La Verdad

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Categoría: Personajes sin memoria
Sonata de juventud (y V)

 

La calma reinante en esa noche tan apacible contrastaba con la incertidumbre del relato de Ernst Vogt. El interés profesional del Doctor Maier se transformaba por momentos en verdadera curiosidad personal ante las confesiones de este hombre tan afligido por los recuerdos del pasado. El semblante de Vogt delataba que su mente estaba lejos del despacho de Maier y por este motivo se mostraba ensimismado y ajeno a su interlocutor. Cuando continuó con la narración, su voz parecía provenir de una vieja grabación: “Cuando los miembros del Servicio de Seguridad me dejaron en lo que denominaron campo de trabajo, sentí un profundo estremecimiento ante el aspecto tan frío y desolado del edificio principal. Esta gélida impresión no duró mucho, ya que al entrar en la oficina me encontré a un compañero de la Escuela de Música que estaba destinado allí. Se trataba de August von Rohr, al que llamábamos el condesito por su noble origen. Cuando le conté cómo perdí el contacto con Víctor Schulz, se mostró muy afectado, ya que compartieron muy buenas experiencias tocando en un cuarteto de cuerda. August me explicó que era probable que Víctor y su padre estuviesen recluidos en el campo de concentración, pero que no teníamos forma de comprobarlo porque, en aquel insólito lugar, cuando llegaba alguien, inmediatamente se le asignaba un número para perder su nombre para siempre. También me comentó que había oído que la mayoría de las personas que estaban allí eran homosexuales, comunistas, gitanos y disidentes políticos”.

Aunque la labor administrativa de August y Ernst los tenía ocupados con asuntos relacionados con la logística del campo, no tardaron en localizar el mueble donde se custodiaban los documentos archivados tras la recepción de los reclusos. Gracias a una planificada maniobra, consiguieron distraer la atención del personal de esa oficina, que protegían con celo su feudo laboral. Sólo necesitaron unos minutos para corroborar las sospechas de August, que fue el que abrió el libro de registro: “Cuando vimos que los Schulz estaban allí, nos miramos aterrados sabedores de la gravedad de la situación. Casi caigo al suelo por el temblor de piernas que no podía controlar. August, con un habla entrecortada, me informaba de que los Schulz, desde hacía cuatro meses, era obligados a probar el calzado procedente de la fábrica de botas colindante al campo de concentración. Los reclusos se ponían botas militares y tenían que marchar durante todo el día, bajo todo tipo de condiciones climáticas y sobre superficies muy irregulares. Tanto August como yo sabíamos que las posibilidades de sobrevivir a esas penalidades eran ínfimas”.

Las tres semanas que pasó Vogt en la oficina del campo de concentración fueron terribles y sin duda  condicionaron la inestabilidad psíquica que, a partir de entonces, le impidió llevar una existencia normal. Desde la ventana del edificio principal del campo podía ver parte de la pista por donde los Schulz vagaban en grupo dejándose el alma. A Ernst le era imposible reconocer entre esas sombras endebles y encorvadas a su amigo del alma, especialmente si el tiempo empeoraba, ya que la cortina de lluvia prácticamente ocultaba al macabro desfile humano.

Mientras relataba esto, Vogt rompió a llorar de una forma tan desgarradora que el Doctor Maier solo dejó que  el paso de los minutos mitigara el dolor de su paciente. Cuando Ernst levantó la cabeza, agradeció con una sonrisa la presencia del doctor y comenzó a golpear la mesa del despacho de una manera débil y regular, a la vez que comentaba con resignación: “Doctor, si supiese la de veces que Víctor y yo discutíamos sobre el ritmo en los ensayos. Yo, en mi condición de pianista, era bastante estricto con la medida del compás cuando tocabamos juntos. Pero en el fondo, le envidiaba por el espíritu tan libre con el que se expresaba. Víctor podía acelerar y detener la melodía sin perder el ritmo y dotar a cada nota de una personalidad particular y única. ¡Lo que debió de sufrir mi pobre amigo marcando cada uno de los pasos que recorrió en esa maldita pista! Yo era su amigo, estaba a escasos metros de él y sin embargo, permanecí cómodamente instalado junto a sus verdugos sin mover un dedo por salvarlo. Nunca me atreví a contárselo a mis padres, aunque ellos se extrañaban de que me mostrara cada vez más esquivo cuando se hablaba de los Schulz”.

