La Verdad

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Categoría: Arquitectura militar
El mástil de La Asomada, caso cerrado

Caso cerrado. El servicio de Patrimonio Histórico ya ha dado con el vecino (de nombre José y residente en el Campo de Murcia) que no tuvo otra ocurrencia que plantar un mástil del 15 metros de largo en el castillo de La Asomada, a 500 metros de altura, en el Puerto de la Cadena, una noticia que publicamos en ‘La Verdad’. Su intención era colocar una bandera nacional como llamada de atención a favor de la unidad de España, con motivo del Día de la Constitución. La fortaleza, una edificación islámica del siglo XII, donde podría estar la tumba del famoso Rey Lobo,impulsor de su construcción en este enclave estratégico, está protegida como bien de interés cultural (BIC). Así que cuando en la Consejería de Cultura se percataron del desaguisado, más de uno se echó las manos a la cabeza. Afortunadamente, la acción reivindicativa de este murciano no causó daños en la histórica atalaya, ni era su intención, según han concluido los técnicos. Por eso, se librará de una sanción económica. Además, se encargará de desmantelar el poste metálico, de 50 kilos de peso. La tarea entraña cierta complicación, debido a lo abrupto del terreno para ascender a esta cima del parque regional de El Valle-Carrascoy. Estaba claro que ese ciudadano no había podido él solo semejante hazaña. La prueba parece que llegó a través de Twitter. Una fotografía de un internauta muestra a cuatro operarios alzando el mástil, mientras una quinta persona (con gorra) observa la maniobra. La imagen fue tomada por una joven que ese día paseaba por allí. La tarea de desmontaje se llevará a cabo en los próximas días, probablemente bajo la supervisión de técnicos de la Comunidad Autónoma para evitar daños en la fortaleza. El mástil acabará en la finca rural de este vecino, donde podrá hacer ondear su proclama sin romper el encanto del histórico conjunto amurallado.

El mástil, en lo alto de La Asomada. / CARM

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Cinco escenarios de un milagro

Aquellos sí fueron tiempos difíciles, y no los de ahora, pese a ese ‘tsunami’ llamado crisis. A finales de 1585, el pueblo de Mazarrón parecía precipitarse hacia su desaparición, acosado por las deudas para pagar el privilegio de villa, los ataques de los piratas berberiscos y la decadencia de la minería. Sin embargo, un milagro cambió el rumbo. Según las crónicas transmitidas hasta nuestros días, la madrugada del 17 de noviembre de aquel lejano año una misteriosa amazona apareció para ahuyentar a los corsarios del temible Morato Arráez,  que, sigilosos y aprovechando la oscuridad, habían desembarcado en la cercana costa para asaltar la localidad. 430 años después, el prodigio se sigue celebrando con la romería más alegre que conozco. La cita es este domingo, con salida a las 8 de la mañana. He aquí cinco escenarios para sacarle todo el partido a esta celebración.

1) Iglesia del convento. Punto de partida de la romería, en la plaza del mercado. La arquitectura de este edificio data del siglo XVIII. Destacan las pinturas del camarín del altar mayor, obra de los religiosos franciscanos. La iglesia se levantó en el paraje del Romeral, donde en el siglo XVI estuvo una ermita dedicada a la Purísima Concepción.Según los testimonios de la época (recogidos en las ‘Nueve declaraciones’), los vecinos escucharon tañir las campanas del pequeño templo coincidiendo con el prodigio. Y cuando llegaron, observaron que el rostro de la imagen religiosa mostraba unas gotas de sudor, que la talla miraba ahora hacia el sur, en dirección a la mar, y que en su manto había restos de arena. A los devotos ya no les quedaron dudas, y atribuyeron a la intervención de la Virgen la desbandada de los piratas.Un cuadro recuerda ese episodio. En el templo también se guarda la bandera del milagro, una enseña que, según cuentan, abandonaron los corsarios en su apresurada huida. La restauración de esta pieza hace unos años sacó a la luz la inscripción en la tela de unos versos del Corán, aunque no se pudo determinar la fecha exacta del tejido.
2) Torre de los Caballos. Anexa a esta atalaya, frente a la playa de Bolnuevo, se localiza la ermita donde reposa la imagen de la Virgen del Milagro todo el año, salvo cuando llega la romería. Es el punto final del festejo. La torre defensiva, de planta cuadrada y dos pisos, se construyó en el siglo XVI para proteger a la población de los piratas. Formaba parte de un cordón defensivo compuesto además por las torres de Santa Elena (La Azohía), la Cumbre (Puerto de Mazarrón) y el Molinete (Mazarrón). Hoy acoge un centro de interpretación, y estos días se organizan visitas guiadas (teléfono 968 594 426) con motivo de la romería del Milagro.

