La Verdad

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Categoría: Molina de Segura
Retrato de la ruina

¿Puede atesorar algún destello de belleza el patrimonio condenado irremediablemente a la desaparición? Es la pregunta a la que el fotógrafo Juan Antonio Cerón ha intentado dar respuesta en su primera incursión artística. Y el resultado se puede ver, hasta el próximo domingo, en la sala los Postigos de Molina de Segura, a través de una selección de instantáneas de edificios que destilan cierto poder de atracción en mitad de la decrepitud y la ruina que los corroen. A este proyecto estético, Cerón ha dedicado dos años de trabajo; cientos de kilómetros recorridos por toda la Región en busca de localizaciones, 5.000 disparos con sus cámaras para, al final, quedarse con catorce fotografías. En ‘Donde habita el olvido’, que así se titula la exposición, el autor trata de mostrar “el último latido de belleza” de unos espacios deshabitados que se resisten a morir. Un homenaje a un patrimonio humilde de la arquitectura tradicional formado por escuelas vacías, cortijos abandonados, molinos parados para siempre, ventas en ruinas, viviendas olvidadas por su dueños. Una llamada de atención “al valor de las cosas cotidianas, tan cercanas que por lo general no vemos”, advierte el fotógrafo. “Cuando solo observamos la belleza en aquello que nos deslumbra, en la perfección, en lo ostentoso, ignoramos la bondad y la serenidad de las pequeñas cosas”, reflexiona Cerón. Las catorce imágenes de la exposición destacan por una apariencia plástica, como si fuera una pintura, que puede llegar a confundir al ojo del espectador, llevándole a pensar que el desconchón o la grieta de esa fachada se puede tocar con las manos. Para este trabajo, el artista se ha valido de lentes focales fijas, con valores de apertura muy bajos para retener la mayor cantidad de luz sin necesidad de trípode. Y, por supuesto, de mucha paciencia. Porque Cerón ha tenido que regresar en más de una ocasión hasta alguno de los escenarios escogidos con el fin de disponer de la luz necesaria para el enfoque perfecto.
‘Donde habita el olvido’ recorre desde Gañuelas (Mazarrón) hasta Raspay (Yecla), desde Fortuna a La Paca (Lorca), mostrando una arquitectura sin vida que emite un último pálpito antes de esfumarse. Un trabajo que aúna el aspecto histórico y documental del objeto fotografiado con un discurso estético basado en la fuerza de esas construcciones. “Viendo esos edificios abandonados he sentido ganas de llorar”, admite el fotógrafo. La muestra llegará a principios de año a Espacio Pático (calle San Lorenzo) de Murcia.

Juan Cerón, junto a la fotografía que abre su muestra.

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La herencia del marqués

Seis municipios de la Región de Murcia (Albudeite, Alhama, Librilla, Mazarrón, Molina y Mula) y diez de la provincia de Almería (Albanchez, Albox, Cantoria, Chirivel, Cuevas de Almanzora, María, Oria, Taberno, Vélez Blanco y Vélez Rubio) se han unido para remarcar una página importante de su historia común. En el imponente castillo de Vélez Blanco, representantes de estas dieciséis poblaciones ‘hermanas’ han rubricado la constitución de la Asociación de Municipios del Antiguo Marquesado de los Vélez, con la vista puesta en la promoción del patrimonio ‘heredado’ de estos nobles. Ahora, el acuerdo será refrendado en otro acto solemne, esta vez en la Región, que tendrá como marco el convento de San Francisco de Mula. En unos días la asociación echará a andar formalmente con su primera reunión de trabajo (a celebrar en Cantoria) y la creación de tres comisiones: una institucional para buscar fondos económicos; otra dedicada a la elaboración de programas y actividades, y la tercera encargada de promover el legado histórico y cultural del marquesado de los Vélez, de cara a convertirlo en un reclamo turístico. La archivera de Mazarron, Magdalena Campillo, adelanta que la primera propuesta que pondrá sobre la mesa será retomar la digitalización de los documentos que forman el archivo de esta noble familia. Por desgracia, la tarea se ha quedado a medias debido a la difícil situación económica por la que atraviesan algunos ayuntamientos, cuyas arcas deben sufragar ese proyecto para la conservación de un patrimonio documental de primer orden .
La familia Fajardo, que obtuvo el título en 1507 de la mano de Juana I, levantó un pequeño imperio, extendiendo su poder por buena parte del sureste. El marquesado, que se inició con Pedro Fajardo Chacón, se extinguió en 1837. Antes llegó a controlar veintiún concejos, con una extensión de 3.700 kilómetros cuadrados. En la Región, un ramillete de sus principales monumentos se deben a este linaje. El más conocido, su capilla de la Catedral, con una fabulosa bóveda estrellada. También, los castillos de Mula y Mazarrón, además de otro patrimonio no tan relevante, como posadas, almacenes, molinos y redes de agua.

