La Verdad

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Categoría: paisaje histórico
125 años

No es una cárcel, pero tiene calabozos. Ni un banco, pese a guardar una caja fuerte que, por cierto, nadie ha conseguido todavía abrir. Y menos una casa encantada, aunque alberga habitaciones secretas. Como todo edificio antiguo, el viejo Consistorio de Mazarrón conserva mucha historia, y algún misterio. Ahora cumple 125 años, y para celebrarlo se ha organizado un amplio programa de actividades, con conferencias, exposiciones y actuaciones musicales. También estrena logotipo, una imagen del diseñador cordobés Daniel Parra Lozano  Enclavadas en el corazón del pueblo, las Casas Consistoriales resultan el punto de partida perfecto para descubrir esta localidad de raíces mineras y marineras.

Su construcción se inició en el año 1889, con un diseño de Francisco Ródenas; pero las obras las terminó Francisco de Paula Oliver Rolandi, que le dio un toque modernista. Los promotores pensaron que el inmueble municipal debía ser un reflejo de la época de esplendor que por entonces vivía la localidad, gracias a la riqueza de las minas. Así que no se ahorraron gastos. Hermosos papeles pintados para las paredes, cortinas de terciopelo con dosel para las ventanas y tarima de madera y mosaico para el suelo. No debía quedar hueco sin decorar. Hasta los muebles (se conservan algunos de los originales) fueron traídos desde Barcelona en una goleta. Ya entonces tanto lujo, que todavía hoy puede sorprender, provocó críticas airadas, porque se consideró un gasto innecesario, más aún cuando muchos vecinos (también niños) se jugaban la vida en las negras galerías para extraer la galena argentífera a cambio de un mísero sueldo.

Daniel Parra, con la nueva imagen de las Casas Consistoriales.

Daniel Parra, con la nueva imagen de las Casas Consistoriales.

El edificio, declarado monumento histórico artístico, se restauró en 2008 para darle un uso cultural. El proyecto, capitaneado por Rafael Pardo Prefasi, logró uno de los premios de rehabilitación de la Región. Afortunadamente, es una construcción viva. No solo porque acoge muestras temporales y presentaciones. La Corporación sigue celebrando aquí sus sesiones plenarias cada mes, además de otras ceremonias solemnes. En el sótano están los calabozos, hoy convertidos en sala de exposiciones. En la entrada, en el antiguo despacho de Inspección y Celaduría, se conserva una caja de caudales cuyo contenido es un misterio, porque nadie ha dado todavía con la combinación que abre este arcón ‘incombustible’. Y en la primera planta (admire el pasamanos de la escalera y la impresionante lámpara) no hay que perderse el magnífico salón de plenos, con una rica decoración, y la alcaldía, con una habitación secreta cuya entrada está camuflada en la pared. Se se anima a recorrer las estancias, aproveche la oportunidad de subir a la terraza. Desde allí contemplará unas vistas únicas del pueblo. Y podrá ver de cerca el magnífico templete de zinc que corona el Consistorio. La guinda a un edificio para la historia.

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Una imagen 123 años después

El accidente más trágico en los distritos mineros de la Región ocurrió en Mazarrón, el 16 de febrero de 1893. Del siniestro, que segó la vida de 28 operarios por un escape de grisú, no había imágenes. Hasta ahora, cuando el antropólogo y cronista oficial de Mazarrón, Mariano Guillén Riquelme, deja constancia gráfica de cómo fue aquel triste suceso. La obra –en grafito, tinta y acuarela– muestra el momento en el que las víctimas son sacadas del pozo, y forma parte de la exposición ‘Mazarrón: historia imaginada’ que el investigador y académico de la Real de Alfonso X el Sabio muestra hasta finales de enero en las Casas Consistoriales.
Desde el rigor científico y apoyado en sus dos décadas de estudios sobre el pasado del municipio, Guillén ha dedicado dos años de trabajo a esta colección, compuesta por dieciocho láminas con una selección de momentos históricos de la localidad. Ahí están, por ejemplo, la construcción del ferrocarril (1882), por una concesión del rey Alfonso XII, para dar salida por mar al mineral. O la huelga del 1 de mayo de 1890 para reivindicar la jornada laboral de ocho horas y un aumento del 25% en los sueldos. También, la inauguración de las Casas Consistoriales (1892), ejemplo del empuje industrial que vivió el pueblo; la proclamación de la II República, con el izado de la bandera tricolor a cargo del presidente de la Junta Revolucionaria, el notario Félix Pablo Gudín, «entre una multitud enardecida de entusiasmos»; y el saqueo de la iglesia del convento de la Purísima, a los pocos días de la sublevación militar de 1936, que acabó con la quema de la mayoría de las tallas religiosas en la misma puerta del templo patronal.

