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Categoría: Rutas
El poder de los Vélez

A Juan Pedro Navarro Martínez (Mazarrón, 1994) le duele ver la truncada rehabilitación del castillo de su pueblo. La puesta en valor de la fortaleza de los Vélez quedó inacabada. Es más, parte del auditorio al aire libre que se habilitó en el patio de armas se hundió, dando al traste con el proyecto de recuperar para uso público el monumento. “Una ruina dentro de otra ruina”, resume el joven investigador, graduado en Historia por la Universidad de Murcia que ahora completa su formación en Madrid. Aunque su especialización se centra en la historia social del delito, en su vuelta a Mazarrón, para participar en las jornadas Carlantum, abordará el poder que ejercieron los marqueses de los Vélez a través de una curiosa perspectiva: sus escudos heráldicos. En esta entrevista adelanta alguna de las pinceladas de su conferencia. La cita es este viernes 24 de febrero, a las 21.30 horas, en la sede de la Universidad Popular de la avenida Constitución. La entrada es libre.

-¿Qué supuso el Marquesado de los Vélez para el desarrollo de Mazarrón, en particular, y del antiguo Reino de Murcia, en general?

-El caso de Mazarrón es paradigmático. La concesión de las minas de alumbre en 1462 al marqués de Villena (la otra casa noble que campó en Mazarrón), da lugar a un pacto entre este y Pedro Fajardo, primer marqués de Vélez, para compartir la riqueza a partes iguales. Ahí entran en escena en la villa de Almazarrón. Pronto construirán su propio baluarte, el castillo-fortaleza, y la iglesia de San Antonio de Padua, patrón del linaje. Precisamente este Pedro Fajardo llevó a cabo una gran labor constructora en todo su señorío. Su etapa como adelantado mayor del Reino de Murcia fue un verdadero renacimiento con las construcciones del castillo palacio de Mula, de la capilla en la Catedral de Murcia, así como de su casa fuerte en Vélez Blanco. Es indudable la importancia del patronato del marquesado en el desarrollo histórico de nuestras ciudades y pueblos.

-¿Qué pretendieron representar esta familia de la nobleza en sus escudos heráldicos? ¿hasta qué punto era una imagen de poder?

-La representación heráldica del Marquesado de los Vélez es sin duda una de las más complejas del panorama regional y nacional. Como muchos otros linajes, se va ennobleciendo a través de los siglos, emparentando con diversas familias que van aportando prestigio social y patrimonio al legado familiar. La heráldica adquiere un valor especial en la modernidad, en una sociedad en la que era necesario demostrar orígenes dignos para promocionar. Como resultado, los escudos de la Casa de las Tres Ortigas son la imagen viva de más de cinco siglos de ascenso social y político, matrimonios, adquisiciones y, en definitiva, relaciones con la élite del poder.

-¿Con qué fin colocaron esos emblemas en sus castillos, iglesias y palacios?

-Los marqueses se valieron de sus blasones para mostrar al pueblo el poder que ostentaban (en Mazarrón, la coexistencia de dos grandes linajes hacía más patente esta necesidad) y la labor pública que realizaban con sus construcciones y obras pías. La construcción de edificios de culto para el recogimiento espiritual de los mazarroneros o la defensa de la villa mediante fortalezas y murallas eran grandes inversiones para las arcas de la Casa, pero necesarias para contentar a sus súbditos.

-¿Fueron unos nobles queridos o, por el contrario, temidos por el pueblo?

-El cine ha creado una falsa imagen de la relación entre el noble y sus vasallos. Los marqueses de Vélez, además de adelantados mayores del Reino de Murcia, fueron consejeros del rey, o virreyes de multitud de territorios adscritos a la Monarquía Hispánica, y las mujeres Fajardo también ejercieron como damas de la Corte o ayas del príncipe heredero. La presencia de estos nobles en los territorios de su señorío fue escasa, y casi siempre era el lugarteniente el que ejercía el poder. Por ello es probable que el pueblo entendiera el marquesado como una institución de poder represora despersonalizada. Se ha comparado el rol del noble moderno como el de ‘paterfamilias’, que castiga pero que es justo y consecuente.

