad andalusí que contempló Alfonso X’ (un entretenido y documentado trabajo de divulgación de Navarro y Jiménez y un acierto de la iniciativa privada) viene a poner la lupa en un patrimonio que espera su puesta en valor. Los responsables deberían tomar nota.

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10.000

La próxima reunión de la comisión del barco fenicio de Mazarrón (convocada para el 21 de octubre) se presenta decisiva para el futuro del proyecto de puesta en valor del pecio de La Isla. Será en este encuentro donde las distintas administraciones implicadas deberán poner sus cartas boca arriba y demostrar que su compromiso con los trabajos de extracción, restauración y musealización de la nave, del siglo VII antes de Cristo, es firme y real. En otras palabras: que lo anunciado en anteriores reuniones no era un farol.
Sin embargo, el secretismo que envuelve a la convocatoria no hace presagiar nada bueno. Para empezar, hay dudas de que la Demarcación de Costas del Estado tenga listo el informe técnico que desvelará si la embarcación corre algún tipo de peligro por la imparable degradación que sufre la playa donde está hundida. Todo el proyecto de puesta en valor parece supeditado a este estudio. Porque la urgencia que determine debe marcar el inicio de los trabajos. En cualquier caso, Costas ya dijo que hasta 2018 no estaba previsto comenzar las labores de regeneración de La Isla, en las que se incluirían la recuperación del barco fenicio. Ese anuncio ya supuso un jarro de agua fría, porque la comisión de seguimiento había previsto empezar en junio de 2017.
Y el Ayuntamiento de Mazarrón ¿ha hecho su parte de los deberes que asumió en febrero pasado? A la reunión ha de llevar una propuesta acerca de dónde se levantará el museo que acogerá el pecio restaurado. Sin embargo, hasta ahora poco (o nada)  ha concretado, salvo que el futuro espacio museístico se localizará en las inmediaciones del yacimiento arqueológico.

Dos arqueólogos supervisan el estado de conservación del pecio de La Isla. / Arqua

En cuanto a la Consejería de Cultura, ya dimos cuenta en ‘La Verdad’ de que había liberado 10.000 euros para iniciar las prospecciones del yacimiento, unas labores previas antes de la excavación y extracción del pecio. No es mucho dinero, pero tiene una carga simbólica porque por primera vez una de las Administraciones implicadas asigna una partida económica para el proyecto del barco fenicio. Esta apuesta deberá confirmarse en los próximos presupuestos regionales.
Y así estamos veinte años después del hallazgo fenicio de La Isla.

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“El pasado islámico de Murcia duerme el sueño de los justos”

Cinco años después de que saliera a la luz el ‘tesorillo’ de la calle Jabonerías, el arqueólogo Mario García Ruiz, que dio con el hallazgo de esas 424 monedas andalusíes, habla en esta entrevista (un extracto de la cual ya adelantamos en ‘La Verdad’), sobre la importa de este descubrimiento para profundizar en el conocimiento del pasado islámico de Murcia. Pero, también, del poco aprecio por esa parte de la historia de la capital, de la falta de un museo que reúna todo este patrimonio material e inmaterial y del abandono que aún pesa como una losa sobre el conjunto palaciego y defensivo de Monteagudo. Sus valientes reflexiones tienen el poder de trasladar al lector a esa Murcia del siglo XI, con sus madrasas, baños y mezquitas. Una ciudad poderosa, en lo económico y lo cultural, con una elevada calidad de vida.

¬Usted está entre los arqueólogos que han descubierto un verdadero tesoro. ¿Qué sintió en aquel momento? ¿Se le pasó por la cabeza en algún momento vivir un momento así?

