La Verdad

img
Categoría: Sin categoría
125 años

No es una cárcel, pero tiene calabozos. Ni un banco, pese a guardar una caja fuerte que, por cierto, nadie ha conseguido todavía abrir. Y menos una casa encantada, aunque alberga habitaciones secretas. Como todo edificio antiguo, el viejo Consistorio de Mazarrón conserva mucha historia, y algún misterio. Ahora cumple 125 años, y para celebrarlo se ha organizado un amplio programa de actividades, con conferencias, exposiciones y actuaciones musicales. También estrena logotipo, una imagen del diseñador cordobés Daniel Parra Lozano  Enclavadas en el corazón del pueblo, las Casas Consistoriales resultan el punto de partida perfecto para descubrir esta localidad de raíces mineras y marineras.

Su construcción se inició en el año 1889, con un diseño de Francisco Ródenas; pero las obras las terminó Francisco de Paula Oliver Rolandi, que le dio un toque modernista. Los promotores pensaron que el inmueble municipal debía ser un reflejo de la época de esplendor que por entonces vivía la localidad, gracias a la riqueza de las minas. Así que no se ahorraron gastos. Hermosos papeles pintados para las paredes, cortinas de terciopelo con dosel para las ventanas y tarima de madera y mosaico para el suelo. No debía quedar hueco sin decorar. Hasta los muebles (se conservan algunos de los originales) fueron traídos desde Barcelona en una goleta. Ya entonces tanto lujo, que todavía hoy puede sorprender, provocó críticas airadas, porque se consideró un gasto innecesario, más aún cuando muchos vecinos (también niños) se jugaban la vida en las negras galerías para extraer la galena argentífera a cambio de un mísero sueldo.

Daniel Parra, con la nueva imagen de las Casas Consistoriales.

Daniel Parra, con la nueva imagen de las Casas Consistoriales.

El edificio, declarado monumento histórico artístico, se restauró en 2008 para darle un uso cultural. El proyecto, capitaneado por Rafael Pardo Prefasi, logró uno de los premios de rehabilitación de la Región. Afortunadamente, es una construcción viva. No solo porque acoge muestras temporales y presentaciones. La Corporación sigue celebrando aquí sus sesiones plenarias cada mes, además de otras ceremonias solemnes. En el sótano están los calabozos, hoy convertidos en sala de exposiciones. En la entrada, en el antiguo despacho de Inspección y Celaduría, se conserva una caja de caudales cuyo contenido es un misterio, porque nadie ha dado todavía con la combinación que abre este arcón ‘incombustible’. Y en la primera planta (admire el pasamanos de la escalera y la impresionante lámpara) no hay que perderse el magnífico salón de plenos, con una rica decoración, y la alcaldía, con una habitación secreta cuya entrada está camuflada en la pared. Se se anima a recorrer las estancias, aproveche la oportunidad de subir a la terraza. Desde allí contemplará unas vistas únicas del pueblo. Y podrá ver de cerca el magnífico templete de zinc que corona el Consistorio. La guinda a un edificio para la historia.

Ver Post >
¿Héroe o villano?

De la tradición castrense de Mazarrón, el protagonismo lo recupera el general Toral y Velázquez, gracias a los apuntes biográficos que acaba de publicar Juan Romera, miembro de la Real Academia Alfonso X el Sabio y cronista oficial de Puerto Lumbreras. El militar mazarronero (1832-1904) ha pasado a la historia por su participación en la guerra de Cuba y el papel que jugó en la capitulación ante Estados Unidos, y, por tanto, en la pérdida de las últimas colonias. ¿Héroe o villano? Todavía hoy la duda envuelve a la figura de este general de División nacido en los años del ‘boom’ minero de la villa. Para algunos, como el autor del libro, Toral y Velázquez salvó miles de vidas cuando, al constatar que poco se podía hacer ya ante el abrumador dominio del enemigo, intentó conseguir al menos las mejores condiciones para la capitulación. Y la rendición llegó tras la autorización por carta del Gobierno de España. Con todo, tuvo que enfrentarse a las críticas y los reproches de muchos de sus compañeros de filas, que no entendieron su decisión por un mal entendido código de honor. Pocos recordaron entonces el brillante expediente que atesoraba. Es más, a la vuelta de Cuba debió enfrentarse a un juicio, del que salió indemne. Sin embargo, ya nada fue igual. Sintió la indiferencia y el desprecio, que le llevaron a la locura. Acabó sus días ingresado en un manicomio del madrileño barrio de Carabanchel, que todavía hoy sigue en pie, aunque renovado. Para Juan Martínez Acosta, investigador mazarronero, José Toral y Velázquez fue “una víctima, una cabeza de turco. Sobre él recayó parte de la culpa de la pérdida de la guerra del 98. Otros se quitaron de en medio y le dejaron la responsabilidad. Era un buen segundo, pero no un líder”.El general de División Toral y Velázquez.

