La Verdad
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Autor: Alberto Aguirre de Cárcer
Bernal y el PSOE tenían razón
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Alberto Aguirre de Cárcer | 17-02-2016 | 6:49| 0

El exconsejero y vicepresidente Juan Bernal, atónito ante el recurrente déficit del Servicio Murciano de Salud y obligado por la Ley de Estabilidad Presupuestaria a mirar el destino de cada euro, decidió en el momento más crudo de la crisis intervenir las cuentas del SMS para someterlas a un estricto control. El más riguroso consejero de Hacienda de los Gobiernos del PP, en el mejor sentido de la palabra, debía sospechar en 2012 que la gestión del SMS distaba de ser la más eficaz. Los informes de la Intervención que viene desvelando ‘La Verdad’ del primer año de supervisión vienen a darle la razón. Y de paso al PSOE, que ya denunciaba la situación en la Asamblea en base a las auditorias internas del SMS. Ahora resta saber lo que más interesa hoy: qué han hecho desde entonces los distintos responsables de Sanidad para corregir las ineficiencias, errores e irregularidades destapadas.

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ADN político
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Alberto Aguirre de Cárcer | 14-02-2016 | 7:33| 0

Hace unos 60.000 años, un grupo de humanos anatómicamente modernos abandonaron África. Estos Homo sapiens de los que desciende toda la humanidad se mezclaron en ocasiones con los neandertales y otras poblaciones de humanos más arcaicos que encontraron a su paso en su expansión por Europa y Asia. Hoy se sabe que en el ADN de quienes poblamos el Viejo Continente existe entre un 1% y un 4% de material genético que hemos heredado de los neandertales. Es un pequeño legado genético que parecía intrascendente hasta que científicos estadounidenses detallaron este viernes que parte de ese ADN neandertal de nuestras células está asociado a una amplia variedad de patologías inmunológicas, dermatológicas y psiquiátricas. Si los primeros humanos modernos se hibridaron con los neandertales en su expansión por Euroasia fue porque ese mestizaje tuvo que ofrecer ventajas competitivas de forma inmediata para sobrevivir, aunque por lo visto eso dejó unos cuantos pelos en la gatera de nuestro genoma. A los neandertales les fue mucho peor. Acabaron desapareciendo de la faz de la tierra. Las únicas huellas que quedan de su existencia son huesos fosilizados y ese ADN en nuestro genoma.

Desde los primeros humanos hasta nuestros días, la historia de la política ha sido un relato de disputas y alianzas para conquistar el poder y controlar el territorio. Los nuevos partidos surgidos en España vienen con la intención de sustituir a los antiguos, como hicieron los sapiens con los neandertales, pero a través de procesos democráticos y si es preciso, llegando inicialmente a acuerdos con ellos. De momento, populares y socialistas han aguantado el empuje de los emergentes. Son inexpertos y están menos organizados, pero avanzan deprisa porque apenas han tocado poder y viajan con una mochila desprovista de múltiples casos de corrupción. No son ni mejores ni peores, pero se adaptan con más habilidad al cambiante ecosistema mediático y social. No tener pasado es más un ventaja que una tara, aunque algunos intentan acelerar el ‘sorpasso’ porque las primeras experiencias de gestión en las grandes ciudades empiezan a pasar factura. Como los anteriores, también actúan como una tribu, proclive al sectarismo y al cierre de filas. No olvidan que en política rige la selección natural. Solo sobreviven los más fuertes y cohesionados. Que Podemos quiere reemplazar al PSOE como primera fuerza de la izquierda no es un secreto. A ello contribuyeron los propios socialistas, poniéndolos al mando de Madrid y Barcelona, porque con esos matrimonios de conveniencia desplazaban a los populares. Ahora Pedro Sánchez tiene la oportunidad de alcanzar La Moncloa con un acuerdo de gobierno que pasa ineludiblemente por incluir a Podemos o a Ciudadanos. Si fracasa, Rajoy tendría su oportunidad, hoy bastante remota porque depende del voto favorable de Ciudadanos y la abstención del PSOE. En cualquiera de las opciones posibles, las nuevas formaciones ya han logrado su primer objetivo. A pesar del menor respaldo electoral, los errores de los otros les han hecho imprescindibles.

