La Verdad

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¿Y esa pulsera?
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Carlos Escobar | 30-08-2017 | 09:34

Murcia en septiembre recupera su actividad y se rejuvenece. La calle se llena de jóvenes bronceados que lucen en sus muñecas preciados recuerdos en tela multicolor que, anudados a modo de trofeos, certifican que han asistido a los festivales de música más importantes del momento. Realmente, estos macrofestivales constituyen un fenómeno social de primera magnitud, creciendo cada vez más el número de ellos y el número de asistentes a los mismos, a pesar de la contrariedad que genera privarse de las rutinarias comodidades que tenemos en casa.

Básicamente, un festival de música es un evento de varios días, organizado por particulares, con el beneplácito del ayuntamiento de la localidad donde se celebra y en los que personas que no se conocían de nada por ser de distinta procedencia y condición socioeconómica, se agrupan para escuchar música en torno a un sentimiento cordial, cooperativo y colectivo.

Alguien podría pensar que nos estamos refiriendo a un fenómeno sociocultural reciente, cuando el primer festival con idénticas características tuvo lugar en Thuringia el 20 y 21 de junio de 1810, tal y como refiere Mark Evan Bonds en La música como pensamiento (Acantilado, 2014), libro que comentamos en el pasado post de Música Inesperada. Hablábamos entonces que en la Alemania del siglo XIX, la sinfonía era el paradigma de la armonía social, lo cual explicaría que interpretarla en directo favorecería la interacción entre músicos y público al tiempo que el oyente se sentiría “respaldado por la sociedad”, en palabras del filósofo Theodor W. Adorno.

Los alemanes de la época estaban tan atraídos por el mundo clásico griego que también fundamentaron el valor de su fuerza en su patrimonio cultural. Así, el hecho de congregarse en un festival a escuchar música, durante dos o tres días con otros desconocidos venidos de distintos puntos y compartir un repertorio típico alemán compuesto por sinfonías y oratorios, era una propuesta demasiado tentadora.

En los primeros festivales, la mayoría de los músicos eran personas aficionadas que se dedicaban a otra profesión, lo cual no suponía ningún inconveniente, pues pesaba más la vertiente social del evento que la calidad de la interpretación musical. Los organizadores, como cuenta Bonds en su libro, eran normalmente comités cívicos compuestos por particulares sin intención de lucro. Por otro lado, las autoridades permitían la celebración de estos festivales por su aparente carácter artístico y apolítico, aunque entre los asistentes emanasen los anhelados sentimientos comunitarios y las aspiraciones socio-políticas que constituían el denominado sueño alemán.

Treinta años más tarde, en los festivales empezó a valorarse más lo musical y se contrataron músicos profesionales pensando también en los beneficios económicos que esto reportaría. Estos eventos se extendieron por todo el país y cada vez tenían más poder de convocatoria, de forma que en el de Colonia llegaron a reunirse más de 1500 asistentes.

Posteriormente, los festivales de música clásica se extendieron también a otros géneros musicales como el pop, jazz, rock y otros de tipo electrónico, de forma que gracias a Beethoven, hoy día nuestros hijos portan con orgullo unas singulares pulseras.

 

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