¬Sinceramente yo nunca lo había pensado. La arqueología, a diferencia de lo que se pueda pensar, es una ciencia que cada vez está más especializada, por lo que tu labor sobre el terreno hace que estés inmerso en una cuantiosa toma de datos, con los que elaboras continuas estrategias de trabajo e hipótesis de interpretación de los hallazgos que van sucediéndose. Recuerdo que cuando apareció la orcita, con esas finas laminitas de color dorado en su interior, todo se detuvo de inmediato y el corazón se aceleró por segundos. Era el momento de frotarse los ojos ante la perplejidad del inusual hallazgo. Pero fue un segundo, pues te das cuenta de que lo que tienes entre manos acarrea una gran responsabilidad. En ese preciso momento, te azota la presión desde el punto de vista científico, ya que el “tesorillo” se encuentra en su contexto arqueológico y puede darte más información de la que ya tienes, por lo que el trabajo de excavación debe ser, si cabe, más exhaustivo. Eso sí, para mí, lo más gratificante de la arqueología estriba en que siempre puedes encontrar ese sobresalto ante cualquier fragmento del pasado con el que te tropiezas, por muy nimio que pueda parecer, sin la necesidad explicita de que sea un tesoro.

¬Tengo entendido que le acompañó la suerte, porque ya no esperaban hallar nada más en la excavación de la calle Jabonerías. ¿Cómo fue el descubrimiento?

¬Como bien dices, toda una suerte. Nuestra intervención arqueológica se realizó en dos fases. La primera fue la excavación propiamente dicha del solar, en el cual dejamos unos márgenes perimetrales de seguridad sin tocar. La segunda fase actuó sobre dichos límites. Durante nuestra primera intervención documentamos una vivienda islámica del siglo XI cuyos muros enlucidos presentaban en el zócalo pintura roja sobre fondo blanco, formando motivos geométricos. Su buen estado de conservación permitió que fueran extraídos, pero otros quedaron, presumiblemente, ocultos en los márgenes. La segunda intervención pretendía su recuperación. En dicho trabajo fue cuando apareció la orcita con las monedas. Casualidades del destino, los estucos que queríamos recuperar no los hallamos, pues el muro que los debía atesorar había sido rehecho por una nueva casa del siglo XII. Podemos decir que fuimos a por un enlucido y volvimos con un tesoro.

¬¿En qué ha ayudado aquel hallazgo a la hora de conocer algo más de la historia de Murcia?

¬Sin lugar a dudas es una pieza más del puzzle sobre la historia de Murcia, que se viene elaborando desde la incipiente historiografía de principios del siglo XX hasta la arqueología más cercana que comienza a impulsarse en los años 80. Concretamente, nos ha ayudado a profundizar más, si cabe, en la Murcia del siglo XI, cronología del ‘tesorillo’ y de la vivienda donde apareció. Nos ha dado mucha información, desde el punto de vista general, sobre un momento de la historia de Al-Andalus; convulso ante la disgregación del Califato en los Primeros Reinos de Taifas, donde la ciudad de Murcia, aunque dependiente de la Taifa de Valencia, discurre de manera autónoma en aspectos internos. Es el momento en el que Murcia se postula como una incipiente capital con territorio administrativo bien definido, con un marcado carácter político y poder económico, que le permite instalarse en los flujos comerciales del Mediterráneo Occidental, acompañado del desarrollo de la artesanía y un florecimiento cultural e intelectual, auspiciado por una corte y una aristocracia que la demanda para competir con los otros reinos. Sin lugar a dudas, es en este siglo cuando Murcia sienta las bases para épocas venideras, donde Ibn Mardanis tendrá la capital de su basto reino y en el siglo XIII IBn Hud aglutinará lo que queda del territorio musulmán para frenar a los reinos cristianos.

¬¿Cómo se imagina que fue aquella Murcia del siglo XI? Ayúdenos a imaginarla.

¬Los datos con los que contamos son bastante interesantes, tal y como decía, fue un momento convulso, pero no siempre fue así, un siglo da para mucho, si no fíjese, salvando las distancias, en el siglo XX, que es el que más cercano tenemos. La desaparición del Califato supuso una eclosión de pequeños reinos que, en los primeros momentos, pugnaron por prevalecer sobre el resto. Pero pasada el ansía inicial de acaparar territorios y una vez establecidas las fronteras, cada uno trató, como mayormente pudo, salvo excepciones, de ir a lo suyo y de establecer sus alianzas.