Subida de la Virgen del Milagro a Mazarrón. Este domingo será la romería de vuelta a Bolnuevo. / J. M. RODRÍGUEZ

3) Calas vírgenes. Desde Bolnuevo y en dirección a Águilas se abre un paraje de playas desiertas y aguas cristalinas, todavía hoy libres del ladrillo. En una de ellas, llamada Cueva Lobos (por una colonia de focas monje que hubo tiempo atrás) parece que desembarcaron los corsarios comandados por Morato Arráez, de madrugada, para no ser vistos por las patrullas a caballo encargadas de vigilar la costa. En verano, bañarse en estas calas es un lujo; en invierno, pasear por ellas aporta un bálsamo contra el estrés.
4) Bolnuevo. La amplia playa de fina arena, con un pequeño poblado de pescadores, acoge a los miles de romeros que, una vez terminado el camino, dedican el resto de la jornada a disfrutar de un almuerzo en familia y con los amigos. No faltan las sardinas asadas, la típicas migas y los arroces cocinados en la leña. Dice la leyenda, adornada a los largo de los siglos, que por esta playa fue vista la misteriosa amazona, y que por donde pisó todavía hoy crecen las azucenas.
5) Minas de alumbre. El origen de Mazarrón hay que buscarlo a mediados del siglo XV gracias a la explotación del alumbre, en aquella época un residuo mineral fundamental para la industria textil. El negocio se lo repartieron los marqueses de Villena y de los Vélez gracias a un privilegio real. Los nobles levantaron castillos para proteger sus posesiones e iglesias (San Antonio y San Andrés) para prestar socorro espiritual a sus vasallos. La riqueza hizo germinar el sentimiento independentista, y en 1572 Felipe II firmó el título de villa (hoy desaparecido por un robo) que otorgaba a Mazarrón su autonomía de Lorca.
El alumbre ya es historia, pero  la romería del Milagro está más viva que nunca.

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Un castillo que hay que ver

Quien tenga interés en conocer cómo era el castillo de los Vélez de Mazarrón en su momento de esplendor (a finales del siglo XV) no puede perderse la exposición que hasta el mes de marzo permanece abierta en las dos sedes de la Universidad Popular de la localidad. El mazarronero Antonio Paredes Navarro (que ya sorprendió con su colección de motos antiguas) ha dedicado 2.300 horas de trabajo a realizar a escala la fortaleza que domina el pueblo. El impresionante resultado no solo se debe a una minuciosa labor manual, como demuestran los 16.000 fragmentos de piedra empleados en la construcción de la maqueta. Antes de ponerse manos a la obra, el artista ha tenido que documentarse con el fin de reproducir lo más fielmente posible el conjunto defensivo, formado por una doble muralla alrededor del baluarte principal y con entrada por la Cuesta Carrión.
El trabajo de Antonio Paredes (desde aquí le hago llegar mi enhorabuena) tiene mucho mérito, porque el castillo de los Vélez, levantado por los marqueses para defender sus negocios mineros, ha llegado hasta nosotros bastante deteriorado. Al abandono del paso de los años se sumó, a finales del siglo XIX, los daños ocasionados por la apertura de un pozo de la mina San Carlos en el mismo corazón de la fortaleza.

Maqueta del castillo de los Vélez de Mazarrón. / UP

Pero aún hay más. La maqueta es una de las cuatro que forman la exposición titulada ‘Matri Terrae’, la misma inscripción que aparece en una de la tres esculturas de dioses romanos halladas en el mazarronero barrio de La Serreta y que se muestran en el Museo Arqueológico de Murcia (MAM). Las otras tres reproducciones (también de gran calidad) hacen referencia a las explotaciones mineras y a la agricultura, dos de los sectores que han dado vida al municipio desde la antigüedad. Se trata de la fábrica de alumbre (también se explica con una demostración práctica cómo se obtenía este apreciado residuo mineral), la finca de Coquela (la única casa de campo con torre que queda en la localidad) y la mina del Luisito (sobre una loma a la entrada del pueblo por la carretera de Murcia).
Como hasta marzo todavía queda tiempo, estaría bien que el Ayuntamiento completase la exposición con visitas guiadas para conocer sobre el terreno todo este patrimonio histórico. Al menos, la fortaleza queda bastante a la mano. Por cierto, habría que recordarles a nuestros políticos que la restauración del castillo de los Vélez se quedó a medias y que el conjunto de las minas sigue a la espera de un proyecto que permita su puesta en valor. No lo olviden. Son nuestras raíces.

