La Verdad
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Autor: Alberto Aguirre de Cárcer
El sentido común
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Alberto Aguirre de Cárcer | 21-12-2014 | 8:03| 0

Han corrido ríos de tinta en los últimos años sobre la influencia del ensayo ‘¡Indignaos¡’ de Stephane Hessel en las protestas sociales contra la crisis en Europa, pero aún está lejos del impacto que tuvo otro, redactado siglos antes por Thomas Paine. Fechado en 1776 y titulado ‘El Sentido Común’, ese corto escrito allanó el camino de la Declaración de Independencia de Estados Unidos y contiene los mimbres ideológicos fundamentales para entender la relación entre el pueblo estadounidense y sus instituciones de gobierno. Según Paine, el gobierno es un mal necesario para garantizar la libertad y la seguridad de los ciudadanos. «La sociedad es el resultado de nuestras necesidades, y el gobierno el de nuestras iniquidades. El gobierno es como el vestido, la divisa de la inocencia perdida. Los palacios de los reyes están edificados sobre las ruinas del paraíso», decía ese escrito que George Washington hacía leer a sus soldados. En España hay muchos políticos con vocación de servicio público y que asumen que perpetuarse en el poder y en los aparatos de los partidos solo trae problemas a la sociedad a la que se deben. Lo pernicioso es que también hay otros muchos que pierden la noción de lo que son y de dónde vienen, entrando en un bucle delirante donde el mundo gira a su alrededor y la interpretación de la realidad se hace en clave personal. Los estadounidenses lo tuvieron claro y en 1951 enmendaron su Constitución para que los presidentes solo puedan ser reelegidos una vez. En su breve etapa de gobierno, la aportación más relevante de Garre ha sido precisamente limitar la duración de los mandatos presidenciales. Y es que cuando uno pasa la mayor parte de su vida en un palacio es difícil no acabar creyéndose un rey. Está en la naturaleza humana. Poner un techo temporal por ley, como se ha hecho en la Región, fue una decisión más que acertada. Ya puestos a mejorar la confianza ciudadana en el Gobierno, Garre debería haber dado pasos en la rendición de cuentas, como ha hecho con la ley de transparencia, una norma que en este caso servirá de poco si no impregna toda la acción del Ejecutivo. Que no se hayan dado a conocer, por ejemplo, las listas de espera de la sanidad es a día de hoy inexplicable y reprochable. En los últimos días, el Ejecutivo regional informó con celeridad y claridad de la dimisión del consejero Campos y de la compleja situación del aeropuerto de Corvera, pero debía haber solicitado ya una comparecencia ante la Asamblea para informar a la oposición y someterse a su control, sin esperar a que ésta, con toda legitimidad y razones de peso, reclame la presencia de Garre, responsable máximo de los éxitos y los fracasos de su Ejecutivo. La relación entre la sociedad y el gobierno atañe a ambas partes y, de momento, da la impresión de que solo si hubiese una nítida exigencia ciudadana se reformaría el Reglamento de la cámara regional para que la rendición de cuentas esté mejor reglada y sea más frecuente.

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Indignación y miedo
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Alberto Aguirre de Cárcer | 14-12-2014 | 7:26| 0

Cuando baja la marea se sabe quién nadaba desnudo, quién crecía con un modelo productivo vulnerable, quién cometió errores de gasto público que se han incrustado en las cuentas que soportan los contribuyentes, quién tomó decisiones de alto riesgo en operaciones financieras que al final pagamos todos. A toro pasado saltan a la vista los despilfarros, las decisiones erróneas y precipitadas, las presuntas corruptelas, la indolencia en las tareas de supervisión y la ausencia de códigos éticos en la gobernanza de los asuntos públicos y privados. No se puede descontextualizar todo lo anterior de un momento en el que parecía que los españoles nos íbamos a comer el mundo, pero tampoco utilizar ese clima general de euforia como eximente para eludir responsabilidades particulares que tienen nombre y apellidos. Ni la mayoría de los ciudadanos pedía créditos para irse de vacaciones al Caribe ni todos los gestores, públicos y privados, actuaron de forma insensata. Pese al mensaje de Rajoy de que la crisis es historia y de que las perspectivas económicas son ciertamente mejores en 2015, llegamos a finales de 2014 con una herencia política, económica y social que se traduce en numerosas causas judiciales por corrupción, una tasa de paro que costará años reducir y una creciente desigualdad social. Lo sensato sería encarar con responsabilidad este delicado panorama, pero lejos de apelar a la razón, muchos dirigentes políticos se afanan en activar dos resortes emocionales muy útiles para sus fines electorales: la indignación y el miedo. La indignación es el punto de partida de un sentimiento generalizado de la sociedad española actual en favor de una regeneración democrática, como también lo fue para el reducido grupo de nostálgicos franquistas que propiciaron el fallido 23F. La indignación no siempre conduce a más democracia. Torticeramente manipulada, es la mejor madera para el nacionalismo y el populismo, ese que no solo practica ‘Podemos’, que es quien obtiene hoy más rédito, sino también quienes desde otros partidos abogan por rebajar las retribuciones de los altos cargos o quienes aseguran que el aeropuerto de Corvera no costará nada a los ciudadanos. La otra palanca es el miedo, la mayor fuente de irracionalidad. En el Medievo, los hombres temían a las brujas y quemaban a las mujeres. Y no hace mucho, tras el trauma colectivo del 11-S, la estrategia del miedo permitió al Gobierno de EE UU recortar las libertades ciudadanas en aras de la seguridad, sin apenas oposición de una sociedad que ahora se espanta al conocer las torturas practicadas por la CIA. Veo que el miedo y la indignación se están imponiendo hoy al pensamiento reflexivo en España y eso no presagia nada positivo, en términos de calidad democrática, si en la campaña electoral el PP se limita a recurrir al voto del miedo frente a la izquierda, el PSOE se lanza a competir en recetas populistas con Podemos y éstos a sacar toda la tajada posible del malestar social.