La ciudad de Murcia sufrió una fuerte explosión demográfica. Recordemos que es en este momento cuando se han documentado las primeras viviendas del arrabal de la Arrixaca, auspiciada por la rica huerta que la abastecía, los talleres artesanales de vidrio y cerámica y las incipientes relaciones comerciales que empiezan a establecerse, muy probablemente con el Califato Fatimí del norte de África, algo que con el Califato cordobés era impensable, debido a su conocida enemistad. Este dato, sin duda nos lo aporta el ‘tesorillo’ de la calle Jabonerías. El dueño de las monedas conformó el grueso del mismo en la isla de Sicilia, en este momento región que pertenecía al Califato norteafricano, atestiguado por las cecas sicilianas, que son el porcentaje más alto de las 424 monedas halladas. La parcial autonomía de la ciudad permitió desarrollar una compleja corte que demandó poetas, literatos, sabios, cortesanos, junto a una aristocracia y población que empezó a dejar su impronta en la ciudad. La construcción de fondas, baños, mezquitas, madrasas, almunias, palacios y grandes residencias, parejo a la mayor extensión del zoco, crecimiento de los cementerios y mejora del sistema de alcantarillado junto a la refortificación de las murallas, nos hablan de una ciudad con un amplio espectro de desarrollo y calidad de vida.

Mario García, en la calle Jabonerías de Murcia, en una foto de archivo. / N. GARCÍA

Mario García, en la calle Jabonerías de Murcia, en una foto de archivo. / N. GARCÍA

¬¿Es el pasado islámico de Murcia todavía hoy el gran olvidado?

¬Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que sí. El mejor ejemplo lo podemos encontrar en que Murcia, de manera general, no cuenta con un museo dedicado a su pasado islámico; no existe. De forma particular e inconexa tiene pequeños museos, como Santa Clara o el de la Ciudad; centros de interpretación, como Santa Eulalia o San Juan de Dios, y espacios expositivos públicos o privados, como los restos de murallas o algunas viviendas dispersos por la ciudad. Es una autentica pena y vergüenza que Murcia no pueda contar con un espacio expositivo con superficie suficiente para exponer toda la riqueza material e inmaterial que desde estos últimos treinta años se viene recogiendo de manera pormenorizada. Insisto, el pasado islámico de Murcia duerme el sueño de los justos

¬Dígame, ¿qué haría usted con el arrabal de San Esteban?

¬Sinceramente, considero que. una solución intermedia sería la opción más favorable para los restos arqueológicos, el entorno, los vecinos de la zona y los murcianos en general. Por tanto, dicha propuesta contemplaría, por un lado, enterrar parte de los restos y, por otro, musealizar los que se consideraran más interesantes. Una condición ‘sine qua non’, antes de taparlos, sería terminar la excavación arqueológica, pues quedó inconclusa. Es una oportunidad única, que permitiría saber más sobre el devenir histórico del arrabal. En cuanto a los restos que quedaran visibles, buscaría soluciones arquitectónicas a cota cero de calle, para poder ser vistos desde lo alto, sin olvidar que el gran atractivo estriba también en poder bajar a ellos, por lo que propondría habilitar accesos a determinadas zonas.

¬¿Y con los restos de la muralla islámica que siguen sin ser visitables?

Imagino que se refiere a los de Santa Eulalia, en el bajo y sótano de un inmueble de reciente construcción. Estos restos tienen más fácil solución que los de San Esteban. El trabajo de intervención arqueológica, realizado por mi equipo, y el arquitectónico, obra del estudio Guerao y López, han dejado un conjunto arqueológico protegido y expositivo muy interesante. En este sentido, tan solo quedaría iniciar los trabajos de musealización para adecuar la visita a los restos. Esperemos que, más pronto que tarde, el Ayuntamiento de Murcia, propietario del sótano y parte del bajo que da a la calle Marengo, inicie dichos trabajos. Sería una apuesta clara por ese pasado olvidado del que ya hemos hablado; me consta que están tratando de revertirlo.

¬También el conjunto de Monteagudo sigue a la espera…¿Qué le sugiere ese retraso en la recuperación de dicho entorno?