-Su capilla en Murcia es hoy un reclamo de primer orden por su valor artístico. Pero en su día fue una obra polémica. ¿Aún quedan misterios por resolver de este monumento?

-Por supuesto. La capilla de Vélez es la gran obra del plateresco murciano. Entraña miles de leyendas, como bien sabemos, y es testigo de las relaciones entre el cabildo y el marqués. Sin embargo, a niveles formales y abstrayéndonos de lo puramente artístico, no ha sido demasiado trabajada. Un elemento que quizá pasa inadvertido al visitar la Catedral de Murcia es la cantidad de elementos heráldicos y epigráficos de gran calidad que existen en las capillas. Sería necesario poner en valor estos estudios historiográficos ya que son reflejo de una intencionalidad y mentalidad que se nos escapa a los hombres y mujeres del presente.

-¿Por qué no se enterraron finalmente en este mausoleo?

-La Casa de Vélez ha tenido una tensa relación con la oligarquía urbana de Murcia y con el propio cabildo, cosa que no ha ayudado mucho a la hora de establecer su necrópolis familiar en la capilla de la Catedral. A pesar del interés del primer y del segundo marqués de enterrarse en la nueva capilla, ambos recibieron sepultura en otros edificios de culto en Vélez Blanco, contraviniendo su voluntad. Los testamento de los sucesores marqueses de Vélez y de sus allegados muestran de nuevo este interés. A pesar de los esfuerzos por hacer de la capilla murciana el panteón familiar, las difíciles relaciones en época contemporánea entre la casa noble y la Iglesia, sobre la que recaía la conservación del monumento, hicieron imposible que se materializara el deseo del primer marqués. De hecho, los cuerpos que había albergado el monumento hasta la fecha fueron retirados.

-Su fortaleza en Mazarrón aún está pendiente de rehabilitación, ¿qué pueden desvela

Juan Pedro Navarro. / ROCÍO MERCURY

r aún esos trabajos?

-El castillo de los Vélez se encuentra en un lugar estratégico. Su interés arquitectónico como fortaleza de transición entre el estilo de construcción antiguo al moderno es evidente. Pero más aún, su ubicación ha sido esencial en nuestra historia contemporánea, pues por todos es conocida la existencia de túneles de la Guerra Civil bajo el promontorio del castillo. Quizá ese fue el gran problema de la última rehabilitación del monumento, que pretendía habilitarse como espacio cultural en abierto. Si se hubiera contado con la colaboración de gestores patrimoniales, historiadores y arqueólogos en el proyecto, quizá hoy tendríamos un potente centro de interpretación del castillo, y no una ruina dentro de otra ruina.

-Cultura ha avisado de la posibilidad de que las obras para la peatonalización del paseo de Alfonso X el Sabio hagan aflorar vestigios de su antiguo palacio de Murcia. Sería todo un descubrimiento, ¿no? ¿Qué podría aportar ese hallazgo?

-Totalmente de acuerdo. Cualquier descubrimiento, y más de esta magnitud, es fundamental para el desarrollo de la cada vez más creciente arqueología de época moderna. Los posibles hallazgos podrían ser fácilmente contrastables con las fuentes documentales, algo esencial para alcanzar el pleno conocimiento histórico no solo de los Fajardo, sino de la propia historia de Murcia. Ya la aparición de la planta del palacio sería un hallazgo fundamental, al que posiblemente podamos sumar la aparición de cultura material domestica, esto es, los objetos comunes en una casa noble de esta época, que nos ayudan a conocer los hábitos y modos de vida. Por supuesto todo dependería de la forma de actuación sobre la zona arqueológica, y la forma de conservación, todo un ejercicio de gestión patrimonial para el que esperemos, Murcia esté a la altura.