A Toral y Velázquez le dedicaron una de las principales calles de su pueblo, que luego pasó a denominarse Pintor Agustín Navarro. Hay quien ahora pide que vuelva a recuperar ese honor, tal y como tiene otro militar ilustre, Francisco Gómez Jordana (1852-1918), alto comisario de España en Marruecos, a quien los mazarroneros le regalaron el fajín de general con motivo de su ascenso, y padre de Francisco Gómez Jordana Souza, que también hizo carrera en el Ejército, vicepresidente en el primer gobierno de Franco, ministro de Asuntos Exteriores y diplomático.

Ver Post >
El futuro llegó con Garrido

A mediados de la década de los 60 del siglo XX, todo estaba por hacer. El país trataba de sacudirse los años grises y las estrecheces de la autarquía impuesta por el régimen de Franco. En la sociedad empezaba a aflorar una necesidad de cambio, de pasar esa página oscura, y la Región, pese al lastre de su provincianismo, no escapó al fenómeno. Una exposición (que se podrá visitar durante todo el mes de diciembre en el Colegio de Arquitectos de Murcia) retrocede medio siglo en el tiempo con el fin de recuperar una parte de esa historia de la mano del proyectista Fernando Garrido Rodríguez (Linares, Jaén, 1930), que aportó su grano de arena para que Murcia también se asomara a la modernidad.
Aunque jienense de cuna, Garrido Rodríguez montó estudio en la capital murciana nada más acabar sus estudios en Madrid, en 1960. Su matrimonio con María Artiñano de la Cierva, biznieta del ministro Juan de la Cierva Peñafiel y actual camarera de la Virgen de la Fuensanta, le trajo hasta la Región, y, también, le abrió puertas. El ‘boom’ del desarrollismo, impulsado por los tecnócratas de la dictadura, le sonrió. En la Región, entonces, eran pocos los arquitectos (él se colegió con el número 6) y los proyectos llovieron en su despacho. Fernando Garrido diseñó viviendas, centros educativos, equipamientos recreativos, chalés, sedes bancarias, iglesias y conventos.
No todos se ejecutaron. Sobre el papel quedaron, por ejemplo, la futurista estación de autobuses de Murcia, que se iba a levantar en la actual sede de Aguas de Murcia, en la Redonda, y que incluía una torre circular para un hotel y oficinas. El mismo destino corrió el llamado edificio Guisante, también en la capital murciana, por la decoración de su fachada con semicírculos. Y otro tanto sucedió con el parador turístico de la batería de San Leandro, en Cartagena. Los tres proyectos se podrán contemplar en la muestra.
La exposición, titulada ‘De la relación entre el arte y la arquitectura, entre los sentidos y la razón’, repasa una década de trabajos de Garrido, entre 1964 y 1974, su etapa más fecunda e innovadora en la Región, según afirma el arquitecto y profesor de la UPCT José María López, comisario de esta propuesta cultural junto a los también proyectistas y docentes Edith Aroca y Fernando García Martín. Los tres han contado con la colaboración del equipo de alumnos de Arquitectura That Mess.
La selección incluye 25 obras. Entre ellas, tres encargos llegados de fuera de las fronteras de la Región: la Casa Sindical de Linares, el proyecto de una iglesia en Calpe y la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios de Algeciras, con su famosa forma de caracola para salvar el desnivel del terreno, que le valió el Premio Nacional de Arquitectura en 1968.