¬Si el municipio de Murcia tiene un claro exponente de su patrimonio, ese es el conjunto o real de Monteagudo. Atesora, junto a la ciudad, todos los elementos que son el origen de lo que hoy día es Murcia: La huerta con sus acequias, brazales, regueras, azarbes y cultivos. Los restos arqueológicos pertenecientes a residencias palaciegas que funcionaron como almunias, explotaciones agropecuarias ligadas a la aristocracia. El castillo de Monteagudo, fortín y granero de la ciudad. Todo un complejo arquitectónico, patrimonial y paisajístico, que podría ser recuperado como un parque arqueológico vivo. Una oportunidad única que seguimos dejando de lado.

¬¿Debería fijarse Murcia en lo que ha hecho Cartagena con su patrimonio?

¬Sin duda alguna, sí. De hecho, Murcia lo tuvo al alcance de la mano con el extinto consorcio Murcia Cruce de Caminos formado por Ayuntamiento y Comunidad Autónoma, modelo que se inspiraba en lo que con el tiempo ha sido el exitoso consorcio Cartagena Puerto de Culturas; pero creo, sinceramente, que se la dejó morir. ¿La causa? Considero que fueron varios factores, pero, sin duda, el primordial es que la clase política de Cartagena si entendió realmente en qué consistía apostar por poner en valor el patrimonio de su ciudad y arrimó mucho el hombro, de ahí los frutos que ahora recogen. Eso sí, nunca es tarde, pues Murcia cuenta con un patrimonio muy rico y, sobre todo, exponible. La cultura ligada al turismo es una fuente de ingresos nada desdeñable.

¬Sea sincero, ¿da la arqueología para vivir en estos tiempos?

¬La arqueología como profesión liberal, de la que me enorgullezco pertenecer y sigo luchando por seguir apegado a ella de cualquier forma o manera, está en un momento muy difícil y desde luego su futuro no parece que vaya a mejorar a corto o medio plazo. Los recortes de la inversión pública y el drástico descenso de la obra privada han cortado de raíz nuestra profesión.

¬¿Qué descubrimiento arqueológico le hubiera gustado desvelar al mundo?

¬Desde que era pequeño me fascinó Egipto y la egiptología; mis padres trabajaban en una distribuidora de libros y muchos caían en mis manos: los devoraba. Uno de los temas que más me fascinaba era el descubrimiento de la Piedra Rosetta por Champolion durante la expedición de Napoleón a Egipto. Me parecía increíble que durante siglos habían dejado de leerse los jeroglíficos. Egipto estaba lleno de pictogramas sobre piedra, madera, papiro, que nadie entendía y que gracias a la fortuna o al azahar, en 1799, se dio con la posibilidad de poder volver a leer algo que había escrito alguien hacia miles de años. Con los años me enteré que el íbero también es un lenguaje que no se entiende. Siempre he deseado saber qué quisieron expresar los Íberos, esos hombres y mujeres, que vieron venir a los Fenicios, que comerciaron con los Griegos, que vivieron con los Cartagineses y que lucharon con los Romanos. Mi descubrimiento querría que fuera esa Piedra Rosetta, la de aquí.

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El mástil de La Asomada, caso cerrado

Caso cerrado. El servicio de Patrimonio Histórico ya ha dado con el vecino (de nombre José y residente en el Campo de Murcia) que no tuvo otra ocurrencia que plantar un mástil del 15 metros de largo en el castillo de La Asomada, a 500 metros de altura, en el Puerto de la Cadena, una noticia que publicamos en ‘La Verdad’. Su intención era colocar una bandera nacional como llamada de atención a favor de la unidad de España, con motivo del Día de la Constitución. La fortaleza, una edificación islámica del siglo XII, donde podría estar la tumba del famoso Rey Lobo,impulsor de su construcción en este enclave estratégico, está protegida como bien de interés cultural (BIC). Así que cuando en la Consejería de Cultura se percataron del desaguisado, más de uno se echó las manos a la cabeza. Afortunadamente, la acción reivindicativa de este murciano no causó daños en la histórica atalaya, ni era su intención, según han concluido los técnicos. Por eso, se librará de una sanción económica. Además, se encargará de desmantelar el poste metálico, de 50 kilos de peso. La tarea entraña cierta complicación, debido a lo abrupto del terreno para ascender a esta cima del parque regional de El Valle-Carrascoy. Estaba claro que ese ciudadano no había podido él solo semejante hazaña. La prueba parece que llegó a través de Twitter. Una fotografía de un internauta muestra a cuatro operarios alzando el mástil, mientras una quinta persona (con gorra) observa la maniobra. La imagen fue tomada por una joven que ese día paseaba por allí. La tarea de desmontaje se llevará a cabo en los próximas días, probablemente bajo la supervisión de técnicos de la Comunidad Autónoma para evitar daños en la fortaleza. El mástil acabará en la finca rural de este vecino, donde podrá hacer ondear su proclama sin romper el encanto del histórico conjunto amurallado.