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Cultura y los faros

La pelota está en el tejado de la Dirección General de Bienes Culturales. El ‘Catálogo de faros con valor patrimonial de España‘ destaca el “relevante interés” social, histórico y arquitectónico de 130 de las 190 torres de señalización marítima del país. La Región coloca tres de sus siete faros en uso en este selecto club: Cabo de Palos, islote de Escombreras y Portmán. Deja fuera los de Águilas, Mazarrón, Cabo Tiñoso y El Estacio (aunque sin explicar los motivos), y se olvida por completo del faro de isla Hormiga, que sí citan otras guías. El inventario, asumido por el Instituto de Patrimonio Cultural de España, una institución que dirige el arquitecto murciano Alfonso Muñoz Cosme, hace una llamada de atención acerca de la importancia de salvaguardar estos elementos del patrimonio industrial. Aunque en buen estado de conservación, Cabo de Palos, Escombreras y Portmán no aparecen en la relación de inmuebles protegidos de la Consejería de Cultura, según advierte la propia investigación. Un mensaje a navegantes al que debería dar respuesta el departamento de Noelia Arroyo.
Sobre los faros se sustentó el despegue económico de mediados del XIX. De hecho, los tres citados ya aparecían en el plan estatal del año 1847, cuya redacción coincidió con la llegada a España de la Revolución Industrial. “En muchas ocasiones se colocaban a petición de diversos colectivos locales bien porque se precisaba señalizar un puerto -lugar de intercambio de mercancías-, o bien para advertir de accidentes orográficos. Ayudaban a la navegación, favoreciendo la exportación de productos o materias primas, principalmente el mineral”, argumenta Santiago Sánchez, profesor de la Universidad del País Vasco y responsable del catálogo.

Faro de Cabo Tiñoso, en pleno espacio protegido. / PABLO SÁNCHEZ

La importancia de esta red de infraestructuras luminosas no es solo histórica.También tiene un potencial turístico. De hecho, el estudio remarca que “son visitables con facilidad” y recomienda que sean incluidos en una ruta temática. Una oportunidad que la Región no debería desperdiciar. ¿Quién da el primer paso?.

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125 años

No es una cárcel, pero tiene calabozos. Ni un banco, pese a guardar una caja fuerte que, por cierto, nadie ha conseguido todavía abrir. Y menos una casa encantada, aunque alberga habitaciones secretas. Como todo edificio antiguo, el viejo Consistorio de Mazarrón conserva mucha historia, y algún misterio. Ahora cumple 125 años, y para celebrarlo se ha organizado un amplio programa de actividades, con conferencias, exposiciones y actuaciones musicales. También estrena logotipo, una imagen del diseñador cordobés Daniel Parra Lozano  Enclavadas en el corazón del pueblo, las Casas Consistoriales resultan el punto de partida perfecto para descubrir esta localidad de raíces mineras y marineras.

Su construcción se inició en el año 1889, con un diseño de Francisco Ródenas; pero las obras las terminó Francisco de Paula Oliver Rolandi, que le dio un toque modernista. Los promotores pensaron que el inmueble municipal debía ser un reflejo de la época de esplendor que por entonces vivía la localidad, gracias a la riqueza de las minas. Así que no se ahorraron gastos. Hermosos papeles pintados para las paredes, cortinas de terciopelo con dosel para las ventanas y tarima de madera y mosaico para el suelo. No debía quedar hueco sin decorar. Hasta los muebles (se conservan algunos de los originales) fueron traídos desde Barcelona en una goleta. Ya entonces tanto lujo, que todavía hoy puede sorprender, provocó críticas airadas, porque se consideró un gasto innecesario, más aún cuando muchos vecinos (también niños) se jugaban la vida en las negras galerías para extraer la galena argentífera a cambio de un mísero sueldo.

Daniel Parra, con la nueva imagen de las Casas Consistoriales.

Daniel Parra, con la nueva imagen de las Casas Consistoriales.