Iglesia del colegio de los Salesianos, en Cabezo de Torres. / F. M. García

El espectador quizás se vea sorprendido porque algunos de los diseños expuestos son de sobra conocidos, aunque no se les preste mayor atención. Ahí están los conventos de Algezares (La Fuensanta) y de Las Antonias (Murcia), la Casa del Agua de Santomera, el club náutico de Santiago de la Ribera, la iglesia de los Salesianos de Cabezo de Torres y dos oficinas de Banco Popular en Cartagena y La Manga. También, varios bloques de viviendas en La Ribera (Sol y Mar, y Paz y Cristina) y Murcia (ConVer, Centro, y Naranjas y Limones, al que el Tío Pencho le dedicó una de sus viñetas), además del chalé del ministro Cotorruelo (hoy convertido en el club Collados Beach de La Manga). Capítulo aparte merecen sus centros educativos: la Escuela de Artes de Murcia, el colegio Salzillo de Espinardo, el centro de educación especial de Cabezo de Torres y un prototipo de colegio de EGB de 1971, que las crónicas definieron como «alegre y moderno», del que se levantaron varias unidades en la Región (por ejemplo, el Francisco Caparrós de Mazarrón).
En su obra tanto pesan los sentidos como la razón, según la visión personal del arquitecto. Y en sus edificios domina ese lenguaje contemporáneo que viene definido por las líneas puras, el uso de nuevos materiales y el empleo al máximo de la luz natural. Sus diseños tratan de empaparse del entorno, como el club náutico de la Ribera, que simula un ‘superyate’ saliendo a navegar. O el chalé Cotorruelo, con esa bóveda de cemento a modo de una jaima anclada a la arena. Para José María López, Garrido «deja atrás el racionalismo ortodoxo para caminar hacia una arquitectura más figurativa y personal».
La muestra se acompaña de fotografías, bocetos, pinturas y recortes de prensa, entre otros materiales. Y, además, doce arquitectos colaboran con textos donde describen los edificios más relevantes del homenajeado. También se detiene la exposición en los detalles. Garrido, que se desenvuelve con soltura en el arte de la pintura, diseñó las vidrieras y los sagrarios de algunos de sus templos. Como sus coetáneos, cuidó de que las bellas artes de la época completarán su arquitectura.
La muestra, que forma parte de la línea de investigación de López y Aroca, es una continuación de otra anterior que se centró en otro arquitecto de la época, Enrique Sancho Ruano, autor del complejo residencial de Espinardo (protegido ahora por Cultura), la iglesia parroquial de Barranda y la Consejería de Sanidad, entre otras obras de interés. Aquella y esta son una llamada de atención para reivindicar la importación del patrimonio moderno, tan desconocido y, muchas veces, maltratado.

Ver Post >
“¿Cuándo han corrido buenos tiempos en el arte?”

Su visión del arte se aleja de representaciones, explicaciones y lenguajes. Pedro Zamora Serna (Cartagena, 1995), desembarca en Verbo Estudio (calle Verónicas, 10, Murcia) con “Humano”, su tercera exposición individual, una selección de seis obras no figurativas sobre la belleza visual del gesto, que pueden contemplarse hasta el 7 de octubre. Pendiente de iniciar sus estudios de Bellas Artes, tras examinarse en la última Selectividad de la historia, el pintor recuerda a sus primeros maestros, Alfonso Romero y David Galián. A este último “le debo casi todo mi compromiso y conocimiento artístico”, afirma. Considera que “hay poco mercado” para los jóvenes creadores. Ahora busca la madurez, mientras encaja con soltura las críticas.

