¿Me estaré haciendo antisistema?

No es tiempo de andarse con remilgos ni de escudarse en cuestiones ideológicas y matices de cara a la galería. Por si alguien no se había dado cuenta, nada es intocable y, a lo mejor, está bien que así sea. Otra cosa es que se vayan a atrever a tocarlo o que se dediquen sólo al maquillaje. La crisis nos ha hecho despertar y darnos cuenta de que el Estado del bienestar es una conquista pero que, como tal, hay que saber administrarla. Ya es tarde para hacer las cosas bien, porque cuando el dinero fluía, y no me refiero sólo a los últimos diez años, se afeaba y criticaba a quien ahorraba y a quien no se endeudaba hasta las cejas. No hablo únicamente de los Estados, sino también de las personas porque, ojo, ningún Estado suple al individuo. O mejor dicho, no debería suplirlo. Y ese es el problema. Cuando la economía personal nos iba bien, ¡oh, qué tiempos aquellos!, casi no nos preocupábamos del despilfarro. Es más, nos encantaba y pedíamos más madera. Quizá crea el lector que hablo del derroche en piscinas que parecen parques acuáticos en municipios de mil habitantes, de la proliferación de calles adoquinadas, de los complejos polideportivos a lo Barcelona 92 en pueblos donde la media de edad supera los 70 años o de líneas del AVE con apeadero en el Páramo del Tío Justino. Todo ello bajo la exigencia previa y el consiguiente aplauso del pueblo. Pues sí, sí hablo de eso pero no sólo de eso.

Reconozco que hace ya algún tiempo son bastantes las voces críticas con esos asuntos, pero a pesar de eso seguía habiendo temas tabú. Parece que hay áreas como la educación o la sanidad, pilares de nuestro moderno bienestar, que aún siendo agujeros negros, son intocables. Da igual que den amparo a algunas de los mayores injusticias e inequidades del sistema. Parece que sólo cuando no queda otra salida que hacer las cosas correctamente es el único momento en que nos las planteamos, así que ya llegó por fin el momento de meterle mano a las vacas sagradas del erario público. La idea de que, por ejemplo, cada euro más que se invierta o se gaste en sanidad o educación genera automáticamente un beneficio que tiende a infinito, es una mentira casi tan grande como los privilegios a los que da acceso. La otra cara de la moneda es, lógicamente, que quitar un céntimo del presupuesto o pretender racionalizar la gestión conducirá, prácticamente a encontrarnos con legiones de tullidos por las calles o analfabetos funcionales gestionando el futuro del país. Me ahorro mi opinión sobre lo último.

El Gobierno tiene ahora la inmensa responsabilidad y oportunidad de dar una vuelta al sistema, de removerlo desde lo más profundo y hacer una criba entre lo superficial y lo necesario, de aquello que supone verdaderamente los pilares del bienestar y de lo que son sólo extras socialistas de nuevo rico. Tiene, insisto, la oportunidad y aún más la obligación de ir a por todas y de que los recortes no sean sino un elemento más de las reformas que necesita España. Desde luego, las primeras medidas van en esa dirección que, sin duda, habrá que mantener en el medio y largo plazo. La clase política tiene la posibilidad de demostrar que el sistema está preparado para reinventarse a sí mismo. De lo contrario, algunos tendremos la sensación de que estamos fuera del sistema, (y no me refiero al 15M),  o de que el sistema está fuera de nosotros.

Sindicalistas hacia lo salvaje

En cualquier país normal, las barrigas agradecidas estarían dando cuenta de lo que sucedió ayer en España. Me refiero a los que, conocidos y desconocidos, calificaban ayer de sinvergüenzas, mangutas, vividores, gandules, etcétera, etcétera. Los medios optaron por referirse a ellos como “sindicatos”. Nos encantan los eufemismos a los españoles, ¿verdad?