El edificio, declarado monumento histórico artístico, se restauró en 2008 para darle un uso cultural. El proyecto, capitaneado por Rafael Pardo Prefasi, logró uno de los premios de rehabilitación de la Región. Afortunadamente, es una construcción viva. No solo porque acoge muestras temporales y presentaciones. La Corporación sigue celebrando aquí sus sesiones plenarias cada mes, además de otras ceremonias solemnes. En el sótano están los calabozos, hoy convertidos en sala de exposiciones. En la entrada, en el antiguo despacho de Inspección y Celaduría, se conserva una caja de caudales cuyo contenido es un misterio, porque nadie ha dado todavía con la combinación que abre este arcón ‘incombustible’. Y en la primera planta (admire el pasamanos de la escalera y la impresionante lámpara) no hay que perderse el magnífico salón de plenos, con una rica decoración, y la alcaldía, con una habitación secreta cuya entrada está camuflada en la pared. Se se anima a recorrer las estancias, aproveche la oportunidad de subir a la terraza. Desde allí contemplará unas vistas únicas del pueblo. Y podrá ver de cerca el magnífico templete de zinc que corona el Consistorio. La guinda a un edificio para la historia.

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Murcia, año 1266

En su último trabajo publicado, los investigadores murcianos Julio Navarro y Pedro Jiménez, de la Escuela de Estudios Árabes-CSIC, proponen un interesante viaje al pasado. Activan el interruptor de la máquina del tiempo para trasladar a los amantes de la Historia casi ocho siglos atrás, con el propósito de que perciban la misma Murcia que se encontró el Rey Sabio tras la conquista cristiana de la ciudad. El medio centenar de páginas de ‘Murcia, la ciudad andalusí que contempló Alfonxo X’, una obra editada por Cafés Salzillo con motivo del 750 aniversario del Concejo, se leen de un tirón y, lo mejor, despiertan la imaginación para hacer un recorrido por una urbe llena de vida y “en pleno esplendor”, como indican los autores.
La publicación sumerge al lector en una Murcia conocida y cercana, pero, a la vez, muy distinta. Allí donde se ubica la Catedral estaba la mezquita mayor o congregacional, lugar de culto para el sermón de los viernes, aunque, también, sede del tribunal de justicia del cadí y academia para impartir ciencias legales y religiosas. No era la única. A finales del siglo XIII se levantaban en Murcia veinte mezquitas de barrio. En el mismo lugar en que hoy se alza un campanario, casi seguro que entonces había un oratorio musulmán.
Dominando la urbe, el alcázar, en la esquina de Teniente Flomesta y Ceballos, lugar de residencia del gobernante de turno. Y a su pies, en el actual barrio de San Juan, “50 tahúllas de tierra de cultivo para su sostenimiento”. Cuentan estos dos estudiosos que la ciudadela tendría varios recintos intercomunicados, a lo largo de la fachada del Segura, ahora ocupados por el Palacio Episcopal, el seminario de San Fulgencio y la Glorieta.

Arrabal del Arrixaca, descubierto en San Esteban. F. Manzanera

Aquella Murcia era una ciudad bien protegida. Un cinturón defensivo, formado por una antemuralla, un foso y una muralla, envolvía la medina: el principal núcleo residencial, que ocupaba 38 hectáreas. La actividad bullía, sobre todo, en el eje de Puerta de Orihuela-San Pedro, donde estaba el zoco, un mercado lineal compuesto por tiendas y talleres artesanales “de planta rectangular, estrecha y profunda, con un vano que servía de puerta y mostrado”. Y salpicando el entramado de calles, saturadas y más bien estrechas, los baños públicos (el último en desaparecer, el de la calle Madre de Dios) con sus tres zonas bien delimitadas: una seca, otra húmeda y la de servicios.
Este recorrido no estaría completo sin una parada en el Alcázar Seguir, hoy Santa Clara, un conjunto palaciego que ocupaba desde el Teatro Circo hasta el callejón de la Aurora. Y, por último, aunque no menos importante, los arrabales, espacios residenciales en la periferia. El más conocido (por el descubrimiento de San Esteban), el Arrixaca, donde vivían, entre otros, los mercaderes genoveses, pisanos y sicilianos. Y otros dos no lo son tanto: el Alharilla (en El Carmen) y el arrabal Las Callejuelas (en San Antón).
‘Murcia, la ciudad andalusí que contempló Alfonso X’ (un entretenido y documentado trabajo de divulgación de Navarro y Jiménez y un acierto de la iniciativa privada) viene a poner la lupa en un patrimonio que espera su puesta en valor. Los responsables deberían tomar nota.