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Sobre la Constitución
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Alberto Aguirre de Cárcer | 07-12-2014 | 8:20| 0

Treinta y seis años después de la aprobación de la Constitución de 1978, la ley de leyes que ha propiciado el más largo periodo de estabilidad democrática en España, despuntan preocupantes signos de hastío y desencanto que han erosionado la confianza en las principales instituciones del Estado y, lo que es peor, en el propio sistema democrático. La Carta Magna fue fruto de unas circunstancias históricas excepcionales donde todos los actores implicados en ese proyecto constituyente supieron pactar reclamaciones y renuncias en aras de un objetivo común que prevaleció por encima de divergencias ideológicas: la apuesta decidida por la democracia. Casi cuatro décadas después, ese torrente de energía inicial puesta al servicio de ese fin superior se ha ido degradando de forma que la mayor parte de los esfuerzos colectivos se dispersan ahora en multitud de objetivos partidistas que acrecientan esa sensación de país sin proyecto común. La democracia española sufre los efectos de lo que los físicos denominan entropía, una acumulación de energía inútilmente gastada, un incremento de la percepción de desorden interno y una necesidad de hacer esfuerzos descomunales para llegar a consensos básicos. Si los principios de las leyes de la termodinámica pudieran aplicarse a la política habría que concluir que no hay reversibilidad y que este proceso de degradación seguirá en el futuro. A mi juicio, se equivocan quienes sitúan el foco del problema en la Constitución y consideran que, con su puesta al día o su completa revisión, se recuperará esa inyección vigorizante que necesita nuestra democracia. Al contrario, ha sido precisamente la herramienta legal que garantizó la pervivencia del estado de Derecho. Ese es el error de partida de Podemos cuando habla de forma insensata del ‘candado del 78’. Quienes éramos jóvenes en esa época sabemos que la Constitución no solo fue posible por el ‘haraquiri’ de la élite tardofranquista y por una inusual concurrencia de políticos como Suárez y otros. También fue producto del empuje de estudiantes, trabajadores y otros colectivos sociales que presionaron para lograr una arquitectura constitucional que garantizara la democracia. Algunos perdieron la vida en las calles en ese esfuerzo. Orillar el protagonismo del pueblo español en la forja de la Constitución con el fin de que ésta encaje en el discurso populista de la ‘casta’ es indigerible. Comparto la idea de que la Carta Magna debe ser actualizada en el momento propicio y con el máximo acuerdo. Hay aspectos mejorables (unos cuantos compartidos a izquierda y derecha del espectro ideológico), aunque en puntos fundamentales que son hoy objeto de debate se atisba demasiada indefinición y divergencia, así como una escasa voluntad de consenso, quizá porque el clima político ya está en clave electoral. Creo en el futuro de nuestra democracia, pero sospecho que no dependerá tanto de un nuevo articulado de la Constitución como de la recuperación de los principios y valores que la inspiraron en el 78.

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Políticos de dinamita
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Alberto Aguirre de Cárcer | 30-11-2014 | 7:31| 0