Accidente en la mina 'Impensada'. / MARIANO C. GUILLÉN RIQUELME

Accidente en la mina 'Impensada'. / MARIANO C. GUILLÉN RIQUELME

Cada lámina se acompaña de un pequeño texto que explica la ilustración, para de esta formar realizar un singular y ameno recorrido por la historia del municipio desde sus orígenes. Para el director del certamen Fotogenio, Juan Sánchez Calventus, la muestra «nos regala un torrente de información visual a los amantes del arte, la fotografía y la hitoria», según explica en el catálogo de la exposición.

La propuesta cultural, que se puede visitar hasta el 28 de enero, es doble, ya que se completa con otras creaciones del cronista oficial. Porque en el sótano del edificio consistorial, Mariano Guillén expone una retrospectiva de su obra, desde los carteles que realizó para anunciar los carnavales hasta cuadros que hoy día pertenecen a colecciones privadas. Como pintor y dibujante, Guillén ha llevado a cabo tres exposiciones patrocinadas por el Ayuntamiento, dos de ellas ubicadas en el salón de actos de la Universidad Popular y una tercera en la iglesia de San Andrés. Fue, además, cofundador del grupo de artes plásticas Almagra, y en 1997 impulsó el certamen de pintura al aire libre ‘Memorial Domingo Valdivieso’, que aún hoy se sigue celebrando. Dos de sus cuadros decoran sendos espacios cargados de historia: el Salón de Plenos, con un retrato de Juan Carlos I, y el altar mayor del convento, con una escena del Milagro de la Purísima.

[La muestra podrá verse hasta el 28 de enero. El horario de visitas será las mañanas de lunes a sábado de 10 a 14 horas y las tardes de martes a viernes de 17 a 20  horas.  La sala permanecerá cerrada los días 8 y 26 de diciembre, 2 y 6 de enero]

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Paisajes de la infancia

Todos tenemos un paisaje que nos devuelve a la infancia. El mío, no podía ser de otra forma, está en Mazarrón, y es el Cabezo del Santo. El cerro, que se alza a la salida del pueblo en dirección al Puerto para recordarnos el pasado volcánico de estas tierras preñadas de mineral, fue hace tiempo escenario de divertidos juegos bajo los pinos, excursiones de tardes sin escuela y sabrosas meriendas en días especiales. Cuarenta años después, que se dice pronto, vuelvo a subir por la colina, y me duele contemplar tanta desidia. La suciedad campa a sus anchas porque a algunos usuarios no se les ocurre nada mejor que tirar sus desechos en plena naturaleza, pero también porque el Ayuntamiento no dispone de un servicio para mantener en condiciones este pulmón verde, referente del paisaje urbano. La escalinata de piedra construida con el fin de facilitar el acceso tampoco se ha conservado como debiera. Sobresalen peligrosos hierros y faltan tramos de barandilla. Y la cartelería que informaba de los recursos naturales y la historia que atesora este paraje resultan ilegibles, devorados por el sol y las pintadas. En cuanto a la vegetación, las plagas y la sequía han hecho estragos, y nadie se ha preocupado de sanear el escaso arbolado que sobrevive a duras penas. Para coronar tanta dejadez, el monumento religioso que se alza en lo más alto (erigido con las aportaciones de los vecinos a principios de la década de los años 50) está sucio por los garabatos de pintura y presenta algunos desprendimientos.

Pintadas en el monumento del Sagrado Corazón. / M.R.M.

