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Categoría: Cartas del director
Círculos de confianza

Sánchez se fotografió en abril de 2016 con 22 directores y secretarios generales, la mitad de sus altos cargos. Todos, excepto uno, siguen con Miras. Ambos han reclutado otros 21 rostros para encarar las elecciones regionales de 2019

Guillermo Carrión / AGM

Yuri Gagarin fue ascendido de teniente a comandante minutos antes de entrar en la atmósfera. Las autoridades soviéticas creían que el primer hombre enviado al espacio tenía más posibilidades de morir en el descenso que de sobrevivir. Y si el héroe de la cosmonáutica iba a volar en pedazos, pensaron que lo justo era que lo hiciera con los máximos honores. Para evitar estrellarse en las urnas dentro de 25 meses, un suspiro temporal en términos políticos, el PP de Pedro Antonio Sánchez y Fernando López Miras ha culminado una semana de descartes, ascensos y nombramientos, que se han hecho coincidir con una reactivación interna del partido. Es poco tiempo para que la nueva tripulación garantice un final de trayecto exitoso, pero si Sánchez hubiera podido hacer una remodelación profunda del Ejecutivo regional, un asunto para el que no tenía fecha pero no descartaba una vez llegado al ecuador de la legislatura, se habría parecido mucho a la de López Miras, salvo en lo más alto de la cúspide, claro está. Y es que Sánchez y Miras han gestado al alimón todos los cambios y nombres del organigrama, dando el visto bueno a cada alto cargo, sin la aparente intervención de Valcárcel. Un proceso acometido con más hermetismo del habitual, en conversaciones bilaterales con cada consejero, para reclutar a la tropa de élite, evitando filtraciones sobre quiénes dijeron ‘sí’ y dijeron ‘no’ a la oferta.

Miras, sin lugar a dudas, no ha hecho su equipo solo. Como tampoco lo hicieron Garre ni el propio Sánchez. Ambos tuvieron que pactar con el presidente de su partido. La diferencia es que, una vez colocados determinados dirigentes con los que tenía compromisos, Valcárcel dejaba margen de maniobra. Pero entonces no estaba en juego el poder, como sucederá en 2019. En las actuales circunstancias caben pocas canongías. Solo hay sitio en los puestos clave para profesionales o militantes con vitola de eficaces y afines a las figuras de PAS y Miras. La imagen que ilustra esta página, del 9 de abril de 2016, es reveladora. El expresidente regional se reunió con veintidós directores generales, la mayoría de ellos de perfil más técnico y profesional que de adhesión ideológica y cuota de partido. Eran prácticamente la mitad de los altos cargos del segundo escalón de su gobierno y desde San Esteban se les señalaba como los ‘capitanes’ con más futuro en la Administración del PP. Así ha sido. Los que no aparecen en la foto con Sánchez, tampoco aparecerán en ninguna con López Miras. Prácticamente todos los que no fueron invitados a esa cita han sido sustituidos por veintiuna nuevas caras. Por el contrario, los veintidós directores generales presentes en esa reunión con PAS permanecen con Miras. Siguen en sus puestos, cambian de destino o ascienden, como es el caso del que fuera jefe de gabinete de Sánchez y exdirector del Info, el nuevo consejero de Turismo, Medio Ambiente y Cultura, Javier Celdrán. Solo tres de los veintidós ‘elegidos’ para la cita han quedado fuera, dos de ellos porque sus puestos son ahora subdirecciones generales.

Sánchez tiene un rasgo psicológico muy acusado que es útil para entender estos cambios. Como todos los políticos, quiere rodearse de dirigentes de la máxima confianza. Acentuado por su situación judicial, en su caso existe un plus: desconfía de casi todo. Y cada vez más. Es más desconfiado aún que López Miras y Rivera, el ‘tercer hombre’, y casi tanto como Robert de Niro en la película ‘Los padres de ella’, donde le explica a su futuro yerno, Ben Stiller, en qué consiste el ‘circulo de confianza’ familiar. Estar dentro significa poder, estar fuera es ser ignorado. Los ‘círculos de confianza’ de PAS en la familia popular son concéntricos. Los altos cargos de la foto formaban parte del anillo exterior. López Miras es en quien más confía y por eso le designó presidente, en previsión de su posible vuelta en 2019, si sale vivo políticamente de los casos ‘Auditorio’ y ‘Púnica’. También confía en Pedro Rivera, Juan Hernández, Noelia Arroyo… y demás miembros del Gobierno, aunque varía la intensidad. De ahí que estén situados en diferentes ‘círculos de confianza’ dentro del Gobierno. Las posiciones no son inamovibles. Cambios, como el de Martínez-Cachá, obedecen a esa dinámica. En el interno del Ejecutivo cada cual va percibiendo esas posiciones orbitales que ahora ocupa en relación al ‘rey sol’ y su ‘gran delfín’.