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Monda radical

En todo el tiempo que llevo paseando por la huerta en bicicleta (que ya son años), nunca antes había visto una monda (limpieza) de las acequias tan ‘agresiva’ como la acometida a comienzos de esta primavera. Una mañana me sorprendió encontrar incluso una pequeña excavadora dentro del cauce mayor de la Aljufía, no muy lejos del camino de los Silvestres. Y más aún cuando, de la noche a la mañana, no solo desaparecieron las cañas y la basura del fondo, sino también algunos de los chopos que daban sombra. Ahí siguen los troncos talados para quien tenga curiosidad de comprobarlo. Para más ‘inri’, daña a la vista el uso de cemento para consolidar el empedrado de los muros. Los grupos políticos Ahora Murcia y Cambiemos y la asociación conservacionista Huermur también se han percatado de la situación, y el caso está ahora en manos del Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil, que tiene una investigación en marcha. Resulta que la monda ‘salvaje’ no solo se han llevado por delante parte de la vegetación de la Aljufía. La Alquibla (la otra acequia mayor, en la margen derecha del río) también ha sufrido lo suyo, según la denuncia de Ahora Murcia. Su portavoz, Alicia Morales, hizo público los destrozos en dos tramos, entre San Ginés y Era Alta y en Nonduermas.

Las acequias mayores beben de la Contraparada para distribuir el agua por toda la huerta de Murcia, a través de una red de 500 kilómetros de canales, que llegan más allá de Santomera y Beniel. Es una obra que cambió el paisaje y aseguró las bases de este pulmón verde que envuelve la capital del Segura. Algunos de sus tramos están protegidos como bien cultural. Pero su importancia en el entorno de nada le ha valido en esta ocasión. Ni la Comunidad Autónoma, ni el Ayuntamiento de Murcia ni la Confederación Hidrográfica se han pronunciado al respecto, hasta ahora. Unos por otros parecen desentenderse, como si no fuera con ellos. Y desde la Junta de Hacendados, que debe velar por el cuidado de los canales de riego, argumentan que algunos árboles han sido cortados porque representaban riesgo para las personas. De otras talas dicen que no saben nada: ni quién las ha ejecutado ni el motivo. En fin, el daño ya está hecho. Así que no estaría de más que alguno de los organismos citados se encargaran de supervisar las mondas, no sea que la próxima vez también se les vaya de las manos.

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“El pasado islámico de Murcia duerme el sueño de los justos”

Cinco años después de que saliera a la luz el ‘tesorillo’ de la calle Jabonerías, el arqueólogo Mario García Ruiz, que dio con el hallazgo de esas 424 monedas andalusíes, habla en esta entrevista (un extracto de la cual ya adelantamos en ‘La Verdad’), sobre la importa de este descubrimiento para profundizar en el conocimiento del pasado islámico de Murcia. Pero, también, del poco aprecio por esa parte de la historia de la capital, de la falta de un museo que reúna todo este patrimonio material e inmaterial y del abandono que aún pesa como una losa sobre el conjunto palaciego y defensivo de Monteagudo. Sus valientes reflexiones tienen el poder de trasladar al lector a esa Murcia del siglo XI, con sus madrasas, baños y mezquitas. Una ciudad poderosa, en lo económico y lo cultural, con una elevada calidad de vida.