Darse una vuelta por cualquier edición digital de un periódico y ver sus fotos es un incentivo a la emigración. O a solicitar la ilegalización, o cuanto menos el cese del chupe de la cosa pública, de estos sindicatos. Lo que es cierto es que son pocos los que se sumaron voluntariamente a la huelga ayer y sí mayoría los que no tuvieron más remedio que hacerlo, aunque fuera momentáneamente, gracias a la labor “informativa” de muchos piquetes y desoficiados, a los que conviene no confundir con los parados que sí que lo están pasando mal. Los principales medios de informacion fueron la silicona, la intimidación, el fuego, los zarandeos y las piedras. Todo ello revestido de un aterrador instinto de manada.

Los suyos han perdido en las urnas, carecen de toda legitimidad social y ya sólo les queda enrocarse y liberar los instintos cuasi guerracivilistas que llevan dentro. Perdidos la razón y el raciocinio, cuando la mano que nos llenaba el buche desaparece o queda relegada al sur cual aldea gala, sólo cabe apelar a lo primario, a la violencia, al odio y al resentimiento.

En la galería de fotos de la edición digital de La Verdad, muchos ciudadanos les dan la respuesta a esta actitud. La peineta. “Que les jodan”, que añadiría el castizo. Estamos hartos ya de tanto vividor al que sólo le preocupa mantener su status, como para además tener que aguantar estos ataques. Ya sólo llevan de acompañantes a los antisistema de la (extrema) izquierda y a perroflautas cuyo compromiso con la destrucción del capitalismo encuentra sólido apoyo en la cartera de papá y mamá. Unos eslogánes con rimas propias de colegio rural de la España de 1950, bien merecen la inversión.

Ellos sabrán. Como dice la canción de Amaral, han elegido caminar hacia lo salvaje. Y la verdad es que viendo la expresión de algunos en las imágenes, lo salvaje parece, de hecho, lo natural.

11M, otra vez

Ni hay perdón ni puede haber olvido. Hace ya ocho años del más brutal atentado que sacudió España y las conciencias de algunos. Ocho años en los que muchas víctimas siguen sufriendo y ocho años desde que algunas de ellas callaron para siempre aunque, afortunadamente, todavía haya quienes hablen por ellas clamando justicia y haciendo que tengamos aún presente el que, probablemente, haya sido el acontecimiento, junto con el golpe de Estado, que mayor conmoción y más huella haya impreso en los españoles en toda la democracia. Otra vez volverá a la televisión la madre que perdió a su hijo mientras cogía un tren para ir a clase, veremos también a ese mutilado que en un ejemplo de superación está intentando recuperar poco a poco la movilidad y escucharemos el testimonio de algún trabajador del extrarradio de Madrid que salió milagrosamente ileso de una explosión que carbonizó a su compañero de asiento.

Otra vez esas imágenes aéreas de Madrid con hileras interminables de donantes de sangre. Otra vez las imágenes de la morgue de IFEMA con efectivos del SAMUR corriendo de un sitio para otro tras el entrevistado y las imágenes con una voz en off narrando alguna estadística mientras la cámara no pierde detalle de alguna familia destrozada tras identificar algún resto humano de un familiar, de un amigo. Otra vez tendremos ocasión de oír a algún político de los que sitiaron las sedes del partido en el Gobierno que aunque lo importante son las víctimas, no podemos olvidar la gran movilización ciudadana.

Este año, como novedades, tenemos a los sindicalistas bramando contra la reforma laboral de la manita de los socialistas, los que llegaron, casualidades de esta azarosa vida, setenta y dos horas después de que se produjera la cadena de atentados, al gobierno de España. Dicen que van a homenajear a las víctimas. Voy a vomitar y vuelvo. También aparece un vagón de los trenes, ¿el único? que no se destruyó con tremendo celo inmediatamente después a los atentados. ¿Irá a algún sitio este descubrimiento? Sinceramente, aunque deseo que sí, creo que no. Otra vez.

Sindicalismo pornográfico

Todo parece indicar que no, o al menos la prensa no lo ha reflejado. Los sindicatos no han estado presentes en el Salón Erótico del Levante, pero desde luego, no será porque su actuación en las últimas semanas no pueda calificarse de obscena. La última prueba de la ausencia de pudor es la convocatoria de manifestaciones contra la reforma laboral aprobada por el gobierno. Vaya por delante que tienen todo el derecho del mundo a convocar cuantas manifestaciones quieran, incluso si persiguen excitar el celo de determinados sectores radicales convocando en una fecha como el 11M. Pero el mismo derecho me asiste a mí para decir que me parece de pésimo gusto.

