La Verdad

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No estábamos preparados
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Alberto Aguirre de Cárcer | 12-10-2014 | 01:08

En febrero de 1993, las puertas del Centro de Investigación en Sanidad Animal de Valdeolmos (Madrid) se abrieron a un grupo de periodistas. Solo unas horas después, ese laboratorio de alta seguridad biológica iba a ser inaugurado por el ministro de Agricultura, Pedro Solbes, y a partir de entonces solo entrarían los 250 científicos que trabajarían allí bajo la dirección del virólogo murciano José Manuel Sánchez-Vizcaíno. Era un auténtico fortín. Puertas neumáticas, ventanas blindadas, sistemas dobles de filtros de aire, conducciones selladas y duchas de descontaminación para el personal. Todo para evitar la fuga de virus que habían causado daños económicos muy importantes en la ganadería española, como los virus de la peste porcina africana y la fiebre aftosa. En ese laboratorio, entonces uno de los siete en el mundo con nivel de contención biológica P3, no se iba a investigar el ébola porque no es un patógeno animal, pero aunque se hubiera querido carecía del nivel máximo de contención que exige la OMS para entrar en contacto con un virus que, siendo mucho menos contagioso, tiene alta mortalidad y carece de terapia. Veintiún años después en España no hay un laboratorio de nivel P4. Tampoco tiene hospitales con los aconsejables requisitos de bioseguridad ni profesionales sanitarios adiestrados para tratar, sin riesgo, la infección por ébola. Tras visitar el Carlos III de Madrid, el Centro de Control de Enfermades de la UE recalca que sus infraestructuras no son adecuadas para una emergencia de este tipo. Ya en los años 90, en plena explosión del sida, el Carlos III era un referente de excelencia médica. Pero no por sus equipamientos sino porque reunía a los mejores expertos en enfermedades infecciosas y tropicales. A muchos los conocí entonces por razones profesionales. A otros como paciente, cuando en 1995 ingresé por una varicela que derivó en una severa neumonía. Durante diez días ocupé una habitación de aislamiento en las plantas superiores del centro, las mismas donde permanecieron los dos religiosos fallecidos y está la auxiliar de enfermería Teresa Romero. Por esas mismas fechas surgió el primer brote importante de ébola en África. Saltó la alerta en Europa porque ya en los 80 se detectó un caso sospechoso en el aeropuerto de París. La amenaza podía ser remota, pero era real, advertían los científicos. Sin embargo, en la parte asistencial se ha hecho muy poco en dos décadas para encarar una crisis sanitaria por ébola y otros virus hemorrágicos emergentes. La decisión de repatriar a los religiosos estaba justificada por razones humanitarias, aunque desde el punto de vista de la salud pública era discutible. Se corría un riesgo que solo era asumible si la preparación y el cumplimiento de protocolos se afinaban al máximo. La realidad ha sido, por desgracia, bien distinta. No ha podido ser más escandalosa la cadena de errores de organización, supervisión y seguridad.

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