Decía el domingo pasado que veía deshilachado y titubeante al Gobierno de Garre con el asunto del aeropuerto, pero no imaginaba que las costuras iban a reventar un día después con un sonoro portazo -el del consejero Campos- en el propio despacho de la ministra Pastor. Parece increíble que un episodio tan extravagante suceda en un país como el nuestro, pero ya ven. El comportamiento de Campos no tiene un pase. Le deja en mal lugar a él, a quien le recomendó, a quien luego le mandató para resolver un contencioso en el que están en juego 182 millones de dinero público y, lo peor, a quienes representaba en esa reunión, el conjunto de los murcianos, víctimas del enésimo revés reputacional. Al temperamental, casi teatral, fin de la trayectoria política de Campos le siguió una pestilente segunda parte, en forma de comentarios ‘sotto voce’ contra el exconsejero de personas que forman parte de las altas estructuras del Ejecutivo regional. Convertido ya en cadáver político, comenzó la lapidación de quien había formado parte de sus propias filas, como si hubiese aterrerizado en el Gobierno por arte de magia, como si sus fortalezas, que las tenía, hubieran desaparecido por ensalmo y solo quedaran al aire sus debilidades archiconocidas. Ni al enemigo se le entierra con tanto deshonor. Garre dio la cara y mostró reflejos para remendar el roto, aunque no pudo disipar la evidencia de que Corvera ha arrollado a un Gobierno sobrepasado por la magnitud de este entuerto económico y jurídico. Con el relevo se habrá reforzado políticamente, pero al Ejecutivo se le percibe inseguro, impredecible y sin capacidad para generar certidumbre. Y eso desgasta electoralmente al PP más que el propio hecho de que siga cerrado el aeropuerto. No basta con ser cercano y honesto. Hay que fijarse una línea de actuación, perseverar en ella y gestionar los problemas, incluido los heredados. Lo escalofriante es, que durante meses, en la cúpula del PP se atribuyeron sus malos resultados en las europeas a que en ese fin de semana de mayo, además de bodas y bautizos, hizo un buen tiempo de escándalo (por cierto, como siempre). Solo las encuestas electorales hicieron despertarse al partido gobernante, que ahora ha interiorizado que necesita fomentar la participación ciudadana y abrirse a la sociedad. No deja de ser chocante cuando recientemente se ha actuado en la dirección contraria, nombrando a un dirigente del partido para presidir el Consejo Social de la Universidad de Murcia, algo que, independientemente del ímpetu y las cualidades de la persona elegida, no hay por donde cogerlo, por mucho que se vea con normalidad en la sociedad murciana. Del posterior intento de fichar al presidente del Consejo Jurídico para diseñar la estrategia electoral del PP ya está todo dicho. En el PP, el PSOE y demás partidos hay muchas personas sensatas, pero a la hora de hacer política prevalecen los calentones, las improvisaciones y los arreones. Y así pasa lo que pasa.

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La cartelera
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Alberto Aguirre de Cárcer | 23-11-2014 | 7:51| 0

Se anima la cartelera cinematográfica. De los creadores de ‘La Casta’ nos llega ahora ‘El candado del 78’ y un ‘remake’ de ‘Fray Escoba’ (el convento de Santo Domingo se queda pequeño y el protagonista, ahora un tertuliano salvapatrias con maneras de líder estudiantil, decide barrer toda la corrupción que asuela España para tomar el cielo por asalto). Se da por descontado que será un éxito de taquilla por el bombardeo promocional en televisión. Llega también al celuloide ‘El Pasmo de Pontevedra’. Es un ‘biopic’ del creador de la suerte de ‘Don Tancredo’, que consiste en esperar al toro a la salida de chiqueros, subido en un pedestal situado en el centro del coso. Esta suerte acabaría siendo prohibida por las autoridades debido a las numerosas cogidas, aunque aún se practica en la arena política (veáse el caso del desafío separatista catalán o la parsimonia con la que se avanza en la lucha contra la corrupción). Otro destacado estreno es ‘Don Limpio’, la historia de Pedro, un joven economista con rostro de galán latino, que está obligado a demostrar si en sus propuestas, para la regeneración de la vida pública y la salida de la crisis político-económica, subyace un poso de solvencia o es solo postureo. A las pantallas regresa con fuerza el cine de catástrofes. Inminente es el estreno de ‘Corvera, ábrelo como puedas’, película coral de embrollos protagonizada por un Gobierno deshilachado y titubeante, en el que un mandado busca el apoyo de los empresarios y salen todos corneados, y el mandamás luego marca distancias con el mandado, sin asomar la cara, a través de la prensa. Todo apunta a que habrá final feliz, pero probablemente en la secuela que ya se intuye. Destaca su banda sonora, que recupera ese baile de moda en los 60 llamado la yenka. De la misma productora nos llega ‘Esta desalinizadora es una ruina’, título engañoso porque es un filme político-judicial que recuerda el cine de autor de Alan Pakula. Su enrevesado guión en torno a un contrato de 600 millones solo es apto para los muy cinéfilos. Para morirse de risa es la tragicomedia ‘Torrente 6: Operación Fayrén’. Narra la peripecia de un fallido fichaje galáctico en el campo de la política, que se frustró literalmente de la noche al día porque los ‘cerebros’ de la operación ni tuvieron el sentido común ni la cortesía de preguntar primero al pretendido si estaba en disposición de aceptar. También para todos los públicos es ‘¿Qué me pasa, doctor’?, protagonizada por un alcalde de un pequeño municipio rural al que el estrés le inhabilita selectivamente para la política, a la que se dedica ‘gratis et amore’, pero no para trabajar en la profesión por la que percibe un sueldo. Para la versión española de ‘Dos tontos todavía más tontos’ habrá que esperar meses ante la avalancha de voluntarios presentados al ‘casting’. Como predijo Cicerón, ‘Stultorum plena sunt omnia’. Ya se ha filtrado, sin embargo, que contará la historia real de dos exdirectivos alicantinos de la CAM que se creían muy listos.

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