Dicen las barrigas agradecidas del anterior gobierno socialista que es una manera de rendir homenaje. ¿A quién se rinde homenaje convocando una manifestación contra un gobierno por unas medidas laborales el mismo día en que una gran parte del país (hay otra que, claramente, pasa del asunto) recuerda el más brutal atentado terrorista de la historia de España? ¿Alguien cree que las víctimas, salvo la asociación de Pilar Manjón, cuya decisión respeto a pesar de no compartir en absoluto, van a entusiasmarse con ese sarao? Yo creo que, más bien, es un homenaje a todos aquellos que salieron a las calles en las 48 horas siguientes al atentado para sitiar sedes del Partido Popular y provocar, a mi juicio, una de las mayores vulneraciones de libertades públicas que hemos vivido en democracia. Es otro guiño como el que Zapatero brindó al respetable convocando las elecciones para el 20 de noviembre, sólo que en esta ocasión quien murió no fue un dictador, sino casi doscientas personas y miles quedaron heridas psicológica y físicamente para mucho tiempo, quizás para el resto de sus vidas.

Las protestas y algaradas del próximo 11 de marzo parecen más una llamada a las huestes radicales de la izquierda, que lo mismo te sitian una sede de un partido democrático, te montan una acampada ilegal la jornada de reflexión, se inventan un rollo con la calefacción de un instituto en Valencia o te aderezan una manifa contra la reforma laboral (ellos, que tan arduamente han trabajado). Son de un versátil que impresiona. Todo ello sin entrar en el fondo de la cuestión, es decir, la oposición tan legítima como vergonzosa a unas medidas laborales avaladas internacionalmente y legitimadas por la mayoría parlamentaria que sustenta al gobierno. Es una reforma profunda y necesaria que tenía que haber acometido el PSOE, pero que no lo hizo, gracias a que la paz en la calle estaba garantizada aún con cinco millones de parados. Los sindicatos se van a manifestar contra la única respuesta lógica al desmadre del que ellos fueron, cuanto menos, copartícipes. Y además, pretenden sórdidamente escudarse en las víctimas. Bochornoso.

Es tiempo de fariseos

Tiene la Biblia, con independencia de que se sea creyente, ateo, agnóstico o acérrimo seguidor de algún chamán de la Cochabamba, interesantes pasajes que no pierden en ningún momento actualidad. Uno de mis favoritos, y que ha sido leído en los templos con motivo de la Cuaresma, es un texto del capítulo seis del Evangelio de San Mateo. Recomendaba Jesús por aquél tiempo que cuando des limosna que tu mano izquierda ignore lo que hace tu derecha. Respecto de la oración, señalaba que no hagas como los hipócritas, a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos; cuando tú ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora. Señala, por último, que cuando ayunes, no pongas cara triste como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Tú en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro para que tu ayuno no sea conocido por los hombres. Y cada una de estas maneras de actuar, las termina justificando porque tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Este extracto del Nuevo Testamento no ocupa más allá de veinte líneas, pero encierra un interesante y complejo código de conducta que todos podemos perfectamente aplicarnos. Seguro que al leer el párrafo anterior a todos nos ha venido a la cabeza gente de los de golpe en el pecho que venden preceptos morales al contado, religiosos o no, mientras que por el otro lado andan poniendo a parir al prójimo, abiertamente unas veces, pero la mayoría de ellas de manera ruín y huidiza. Ellos sí que cumplen con aquello de que tu mano derecha no vea lo que hace tu izquierda. Fariseismo ambidiestro, debe llamarse el asunto. Tras una época de crisis absoluta de valores y referentes morales y éticos, viene la crisis económica y financiera y, más que nunca, empieza a surgir la necesidad de no sentirnos desamparados, de ver que hay una serie de valores que podemos enarbolar que nos dan cobijo y que aún nos queda algo a lo que agarrarnos, ya sea desde el convencimiento, ya sea desde la desesperanza. Hasta ahí, prácticamente nada que objetar.

