La Verdad
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Autor: Alberto Aguirre de Cárcer
Una fecha para el AVE
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Alberto Aguirre de Cárcer | 21-11-2016 | 7:33| 0

No me gustan los políticos que alegremente ponen fechas a las grandes infraestructuras, más aún si no dependen de ellos. Pero estando las obras del AVE a las puertas de Murcia, de la reunión entre el ministro de Fomento y el presidente regional hoy debe salir una fecha concreta para la llegada de la alta velocidad. Una fecha que comprometa al Ministerio y le obligue a cumplir después de tanto retraso acumulado. En privado, el anterior ministro aludía a mayo de 2017, la Consejería prefiere hablar del primer semestre y la Croem opta por pensar que será en el segundo. Esa fecha concreta es lo mínimo exigible cuando aún no sabemos cómo el AVE afectará a las cercanías con Alicante, cuánto tiempo llegará provisionalmente en superficie y cuándo comenzará el soterramiento de la estación de El Carmen.

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Pacto energético
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Alberto Aguirre de Cárcer | 20-11-2016 | 7:48| 0

El acto celebrado ayer por la Asociación Nacional de Productores Fotovoltaicos (Anpier), castigados en los últimos años por el impuesto al autoconsumo eléctrico y la inseguridad jurídica que produjeron los sucesivos recortes retroactivos a las primas, fue una demostración palpable de la urgente necesidad de transitar, con la mayor celeridad y consenso, hacia un nuevo modelo energético que priorice el uso de energías renovables, limpias y cada vez más baratas. Un modelo que acelere el ritmo de reducción de combustibles fósiles, no ponga trabas al autoconsumo, sea equitativo en el reparto de costes, garantice el suministro y reduzca nuestra dependencia de terceros países y que, siendo financieramente sostenible, impida dejar al margen de la cobertura energética a las personas más vulnerables. Con el argumento tan discutible de la reducción del déficit de tarifa, los últimos gobiernos nacionales han propinado gigantescos varapalos a los inversores y productores fotovoltaicos, muchos de ellos en la Región de Murcia, que tan falta está de agua como sobrada de horas de sol. Con matices, pero aparentemente unidos en lo esencial, los partidos murcianos y todos los agentes sociales y económicos están comprometidos con el impulso de las energías renovables, fundamentalmente la solar, por las oportunidades económicas y laborales en una región con todas las condiciones propicias para liderar ese tránsito hacia un nuevo modelo energético. No solo disponemos de energía solar en abundancia. También contamos con el conocimiento tecnológico y el espíritu emprendedor suficiente para catapultar el sector fotovoltaico como se hizo con la depuración de aguas y el sector agroalimentario. La eliminación por el Gobierno regional del peaje al autoconsumo eléctrico, anunciada ayer, es una buena noticia para miles de particulares y empresas, aunque sorprende que se haga sin esperar a que el Constitucional, que ha rechazado las medidas cautelares solicitadas por el Ministerio, se pronuncie sobre el fondo del recurso del Gobierno central. Tan importante como eliminar el ‘impuesto al sol’ es acabar con la inseguridad jurídica.

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La batalla de Madrid
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Alberto Aguirre de Cárcer | 20-11-2016 | 7:47| 0