Sin adherencias valcarcistas, y con la incorporación de otros veintiún cargos (es sintomática la llegada de concejales de alcaldes próximos a PAS), el Ejecutivo regional ya puede arrancar este lunes con la vista puesta en la principal preocupación de Sánchez y Miras: las elecciones de 2019. Las más complicadas para el PP desde 1995. Sobre todo con los casos ‘Auditorio’ y ‘Púnica’ en los tribunales, algunos otros del pasado que están por cerrarse y otros por eclosionar (la desaladora de Escombreras), la reforma electoral y el riesgo de que Alberto Garre acabe dando el paso y lidere un partido de corte regionalista que arañe los suficientes votos para desequilibrar la balanza. Ahí está Miguel Ángel Revilla, que nunca ha ganado las elecciones en Cantabria y ya ha sido tres veces presidente autonómico. Miras se ocupará de la gestión y Sánchez de fijar el rumbo político, poniendo las pilas al partido. Ayer se acabaron los sábados de asueto en el PP regional. ¡Poyejali! (en marcha), gritó Gagarin al despegar. El del PP también puede ser un arriesgado viaje hacia lo desconocido.

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Sentido común, sentido moral

Víctor Pérez-Díaz, premio nacional de Sociología, detalla en su último trabajo para Funcas, ‘La voz de la sociedad ante la crisis’, que el 77,2% de los españoles prefieren políticos con «sentido moral y sentido común» frente a un 18,6% que en las encuestas se inclina por dirigentes que tengan una «gran visión y energía para impulsarla». Nada hay más sensato que un gobierno llegue a acuerdos para sacar adelante las cuentas públicas. Es su primera obligación dado que los presupuestos afectan de manera decisiva a la vida económica y social de todo un país, una región o un municipio. Sin ellos, la administración pública entra en una perniciosa parálisis que termina por afectar negativamente a cada uno de los ciudadanos en múltiples cuestiones.

Hace algo más de una semana, el Gobierno de Rajoy cerró un pacto con el PNV que garantizó el apoyo de ese partido para los Presupuestos del Estado. Hasta ahí todo parece muy sensato. Sin embargo, la percepción cambia y se torna desmoralizante cuando se observa el precio desorbitante pagado por ese respaldo político, una vez más, a los nacionalistas vascos. En su momento más delicado por el mefítico torrente de presuntos casos de corrupción, Rajoy ofreció a Urkullu más de 4.000 millones a cambio de sus votos en el Congreso. Unos 1.400 millones en concepto del Cupo (el dinero que el País Vasco paga al Estado por la prestación de determinadas competencias) y 3.300 millones para completar la Y ferroviaria de alta velocidad, incluyendo el soterramiento del AVE en Bilbao y Vitoria, además de bonificaciones en la tarifa eléctrica industrial y subvenciones para distintas iniciativas culturales. Vista la elevada factura es muy difícil no preguntarse dónde está el sentido moral de un acuerdo que salva las cuentas públicas, pero que a la vez constituye un salvavidas político para el propio Rajoy, aumenta la brecha de financiación per capita con comunidades como la nuestra e introduce criterios políticos de difícil justificación en la antesala de la negociación del nuevo modelo de financiación autonómica. El presidente del Gobierno demostró tal generosidad que sorprendió incluso en el propio País Vasco, donde los sectores más moderados siempre aspiraron a fijar la cuantía del Cupo con criterios técnicos para evitar arbitrariedades y también de cara a la Unión Europea, que no ve con buenos ojos esta privilegiada excepcionalidad fiscal y financiera.