El pintor cartagenero Pedro Zamora. / A. DURÁN

–Con solo 21 años, “Humano” es su tercera exposición individual. Empieza fuerte.
–Aquí, el que no corre, vuela; he tenido la suerte de exponer mi trabajo a medida que evolucionaba.
–¿Qué reflexión plantea con esta muestra en Verbo Estudio? ¿Qué fibras espera tocar del espectador?
–Intento mostrar la belleza visual del gesto humano, sin ningún trasfondo o explicación pseudofilosófica.
–¿Teme que su obra pueda no ser entendida por el público?
–Siendo sincero, lo que realmente temo es que el público anteponga entenderla a disfrutarla.
–¿Cómo es su proceso creativo? ¿Cómo surgen sus obras?
–Mi proceso creativo es sencillo: salgo con mis amigos, leo, veo películas… Las cosas que te pasan día a día son el proceso. Luego es ponerse frente al lienzo y pintar.
–¿Y lo hace todos los días?
–Todos los días que puedo, aunque solamente sea para entrenar la mano. Si tengo tiempo libre, puedo dedicarle a la pintura unas cuatro o cinco horas diarias.
–¿Ofrece la Región oportunidades para los jóvenes creadores?
–Hay oportunidades para darse a conocer, pero hay muy poco mercado, y más concretamente para los jóvenes creadores.
–¿Cuál ha sido la mejor crítica que ha recibido?
–Es justo que recuerde la mejor y la peor. La mejor es un comentario en Youtube en el vídeo de presentación de mi ultima exposición: “Debería haberse llamado Blanco Lacoste, o mejor, Blanco Mierda”. Las peores, el típico “amor de abuela” [ríe]
–¿Corren buenos tiempos para el arte?
–¿Cuándo han corrido buenos tiempos en el arte? Todos los artistas en todas las épocas piensan que la suya es la peor en la historia del arte.
–¿Qué pretende con su pintura? ¿A dónde le gustaría llegar?
–En realidad, lo que pretendo es seguir haciendo lo único que sé hacer durante el máximo tiempo posible. Mi única pretensión es pintar. Es a lo que me quiero dedicar siempre, porque, además, es lo que sé hacer. Personalmente entiendo mi obra como un proceso constante de búsqueda y madurez, y no como una sucesión de proyectos que debo llevar a cabo.
–¿Qué puede aportar el arte en estos tiempos deshumanizados y confusos?
–Posiblemente más confusión, pero deshumanización, nunca. El arte es lo que verdaderamente reafirma el ego humano. Desde el Renacimiento no hay nada que le guste más a nuestra razón que ella misma y sus frutos.

Ver Post >
“El pasado islámico de Murcia duerme el sueño de los justos”

Cinco años después de que saliera a la luz el ‘tesorillo’ de la calle Jabonerías, el arqueólogo Mario García Ruiz, que dio con el hallazgo de esas 424 monedas andalusíes, habla en esta entrevista (un extracto de la cual ya adelantamos en ‘La Verdad’), sobre la importa de este descubrimiento para profundizar en el conocimiento del pasado islámico de Murcia. Pero, también, del poco aprecio por esa parte de la historia de la capital, de la falta de un museo que reúna todo este patrimonio material e inmaterial y del abandono que aún pesa como una losa sobre el conjunto palaciego y defensivo de Monteagudo. Sus valientes reflexiones tienen el poder de trasladar al lector a esa Murcia del siglo XI, con sus madrasas, baños y mezquitas. Una ciudad poderosa, en lo económico y lo cultural, con una elevada calidad de vida.

¬Usted está entre los arqueólogos que han descubierto un verdadero tesoro. ¿Qué sintió en aquel momento? ¿Se le pasó por la cabeza en algún momento vivir un momento así?

¬Sinceramente yo nunca lo había pensado. La arqueología, a diferencia de lo que se pueda pensar, es una ciencia que cada vez está más especializada, por lo que tu labor sobre el terreno hace que estés inmerso en una cuantiosa toma de datos, con los que elaboras continuas estrategias de trabajo e hipótesis de interpretación de los hallazgos que van sucediéndose. Recuerdo que cuando apareció la orcita, con esas finas laminitas de color dorado en su interior, todo se detuvo de inmediato y el corazón se aceleró por segundos. Era el momento de frotarse los ojos ante la perplejidad del inusual hallazgo. Pero fue un segundo, pues te das cuenta de que lo que tienes entre manos acarrea una gran responsabilidad. En ese preciso momento, te azota la presión desde el punto de vista científico, ya que el “tesorillo” se encuentra en su contexto arqueológico y puede darte más información de la que ya tienes, por lo que el trabajo de excavación debe ser, si cabe, más exhaustivo. Eso sí, para mí, lo más gratificante de la arqueología estriba en que siempre puedes encontrar ese sobresalto ante cualquier fragmento del pasado con el que te tropiezas, por muy nimio que pueda parecer, sin la necesidad explicita de que sea un tesoro.

¬Tengo entendido que le acompañó la suerte, porque ya no esperaban hallar nada más en la excavación de la calle Jabonerías. ¿Cómo fue el descubrimiento?