Castillo de los Vélez de Mazarrón; detrás, uno de los cerros mineros. / G. CARRIÓN

Los marqueses amasaron fortuna gracias a los recursos naturales de estas comarcas. En Mazarrón, por ejemplo, explotaron (de la mano de los marqueses de Villena) el alumbre, un mineral imprescindible para el fijado de los tintes en la industrial textil a finales de la Edad Media. Con el tiempo, esta población (que nunca estuvo bajo el dominio del señorío de los Vélez sino del rey) logró el título de villa (y por tanto su independencia de Lorca) gracias a su riqueza mineral y, por supuesto, con el visto bueno de los marqueses. Estos erigieron una iglesia, dedicada a san Antonio de Padua, para no ser menos que el linaje de los Pacheco, que ya tenía la de san Andrés. Y también construyeron una fortaleza desde la que controlar y proteger sus negocios. Todavía hoy con su porte domina el pueblo.

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Una mancha en la vía verde

La estación de la Ribera de Molina se cae a pedazos de puro abandono. Su deterioro se ha agravado en las últimas semanas con el derrumbe de parte de la balaustra de ladrillo que corona y adorna el coqueto edificio. El inmueble pertenece a la antigua línea de tren que unía Murcia y Caravaca de la Cruz. Este corredor ferroviario, de casi 79 kilómetros, ha sido transformado en un itinerario ecoturístico, dentro del proyecto de vías verdes, para darle una nueva vida a estos caminos de hierro, que a principios de la década de los setenta no pudieron soportar la competencia del transporte por carretera.
Según un catálogo sobre el patrimonio histórico ferroviario elaborado en 2004, dieciséis estaciones daban servicio a lo largo de esta línea, que conectaba las productivas vegas del Segura con las tierras altas del Noroeste. Solo doce han soportado el paso del tiempo. Siete de ellas se han convertido (con mayor o menor respeto a la arquitectura original) en albergues para turistas; otras, sin embargo, no han corrido tan buena suerte, como la citada de la Ribera de Molina, la de los Baños de Mula y la de la Puebla de Mula, que parecen aguardar tiempos mejores.
El diseño fue obra del ingeniero Manuel Bellido. Datan de principios de los años 20 del pasado siglo y responden a un modelo parecido: la planta baja se destina a los viajeros y el piso superior acoge la casa del jefe de estación. Eso sí, se aprecian diferencias en las dimensiones y el ornato según la categoría de cada una de ellas, como ocurre en la estación de cabecera, en la Redonda de Murcia, y que desde hace años alberga oficinas de la empresa Aguas de Murcia. También se introducen cambios en algunas terminaciones de los edificios atendiendo a su emplazamiento, y así los apeaderos localizados en zonas muy expuestas al sol se equipaban con grandes marquesinas para el resguardo del pasaje.

Desperfectos en la estación de la Ribera de Molina.

La recuperación de la línea Murcia-Caravaca para uso turístico aún presenta asignaturas pendientes (a veces no se tiene la sensación de estar paseando por un antiguo eje ferroviario, porque se han perdido muchas de sus referencias), pero eso no desmerece el enorme trabajo realizado para la puesta en valor de un patrimonio que cada vez cuenta con más seguidores. Por cierto, que este sábado, con motivo del Día de las Vías Verdes, se ofrece una buena oportunidad para adentrarse en este corredor. La cita es en Alguazas y hay que inscribirse en la web murciaturística.es. Además de conocer un trocito de la historia del ferrocarril, la visita tiene otras dos paradas importantes: la iglesia de San Onofre, con una magnífica portada renacentista, y la Torre Vieja, ejemplo de la arquitectura defensiva medieval.