Enfrentados, con todos los puentes rotos, PP y PSOE dirimen estos días quién ocupará el poder, aunque del desenlace de los pactos de gobierno también depende la propia supervivencia política de Rajoy y Sánchez, que están vinculando la suerte de las formaciones que dirigen a las suyas. Por encima de los intereses de partido, y ya no digamos de los personales, están los nacionales, pero esto último parece secundario en un momento donde la incertidumbre institucional no hace sino empeorar los efectos de desaceleración económica en Europa. La imagen de conjunto que proyectamos al exterior es de enorme debilidad política, con un presidente en funciones sin iniciativa y acorralado por la corrupción en su partido, y un candidato derrotado en las urnas, que sin embargo podría lograr la investidura y liderar una incierta etapa de muy complicada gobernabilidad. Los pactos, si llegan, garantizarán una supervivencia inmediata para unos u otros, pero no necesariamente una larga y saludable vida. La hibridación en política también deja secuelas. Pase lo que pase, un nuevo ADN político se ha abierto paso e imprimirá su huella, quede lo que quede.

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El bulo, el negocio y el blablablá
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Alberto Aguirre de Cárcer | 12-02-2016 | 10:09| 0

La primera reunión de la comisión de investigación sobre la desaladora fue un penoso juego de espejos deformantes. Valcárcel dijo que los 600 millones de coste para las arcas públicas es un bulo y ni el presidente de la comisión, Miguel Sánchez, ni ningún otro miembro de la oposición demostró saber que esa cifra figura en los informes jurídicos y en la propia Ley de Presupuestos de 2014, donde se detallaba el riesgo financiero de la demanda de Hydro Management. Tiene su cosa que ni siquiera se acordara Garre, ya que él era el responsable de ejecutar esas cuentas que le dejó Valcárcel. Ese, y no otro, es el coste para las arcas hasta 2034 si prosperase la reclamación judicial de la propietaria, que ahora aceptaría su compra por 180 millones de euros. Como a los cuatro partidos les importa poco el déficit público, por ahí parece que irá la solución para una planta que la CHS autorizó en noviembre de 2005 (pese a todo el blablablá de verdades a medias ante los cándidos inquisidores) para un negocio urbanístico llamado ‘Novo Carthago’.

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El bulo, el negocio y el blablablá
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Alberto Aguirre de Cárcer | 12-02-2016 | 10:09| 0

La primera reunión de la comisión de investigación sobre la desaladora fue un penoso juego de espejos deformantes. Valcárcel dijo que los 600 millones de coste para las arcas públicas es un bulo y ni el presidente de la comisión, Miguel Sánchez, ni ningún otro miembro de la oposición demostró saber que esa cifra figura en los informes jurídicos y en la propia Ley de Presupuestos de 2014, donde se detallaba el riesgo financiero de la demanda de Hydro Management. Tiene su cosa que ni siquiera se acordara Garre, ya que él era el responsable de ejecutar esas cuentas que le dejó Valcárcel. Ese, y no otro, es el coste para las arcas hasta 2034 si prosperase la reclamación judicial de la propietaria, que ahora aceptaría su compra por 180 millones de euros. Como a los cuatro partidos les importa poco el déficit público, por ahí parece que irá la solución para una planta que la CHS autorizó en noviembre de 2005 (pese a todo el blablablá de verdades a medias ante los cándidos inquisidores) para un negocio urbanístico llamado ‘Novo Carthago’.

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El nuevo adanismo
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Alberto Aguirre de Cárcer | 07-02-2016 | 7:38| 0

Pablo Iglesias, el líder de Podemos, era unos meses mayor que el bebé de Bescansa cuando entré a estudiar en la Complutense. Era el año 1979 y la democracia estaba todavía en plena construcción. Se habían legalizado los partidos políticos, incluido el PCE, y los españoles habían aprobado mayoritariamente con su voto la Constitución de 1978. Los cimientos habían sido colocados, pero la estructura del edificio democrático era aún muy frágil. Una inflación desbocada, el terrorismo de ETA golpeando todas las semanas y una parte de la sociedad que todavía se resistía al avance del nuevo régimen de libertades representaban una constante amenaza para el camino emprendido tras la muerte de Franco, como se vio dos años después con el fallido ‘tejerazo’. La Universidad pública era entonces un hervidero de agitación política caldeado por abundantes docentes en condiciones precarias, los profesores no numerarios (‘penenes’) que carecían de contratos laborales y seguridad social, y unos estudiantes masificados en sus aulas, que protestaban en la calle contra la Ley de Autonomía Universitaria o en favor de nuevos derechos para los trabajadores. Ese invierno murieron dos estudiantes en una manifestación en Madrid y frecuentemente el campus era asaltado, con palos y pistolas, por grupos de ultraderechistas.