Pero en esta época en que lo estético está sobrevalorado, en el que la comunicación lo es todo pero en la que el mensaje no vale nada, los oportunistas, los hipócritas y los fariseos que pretenden vivir del sistema a perpetuidad, sacan a pasear sus mejores galas. Algunos plenamente conscientes de la farsa, otros han alcanzado tal grado de trastorno mental, que incluso se terminan creyendo adalides de alguna causa a la que nadie los ha llamado. Pero todos tienen algo en común, todos cacarean sus bondades de fachada. Unos hablarán de lo piadosos y meapilas que son y alardearán de ser de misa y comunión diaria; otros, al contrario, harán gala de las misas a las que no van y de lo progres que son, aunque a mí a la Virgen del Tercer Dolor no me la mientas, que soy mayordomo de la hermandad; los defensores de la igualdad que son aunque tengan relaciones cavernícolas con sus parejas o hagan comentarios machistas cada vez que una mujer entra a una reunión; también veremos a los que un día compraron un paquete de café de comercio justo y creen que ya tienen más autoridad para hablar que la Organización Mundial del Comercio.

Yo por mi parte siempre he creído en la satisfacción del deber cumplido y en la austeridad en las formas. Si hay algo que has hecho bien, porque es justo y tu conciencia está tranquila, no necesitas anunciarlo a los cuatro vientos. La mejor manera de hacer proselitismo no es pegarse pegatinas en la frente ni colgar fotos en el Facebook de la última concentración antiaborto a la que hemos ido. Tampoco lo es pedir al compañero o compañera que cuelgue esa foto tan chula de la última manifestación en defensa de los derechos de los trabajadores en la que tan bien nos queda el look no-nos-mires-uneté. Lo mejor, por manido que esté, es predicar con el ejemplo, con la acción. Porque al final tú, que ves en lo secreto de ti mismo, te recompensarás. O te castigarás.

Analfabeto pero informal

Todo es informal. La informalidad es la norma, la forma de hacer las cosas. Restaurantes informales, ropa informal, aprendizaje informal… Somos de un guay ya que nos pasamos. Que conste que no soy yo el que va todos los días a trabajar con traje y corbata ni hago a nadie acreedor de mi consideración personal más distinguida al finalizar un correo electrónico, pero todo tiene un límite. La última línea que ha cruzado la informalidad es la de la ortografía, a lo que han contribuido decididamente las redes sociales. Y no estoy hablando de poner una q por que o un sts por estás en el móvil. Por economía del lenguaje y porque son conversaciones privadas, está justificado. Estoy hablando de los atentados lingüísticos y ortográficos que me encuentro a diario en Facebook.

Ayer puse un comentario en mi muro sobre lo harto que estaba ya de que mucha gente que ha completado sus estudios y ha pasado por la universidad sea incapaz de distinguir (o no le importe, que lo mismo da) las palabras ay, ahí o hay y las usen indebidamente. Quizás sea la universidad la que no ha pasado por ellos, pero lo siento, no lo soporto. Lo peor es que todas estas mentes están desempeñando puestos de trabajo en empresas decentes, terminando su carrera o, incluso, ocupando puestos de responsabilidad. Esperanzador, sin duda. Por no entrar a comentar el ritmo de los procesos mentales que pueden llevar asociados esas ristras de signos de admiración que podrían ser la expresión de un brote esquizoide o los puntos suspensivos que parecen un juego de esos para niños de “une los puntos”.

La ignorancia de las reglas ortográficas elementales se cura leyendo cualquier libro o periódico medio decente de vez en cuando. Así que lo lamento pero no, no nos sirve que nos sepamos el texto de la caja de cereales en español y en portugués (sí, la caja de cereais) ni que seamos expertos en la composición del champú cuyo bote cogemos en el baño cuando estamos centrados en tareas escatológicas. Pero claro, eso de leer es para gente rancia, es aburrido y algo demasiado formal. “Total, si la gente que me tiene que entender, me ha entendido, aunque no lo haya puesto bien”, dicen muchos. Siguiendo esa lógica, no habría problema en que el lenguaje se fueran degradando progresivamente hasta volver a emitir sonidos guturales para comunicarnos. Juro que ya me he encontrado con gente así, que emite sonidos y que cuando va a hablar parece que en vez de articular una palabra va a morderte o algo.