Maier intentó en vano imaginar cómo Vogt pudo soportar durante tantos años el contínuo martilleo psicológico  tal y como éste reproducía con los golpes en la mesa. Parecía increíble que un hombre con tan escasa fuerza anímica sobreviviese a la posterior contienda bélica que tanto desvastó la ciudad y a la exigente reconstrucción que tuvo lugar en la postguerra. La pérdida de sus padres llegó en un momento en el que se sentía tan vacío emocionalmente, que su reacción no fue la esperable en un ser humano. Vagando entre los escombros de la ciudad, Ernst encontró a su futura esposa, Hanna, una estudiante de Dramaturgia que le salvó la vida. El hábil maquillaje que se aplicó a sí misma tras hacerlo en el cuerpo de Vogt, los alejó de los soldados rusos, muy temerosos de contagiarse con indigentes de apariencia enfermiza.

El Doctor Maier no encontró ninguna palabra adecuada para consolar a Vogt antes de que éste se marchara cabizbajo de la clínica. Cuando el galeno se sentó en su despacho y contempló el retrato de su ahijado, sintió una repentina curiosidad por lo que fue de la sonata de Vogt. Esa partitura simbolizaba la feliz infancia y adolescencia de Ernst y de Víctor, unos jóvenes que imaginaron el futuro a partir de la complicidad con la música. Todo ese mundo que un día vislumbraron los dos, había sido destruido por la barbarie humana. Maier se sintió satisfecho por haber escuchado a alguien que necesitaba desahogarse y, sobre todo, se sintió afortunado por vivir en tiempos de paz. Imaginó el piano de los Schulz y la partitura de la sonata de Vogt abierta sobre él. Ojalá nunca olvidemos el mensaje que simbolizaba esa música, pensó Maier mientras se dirigía a casa.

 

                                                        FIN

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Sonata de juventud (IV)

Al día siguiente, Ernst y su padre salieron de casa con la intención de averiguar qué había motivado exactamente el arresto de sus vecinos. Llevaban semanas pendientes de visitar el despacho de un familiar muy bien relacionado con las altas esferas y con suficientes recursos para buscar un buen destino militar a Ernst y Víctor, ya que este último era considerado a todos los efectos como un hijo más de los Vogt. Si alguien podía indagar algo sobre los Schulz sin levantar ninguna sospecha era precisamente el influyente y cordial Herr Neumann, muy aficionado a la música clásica y admirador de los dos prometedores jóvenes intérpretes.

Esa mañana, a pesar de que Neumann tenía muchos asuntos que resolver, atendió a los Vogt sin ninguna demora y, tras escuchar con atención lo acontecido horas antes, se mostró muy dispuesto a iniciar las oportunas averiguaciones. Se reclinó sobre el sillón, descolgó el teléfono con una actitud un tanto prepotente y solicitó con solvencia el número a la operadora. Ante sus atónitos parientes, bromeó durante más de veinte minutos sobre las cacerías de jabalíes y las nuevas secretarias incorporadas al departamento. Ernst no pudo ocultar su indignación ante el hecho de que su familiar apenas dedicara dos minutos a explicar el asunto de los Schulz.

Tras colgar el teléfono, Neumann respiró profundamente y con un semblante un tanto aséptico, aclaró que sólo se trataba de una detención rutinaria y preventiva, con el único fin de comprobar una información recibida por la policía. En cuanto al tema del destino de Ernst y Víctor, confirmó que, en breve, ambos estarían adscritos al cuerpo administrativo del ejército. Además, les insistió que, a cambio de mantenerlos alejados de las armas, tocarían en todas las veladas que organizase para sus influyentes invitados.