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Arquitectura bajo tierra

La tarde que llego a Caprés, el viento sopla con fuerza. Eso sí, nada comparable al día que las rachas tumbaron la antigua ermita dedicada a San Jerónimo. Esta pedanía fortunera, a poco más de 7 kilómetros al norte de Los Baños, está formada por tres caseríos, desperdigados a la sombra de la sierra del Corque, entre un paisaje agreste y reseco, salpicado de oliveras centenarias. Se trata de uno de los pocos núcleos de la Región donde sus vecinos aún mantienen viva la tradición de morar en casas cuevas. Tierra de fronteras y de primitivos eremitas, aparezco en Caprés con el mejor guía que podía llevar, el chef Cayetano Gómez, ganador de la Copa de Jerez en 2011. Sabe de mi atracción por estas viviendas, tan antiguas como el hombre, excavadas en la tierra, y él se ofrece a mostrarme la suya, en la que ya vivieron sus abuelos maternos. Fuera, el sol aún pica, pero dentro se echa de menos la manga larga. De techos abovedados y paredes encaladas, destaca el hogar de la cocina, con su gran chimenea y un horno moruno.

Las casas cueva siempre mantienen una temperatura agradable, sea cual sea la estación del año. Pero lo que más me llama la atención es la paz que se respira en el interior. Un silencio que se cuela por los poros de la piel, y que resulta el mejor bálsamo para desconectar de la vida mundana. Sin embargo, aún hay más. Porque las vistas desde la puerta de la cueva de mi amigo te dejan boquiabierto. Estamos a 420 metros de altitud, y, al anochecer, se ve cómo aparece una alfombra de luces desde Abanilla a Murcia.

Chimenea de una casa cueva en el campo de Molina de Segura.

Caprés ha sido mi último descubrimiento. Pero existen otras aldeas y barrios con vida subterránea. También me sorprendió Comala, en el campo de Molina de Segura, cerca de Campotéjar y La Albarda. Sus viviendas cueva datan del siglo XIX y fueron horadadas en pequeños promontorios por los jornaleros que llegaron de la Vega Media en busca de trabajo. En esta guía tampoco podía faltar Lorquí. Hace dos décadas, 2.000 de sus 5.000 vecinos seguían utilizando las casas cueva, bien para vivir o bien para guardar aperos. Hoy, su futuro es incierto debido al deterioro que presentan. Un estudio publicado por el departamento de Geografía de la Universidad de Murcia en 1993, ya advertía del peligro que corría este “patrimonio etnocultural”, de gran valor para analizar la evolución social de la población. En otras localidades de fuera de la Región, se le ha sacado partido a esta arquitectura popular como alojamientos turísticos. Aquí también se han rehabilitado algunas con este fin. Eso sí, quien mejor ha sabido ver las posibilidades que ofrecen estas construcciones ha sido el Ayuntamiento de Puerto Lumbreras. Su poblado bajo el castillo de Nogalte, que incluso llegó a tener escuela, merece una visita para hacerse una idea de cómo es la vida bajo tierra.

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La belleza de una fábrica

Con la vista puesta en el Año Europeo del Patrimonio Industrial (que será en 2015), cabe repasar si, en esta materia, la Región progresa adecuadamente. Para el Instituto de Patrimonio Cultural de España, “los testimonios de la industrialización constituyen un legado imprescindible para comprender la historia de los dos últimos siglos”. Y añade que esos elementos “han desempeñado un importante papel en la evolución del territorio y en la formación del carácter histórico de sus sitios, lugares y paisaje”. En fin, que no es una cuestión baladí.

La Región tiene donde elegir. Por ejemplo, el Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial (TICCIH) elaboró un catálogo con cien bienes, y cuatro de ellos se localizan en estas tierras: el embarcadero del Hornillo (1903), en Águilas; el paisaje minero de La Unión-Cartagena; el coto minero de San Cristóbal-Los Perules, en Mazarrón, y el arsenal de Cartagena. Los dos primeros ya se han puesto en valor para explotarlos turísticamente, a través de rutas y visitas guiadas. En cuanto a los otros dos espacios, aún queda camino por recorrer. El distrito minero mazarronero sigue abandonado a su suerte, víctima de un expolio feroz, lo que no impide que despierte el interés de los visitantes y que también se haya convertido en escenario para videoclips, por su paisaje de mil colores y sus 2.000 años de historia. Respecto al arsenal, se trata de un complejo militar y defensivo, además de un polo de la industria naval, y no admite visitas debido a que es un enclave estratégico para la defensa del país.