Rajoy está en problemas y pacta entregar 4.000 millones al País Vasco para salvar los Presupuestos y a la vez su propio cuello político. Las cien mil personas que viven del Trasvase se enfrentan a una coyuntura dramática por la situación de la cabecera del Tajo y obtienen, como solución de urgencia, una enmienda para abaratar con 4 millones el precio del agua desalada durante este año. La desproporción de trato es tan evidente que a nadie le debería extrañar que los agricultores protesten en las calles para reclamar agua o que los vecinos de Murcia hagan lo propio para exigir la llegada del AVE soterrado a la ciudad en el menor plazo posible. Es difícil restañar la confianza en los gobernantes cuando las desigualdades, lejos de reducirse, se agigantan. En las encuestas manejadas por Víctor Pérez-Díaz, el 41,6% de los españoles opinan que la capacidad de los gobiernos (central y autonómicos) para resolver los problemas del país seguirá igual de aquí a cinco años. Y un 59% señala que «muchos políticos de todas las tendencias suelen descalificar a los adversarios para desviar la atención del hecho de que no son capaces de resolver» esas grandes cuestiones que afectan a España.

Al presidente del Gobierno se le reconoce como una de sus mayores virtudes que gobierna con sentido común, pero es díficil encontrar el sentido moral en muchas de sus decisiones, ya no solo en aquellas relativas a la gestión política de los presuntos casos de corrupción que afectan a su partido. Si Rajoy tampoco se caracteriza por su gran energía para encarar problemas enquistados, como el del agua, que requiere de decisiones valientes y estructurales más que de calderilla para salir del paso, es difícil que no siga sufriendo un paulatino deterioro en respaldo popular, como mostró el último barómetro electoral del CIS. Solo la falta de una alternativa sólida, con un PSOE completamente abierto en canal, le permite navegar con cierta tranquilidad por las aguas de la política nacional, tan necesitada como está de un impulso para llevar a cabo múltiples reformas de calado.

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Custodia compartida

López Miras y PAS aciertan en los descartes (ambas consejeras cesadas estaban ya abrasadas), pero mi impresión es que se han embarcado en una alambicada remodelación de competencias que era innecesaria para solo dos años

Isabel la Católica quería que en las crónicas reales su esposo tuviera el mismo protagonismo que ella, pero una vez le reprochó al cronista Hernando del Pulgar que la hubiera ignorado en el relato de una gesta bélica del rey. Poco después, la reina dio a luz y Hernando del Pulgar, respetando los deseos de la monarca, tiró de retranca y escribió: «Ayer, 6 de noviembre de 1479, entrada la noche, sus majestades Doña Isabel y Don Fernando parieron una niña». Si en lo político hoy tanto monta, monta tanto, Pedro Antonio como Fernando, podría decirse que el 4 de mayo de 2017, entrada la tarde, López Miras y Sánchez parieron un gobierno. De rasgos masculinos, a diferencia del anterior, donde había más mujeres que hombres. Concebido para dinamizar la economía y el empleo (el objetivo prioritario que se marca López Miras) y para encarar las autonómicas de 2019 (el reto en el que ya piensa Pedro Antonio Sánchez, confiando todavía en su vuelta). En definitiva, un Ejecutivo neonato con custodia compartida. En las actuales circunstancias tiene su lógica política. Más le vale al PP que exista comunicación y sintonía entre ambos para no repetir el choque Valcárcel-Garre, aunque esta bicefalia, de nuevo anómala y exteriorizada en la toma de posesión pese a lo que dictaba el protocolo, no beneficia a la imagen de ninguno si el vaso comunicante se percibe como tutela. Es obvio que el nuevo Gobierno tiene el visto bueno de PAS. El propio Jódar declaró el jueves a la televisión local de Lorca que esa mañana recibió llamadas de Sánchez y Miras para sumarse al Gobierno, cuyo equipo apenas cambia, salvo por la incorporación de dos políticos próximos a ambos y un gestor de la sanidad pública. Aparentemente es en la estructura del gobierno donde Miras deja su impronta. Un vuelco tan importante de organigrama y de competencias que podría percibirse como una enmienda a la totalidad. Tanto que parece imposible que se haya hecho sin la aquiescencia y la colaboración del propio PAS. Todo indica que se ha gestado desde el convencimiento en que dará resultados, pero también para proyectar que Miras no es una marioneta sin ideas propias. En el plano político esto último tiene su aquel, pero la cuestión mollar ya no es tanto la autoría como la funcionalidad de los cambios. Si serán útiles o, por el contrario, aportarán barullo administrativo y no más eficacia. De entrada es llamativo que López Miras insista en que no se puede perder un minuto y haga cambios estructurales de tanto calado para veinticinco meses, dado que necesitarán muchos minutos, semanas o ¿meses? de reorganización, reubicación y afinación.