Con su singular ironía, el escritor y periodista pontevedrés Julio Camba decía allá por 1920 que el «hijo de un gran político gallego tiene desde su nacimiento categoría de ministro; el sobrino tiene categoría de subsecretario o de director general, y así sucesivamente». Galicia, escribía Camba, es tierra de sardinas y políticos: «Las sardinas nacen unas de otras, y los políticos también». Casi un siglo después, las cosas son bien diferentes. Incluso en la patria chica de Rajoy. En la Región de Murcia, los hijos de los grandes políticos, de haber o haberlos habido, nunca han nacido con una potencial cartera ministerial bajo el brazo. A diferencia de la vocación empresarial, que aquí se hereda, la política solo excepcionalmente se trasmite a los vástagos. Gestionar el patrimonio propio siempre ha interesado más que gestionar el de todos. Si a la falta de ADN político por vía germinal se suma un liviano peso en Madrid, propio de una región uniprovincial, no es de extrañar la corta lista de ministros murcianos en la historia de España. Puede que el oficio de ministro esté sobrevalorado desde que ya no reporta, como sugería Camba con su particular humor, un puerto y varias carreteras para el territorio de origen. Pero en nuestro país aún conviene mucho tener aliados en los distintos escalones del Ejecutivo que sean sensibles a los problemas y reivindicaciones regionales. Sobre todo porque nuestra dependencia de la Administración central, tan propensa a los atascos burocráticos, es aún abrumadora en múltiples asuntos. El nuevo Ejecutivo de Rajoy está aún por completar, pero, de momento, hay pérdida de peso específico con las salidas de Isabel Borrego (aunque entró en su día como cuota balear) y, sobre todo, de Jaime García-Legaz. Los exportadores del sector agroalimentario echarán de menos a quien, después de dar no sé cuántas vueltas al mundo en los últimos años, quiere ver crecer a su hija de seis años y deja voluntariamente la Secretaría de Estado de Comercio para incorporarse a la Compañía Española de Seguros de Crédito a la Exportación (Cesce). Poco dado al lucimiento personal, ha resuelto no pocos problemas a los exportadores murcianos. Antes de irse, ha dejado franqueada la puerta del mercado chino a la fruta de hueso de la Vega Media a través del ‘tren de la seda’. Y, probablemente, seguirá desde la Cesce siendo un aliado de los intereses murcianos. La buena noticia de la semana es la vuelta de Juan María Vázquez a la Secretaría General de Ciencia y Competitividad, un puesto de gestión clave porque orquesta todo el sistema nacional de I+D+i. Su aportación puede ser decisiva para la captación de fondos y la puesta en marcha de la Agencia Regional del Conocimiento que impulsa Pedro Antonio Sánchez.
El presidente ha entendido bien la importancia de hacer política tanto en el Congreso como en la sede nacional de su partido y el Ejecutivo central. Se le podrán achacar no pocos errores y carencias en su equipo, pero no cabe escatimarle el reconocimiento a su entrega y capacidad de trabajo, gran parte volcado en Madrid. La reunión con cinco ministros en siete días, a partir de mañana, es una muestra de ese empuje. Ahora bien, es el momento de los resultados. Con la foto y vagas promesas no basta. Y lo sabe. Proyectos como el AVE a Murcia y Cartagena, en los términos pactados con la oposición, no pueden esperar más. La Región acabará el año con un crecimiento económico superior al 3% que podría haber reportado muchos más beneficios a la sociedad murciana con esas infraestructuras en funcionamiento. Hay que pelear el agua, el Corredor Mediterráneo y cambios legislativos que impulsen la fotovoltaica. Desde ya.

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Fiesta de los maniquíes
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Alberto Aguirre de Cárcer | 18-11-2016 | 11:36| 0

Ayer, en Cartagena, a los diputados del PP les dio por hacer en el hemiciclo la última gracieta de moda en las redes sociales, posar como maniquíes para un vídeo grupal. A los de Ciudadanos por teatralizar una impostada ruptura con el Gobierno en la negociación de los Presupuestos. Y al PSOE por amagar con enviar al TC la ley de simplificación administrativa. Nada de eso irá a ningún lado, aunque la palma de los despropósitos sin futuro fue la propuesta aprobada que insta al Gobierno a que la Región tenga el mismo horario que Canarias. Pedimos lo contrario que Baleares y la Comunidad Valenciana, que quieren que anochezca una hora más tarde para favorecer el turismo. Ya puestos, propongo que a las dos horas de diferencia resultantes entre Murcia y Orihuela o Campoamor, Madrid añada otra hora más y así nos ahorramos Camarillas y el AVE. Caben dos posibilidades. O a unas cuantas señorías les sobran muchas horas y se aburren, o se están volviendo nihilistas. Pavoroso.

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Trump y la dinastía del pato
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Alberto Aguirre de Cárcer | 13-11-2016 | 7:49| 0