Los Vogt abandonaron el edificio con gran desánimo e impotencia, de modo que la buena noticia de servir al país desde una oficina no les causó ninguna satisfacción. La entrevista con Neumann había finalizado con un fuerte apretón de manos y una advertencia de que este tipo de averiguaciones particulares sobre personas detenidas no eran convenientes ya que les acarrearían no pocas incomodidades.

Pasaron las semanas y los meses sin ninguna noticia sobre los Schulz. Ernst acudía por las mañanas a su destino en el departamento del Servicio de Seguridad donde Neumann lo tenía apadrinado. En la desconfiada relación de simbiosis que mantenía con su mentor, estaba comprometido a alternar las teclas de la máquina de escribir con las del piano, cada vez que era requerido para amenizar las cenas de altos cargos, misión que cumplía con un éxito singular.

El Doctor Maier estaba tan atento al relato de Vogt, que no cayó en la cuenta de ofrecerle un vaso de agua. Fue el paciente el que tuvo que solicitarle algo de beber para poder continuar con su historia. Mientras el doctor se ausentó, Vogt miró de nuevo el retrato del violinista y anheló la mirada de desafío y seguridad del atractivo joven. Aunque se mostró tembloroso y con dificultades para aproximar el vaso a los labios, apenas tardó unos minutos en consumir toda la botella de agua que le trajo el médico.

Nada más retomar su narración, Ernst Vogt volvió a sentirse atenazado por una incontrolable y creciente angustia interior: “Gracias doctor. Recuerdo la mañana lluviosa, en la que al llegar a la oficina, me comunicaron que sería trasladado provisionalmente con motivo de una baja por enfermedad. No supieron especificar nada sobre mi próximo destino, ni sobre mi nuevo cometido. Sólo tenía que esperar en la puerta la llegada de un vehículo oficial”.

                                                                                                                                                                    continuará

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Sonata de juventud (III)

 

La juventud de Víctor y Ernst transcurría con imperceptible rapidez, con días llenos de felicidad y de emociones compartidas. Una semana tras otra, los dos amigos interpretaban todas las obras para violín y piano a las que tenían acceso. La capacidad comunicativa entre ellos se renovaba una y otra vez en cada uno de los ensayos y sesiones de música de cámara vividos en casa de los Schulz.

Esa misma comunión entre almas afines tenía lugar en la clínica del Doctor Maier, conforme Ernst Vogt le hacía partícipe de su personal y dramática tormenta de recuerdos. A medida que transcurrían los minutos, el paciente vaciaba su conciencia, de forma espontánea y natural, ante un inesperado y perfecto confesor que no perdía detalle del relato que escuchaba, ni ningún gesto o movimiento que modulase su intensidad emotiva.

Ernst volvía a mostrarse angustiado y con una locución un tanto entrecortada: “A partir del día que Clara Schulz, la madre de Víctor, sufrió una brusca y fatídica hemorragia cerebral, se sucedieron una serie de hechos que cambiaron nuestras vidas para siempre. Clara era una mujer tan elegante, tan radiante, tan generosa y tan maternal, que ninguno de los que la conocimos pudimos recuperarnos tras este tremendo golpe de la vida. Yo sufrí un sobresalto tan fuerte que en mi interior despertó la necesidad de componer música. Incluso llegué a obsesionarme por crear algo bello y original dedicado a su memoria. Algo que nunca nadie hubiese escrito. Inicié la composición de una sonata, una sonata para violín y piano. Me propuse terminarla como regalo de Navidad para los Schulz. ¡Era tan fácil imaginar el sonido del violín de Víctor al tiempo que avanzaba por los pentagramas! Yo mismo estaba sorprendido con mi hasta entonces desconocida creatividad y no había día en el que no fantasease con lo que sentirían mis padres y mis vecinos tras la primera audición de nuestra sonata”.