¬Como bien dices, toda una suerte. Nuestra intervención arqueológica se realizó en dos fases. La primera fue la excavación propiamente dicha del solar, en el cual dejamos unos márgenes perimetrales de seguridad sin tocar. La segunda fase actuó sobre dichos límites. Durante nuestra primera intervención documentamos una vivienda islámica del siglo XI cuyos muros enlucidos presentaban en el zócalo pintura roja sobre fondo blanco, formando motivos geométricos. Su buen estado de conservación permitió que fueran extraídos, pero otros quedaron, presumiblemente, ocultos en los márgenes. La segunda intervención pretendía su recuperación. En dicho trabajo fue cuando apareció la orcita con las monedas. Casualidades del destino, los estucos que queríamos recuperar no los hallamos, pues el muro que los debía atesorar había sido rehecho por una nueva casa del siglo XII. Podemos decir que fuimos a por un enlucido y volvimos con un tesoro.

¬¿En qué ha ayudado aquel hallazgo a la hora de conocer algo más de la historia de Murcia?

¬Sin lugar a dudas es una pieza más del puzzle sobre la historia de Murcia, que se viene elaborando desde la incipiente historiografía de principios del siglo XX hasta la arqueología más cercana que comienza a impulsarse en los años 80. Concretamente, nos ha ayudado a profundizar más, si cabe, en la Murcia del siglo XI, cronología del ‘tesorillo’ y de la vivienda donde apareció. Nos ha dado mucha información, desde el punto de vista general, sobre un momento de la historia de Al-Andalus; convulso ante la disgregación del Califato en los Primeros Reinos de Taifas, donde la ciudad de Murcia, aunque dependiente de la Taifa de Valencia, discurre de manera autónoma en aspectos internos. Es el momento en el que Murcia se postula como una incipiente capital con territorio administrativo bien definido, con un marcado carácter político y poder económico, que le permite instalarse en los flujos comerciales del Mediterráneo Occidental, acompañado del desarrollo de la artesanía y un florecimiento cultural e intelectual, auspiciado por una corte y una aristocracia que la demanda para competir con los otros reinos. Sin lugar a dudas, es en este siglo cuando Murcia sienta las bases para épocas venideras, donde Ibn Mardanis tendrá la capital de su basto reino y en el siglo XIII IBn Hud aglutinará lo que queda del territorio musulmán para frenar a los reinos cristianos.

¬¿Cómo se imagina que fue aquella Murcia del siglo XI? Ayúdenos a imaginarla.

¬Los datos con los que contamos son bastante interesantes, tal y como decía, fue un momento convulso, pero no siempre fue así, un siglo da para mucho, si no fíjese, salvando las distancias, en el siglo XX, que es el que más cercano tenemos. La desaparición del Califato supuso una eclosión de pequeños reinos que, en los primeros momentos, pugnaron por prevalecer sobre el resto. Pero pasada el ansía inicial de acaparar territorios y una vez establecidas las fronteras, cada uno trató, como mayormente pudo, salvo excepciones, de ir a lo suyo y de establecer sus alianzas.

La ciudad de Murcia sufrió una fuerte explosión demográfica. Recordemos que es en este momento cuando se han documentado las primeras viviendas del arrabal de la Arrixaca, auspiciada por la rica huerta que la abastecía, los talleres artesanales de vidrio y cerámica y las incipientes relaciones comerciales que empiezan a establecerse, muy probablemente con el Califato Fatimí del norte de África, algo que con el Califato cordobés era impensable, debido a su conocida enemistad. Este dato, sin duda nos lo aporta el ‘tesorillo’ de la calle Jabonerías. El dueño de las monedas conformó el grueso del mismo en la isla de Sicilia, en este momento región que pertenecía al Califato norteafricano, atestiguado por las cecas sicilianas, que son el porcentaje más alto de las 424 monedas halladas. La parcial autonomía de la ciudad permitió desarrollar una compleja corte que demandó poetas, literatos, sabios, cortesanos, junto a una aristocracia y población que empezó a dejar su impronta en la ciudad. La construcción de fondas, baños, mezquitas, madrasas, almunias, palacios y grandes residencias, parejo a la mayor extensión del zoco, crecimiento de los cementerios y mejora del sistema de alcantarillado junto a la refortificación de las murallas, nos hablan de una ciudad con un amplio espectro de desarrollo y calidad de vida.

Mario García, en la calle Jabonerías de Murcia, en una foto de archivo. / N. GARCÍA

Mario García, en la calle Jabonerías de Murcia, en una foto de archivo. / N. GARCÍA

¬¿Es el pasado islámico de Murcia todavía hoy el gran olvidado?