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Milagro en Mazarrón

Amenazado por los ataques de los piratas del norte de África, acuciado por la deuda contraída con el rey para pagar el título de villa y con las explotaciones de alumbre en franca decadencia, Mazarrón parecía necesitar, a finales del siglo XVI, un milagro que insuflara ánimos para superar tanto infortunio. Y, según las crónicas, el prodigio se obró en la madrugada del 17 de noviembre de 1585. La tradición transmitida a lo largo de estos 429 años cuenta que aquel lejano día una misteriosa amazona ahuyentó a la tropas del temible Morato Arráez, que habían desembarcado sigilosamente en la cala de Cueva Lobos con la ruin intención de asaltar el pueblo. Según los testimonios recogidos (las llamadas ‘Nueve declaraciones’), vecinos que acudieron a la ermita de la Concepción, en el paraje del Romeral, para dar las gracias, tras saber de la huida de los corsarios, aseguraron que vieron cómo el rostro de la imagen religiosa mostraba unas gotas de sudor, que la talla miraba ahora hacia el sur, en dirección a la mar, y que en su manto había restos de arena. A los devotos ya no les quedaron dudas, y atribuyeron a la intervención de la Purísima Concepción la desbandada de los atacantes. Con el paso del tiempo, el relato se adornó con otros detalles, como que a partir de entonces crecen azucenas en la playa que pisó la Virgen.
Sea lo que fuere, Mazarrón superó aquella época oscura. Y todavía hoy el milagro sigue vivo en el pueblo. El recuerdo de este hecho prodigioso protagoniza una de las fiestas más arraigadas y multitudinarias. El domingo siguiente al 17 de noviembre (por lo tanto, la cita es este próximo domingo), miles de romeros acompañan a la patrona en su camino de regreso a su pequeño templo de Bolnuevo. El trayecto hasta la playa es pura alegría y diversión, para después recuperar fuerzas con un almuerzo a la orilla del mar entre amigos y familiares.

La Virgen del Milagro, en la puerta del convento. / F. MANZANERA

La romería se inicia sobre las 8 de la mañana desde la iglesia del convento, donde estuvo la ermita original, que fue ampliada en el siglo XVIII, y donde se custodia la bandera del milagro, una enseña que, según cuentan, abandonaron los piratas en su apresurada huida. La restauración de esta pieza hace unos años sacó a la luz la inscripción en la tela de unos versos del Corán, aunque no se pudo determinar la fecha exacta del tejido. Otros vestigios quedan de aquella época, como las viejas canteras de alumbre y las torres vigía (como la de los Caballos, en Bolnuevo) que todavía miran a las olas por si al malo de Arráez se le ocurre reaparecer.

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Diez castillos cerca de casa

Situado en un enclave fronterizo, el viejo Reino de Murcia pronto tuvo que aprender a defenderse. Desde las tierras altas del Noroeste hasta casi rozar las aguas del Mediterráneo, los castillos salpican la geografía regional. No son los châteaux del Valle del Loira, pero también tienen su encanto, atesoran mucha historia y, además, están cerca de casa. He aquí una selección de diez fortalezas por si se anima a visitarlas.
Esta ruta debe echar a andar en Moratalla (1) porque su castillo acaba de recibir una profunda restauración. Levantado a mediados del siglo XV, perteneció a la orden de Santiago. Destaca su torre del homenaje, que con 22 metros de altura ofrece unas vistas únicas del pueblo y sus alrededores. Otros cinco torreones completan el recinto: Redonda, Blanca, la Magdalena, Quebrada y Cuatro Vientos. No muy lejos aguarda la fortaleza de Caravaca (2), que acoge el santuario de la patrona, a modo de un gran relicario, con mármoles de colores, para guardar la Vera Cruz. En su cuesta ‘vuelan’ los Caballos del Vino cada 2 de mayo, una fiesta declarada de interés turístico internacional.

Iglesia de la Asunción, vista desde el castillo de Moratalla.