En resumen, un feo panorama al que, por desgracia, nos tienen acostumbrados en este pueblo. Porque solo hay que darse una vuelta para comprobar cómo otros iconos de la localidad siguen a la espera de tiempos mejores: desde el edificio modernista del Casino (convertido en un palomar) a los históricos cotos mineros, abandonados para que ‘cazatesoros’ y chatarreros ilegales hagan su particular negocio. O el castillo de los Vélez, a medio rehabilitar; la torre del Molinete, sin uso; el no-museo de La Cañadica… De pena.

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Del casino a Beltrí

Recuperar el patrimonio olvidado es una de las asignaturas pendientes de Mazarrón. La tarea figura entre los deberes que surgieron del proyecto Arquitectura ON, una iniciativa impulsada por la Universidad Politécnica de Cartagena con el objetivo de proponer ideas para la regeneración urbana. La pelota está ahora en el tejado del equipo de gobierno, obligado a tirar del carro con soluciones imaginativas. Y, a la vista del desolador panorama que ofrece el antiguo municipio minero, el encargo resulta arduo. Parece claro que el Consistorio no dispone de músculo económico suficiente para abordar por sí solo el ambicioso proyecto; así que debe implicar a otras administraciones, captar la inversión privada con fórmulas atractivas y, por supuesto, movilizar a la adormecida ciudadanía. De momento, convendría realizar una radiografía de ese patrimonio olvidado, con vistas a fijar prioridades, no sea que se vaya a iniciar la casa por el tejado. En un análisis rápido, surgen edificios como el infrautilizado casino (de corte modernista), el castillo de los Vélez (desaprovechado desde que su recuperación quedó a medias), el casón burgués de la Cañadica (¿para cuándo el anunciado museo municipal?), la casa cuartel de la avenida Constitución (¿un albergue turístico? ¿un centro juvenil? ¿viviendas sociales?…), las instalaciones de la Benemérita del Puerto (una poderosa construcción en un lugar privilegiado), la Casa Rolandi (villa de veraneo de principios del XX), el teatro circo (o lo queda de él) y la vecina fuente adornada con hermosos azulejos (en mi opinión, uno de los rincones con más encanto del pueblo), por no hablar de los monumentos funerarios en los que el gran Beltrí dejó su sello. Claro está que no es posible olvidar otras joyas que aún esperan tiempos mejores y que aspiran a convertirse en el ‘buque insignia’ de la oferta turística y cultural de Mazarrón: los tres cotos mineros y el yacimiento fenicio de la playa de La Isla. Por supuesto, la lista queda abierta para que usted, lector, aporte sus sugerencias.

Azulejos de la fuente junto al teatro circo. / M.R.M.

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El Generalife murciano

Durante casi un cuarto de siglo, entre los años 1147 y 1171, Murcia vivió una época dorada de la mano de Ibn Mardanis, conocido por las fuentes cristianas como el Rey Lobo. Hasta que el ejército almohade rompió el sueño, Murcia fue “un centro político y cultural equiparable con las principales capitales islámicas del momento”, como dejó escrito Miguel Rodríguez Llopis en su (imprescindible y ameno) libro ‘Historia de la Región de Murcia’. De aquella etapa de esplendor quedan restos arqueológicos que todavía hoy impresionan; el buque insignia es el conjunto palaciego y defensivo de Monteagudo. Ahora, una iniciativa del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), impulsada por el experto Julio Navarro, llama la atención sobre esta joya del siglo XII, y más concretamente sobre el Castillejo, que albergó las lujosas estancias cortesanas de Ibn Mardanis. Si ha visitado el Generalife de Granada ya puede soñar sobre lo que hubo.

Ocho siglos después, el proyecto Almunia (que adelantamos en ‘La Verdad’) aspira a rescatar del olvido este palacio-huerto, además del los restos del Larache y Cabezo de Torres. Hasta principios de 2016 no se conocerá si llega la necesaria financiación europea para esta ilusionante propuesta, que no solo pretende poner las bases para recuperar aquella fastuosa arquitectura, sino también el vergel (jardines, huertos, acequias) que la envolvía como el más bello papel de regalo.

Muros del Castillejo; al fondo, el Castillo de Monteagudo.

