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Nada puede seguir igual

Los partidos están obligados a escuchar el histórico y transversal clamor de millones de mujeres. Pero no solo ellos. El 8-M fue una interpelación directa a cada hombre, empresa, institución y organización social del país

Han pasado 41 años desde que un centenar de mujeres reivindicaron sus derechos por primera vez durante la Transición democrática en un 8-M. La concentración tuvo lugar en el Pozo del Tío Raimundo, la barriada obrera de Vallecas que pocos años después dejaría de ser una de las mayores bolsas de chabolismo de Europa. Al cabo de un lustro, las manifestaciones convocadas por los movimientos feministas crecieron en asistencia, aunque no superaban, en la mejor de las estimaciones, las diez mil participantes en la ciudad más poblada de España. Protestas que casi siempre discurrían desde la estación de metro de Estrecho, en la popular calle de Bravo Murillo, hasta la plaza de Cuatro Caminos. A esas movilizaciones de mediados de los 80 acudían históricas activistas, como Justa Montero, Consuelo Abril o Empar Pineda, pero apenas se veían políticos. Tampoco de izquierdas. A veces ni siquiera acudían los dirigentes de los sindicatos que, en ocasiones, coorganizaban esas protestas. En aquellos tiempos, me dicen, se contaban solo por decenas quienes acudían a la llamada del 8-M hasta la plaza murciana de Santo Domingo. Pero este último Día Internacional de la Mujer ha sido otro cantar. Cientos de miles de mujeres pararon, hicieron huelga o se manifestaron en las principales arterias de todas las grandes ciudades para reivindicar su protagonismo y protestar contra la violencia machista, la brecha salarial o los techos de cristal. Fue una histórica movilización, ideológicamente transversal, que desbordó todas las expectativas, aunque semanas antes había indicios de que en este 8-M algo grande podía suceder. El malestar de las mujeres se palpaba en la calle y lo reflejaban los sondeos de opinión. Con la violencia de género sin signos de remisión y la precariedad laboral cebándose especialmente en ellas, las mujeres acumulaban sobradas razones para la protesta. Los sindicatos UGT y CC OO, tan ausentes en los últimos años, mostraron la sensibilidad oportuna, aunque fueron las organizaciones feministas y otros colectivos afectados, como las periodistas, quienes catapultaron la convocatoria hasta su deslumbrante magnitud.
Las discrepancias sobre el alcance de la movilización, entre quienes abogaban por un paro de dos horas o una huelga en toda regla, tuvieron un epílogo marginal cuando, entrada la noche, cientos de miles de mujeres tomaron las calles hasta formar un gigantesco caudal unitario en favor de sus derechos. Transversal pero monolítico en la exigente reivindicación. Ni los más optimistas daban crédito ante tamaña movilización. La masiva marcha por la Gran Vía de Murcia fue impresionante. Toda una interpelación directa a cada hombre de esta Región, que ni debe ni puede caer en saco roto. Se avecinan, afortunadamente, malos tiempos para los ‘machos alfa’, ‘sietemachos’ y demás ‘fauna’ machista, que, admitámoslo, es amplia y diversa en sus distintas intensidades dado que muchos, si no prácticamente todos los hombres, crecimos en tiempos donde no existió más educación en igualdad que la recibida en cada casa.
El clamor del 8-M alcanza también de lleno a todos los partidos políticos. Y en especial al Gobierno de Rajoy, que no vio venir esta marea de mujeres de toda sensibilidad política hasta el último instante, como ya ocurrió con las protestas de los pensionistas, después de tildar de ‘elitista’ e ‘insolidaria’ la convocatoria de una huelga feminista, pensando que se trataba solo de una movilización ideada por la izquierda para instrumentarla políticamente. Superado el desconcierto, Rajoy deberá reaccionar ante este irrefrenable movimiento social como corresponde al presidente del Gobierno. No basta con asumir las reivindicaciones genéricas expresadas el 8-M o exhibir lo hecho en esta materia, que sin duda algo hay, pero dista mucho de lo reclamado. Porque el mensaje principal de esa jornada fue que el ritmo exigido hacia la igualdad real debe ser mucho más veloz del imaginado hasta ahora por todos. Una conclusión que es extensible para el conjunto de las instituciones, organizaciones sociales y empresas de todo el país. Nada puede seguir igual. Las formaciones políticas e instituciones más refractarias a estas demandas de la mitad de la población se equivocan si piensan que estamos ante un fenómeno pasajero, un desahogo colectivo que se diluirá hasta el próximo 8-M. Pronto la ciudadanía empezará a pedir cuentas por los retrasos en la puesta en marcha de algunos avances conseguidos. No tiene un pase, por ejemplo, que buena parte de las medidas consensuadas en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género no puedan aplicarse porque no se han librado ya los 200 millones de euros comprometidos. Bloqueada por la situación de ingobernabilidad en Cataluña, la consiguiente falta de apoyos para aprobar los Presupuestos y las distintas estrategias partidistas para las elecciones de 2019, la agenda política se aleja vertiginosamente de la agenda social, que discurre por derroteros muy distintos de lo que preocupa y urge en las alturas. A la vista está que las reivindicaciones del 8-M no admiten más esperas.

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