Algunos maridajes chirrían. Presidencia y Fomento. Turismo, Cultura y Medio Ambiente… La intención de todos ellos está clara. Ubicar las competencias de Universidades junto a Empleo y Empresa o las de Cultura con Turismo obedece al deseo de convertirlas en palancas de actividad económica, lo cual tiene su lado positivo porque ciertamente es necesaria más interrelación de los campus con los sectores productivos y porque la cultura presenta también un innegable componente de actividad industrial y turística. Pero sería un error si se plantea la Universidad y la cultura desde una perspectiva estrictamente economicista. La generación de conocimiento y la cultura tienen sentidos mucho más profundos en las sociedades modernas. Habrá que ver en qué se concreta y si sirve de algo porque el hábito, por sí solo, no hace al monje. De poco vale, por ejemplo, una Consejería de Transparencia si su ley se interpreta a la carta de forma restrictiva e interesada.

Otras dudas surgen con la ubicación de Medio Ambiente. Sobre todo cuando el objetivo prioritario es la recuperación del Mar Menor, cuya solución es indesligable de la situación que atraviesan los agricultores del Campo de Cartagena. Ahora el Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente tendrá que abordar ambos asuntos indisolubles con dos consejeros que tendrán que ponerse al día a la carrera y coordinarse. López Miras merece el beneficio de la duda, aunque haya sido elegido exclusivamente por su antecesor. Acierta en los descartes (ambas consejeras cesadas estaban abrasadas), aunque mi impresión es que se ha embarcado en una alambicada remodelación que era innecesaria para solo dos años. Un reajuste más propio de un inicio de legislatura. La Región tiene urgentes problemas colectivos (Mar Menor, agua y financiación) que podrían haberse abordado sin este tsunami competencial. Más nos vale que Miras, o Miras y Sánchez, hayan acertado.

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Sustancia gris

Para el interés general sería positivo que Fernando López Miras tuviera éxito, pero cuesta verle sin una cierta aura de provisionalidad y sin el tutelaje de Pedro Antonio Sánchez. Estas cohabitaciones raramente funcionan