Muros del Castillejo; al fondo, el Castillo de Monteagudo.

Julio Navarro, que fue arqueólogo del Ayuntamiento de Murcia hasta que en 2001 se trasladó a Granada tras ganar una plaza en el CSIS, resalta que el complejo de Monteagudo, hoy abandonado y ruinoso, fue un “proyecto de Estado” que ordenó levantar el propio Ibn Mardanis para mostrar al mundo su poder. En esta estrategia (la arquitectura siempre ha sido una potente arma de ‘marketing’) se incluían otras obras no menos impresionantes, como los castillos del Portazgo y la Asomada, en el Puerto de la Cadena, cuya construcción no pudo terminarse debido al avance almohade.
Viendo los muros de tapial semiderruidos, las huertas olvidadas y los cauces entubados cuesta hacerse una idea de aquel lujo de la taifa mardanisí. Así que bienvenido sea el proyecto Almunia, que puede sentar las bases, si nuestros políticos abren bien los ojos, para la puesta en valor del conjunto arqueológico de Monteagudo (y del resto de yacimientos islámicos de la época) convirtiéndose en el atractivo turístico y cultural que le falta a Murcia.

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Las 5.000 obras de Pedro Cerdán

Ricardo Montes Bernárdez tiene la corazonada de que, durante su paso por la Escuela de Arquitectura de Madrid, Pedro Cerdán Martínez (1863-1947) quedó prendado de las cabezas de leones que adornaban los buzones de correos de la capital. Y así incorporó a estos felinos como elementos decorativos en las fachadas de algunos de sus edificios más singulares, por ejemplo, en el Real Casino de Murcia (calle Trapería). El investigador y presidente de los cronistas oficiales de la Región acaba de presentar un libro en el que aporta su grano de arena para conocer nuevos detalles sobre el arquitecto nacido en Torre Pacheco que protagonizó el cambio de una época de la mano de otros compañeros de profesión destacados, como Víctor Beltrí, Tomás Rico o Francisco de Paula Oliver Rolandi.

El autor resalta la impresionante producción de Cerdán, “más de 5.000 proyectos”, desde mansiones y palacetes para la floreciente burguesía del momento hasta todo tipo de obra pública, como jardines, mercados y colegios. Su cara más comprometida (debido a su vinculación con el Círculo Católico)  la ofreció a la hora de redactar de manera desinteresada los proyectos para la construcción de barrios obreros en varias localidades. Ese extenso legado tiene su explicación. A su enorme capacidad de trabajo se unió que, durante su larga vida (falleció a los 84 años), acaparó puestos de responsabilidad relacionados con su disciplina. Fue arquitecto provincial y de Hacienda, trabajó para la Diócesis de Cartagena y también para el Ayuntamiento de Murcia, además de ser profesor de instituto. Reconocido por la sociedad del momento, sus servicios profesionales fueron reclamados por muchas familias para que proyectara sus residencias.

Detalle de la fachada del Casino de Murcia. / M. BUESO

La obra casi al completo de Cerdán Martínez está repartida por la Región, aunque es la localidad alicantina de Novelda la que acoge uno de sus edificios más bellos: el hoy Museo Modernista. Pese a que el creador apenas trabajó fuera de las fronteras regionales, estaba al corriente de las nuevas tendencias de la arquitectura de principios del siglo XX, ya que solía viajar por Europa para tomar nota sobre ideas de diseño, materiales y medidas higiénico sanitarias para los edificios públicos. La plaza de abastos de Verónicas y la portada del cementerio de Nuestro Padre Jesús (Murcia), la Casa del Piñón y el Mercado Público (La Unión), y la Casa del Reloj (San Pedro del Pinatar) son varios de sus edificios más conocidos. Sobre otros proyectos aún quedan dudas, ya que mucha documentación no se ha conservado, en parte porque el propio arquitecto, en un arrebato, la destruyó. Así que el gran Cerdán parece que aún tiene mucho por descubrir.
[‘Vida y obra del arquitecto Pedro Cerdán Martínez, de Ricardo Montes Bernárdez, editado por Verabril Comunicación, se puede adquirir en la librería González Palencia y en la antigua Covachuela. Precio, 7 euros]

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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