No llegaré al extremo de un amigo que sugería jocosamente, al hilo de mi comentario en Facebook, que “quien no conozca la diferencia entre haber y a ver no merece vivir”, pero desde luego que no da lo mismo escribir bien que escribir mal. Igualmente, como lector no me da igual leer basura que no leerla. No es lo mismo ser un analfabeto funcional en tu lengua materna que no serlo. Ni Facebook, ni Twitter ni ninguna otra plataforma te exime de hablar correctamente y no darle al idioma más coces que Pepe el del Real Madrid en un partido cualquiera. Pero si es tu caso y estás leyendo esto, no te preocupes, porque serás analfabeto pero informal, no un rancio de esos que pone tildes y que usa comas para no provocar la muerte por asfixia de alguno de sus amigos.

Hay que pensar. Lo siento

¿Cómo te sientes? Me siento defraudado. Me siento feliz. Me siento deprimido… Es la era del sentimiento, de expresar lo que sentimos. Lo importante es sentirnos bien y aliviar a los demás para que no se sientan mal. Minimizar o enmascarar lo que nos molesta para que no nos de tiempo a pensar en lo que ocurre, en lo que nos ocurre. Bastante mal lo estamos pasando como para además pensar en ello, ¿verdad? El pensamiento y las ideas parecen haber perdido la batalla frente a los sentimientos, porque parece que será la empatía lo que nos ayudará a salir adelante y a solucionar los problemas. No niego que no sea necesaria, pero en algún momento habrá que dejar de lamerse las heridas y empezar a pensar algo, ¿no?

Este fin de semana ví ‘La Dama de Hierro’, que más allá de la genial interpretación de Meryl Streep y el dejarnos con la miel en los labios más de una vez para pasar a otro asunto, merece ser vista, aunque sea simplemente por la determinación y la claridad de la Thatcher. Las líneas con las que comienzo este post vienen al hilo de unas palabras de la protagonista, ya aquejada de Alzheimer, en las que protesta porque ahora nadie se preocupa por pensar, sino por cómo se sienten los demás y que ese es un gran error. Ya no se piensa en lo que nos ha llevado a una situación u otra o en cómo podemos salir de ella o aprovecharla para sacarle más fruto. El equilibrio de lo racional y lo emocional se desmorona en cada uno de nosotros. No estamos interesados en leer o escuchar cosas de cierto calado. “No tengo ganas de complicaciones”, solemos decir. No hay tiempo para la reflexión, sino sólo para quejarnos de que no nadamos en la falsa opulencia y, si pensamos en algo, la reflexión no irá más allá de cómo intentar preservar nuestra parcela de pequeños privilegios de clase media.

La inmediatez quizá también nos ha llevado a ello. La información corre tan deprisa, las modas son tan efímeras, la satisfacción tan fácil de obtener… ¿Por qué preocuparme y pensar qué hacer por quienes peor lo pasan si puedo ir a la tienda de comercio justo a comprar café y hacer la buena obra del siglo? ¿Por qué un escritor o un periodista debe molestarse mínimamente en escribir una columna si puede hacer un refrito con la última noticia de agencia y cuatro sentencias de opinión prefabricadas? Es más, ¿por qué incluso el éxito de Twitter en ciertos sectores frente a Facebook? ¿Será porque mi cerebro sólo tiene que procesar 140 caracteres? Para mí este es el momento de las ideas libres, del pensamiento individual, pero no para replicar viejas teorías o servir al amo que nos da de comer. Preguntémonos, de verdad, cómo nos sentimos y qué queremos y, entonces, pongámonos a pensar para cambiar lo que no nos gusta y mantener aquello que nos satisface. Hay que pensar. Lo siento.