Un par de meses después de la fallida Cumbre Mundial por el Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, que terminó en agosto de 2002 con una sonora pitada a Colin Powell, quien dio la cara por la espantada de George Bush, el Departamento de Estado organizó una visita a EE UU de periodistas europeos para intentar revertir la penosa imagen medioambiental que ofreció al mundo. Durante dos semanas, en compañía de tres colegas de Alemania, Dinamarca y Letonia, me entrevisté con investigadores en el MIT de Boston, alcaldes y responsables políticos del Gobierno federal, pero también con granjeros, fabricantes de especias orgánicas, activistas medioambientales y expertos implicados en la recuperación medioambiental de grandes espacios naturales amenazados.
La escala más interesante del viaje fue el Estado de Vermont, convertido en un auténtico oasis en materia de desarrollo sostenible, gracias en buena parte al liderazgo del exalcalde y senador Bernie Sanders, quien disputó este año a Hillary Clinton la candidatura demócrata a la Casa Blanca. Entonces, la mano derecha de Sanders, Peter Clavelle, era el alcalde de la capital de Vermont, Burlington, una ciudad volcada con el cumplimiento de las recomendaciones de la llamada Agenda 21, fijada diez años antes en la Cumbre de Río para lograr un desarrollo sostenible. El compromiso cívico de Burlington era ejemplar. En el proyecto estaban implicados desde la Universidad de Vermont, la alcaldía y la Cámara de Comercio a colectivos vecinales, asociaciones ecologistas y los agricultores y ganaderos de una ciudad abastecida en una gran parte con energías renovables, con viviendas para los jóvenes, con tren de cercanías, consumidora de productos orgánicos producidos en múltiples granjas locales y volcada en la recuperación de un lago, llamado Champlain, en riesgo como nuestro Mar Menor por los nitratos y los fosfatos generados por la actividad agrícola.
Pero Burlington era, y es, una minúscula gota de 40.000 habitantes en un heterogéneo país donde el grueso de sus 287 millones de habitantes no estaban por la labor de reducir el uso de combustibles fósiles. Pese a ser un caso excepcional, esa comunidad local, como el resto de EE UU, ya comenzaba a sufrir hace catorce años los efectos de la globalización y la consiguiente desconfianza hacia las elites políticas. La madera china hacía añicos la actividad económica que generan los espectaculares bosques de Vermont, donde se temía, además, que el mercado internacional arruinase su pequeña pero vital red de granjas lácteas. En ese estado, que sigue siendo el más izquierdoso del país, Clinton ganó el martes holgadamente a Trump, que se llevó el triunfo final al arrasar con sus mensajes populistas (’América primero’) en el vasto territorio rural, de profundas convicciones religiosas y conservadoras, que se extiende entre ambas costas de Estados Unidos. Las proclamas identitarias y contra el ‘establishment’ de Washington que represataba Hillary Clinton calaron en la clase blanca trabajadora de las empobrecidas zonas industriales del Medio Oeste y en los ‘rednecks’ del medio rural. Es la América invisible, el auténtico macizo de la raza, que no entra en contacto con los millones de turistas europeos que visitan Nueva York, Boston o Los Ángeles. Es la América que aún recela de la teoría evolutiva de Darwin y que no se informa a través de los periódicos más influyentes. A veces ni siquiera por las grandes cadenas de televisión, sino por las redes sociales, donde la verdad carece de importancia si lo que se cuenta entretiene y tiene capacidad viral. Que no disfrutan, como los europeos, con series como ‘Sexo en Nueva York’ o ‘The Big Bang Theory’, sino con realitys de audiencias masivas en la tv por cable, donde los protagonistas son personas reales de esa América profunda, como ‘Duck Dinasty’ (La dinastía del pato), el día a día de una montaraz familia de Louisiana que se hizo millonaria vendiendo reclamos para cazar patos, sin esconder un ápice sus actitudes homófobas y xenófobas.
Pero explicar los resultados de las elecciones estadounidenses como una mera reacción contra el sistema de millones de supuestos paletos racistas sería simplista y equivocado. Que un personaje tan execrable como Donald Trump haya ganado unas elecciones democráticas en EE UU es un aviso de algo mucho más profundo, que está dando alas a las vías más populistas en América y Europa. Aquí como allí, las consecuencias de las políticas de ajuste tras la crisis financiera de 2007 han conducido a un empobrecimiento generalizado de las clases medias y trabajadoras. Obama terminará su mandato con una tasa de paro inferior al 5%, pero con pérdidas de poder salarial que alcanzan a una amplia capa de la población, muy recelosa con una nueva economía global que acentúa las desigualdades sociales. Es indudable que la apuesta de China por un capitalismo salvaje, en términos de costes salariales y derechos de los trabajadores, ha llevado a una profunda caída de la producción industrial en Occidente, no solo en Michigan, Ohio, Pensilvania o Wisconsin. Pero que la solución sean las propuestas de Trump, contrarias a los tratados comerciales, es otra cosa distinta y discutible porque el nuevo presidente ha desestimado que el principal factor para el declive de muchas industrias tradicionales es el cambio tecnológico, y no la supresión de aranceles.
El pesimismo económico, la desafección hacia la clase política y el miedo a la inseguridad colectiva han llevado a la Casa Blanca a un líder político sin experiencia, equipo y conocimiento de los grandes asuntos internacionales. Con el país completamente dividido por una campaña plagada de descalificaciones, Trump se dispone a tomar el mando sin que existan más referencias de su posible acción de gobierno que vagas promesas genéricas y su ristra de improperios y actitudes agresivas hacia numerosos colectivos. Aunque el propio partido republicano pueda embridar posibles desatinos en ambas Cámaras y la propia gobernabilidad le empuje a la moderación, los grandes acuerdos climáticos, comerciales y de defensa con la UE están claramente amenazados. Se avecinan nuevos tiempos de mayor inestabilidad e incertidumbre.

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