¬Usted está entre los arqueólogos que han descubierto un verdadero tesoro. ¿Qué sintió en aquel momento? ¿Se le pasó por la cabeza en algún momento vivir un momento así?

¬Sinceramente yo nunca lo había pensado. La arqueología, a diferencia de lo que se pueda pensar, es una ciencia que cada vez está más especializada, por lo que tu labor sobre el terreno hace que estés inmerso en una cuantiosa toma de datos, con los que elaboras continuas estrategias de trabajo e hipótesis de interpretación de los hallazgos que van sucediéndose. Recuerdo que cuando apareció la orcita, con esas finas laminitas de color dorado en su interior, todo se detuvo de inmediato y el corazón se aceleró por segundos. Era el momento de frotarse los ojos ante la perplejidad del inusual hallazgo. Pero fue un segundo, pues te das cuenta de que lo que tienes entre manos acarrea una gran responsabilidad. En ese preciso momento, te azota la presión desde el punto de vista científico, ya que el “tesorillo” se encuentra en su contexto arqueológico y puede darte más información de la que ya tienes, por lo que el trabajo de excavación debe ser, si cabe, más exhaustivo. Eso sí, para mí, lo más gratificante de la arqueología estriba en que siempre puedes encontrar ese sobresalto ante cualquier fragmento del pasado con el que te tropiezas, por muy nimio que pueda parecer, sin la necesidad explicita de que sea un tesoro.

¬Tengo entendido que le acompañó la suerte, porque ya no esperaban hallar nada más en la excavación de la calle Jabonerías. ¿Cómo fue el descubrimiento?

¬Como bien dices, toda una suerte. Nuestra intervención arqueológica se realizó en dos fases. La primera fue la excavación propiamente dicha del solar, en el cual dejamos unos márgenes perimetrales de seguridad sin tocar. La segunda fase actuó sobre dichos límites. Durante nuestra primera intervención documentamos una vivienda islámica del siglo XI cuyos muros enlucidos presentaban en el zócalo pintura roja sobre fondo blanco, formando motivos geométricos. Su buen estado de conservación permitió que fueran extraídos, pero otros quedaron, presumiblemente, ocultos en los márgenes. La segunda intervención pretendía su recuperación. En dicho trabajo fue cuando apareció la orcita con las monedas. Casualidades del destino, los estucos que queríamos recuperar no los hallamos, pues el muro que los debía atesorar había sido rehecho por una nueva casa del siglo XII. Podemos decir que fuimos a por un enlucido y volvimos con un tesoro.

¬¿En qué ha ayudado aquel hallazgo a la hora de conocer algo más de la historia de Murcia?

¬Sin lugar a dudas es una pieza más del puzzle sobre la historia de Murcia, que se viene elaborando desde la incipiente historiografía de principios del siglo XX hasta la arqueología más cercana que comienza a impulsarse en los años 80. Concretamente, nos ha ayudado a profundizar más, si cabe, en la Murcia del siglo XI, cronología del ‘tesorillo’ y de la vivienda donde apareció. Nos ha dado mucha información, desde el punto de vista general, sobre un momento de la historia de Al-Andalus; convulso ante la disgregación del Califato en los Primeros Reinos de Taifas, donde la ciudad de Murcia, aunque dependiente de la Taifa de Valencia, discurre de manera autónoma en aspectos internos. Es el momento en el que Murcia se postula como una incipiente capital con territorio administrativo bien definido, con un marcado carácter político y poder económico, que le permite instalarse en los flujos comerciales del Mediterráneo Occidental, acompañado del desarrollo de la artesanía y un florecimiento cultural e intelectual, auspiciado por una corte y una aristocracia que la demanda para competir con los otros reinos. Sin lugar a dudas, es en este siglo cuando Murcia sienta las bases para épocas venideras, donde Ibn Mardanis tendrá la capital de su basto reino y en el siglo XIII IBn Hud aglutinará lo que queda del territorio musulmán para frenar a los reinos cristianos.