Vogt necesitó hacer nueva pausa para restablecer la inteligibilidad y potencia de su voz: “Pero por desgracia, durante ese otoño, no sólo sufrimos la agitación interna que le he contado. La situación en la calle era cada vez era más preocupante. El grupo político dirigente presionaba a determinados colectivos y especialmente a los sospechosos de no compartir sus ideales. Una tarde, unos agentes de policía se presentaron en casa de los Schulz y se llevaron a Víctor y a su padre. Todos los vecinos que salimos de casa alertados por los gritos, recibimos la mecánica y nada creíble explicación de que los Schulz eran disidentes políticos y que además habían ayudado a judíos.”  

                                                                                                                              continuará

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Sonata de juventud (II)

 

Ernst Vogt fijó de nuevo su mirada en el retrato del otro Víctor Schulz. La sonrisa del joven violinista irradiaba gran seguridad e inundaba el resto de la estancia. El doctor Maier, que prestaba especial atención a cada gesto o movimiento de su paciente, estaba muy intrigado por aquello desconocido que tanto atormentaba a su interlocutor.

“Yo fui un niño con una pasión desmesurada por la música” -dijo Vogt-. “Pasión que descubrí y cultivé en casa de mis vecinos, los Schulz. Su hijo Víctor y yo éramos compañeros de colegio y por las tardes escuchábamos cómo sus padres tocaban el piano a cuatro manos.

El Doctor Maier estaba tan interesado en la historia de Vogt, que había olvidado por completo que era el día de su partida de cartas. Realmente, la confesión de la que era testigo lo tenía inmerso en una burbuja que lo aislaba de su entorno vital. Repentinamente, la expresión de Ernst Vogt cambió y éste adquirió el aspecto de una persona mucho más joven y con más energía. Sin levantarse de su sillón, se inclinó ligeramente hacia su médico, apoyó sus antebrazos en la mesa del despacho y prosiguió con su viaje al pasado: “Víctor y yo disfrutábamos boquiabiertos con cada uno de los arreglos musicales para piano a cuatro manos con los que nos deleitaban sus padres, una pareja muy compenetrada y feliz. Un día, al terminar el concierto vespertino, nos preguntaron si nos gustaría estudiar música y llegar a tocar juntos alguna vez. Los dos nos miramos emocionados con una complicidad que marcó nuestros años de juventud”.

Ernst Vogt relató al Doctor Maier cómo los Schulz los matricularon en la academia de música y los alentaron diariamente hasta que completaron sus estudios. Víctor puso toda su alma en descubrir los secretos del violín y el propio Ernst los del piano. En la familia Vogt no existía la tradición musical reinante en el hogar de sus vecinos y los limitados recursos económicos se destinaban exclusivamente a la formación universitaria de Ernst, que como Víctor, era el hijo único de la casa. Los Schulz estaban encantados con el talento y la dedicación del joven Ernst y no pusieron ningún reparo en costear la carrera musical del prometedor músico y en ofrecerle el piano familiar para que estudiase a diario, incluso a costa de reducir el tiempo disponible para tocar en pareja.

 

                                                                                                                                                    continuará

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Sonata de juventud (I)

 

Esa tarde, al finalizar la consulta, el Doctor Maier tenía previsto asistir a su habitual partida de cartas. Ya había prescrito el tratamiento del señor Vogt, el último paciente de ese día, cuando éste se quedó ensimismado con el retrato del mueble auxiliar del despacho.

La expresión radiante del joven violinista de la fotografía le incitó a preguntar cómo se llamaba. Vogt, al escuchar el nombre de Víctor Schulz, músico a punto de finalizar la carrera de violín y ahijado del doctor, sintió tal estremecimiento y angustia, que su médico se inquietó por su repentino cambio de actitud.

Ernst Vogt sacó un pañuelo y, de manera poco coordinada, secó la súbita y profusa sudoración que  inundó su cara y cuero cabelludo. De repente, rompió a llorar y, en ese instante, el Doctor Maier comprendió que algún recuerdo de Vogt había aflorado al contemplar el retrato del joven Víctor. Estaba seguro de que sólo algo terrible había podido provocar tanto dolor y desesperación en el paciente.