Arrepentidas y defensoras de la alegría las quiere Dios

Decía Woody Allen que era el matrimonio, y no la política, quien hace extraños compañeros de cama. Yo no voy a quitarle la razón al de Manhattan, pero hay acontecimientos que permiten, al menos, cuestionarlo. Es el caso de la ya Excelentísima Carmen Vela, Secretaria de Estado de Innovación e Investigación. Esta señora, a la que presupongo valía investigadora para que De Guindos haya puesto su ojo en ella, ha sido un miembro tradicional de las huestes de apoyo al socialismo patrio, llegando a leer el manifiesto de apoyo al ya ex presidente socialista allá por 2008, en el que se defendían la alegría y el pleno empleo. Por su bien y por el de la política investigadora en España, le deseo un mejor ojo a doña Carmen.

Yo creo que todas las personas pueden cambiar, evolucionar y modificar su pensamiento. Es más, creo que es mentalmente higiénico y que tienen todo el derecho a ello. Lo que me sorprende es que la conversión tenga lugar de manera tan acelerada. Debe ser una experta en la gestión del cambio organizacional, ahora que está eso tan de moda. Quiero suponer que sus ideas ya no son las mismas que la llevaron a apoyar entusiásticamente al PSOE, porque de ser así, sería una gran incoherencia, pues no estamos hablando de que la señora entre en el club parroquial, sino en el Gobierno de España que, si ha tenido momento de desviar su mirada de las publicaciones académicas a la prensa generalista, habrá visto que ha cambiado de signo.

En cuanto a la contraparte, es decir, en cuanto a quienes la han elegido, los miembros del PP en el gobierno, no creo que ahora nadie pueda tacharlos de sectarios ni nada que se le parezca. Sin entrar a discutir la existencia de personas válidas para desempeñar esa tarea en la órbita del PP, es de destacar el ejercicio de abstracción y la capacidad para reconocer una trayectoria profesional completamente al margen de cualquier consideración ideológica. Es algo en lo que no reparó el anterior gobierno y es que, aunque ignoro los secretarios de estado que en los últimos ocho años han sido próximos al PP o al menos no muy cercanos al PSOE, creo que no se cuentan por decenas, ni siquiera por unidades.

En definitiva, señora Vela, haga su trabajo lo más decentemente posible, preste su servicio a la comunidad científica y a España dedicando a ello todos sus esfuerzos y siga usted defendiendo la alegría que tanta falta hace, siempre que no sea la alegría del gasto. Y no se preocupe, que aquí nadie le va a pedir arrepentimiento público. España y yo somos así, señora.

Granjeros, borrachos y prostitutas, ¿así funciona un rescate financiero?

Cuando no nos dejan otra alternativa, es momento de tomarse las cosas un poco a cachondeo. Entre tanto pesisismo y malos augurios es cuando más falta hace reirse un poco. Un amigo de Reino Unido colgó el otro día en su muro de Facebook la siguiente explicación de cómo funciona el rescate financiero de la UE a países como Grecia. Todo comienza un día cualquiera en una pequeña y polvorienta localidad cercana a Tesalónica. El sol pega fuerte y las calles están desiertas. Son tiempo díficiles, todo el mundo está endeudado y depende de los créditos. Ese día, una rica turista centroeuropea llamada Angela Merkel llega al pueblo y se adentra en el hotel local. Deja un billete de 100 euros sobre el mostrador de la recepción y pide al encargado que le deje echar un vistazo por las habitaciones para escoger una que le guste para pasar la noche.

El dueño del hotel le deja unas cuantas llaves y, en cuanto pierde de vista a la turista escaleras arriba, coge el billete de 100 euros y corre al local de al lado para saldar la deuda que mantiene con el carnicero que le suministra materia prima para el restaurante del hotel.  Éste, a su vez, coge el billete de 100 euros que acaba de recibir y se dirige al productor local de cerdos para pagarle la deuda que mantiene con él. El granjero, entusiasmado, decide también dirigirse, con el mismo billete, al proveedor de piensos para los cerdos, a quien también debe dinero.