¬¿Cómo se imagina que fue aquella Murcia del siglo XI? Ayúdenos a imaginarla.

¬Los datos con los que contamos son bastante interesantes, tal y como decía, fue un momento convulso, pero no siempre fue así, un siglo da para mucho, si no fíjese, salvando las distancias, en el siglo XX, que es el que más cercano tenemos. La desaparición del Califato supuso una eclosión de pequeños reinos que, en los primeros momentos, pugnaron por prevalecer sobre el resto. Pero pasada el ansía inicial de acaparar territorios y una vez establecidas las fronteras, cada uno trató, como mayormente pudo, salvo excepciones, de ir a lo suyo y de establecer sus alianzas.

La ciudad de Murcia sufrió una fuerte explosión demográfica. Recordemos que es en este momento cuando se han documentado las primeras viviendas del arrabal de la Arrixaca, auspiciada por la rica huerta que la abastecía, los talleres artesanales de vidrio y cerámica y las incipientes relaciones comerciales que empiezan a establecerse, muy probablemente con el Califato Fatimí del norte de África, algo que con el Califato cordobés era impensable, debido a su conocida enemistad. Este dato, sin duda nos lo aporta el ‘tesorillo’ de la calle Jabonerías. El dueño de las monedas conformó el grueso del mismo en la isla de Sicilia, en este momento región que pertenecía al Califato norteafricano, atestiguado por las cecas sicilianas, que son el porcentaje más alto de las 424 monedas halladas. La parcial autonomía de la ciudad permitió desarrollar una compleja corte que demandó poetas, literatos, sabios, cortesanos, junto a una aristocracia y población que empezó a dejar su impronta en la ciudad. La construcción de fondas, baños, mezquitas, madrasas, almunias, palacios y grandes residencias, parejo a la mayor extensión del zoco, crecimiento de los cementerios y mejora del sistema de alcantarillado junto a la refortificación de las murallas, nos hablan de una ciudad con un amplio espectro de desarrollo y calidad de vida.

Mario García, en la calle Jabonerías de Murcia, en una foto de archivo. / N. GARCÍA

Mario García, en la calle Jabonerías de Murcia, en una foto de archivo. / N. GARCÍA

¬¿Es el pasado islámico de Murcia todavía hoy el gran olvidado?

¬Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que sí. El mejor ejemplo lo podemos encontrar en que Murcia, de manera general, no cuenta con un museo dedicado a su pasado islámico; no existe. De forma particular e inconexa tiene pequeños museos, como Santa Clara o el de la Ciudad; centros de interpretación, como Santa Eulalia o San Juan de Dios, y espacios expositivos públicos o privados, como los restos de murallas o algunas viviendas dispersos por la ciudad. Es una autentica pena y vergüenza que Murcia no pueda contar con un espacio expositivo con superficie suficiente para exponer toda la riqueza material e inmaterial que desde estos últimos treinta años se viene recogiendo de manera pormenorizada. Insisto, el pasado islámico de Murcia duerme el sueño de los justos

¬Dígame, ¿qué haría usted con el arrabal de San Esteban?

¬Sinceramente, considero que. una solución intermedia sería la opción más favorable para los restos arqueológicos, el entorno, los vecinos de la zona y los murcianos en general. Por tanto, dicha propuesta contemplaría, por un lado, enterrar parte de los restos y, por otro, musealizar los que se consideraran más interesantes. Una condición ‘sine qua non’, antes de taparlos, sería terminar la excavación arqueológica, pues quedó inconclusa. Es una oportunidad única, que permitiría saber más sobre el devenir histórico del arrabal. En cuanto a los restos que quedaran visibles, buscaría soluciones arquitectónicas a cota cero de calle, para poder ser vistos desde lo alto, sin olvidar que el gran atractivo estriba también en poder bajar a ellos, por lo que propondría habilitar accesos a determinadas zonas.

¬¿Y con los restos de la muralla islámica que siguen sin ser visitables?