El mástil, en lo alto de La Asomada. / CARM

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Trozos de historia recuperados

La colaboración entre investigadores de la Guardia Civil y expertos está dando grandes frutos dentro del plan para la defensa del patrimonio histórico. El último éxito que ha saltado a las páginas de los periódicos ha sido la recuperación de un farol de plata del siglo XVIII robado del tesoro de la Catedral (junto a otras joyas y piezas religiosas) en 1977. Pero la lista es larga. Así, dos operaciones se han centrado en el patrimonio documental. La más destacada fue la denominada ‘Files’, que permitió rescatar 28 documentos, de entre los siglos XIII y XVIII; el más llamativo, el privilegio rodado otorgado por el rey Sancho IV en el año 1284 concediendo a las monjas el monasterio de Santa Clara. El caso acabó en el juez, y aunque las religiosas reclamaron la propiedad, los papeles acabaron en el Archivo Regional, para su custodia y restauración. En otro golpe, la Benemérita se hizo con varios libros de bautismo de la parroquia de San Andrés con inscripciones de los años 1611 a 1642,
En 2014, este grupo especializado de la Guardia Civil desarrolló otra operación en la que consiguió recuperar dos cañones del siglo XVIII, así como tres piedras de época romana (una basa toscana, una pileta y un sillar desbastado). Ese mismo año, desarrolló la denominada ‘operación Argárica’, en la que consiguió recuperar 387 piezas, entre monedas, ánfora romana, glandes de plomo, piedras y pesas de telar, platos y tinajillas sustraídas, del depósito arqueológico de Caravaca de la Cruz.

En octubre de 2014, también llevó a cabo la ‘operación Selfie’, dirigida a esclarecer varios robos con fuerza cometidos en una de las instalaciones del conjunto declarado como Bien de Interés Cultural (BIC) de la Sierra Minera en Portmán, y que culminó con la recuperación de más de nueve toneladas de piezas metálicas sustraídas, tales como placas, tapas y discos espesadores, piezas de molino, sinfines, embones y ejes de bomba, entre otros. Ya en junio de 2015, la ‘operación Gladiator’ permitió localizar numerosos objetos arqueológicos puestos a la venta a través de internet, que se saldaron con la recuperación de 187 piezas, como monedas de diferentes épocas, bifaces (herramientas líticas prehistóricas reconocidas como las primeras utilizadas por el hombre), piezas de cerámica, puntas de flecha, conteras medievales (adornos de diferentes armaduras), abundantes fíbulas (pieza metálica utilizada en la antigüedad para unir o sujetar alguna de las prendas que componían el vestido), partes de ungüentarios o lacrimatorios, colgantes romanos, escarabeo egipcio, collar y hebillas romanas, y hojas de cuchillo bizantino, entre otros.

Farol de plata del siglo XVIII recuperado por la Guardia Civil. / N. GARCÍA

Siempre que sale a la luz uno de estos golpes me pregunto si, en alguna ocasión, los mazarroneros recibiremos la buena noticia de que se ha localizado, por fin, el privilegio real de Felipe II, del año 1572, otorgando el titulo de villa, y por tanto la independencia de Lorca, y que fue robado de la caja fuerte del Consistorio hace ya un cuarto de siglo. El pueblo no debería olvidarlo.

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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