El productor de piensos es algo aficionado a la bebida, aunque es de confianza y en el bar suelen fiarle. Al verse con el billete de 100 euros en su poder, se dirige hacia allí y le paga al tabernero por las bebidas consumidas y no pagadas. Pero todos tienen algo que tapar, así que el dueño del bar se dirige hacia la prostituta del pueblo y le desliza disimuladamente el billete que le ha entregado el cliente. La prostituta es comprensiva, sabe que el bar no está pasando por su mejor momento y accedió a prestar sus servicios a crédito al tabernero. Para evitar toda indiscreción, ambos acudían al hotel del pueblo, así que la prostituta sale del local y se dirige al hotel, entregando en la recepción al dueño el billete de 100 euros con el que paga la habitación que usó hace ya unas semanas.

El propietario del hotel vuelve a meter el billete en la caja, de forma que la rica turista que acaba de llegar no sospechará absolutamente nada. En ese momento, la teutona baja de inspeccionar las habitaciones y le comunica al buen hombre que ninguna de las habitaciones que ha visto le ha gustado, así que el dueño le devuelve su billete de 100 euros y la viajera abandona el pueblo. Puede que el lector, después de entenderlo haya quedado, paradójicamente, aún más confuso. Pero al menos habrá sonreído, ¿no?

En todo este relato nadie ha producido absolutamente nada. Nadie ha invertido ni ahorrado un euro. No obstante, ni negocios ni ciudadanos locales están endeudados y, por supuesto, todos miran al futuro con mucho más optimismo.

 

Caldo, tajadas y coste de oportunidad

Aunque el refranero se va perdiendo, todavía se escucha la expresión ‘no se puede estar en el caldo y en las tajadas’. Vamos, que no se puede estar en dos cosas a la vez, que hay que elegir. Este dicho popular, tan usado por los abuelos, es la versión popular del concepto económico del coste de oportunidad. Fue quizá de lo primero que aprendí hace ya algunos años (no muchos), en mi primer año universitario. Desde entonces, es algo que institívamente viene a mi mente cada vez que tengo que elegir entre dos cosas. Aclaro, cada vez que soy consciente de que tengo que elegir, porque en realidad, cada acto, por insignificante que parezca, lleva unida la renuncia a multitud de actos alternativos. Es algo en lo que prefiero no pensar, porque me produce un vértigo que hasta puedo visualizar en forma de espiral.

El coste de oportunidad, por si después del párrafo anterior hay quien no lo tiene claro, es aquello a lo que un individuo renuncia cuando hace una elección. En esta España desquiciada, en la que nos hemos creído, porque también algunos nos lo han hecho creer, que teníamos derecho a todo y que no había que renunciar a nada, porque vivíamos en una especie de boda de Caná en la que el agua incrementaba su valor convirtiéndose en buen vino por intercesión divina, el coste de oportunidad es algo que hemos renunciado a considerar. Y como tal elección, es decir, al dedicir ignorarlo, hemos asumido un coste, que es el de una ingente legión de parados, cuentas públicas en bancarrota y una economía técnicamente muerta. Decidimos emborracharnos y ahora toca pasar la resaca.

El pasado 20 de noviembre, los españoles volvimos a elegir, en este caso, a quienes deben gobernarnos durante los próximos cuatro años. La mayoría absoluta del PP no es sólo un triunfo de este partido, sino una expresión de renuncia a los demás. Con esa decisión soberana, los españoles han vuelto a respaldar, espero, la racionalidad y apoyan una política económica y social en la que habrá que tomar decisiones, en la que habrá, por tanto, que hacer renuncias. Aún hay quien dice que con los socialistas se podía haber salido de ésta sin renunciar a nada. No es cierto. No sólo porque la UE no lo hubiera permitido, sino porque lo único que los socialistas hacen es diferir el resultado negativo de su inacción al futuro, dejando que sean generaciones futuras quienes paguen su fiesta. Gobernar es decidir, elegir y tomar de decisiones y eso, como todo en la vida, tiene un coste. Mariano, los españoles te lo han dado, así que eso es lo se espera de ti y, si hay un coste, estamos dispuestos a asumirlo.

laverdad.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.