Imagino que se refiere a los de Santa Eulalia, en el bajo y sótano de un inmueble de reciente construcción. Estos restos tienen más fácil solución que los de San Esteban. El trabajo de intervención arqueológica, realizado por mi equipo, y el arquitectónico, obra del estudio Guerao y López, han dejado un conjunto arqueológico protegido y expositivo muy interesante. En este sentido, tan solo quedaría iniciar los trabajos de musealización para adecuar la visita a los restos. Esperemos que, más pronto que tarde, el Ayuntamiento de Murcia, propietario del sótano y parte del bajo que da a la calle Marengo, inicie dichos trabajos. Sería una apuesta clara por ese pasado olvidado del que ya hemos hablado; me consta que están tratando de revertirlo.

¬También el conjunto de Monteagudo sigue a la espera…¿Qué le sugiere ese retraso en la recuperación de dicho entorno?

¬Si el municipio de Murcia tiene un claro exponente de su patrimonio, ese es el conjunto o real de Monteagudo. Atesora, junto a la ciudad, todos los elementos que son el origen de lo que hoy día es Murcia: La huerta con sus acequias, brazales, regueras, azarbes y cultivos. Los restos arqueológicos pertenecientes a residencias palaciegas que funcionaron como almunias, explotaciones agropecuarias ligadas a la aristocracia. El castillo de Monteagudo, fortín y granero de la ciudad. Todo un complejo arquitectónico, patrimonial y paisajístico, que podría ser recuperado como un parque arqueológico vivo. Una oportunidad única que seguimos dejando de lado.

¬¿Debería fijarse Murcia en lo que ha hecho Cartagena con su patrimonio?

¬Sin duda alguna, sí. De hecho, Murcia lo tuvo al alcance de la mano con el extinto consorcio Murcia Cruce de Caminos formado por Ayuntamiento y Comunidad Autónoma, modelo que se inspiraba en lo que con el tiempo ha sido el exitoso consorcio Cartagena Puerto de Culturas; pero creo, sinceramente, que se la dejó morir. ¿La causa? Considero que fueron varios factores, pero, sin duda, el primordial es que la clase política de Cartagena si entendió realmente en qué consistía apostar por poner en valor el patrimonio de su ciudad y arrimó mucho el hombro, de ahí los frutos que ahora recogen. Eso sí, nunca es tarde, pues Murcia cuenta con un patrimonio muy rico y, sobre todo, exponible. La cultura ligada al turismo es una fuente de ingresos nada desdeñable.

¬Sea sincero, ¿da la arqueología para vivir en estos tiempos?

¬La arqueología como profesión liberal, de la que me enorgullezco pertenecer y sigo luchando por seguir apegado a ella de cualquier forma o manera, está en un momento muy difícil y desde luego su futuro no parece que vaya a mejorar a corto o medio plazo. Los recortes de la inversión pública y el drástico descenso de la obra privada han cortado de raíz nuestra profesión.

¬¿Qué descubrimiento arqueológico le hubiera gustado desvelar al mundo?

¬Desde que era pequeño me fascinó Egipto y la egiptología; mis padres trabajaban en una distribuidora de libros y muchos caían en mis manos: los devoraba. Uno de los temas que más me fascinaba era el descubrimiento de la Piedra Rosetta por Champolion durante la expedición de Napoleón a Egipto. Me parecía increíble que durante siglos habían dejado de leerse los jeroglíficos. Egipto estaba lleno de pictogramas sobre piedra, madera, papiro, que nadie entendía y que gracias a la fortuna o al azahar, en 1799, se dio con la posibilidad de poder volver a leer algo que había escrito alguien hacia miles de años. Con los años me enteré que el íbero también es un lenguaje que no se entiende. Siempre he deseado saber qué quisieron expresar los Íberos, esos hombres y mujeres, que vieron venir a los Fenicios, que comerciaron con los Griegos, que vivieron con los Cartagineses y que lucharon con los Romanos. Mi descubrimiento querría que fuera esa Piedra Rosetta, la de aquí.

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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