Con un desdén indisimulado, cada vez que el socialista Indalecio Prieto veía aparecer a Ortega y Gasset por el Parlamento susurraba «¡Ahí va la masa encefálica¡». ¿Apareció alguna durante las dos sesiones de investidura de López Miras? El discurso del nuevo presidente fue gris y tuvo poca sustancia, lo que no quita para que detrás exista sustancia gris. Alardes, desde luego, no hubo. Tampoco rebosó en las intervenciones de los portavoces de los cuatro partidos, lo que tampoco significa que no hubiera destellos. El periodista Julio Camba decía que la política española «sabe a pollo de hotel», pero el jueves solo se vieron gallos con espolones en el hemiciclo y el debate dejó regusto a pelea de corral. Aquello fue más bien un pollo. De todos contra todos. En pepitoria. Como el desenlace final estaba escrito y era conocido de antemano, lo mejor hubiera sido que todo se hubiera guisado en un día y se hubiera servido tras la primera votación. Pero ayer hubo de procederse a una segunda para completar el paripé de la «abstención técnica» de Ciudadanos, un palabro de la neolengua de la nueva política que solo mueve a la risa. Menos a los funcionarios de la Asamblea, supongo, que tuvieron que ir al tajo este sábado para que Miguel Sánchez, el líder naranja, pudiera disfrutar de las fiestas grandes de su municipio con este asunto de la investidura ya cerrado. Ya nos enteraremos de cuánto hubo de pagarse en horas extraordinarias a los funcionarios de la Asamblea y en kilometraje a los diputados solo para que Cs, con este postureo político, construya su particular relato público. En esa línea de ocurrencias tampoco se queda manco aquello del «gobierno legislativo» que propuso un revolucionado Urralburu para contrarrestar al Ejecutivo de Miras. Por aquello que propuso Montesquieu y porque, vistos los revolcones que nos puede dar el Constitucional con las leyes regionales del autoconsumo y de la vivienda, donde la oposición metió la cuchara a fondo, con un poder ejecutivo metiendo la pata ya tenemos bastante.
La próxima semana habrá uno nuevo. Liderado por Fernando López Miras, el cuarto presidente del PP en cuatro años. Será difícil que vuelva a repetirse un periodo de tanta inestabilidad, pero los populares están en racha e igual mantienen la línea. Lo sorprendente es que todo era previsible desde que Valcárcel se quitó de en medio dejando empantanados los grandes asuntos de la agenda política. Se veía venir desde la insumisión de Alberto Garre y la investigación en el TSJ de Pedro Antonio Sánchez hasta el nombramiento por este de un sucesor de contrastada lealtad y discreto perfil. Los populares se lo tienen que mirar. Pocas veces un partido político ha dilapidado su aplastante hegemonía de una forma tan torpe y por puros intereses personales. Para el interés colectivo sería positivo que López Miras tuviera éxito, pero cuesta verle sin esa aura de provisionalidad y tutelaje por Pedro Antonio Sánchez. Estas cohabitaciones raramente funcionan. Los propios estatutos del PP fueron redactados para evitar las bicefalias y los liderazgos compartidos. Para colmo de males, a los populares no paran de pasarle facturas los casos de corrupción que llegan a los tribunales. Por más que Rajoy insista en que lo importante es la economía (el expresidente Ignacio González parece que lo entendió en clave personal y se puso a ello), la pestilencia es insoportable. Suerte tiene de que el PSOE está como está y de que Podemos no para de lanzarle balones de oxígeno desde que Pablo Iglesias, con su ‘pacto de los botellines’, abandonó toda suerte de transversalidad y se apuntó a la política-espectáculo más radical. Nada podía venirle mejor a Mariano Rajoy en estos momentos que una fallida moción de censura presentada por Podemos para visualizar que hoy no existen alternativas posibles al Gobierno del PP.
La gravedad reside en que, en plena senda de crecimiento, el país está políticamente parado. Aún está pendiente la aprobación de las cuentas públicas y la producción legislativa es nula. En realidad, la legislatura no ha comenzado y no sabremos qué derroteros tomará hasta que el PSOE cierre su crisis, si es que lo logra. En la Región sucede otro tanto. Después de meses de parón, el próximo miércoles habrá otro gobierno, probablemente continuista, aunque esta vez tendrá que trabajar sin un pacto con Ciudadanos. El PP regional se ha quedado solo y con un timonel con las hechuras justas. Todo un panorama.