Cuando Pablo Iglesias y otros miembros de la cúpula de Podemos proponen ahora abrir «el candado del 78» y describen la Transición como un pacto de las viejas «élites políticas» no solo revisan la historia de forma sectaria e interesada, sino tremendamente injusta. Primero, porque el comportamiento de todas las fuerzas democráticas con representación parlamentaria, con sus aciertos y errores, fue ejemplar para llevar a buen término el paso a la democracia. Y en segundo lugar porque no se concede el más mínimo protagonismo en ese proceso histórico a miles de jóvenes y trabajadores que contribuyeron a afianzar en las calles las aspiraciones de libertad y derechos sociales que los sectores afines al franquismo querían impedir a cualquier precio. Excluir al pueblo español de las conquistas democráticas logradas en la Transición refleja una ignorancia supina sobre un convulso y difícil tramo de nuestro pasado, en el que muchos ciudadanos anónimos, para forzar la consolidación de los cambios, se dejaron la piel. Algunos, lamentablemente, en el sentido más literal. Lanzar esos mensajes a las jóvenes generaciones actuales es contribuir a un engaño masivo. Equivaldría a explicar, pasados los años, que el éxito electoral de Podemos se debe a la capacidad de liderazgo de Iglesias y Errejón, obviando el papel que muchos y variopintos colectivos sociales jugaron en estos años de crisis con sus movilizaciones.

Muchos españoles comparten hoy la idea de que nuestro sistema político sufre síntomas de agotamiento y precisa de una profunda regeneración, que implica reformas puntuales de la Constitución. Pero presentar la Carta Magna del 78 como el gran obstáculo para nuestro país, cuando representó el pilar de nuestro más longevo periodo de convivencia democrática, es algo más que un error histórico, es una auténtica estafa social. La corrupción, a la que el PP ha sido incapaz de hacer frente en su seno, ha hecho en los últimos cuatro años el caldo gordo a quienes hicieron fortuna desde los platós con el eslogan de la ‘casta’ dirigido a los dos grandes partidos, los mismos que vieron durante los años más duros del terrorismo cómo asesinaban a sus concejales en el País Vasco por defender las libertades protegidas por la Constitución. Uno de los grandes dramas de nuestra democracia ha sido precisamente constatar cómo, en algunos partidos democráticos que representan a millones de españoles, unos se dedicaban en algunas latitudes a forrarse o a cometer todo tipo de corruptelas para mantenerse en el poder mientras otros compañeros de formación política vivían bajo la amenaza de las pistolas de los terroristas. Pero confundir interesadamente una parte con el todo es manchar la memoria de políticos sin tacha, desde Gregorio Ordóñez y Miguel Ángel Blanco a Fernando Múgica y Ernest Lluch. La ausencia de voluntad política de los dirigentes que debían haber cortado las corruptelas ha dejado el terreno abonado para adanistas y demagogos que han sabido aprovechar la indignación ciudadana para autocalificarse como la formación que representa a «la gente», como si los votantes del resto de partidos tuvieran una condición diferente. En el colmo de la osadía, Pablo Iglesias incluso utiliza el término ‘Búnker’ para referirse al PP y el PSOE, lo que produce náuseas porque, con todos sus defectos, son partidos democráticos que nada tienen que ver con ese reducto sociológico del franquismo que promovía golpes de Estado y acosaba en las calles a líderes de la izquierda que pagaron con la cárcel su oposición al franquismo. Iglesias ha tenido la fortuna de disfrutar de un trampolín mediático que otros líderes a la izquierda del PSOE jamás dispusieron en los años 70. Entonces los jóvenes de ese espectro ideológico tenían sus propios iconos, como una joven sevillana llamada Pina López Gay, a quien se conoció como la ‘rosa roja’ de la Transición. A ella, uno de los líderes del Partido del Trabajo, le abrieron dos consejos de guerra y sufrió varias agresiones de grupos de ultraderecha. Su mayor gesto de frivolidad, si así puede llamarse, fue enseñar en una asamblea de militantes las marcas de los latigazos que quedaron en su espalda en uno de esos ataques. Qué diferencia entre aquellos y los líderes de la nueva izquierda radical, con una ideología que muta con fluidez según la coyuntura y sin un pasado de lucha por las libertades, ocupados como estaban en el asesoramiento de regímenes populistas que encarcelan a disidentes políticos.

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