¬Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que sí. El mejor ejemplo lo podemos encontrar en que Murcia, de manera general, no cuenta con un museo dedicado a su pasado islámico; no existe. De forma particular e inconexa tiene pequeños museos, como Santa Clara o el de la Ciudad; centros de interpretación, como Santa Eulalia o San Juan de Dios, y espacios expositivos públicos o privados, como los restos de murallas o algunas viviendas dispersos por la ciudad. Es una autentica pena y vergüenza que Murcia no pueda contar con un espacio expositivo con superficie suficiente para exponer toda la riqueza material e inmaterial que desde estos últimos treinta años se viene recogiendo de manera pormenorizada. Insisto, el pasado islámico de Murcia duerme el sueño de los justos

¬Dígame, ¿qué haría usted con el arrabal de San Esteban?

¬Sinceramente, considero que. una solución intermedia sería la opción más favorable para los restos arqueológicos, el entorno, los vecinos de la zona y los murcianos en general. Por tanto, dicha propuesta contemplaría, por un lado, enterrar parte de los restos y, por otro, musealizar los que se consideraran más interesantes. Una condición ‘sine qua non’, antes de taparlos, sería terminar la excavación arqueológica, pues quedó inconclusa. Es una oportunidad única, que permitiría saber más sobre el devenir histórico del arrabal. En cuanto a los restos que quedaran visibles, buscaría soluciones arquitectónicas a cota cero de calle, para poder ser vistos desde lo alto, sin olvidar que el gran atractivo estriba también en poder bajar a ellos, por lo que propondría habilitar accesos a determinadas zonas.

¬¿Y con los restos de la muralla islámica que siguen sin ser visitables?

Imagino que se refiere a los de Santa Eulalia, en el bajo y sótano de un inmueble de reciente construcción. Estos restos tienen más fácil solución que los de San Esteban. El trabajo de intervención arqueológica, realizado por mi equipo, y el arquitectónico, obra del estudio Guerao y López, han dejado un conjunto arqueológico protegido y expositivo muy interesante. En este sentido, tan solo quedaría iniciar los trabajos de musealización para adecuar la visita a los restos. Esperemos que, más pronto que tarde, el Ayuntamiento de Murcia, propietario del sótano y parte del bajo que da a la calle Marengo, inicie dichos trabajos. Sería una apuesta clara por ese pasado olvidado del que ya hemos hablado; me consta que están tratando de revertirlo.

¬También el conjunto de Monteagudo sigue a la espera…¿Qué le sugiere ese retraso en la recuperación de dicho entorno?

¬Si el municipio de Murcia tiene un claro exponente de su patrimonio, ese es el conjunto o real de Monteagudo. Atesora, junto a la ciudad, todos los elementos que son el origen de lo que hoy día es Murcia: La huerta con sus acequias, brazales, regueras, azarbes y cultivos. Los restos arqueológicos pertenecientes a residencias palaciegas que funcionaron como almunias, explotaciones agropecuarias ligadas a la aristocracia. El castillo de Monteagudo, fortín y granero de la ciudad. Todo un complejo arquitectónico, patrimonial y paisajístico, que podría ser recuperado como un parque arqueológico vivo. Una oportunidad única que seguimos dejando de lado.

¬¿Debería fijarse Murcia en lo que ha hecho Cartagena con su patrimonio?

¬Sin duda alguna, sí. De hecho, Murcia lo tuvo al alcance de la mano con el extinto consorcio Murcia Cruce de Caminos formado por Ayuntamiento y Comunidad Autónoma, modelo que se inspiraba en lo que con el tiempo ha sido el exitoso consorcio Cartagena Puerto de Culturas; pero creo, sinceramente, que se la dejó morir. ¿La causa? Considero que fueron varios factores, pero, sin duda, el primordial es que la clase política de Cartagena si entendió realmente en qué consistía apostar por poner en valor el patrimonio de su ciudad y arrimó mucho el hombro, de ahí los frutos que ahora recogen. Eso sí, nunca es tarde, pues Murcia cuenta con un patrimonio muy rico y, sobre todo, exponible. La cultura ligada al turismo es una fuente de ingresos nada desdeñable.