Transcurrieron al menos tres minutos antes de que el derrumbado Vogt pudiese contener sus gemidos y secar el sudor de un modo más sereno y efectivo: “Perdóneme doctor. Estoy avergonzado. Me ha venido a la mente una historia que me persigue desde la juventud y que vuelve una y otra vez, sobre todo en los momentos de soledad. Disculpe usted que no haya sabido controlarme y lo haya entretenido con mis problemas. Doctor, hoy debe usted de estar muy cansado tras atender a tanta gente y no sabe lo que siento haberme comportado así”.

El doctor Maier, ante este hombre tan avergonzado, trató de liberarlo de su sensación de culpabilidad y lo tranquilizó para que recuperase pronto el control de la situación: “Por favor, Vogt, no se preocupe por lo ocurrido. He visto su expresión de angustia y por encima de mi condición de médico, soy una persona. Si puedo ayudarle, si quiere contarme algo, … en fin, estoy a su disposición, si usted quiere.

Vogt volvió a pasar el pañuelo por toda su cabeza y prosiguió su relato: “Doctor, lo que le voy a contar no lo sabe nadie de mi entorno. Ni siquiera mi familia.”
                                                                                                                                                                              (continuará)

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El helado de Viernes Santo

Muy de mañana y antes de tocar en una representación de ópera, trato de hacer algo de ejercicio trotando por las solitarias calles de la ciudad. Como trompista de la orquesta, necesito mantener mis pulmones en buen estado, al mismo tiempo que la mente despejada con vistas a la intensa tarde de trabajo que me espera.

Hoy es un día especial porque es Viernes Santo y tocamos “Parsifal”, la última obra que escribió Richard Wagner en 1883. La semana de ensayos ha sido muy interesante porque el director invitado conoce la obra muy bien y sabe transmitir perfectamente sus ideas con pinceladas de su expresiva mirada y con sus gestos faciales comedidos. Cómo miembro de orquesta, valoro mucho esta complicidad del maestro con nosotros e incluso me atrevería a decir que los músicos nos sentimos como si éste nos dirigiese desde hace años.

Además, aunque desde el foso orquestal no podré verlos, hoy vienen mis padres y mi hermana Elsa a la representación. Hace tiempo que no los veo y estoy deseando que llegue el momento de recogerlos en la estación de ferrocarril. La última vez que estuvimos reunidos fue hace tres meses, con motivo del triste fallecimiento de nuestra querídisima abuela Elisabeth. Seguramente hoy recordaremos la ilusión que ella tenía puesta en la tarde del Viernes Santo, día en el que Elsa y yo nos desplazábamos a su casa en tranvía y allí escuchábamos el tercer acto de Parsifal, saboreando su delicioso helado de nueces. Se sentaba entre nosotros en el sofá y abría la partitura de la ópera de Wagner para señalarnos con detalle todas las entradas de los instrumentos, al tiempo que cantaba con una excelente entonación todas las voces. La abuela ponía tanta emoción en ese instante que, al finalizar el último vinilo, los tres quedábamos ensimismados y en silencio durante minutos, con los ojos llorosos y a punto de vertir en la alfombra la derretida crema de nueces.

Desde que soy músico, cuando toco la música del Encantamiento del Viernes Santo, no puedo evitar esas lágrimas en la oscuridad del foso orquestal. El sonido en pianissimo de mi trompa envuelve con tanta belleza a las melodías del oboe y del tenor, que me convierto en el verdadero protagonista de este fragmento musical. Es un momento donde, de algún modo, siento que puedo guiar el dedo de mi abuela por el dibujo que trazan las notas de la partitura.

Esta tarde, al terminar la representación y cuando los demás músicos hayan abandonado el foso, me quedaré sentado en mi atril, una vez más inmovilizado por la profundidad del mensaje de Wagner.

 

Nota: Este post va dedicado a todas las personas de la Región de Murcia que, desde las butacas de cada auditorio, desde el podium de la dirección musical, desde los atriles, desde el backstage y desde la oficina, forman parte de la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia.

 

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