En plena huerta se alza la Torre Vieja de Alguazas (3), construida por el obispo de Peñarada en el siglo XIV para proteger a las gentes y los cultivos de esta fértil vega, donde el río Mula se funde con el Segura. Por fuera es una mole rectangular, por dentro impresionan sus bóvedas de crucería. El castillo de Jumilla (4) vigila el Altiplano. Lo construyó el marqués de Villena, es de estilo gótico y no le falta detalle: torre del homenaje, mazmorras, sala del alcaide y patio de armas.
La comarca del Guadalentín requiere varias paradas para admirar sus construcciones defensivas. La primera, en Lorca (5), cuya fortaleza, del siglo XIII, se ha convertido en un espacio temático cultural donde conocer cómo se vivía hace setecientos años en estos recintos fortificados. Y sigue arrojando sorpresas, la última, una sinagoga. La segunda visita, en Puerto Lumbreras (6), con una alcazaba árabe que vigilaba el paso estratégico entre Andalucía y Levante. Entre los paños de sus muralles sobresalen las chimeneas de las casas trogloditas horadadas en la montaña y que muestran la vida bajo tierra. Aledo (7) conserva la Torre de La Calahorra, ejemplo de arquitectura militar de la Edad Media. Dicen que entre sus muros Alfonso X encontró la inspiración para escribir varias de sus famosas cantigas. La villa ha recuperado su muralla con un moderno proyecto de los arquitectos Isabel García Higueras y Daniel Gil de Pareja Martínez, que invita a asomarse al valle. No muy lejos, Alhama de Murcia (8) ultima la restauración de su imponente conjunto fortificado, de raíces islámicas, con dos espacios, uno militar y político, y otro que servía para refugio de la población. De momento, se mantiene cerrado a los turistas, pero en ocasiones se organizan rutas guiadas. En la costa, dos visitas imprescindibles: el castillo de la Concepción, en el cerro más alto de las cinco colinas de Cartagena (9), es la puerta de entrada para una primera toma de contacto con 3.000 años de historia: y en Águilas (10), un recinto del siglo XVIII, dominando el litoral, formado por el fuerte de San Juan (a poniente) y la batería de San Pedro (al este).

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A las trincheras

Por esas troneras no se disparó ni una sola bala, ni en estas líneas de trincheras se decidió, finalmente, batalla alguna. A mediados de 1937, en plena Guerra Civil, comenzó a levantarse, desde Águilas a Guardamar del Segura (ya en la provincia de Alicante), un cordón fortificado para defender por tierra la base naval de Cartagena, entonces en el bando republicano. Pero este cinturón de seguridad no se terminó de construir y el conflicto acabó sin que entrara en uso.

Setenta y seis años después, el abandono y el desinterés han hecho que el olvido se adueñe de este patrimonio de la arquitectura bélica. Ahora vuelve a la actualidad porque en la Comunidad de Madrid están trabajando en la puesta en valor de una red de fortines de la misma época levantada para salvaguardar los embalses que abastecían de agua a la capital. Aquí, la Consejería de Cultura todavía ni ha protegido estas obras de la ingeniería militar. “Está en estudio”, se limita a decir un portavoz de este departamento. Así de escueto, sin más explicación.

El plan de defensa por tierra de la base cartagenera se estructuró en núcleos de resistencia, cinco de ellos en la Región, aprovechando los accidentes geográficos y las principales carreteras. Un trabajo de investigación de los arquitectos Francisco José Fernández Guirao y Rebecca A. Tombergs ha servido para redescubrir estos enclaves, en cuya construcción se tuvieron en cuenta las teorías más modernas en fortificación. “Un grupo muy reducido de hombres permitía el bloqueo de las comunicaciones y la paralización del posible invasor”, se explica en el estudio.

El de mayor superficie y mejor conservado está en Purias (Lorca), formado por dos casamatas (de tres y cuatro ametralladoras), dos kilómetros de trincheras y otras ochenta posiciones. Muy cerca, en Tébar (Águilas), existe otro núcleo de resistencia, con una casamata y 1.250 metros de trincheras. Los más accesibles (por si le interesa echarles un vistazo antes de que desaparezcan) están junto a la carretera que atraviesa la pedanía totanera de Paretón-Cantareros (cuatro búnkeres para dos ametralladoras cada uno) y en el nudo de las autovías de Fuente Álamo y Mazarrón, en Alhama, con tres casamatas, dos ‘plantadas’ en mitad de un naranjal al que no se puede acceder y la tercera ‘carcomida’ por la explanación de los terrenos colindantes. En Murcia, en las inmediaciones del área recreativa del Puerto de la Cadena, se conserva, entre pinares, el quinto de estos núcleos fortificados, con varios puestos de ametralladoras, tres casamatas y 300 metros de trincheras.

Angosta entrada a una casamata.

Un resumen de este trabajo apareció recogido en la publicación de las XXII Jornadas de Patrimonio Cultural de la Región de Murcia, de 2011. Ya en 2009, ‘La Verdad’ se hizo eco de la dejadez que pesa sobre la arquitectura militar de la Guerra Civil. A Fernández Guirao nada le desanima; sigue con sus investigaciones y puede que pronto den nuevos frutos. Aquí lo contaremos.

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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