Fábrica de la pólvora, en Javalí Viejo, que acaba de cumplir 150 años. / I. SÁNCHEZ

Pero hay más recursos en nuestro territorio. Un equipo de investigadores de la Universidad de Murcia ha inventariado un centenar de bienes inmuebles de los siglos XVIII, XIX y XX, entre astilleros, fundiciones, instalaciones ferroviarias, fábricas, almacenes y estaciones hidroeléctricas. En el citado catálogo, que ha supuesto un laborioso trabajo de cinco años, merecen un apartado especial las llamadas Reales Fábricas, un conjunto de industrias que tienen sus orígenes en el siglo XVIII. Enclavadas en Murcia, se incluyen la fábrica de la seda de La Alberca; la fábrica de seda piamontesa (solo se conserva la fachada en el edificio de los 9 pisos) y las fábricas del salitre, en la capital, y de la pólvora, en Javalí Viejo. Esta última acaba de cumplir 150 años. Sus pabellones principales fueron diseñados por Francisco Bolarín Gómez, el mismo arquitecto que ideó el edificio original del Casino de Murcia, pero ni los propios historiadores de la Universidad han podido acceder, por los mismos motivos que el arsenal de Cartagena. Además de Águilas y La Unión, otras localidades han puesto sus ojos en el patrimonio industrial como recurso turístico. Molina de Segura trata de sacarle partido a sus antiguas conserveras, a través de una ruta por lo que queda de ellas: sus chimeneas. En ese recorrido también se repasa un interesante patrimonio inmaterial: el recuerdo de las cientos de mujeres que levantaron con su trabajo este imperio.

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Molina da uso a su muralla

Pocas oficinas de turismo pueden presumir de un emplazamiento tan privilegiado. Molina de Segura, la cuarta ciudad de la Región, estrena (¡por fin!) el próximo lunes sus dependencias de atención a los visitantes, en un enclave con mucha historia. Ubicadas en la calle Pensionista, número 3, en pleno centro urbano, están presididas por un tramo de la antigua muralla andalusí, de los siglos XI y XII. Es parte del cerco que recorría la parte baja del cerro del castillo y que protegía la población y la alcazaba. Según recuerda el arqueólogo municipal Felipe González, este lienzo defensivo fue descubierto en 1993 formando parte del muro medianero de una edificación declarada en ruina, y que terminó por comprar el Ayuntamiento. Tiene 1,30 metros de espesor y 5,4 metros de altura, y se completa con el arranque de una torre cuadrangular. Sorprendente.
La oficina de turismo aspira a convertirse en la puerta de acceso a Molina de Segura para los turistas. Asi que el público se adentrará en la historia de la que fue capital regional de la conserva nada más atravesar el umbral. Con más de 300 metros cuadrados útiles, distribuidos en tres plantas, las modernas dependencias, diseñadas por José Luis Largo Hernández y Andrés Lucas Esteve, también acogerán actividades culturales. De hecho, el estreno llega con la inauguración de la exposición ‘De carne y guasa’ del artista local Pepe Yagües.

Lienzo de la muralla medieval que preside la oficina de turismo de Molina.

El nuevo centro de visitantes era la infraestructura básica que necesitaba la localidad para promocionar su patrimonio histórico, que en los últimos años se ha puesto en valor con el fin de intentar atraer turistas a la localidad. Molina se sacude así el ‘sambenito’ de ciudad industrial sin mayor atractivo. La muralla que ahora se puede admirar en la flamante oficina de turismo solo es el aperitivo. El cerro del castillo, con los restos de la fortaleza, también ha sido acondicionado como mirador, con una vista impresionante de la huerta, y restaurante. La guinda se pondrá cuando el Ayuntamiento desbloquee y ponga fin a las obras de construcción del museo del enclave de la muralla, donde se podrán admirar los restos de cinco torres, una puerta de doble codo y el foso exterior de la Molina medieval.

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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