¬Sea sincero, ¿da la arqueología para vivir en estos tiempos?

¬La arqueología como profesión liberal, de la que me enorgullezco pertenecer y sigo luchando por seguir apegado a ella de cualquier forma o manera, está en un momento muy difícil y desde luego su futuro no parece que vaya a mejorar a corto o medio plazo. Los recortes de la inversión pública y el drástico descenso de la obra privada han cortado de raíz nuestra profesión.

¬¿Qué descubrimiento arqueológico le hubiera gustado desvelar al mundo?

¬Desde que era pequeño me fascinó Egipto y la egiptología; mis padres trabajaban en una distribuidora de libros y muchos caían en mis manos: los devoraba. Uno de los temas que más me fascinaba era el descubrimiento de la Piedra Rosetta por Champolion durante la expedición de Napoleón a Egipto. Me parecía increíble que durante siglos habían dejado de leerse los jeroglíficos. Egipto estaba lleno de pictogramas sobre piedra, madera, papiro, que nadie entendía y que gracias a la fortuna o al azahar, en 1799, se dio con la posibilidad de poder volver a leer algo que había escrito alguien hacia miles de años. Con los años me enteré que el íbero también es un lenguaje que no se entiende. Siempre he deseado saber qué quisieron expresar los Íberos, esos hombres y mujeres, que vieron venir a los Fenicios, que comerciaron con los Griegos, que vivieron con los Cartagineses y que lucharon con los Romanos. Mi descubrimiento querría que fuera esa Piedra Rosetta, la de aquí.

Ver Post >
Las cenizas de Cieza

Las tecnologías del siglo XXI, al servicio de las figuras que nuestros antepasados pintaron (aún sin que se sepa muy bien por qué) en el interior de abrigos y cuevas hace 17.000 años. Modelos en 3D, fotografías de alta resolución y termografías están sirviendo como útiles herramientas para examinar al detalle los conjuntos paleolíticos de las Cabras, Jorge y Arco, en Cieza, que resultaron afectados por el incendio del pasado mes de agosto. Aunque los resultados definitivos aún tardarán un tiempo, los primeros datos apuntan a que la conservación de este delicado tesoro se mantiene, de momento, bastante estable.

Los expertos han dado un suspiro de alivio, porque nos encontramos ante un bien protegido como patrimonio mundial por la Unesco. Ningún otro de la Región goza de ese reconocimiento internacional. Así que los servicios de Patrimonio Histórico y Medio Ambiente, que han ido de la mano, no han ahorrado esfuerzos para llevar adelante la investigación acerca del alcance de esta catástrofe ambiental (ardieron 300 hectáreas de pinos y matorral) sobre las pinturas rupestres. Aunque el fuego no llegó a penetrar en las cavidades, las altas temperaturas registradas (hasta 600 grados) y el hollín supusieron una amenaza cuyas consecuencias todavía no están claras. Para comprobar cómo evoluciona el estado de esas representaciones pictóricas del paleolítico (son únicas en la Región y en el resto del arco mediterráneo resulta difícil hallar algo similar) se han tomado unas mil imágenes de altísima definición que servirán ahora de base para conocer cualquier alteración que pueda producirse a lo largo del tiempo. El estudio se ha completado con 400 termografías para medir la temperatura de las paredes de los abrigos. Esta prueba resulta de gran ayuda ya que permite detectar posibles desprendimientos en la piedra, y por tanto avisar de la desaparición de las pinturas.

El incendio de Cieza es hoy solo cenizas. Pero ha servido para aprender una lección acerca de cómo proteger el patrimonio de las llamas. En este sentido, la Comunidad Autónoma ya trabaja en un plan pionero, que se pondrá en marcha el próximo año, para la mejora del entorno forestal de los bienes de interés ubicados en montes público.s Una idea por la que ya se han interesado otras regiones

Toma de imágenes de las pinturas paleolíticas de la cueva del Arco (Cieza). CARM

.

Ver Post >
Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

Últimos Comentarios

Vaya-tela 09-02-2017 | 09:47 en:
Cultura y los faros
mrubio 28-02-2016 | 11:53 en:
El hotel de los felices 70

Otros Blogs de Autor

Últimos Comentarios

Vaya-tela 09-02-2017 | 09:47 en:
Cultura y los faros
mrubio 28-02-2016 | 11:53 en:
El hotel de los felices 70