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El señor de Murcia

Desde 1995, con las apabullantes mayorías absolutas de Valcárcel, el PP ha podido presumir de que es el partido que más se parece a la Región de Murcia. Un intenso crecimiento económico completado con el maná de los fondos europeos, una oposición desarbolada y hundida con la derogación del Trasvase del Ebro frente a un partido convertido en una perfecta máquina electoral, una hábil instrumentación política de la reivindicación del agua y las infraestructuras, una incrustación en el tejido social trenzada con habilidad, empatía y ayudas públicas, un indiscutible liderazgo interno de quien supo dar juego a los suyos, rodeándose de pesos pesados… Es una larga combinación de factores la que hizo del PP, en una región de ideología mayoritariamente conservadora, todo un ejemplo de éxito político, especialmente en sus primeros ocho años. Más tarde, el coloso empezó a flojear abruptamente con la llegada de la crisis económica y el distanciamiento con una sociedad donde bullía el anhelo de una profunda regeneración da la vida pública. Esa comunión perfecta con el electorado se diluyó cuando bajó la marea, hubo que gestionar las vacas flacas y se comprobó que el rey estaba desnudo. Veinte años después quedó patente un legado significativo de nuevas carreteras, hospitales, depuradoras… pero también un modelo productivo fallido y una patente incapacidad para resolver los grandes problemas de la Región, como la falta de agua e infraestructuras. Y donde no había problemas se crearon por miopía o desidia, como sucede con el Mar Menor. Costosos ‘elefantes blancos’ como el aeropuerto de Corvera o la desaladora de Escombreras siguen todavía lastrando a la Región, pero aún así el PP sigue proyectando más atributos positivos que sus adversarios ante la opinión pública. De hecho pudo haber logrado la mayoría absoluta en las autonómicas de 2015 si Valcárcel y Pedro Antonio Sánchez no la hubieran tirado por la borda por el empeño en mantener a Pilar Barreiro, un activo de gran valor durante muchos años que derivó en una previsible y pesada losa electoral. El resultado fue la pérdida de 146.000 votos, 11 escaños y el fin de la mayoría absoluta en la Asamblea, por un solo diputado.
La crisis económica y el desafecto hacia la clase política hicieron mella en una sociedad murciana que cambió más rápido que el PP, que vio cómo un alto porcentaje de sus votantes se refugiaron en la abstención y en Ciudadanos. De lejos sigue siendo hoy la opción mayoritaria, pero tenía pendiente una renovación de liderazgos, políticas y mensajes si no quería continuar pendiente abajo. La oportunidad le llega de la mano de Pedro Antonio Sánchez, el delfín de Valcárcel que quiere marcar su propia impronta, investido ayer como presidente del partido por abrumadora aclamación. La posibilidad de que pueda acabar siendo procesado por el ‘caso Auditorio’ no ha mermado la confianza de los suyos, que lo arropan monolíticamente. Tiene el aprecio y la confianza de sus militantes. De entre todos ellos es el que reúne las mayores cualidades para dirigir el partido.
Tiene juventud, suficiente experiencia, ímpetu, empatía, ganas de hacer y una enorme capacidad de trabajo, cualidades que vienen a suplir otras carencias y defectos, como la obsesión por la hipervisibilidad, el relato icónico y la elección de no pocos colaboradores de discretos méritos, más allá de la fidelidad a su liderazgo. No es Churchill (como yo no soy Larra) pero demuestra estar hecho de una pasta especial. Sangre, sudor y lágrimas. Antes que tirar la toalla, se la come. Y todo por un rasgo, el esencial y definitorio de su personalidad: la ambición política. Es su mayor activo. Dinamiza a sus equipos, se fija objetivos y se lanza a por ellos. Pero también es su talón de aquiles. Si mantuvo contactos que no fructificaron con los empresarios de la ‘Púnica’ o tramitó el Auditorio de forma chapucera de principio a fin habría sido por esa irrefrenable ambición por triunfar en política desde que participó en un mitin con 14 años. Le conozco lo suficiente para saber que no aspira a privilegios personales o a vivir por encima de sus posibilidades. Con su chaqueta con coderas y su ausencia de complejos por sus orígenes humildes, PAS no está en eso ni para eso en política.
Dicho lo cual, sinceramente no sé qué haría para ganar unas elecciones o por su partido. Si se pasó de frenada y vulneró el principio de legalidad, de manera consciente o no, es una cuestión que deben dilucidar los jueces. Y si el TSJ determina que hay evidencias para procesarlo deberá responder por ello y tendrá que irse. La Región perdería a uno de sus mejores políticos, pero mantendría intactos los principios democráticos del Estado de derecho, aquellos que históricamente han defendido la gente de orden que respeta el cumplimiento de la ley y el trabajo de jueces, fiscales y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad por encima de intereses partidistas o personales. Si supera el trance judicial, sus actuales adversarios que le han investigado hasta la saciedad quedarán tocados ante la opinión pública, aunque tampoco él saldrá completamente indemne de esta crisis política. De su discurso inicial, a la par regeneracionista y reformista, ya solo queda lo segundo. Deberá recuperar rápidamente su crédito personal dado que es indiscutible que rompió su pacto de investidura, incumplió la palabra dada y para defenderse creó un relato donde se entrevera lo real con lo ficticio. Y la Región está necesitada tanto de un liderazgo fiable como de esos acuerdos políticos por el agua, las infraestructuras y la educación que él mismo ofertó a una oposición donde ya no encontrará un puente de conexión en pie.
Por el contrario, el interno del PP es una balsa. La etapa abierta tras 25 años de valcarcismo arrancó ayer con un cierre de filas con PAS en un congreso marcado por el trasfondo de su situación judicial. Un cónclave de adhesión personal, reivindicativo sobre el proyecto popular y con duras críticas al líder socialista, Rafael González Tovar. Sin un ápice de autocrítica, excepto cuando Valcárcel asumió, en un gesto que le honra, toda la responsabilidad de los proyectos fracasados. Sánchez renovó ampliamente la cúpula dirigente del partido combinando experiencia y juventud, pero también en clave de lealtades personales. Apostó sobre seguro al elegir como secretaria general a Maruja Pelegrín, un ejemplo de seriedad y rigor que cuenta con el respeto de todos los militantes. Con ello eliminaba cualquier señalamiento que pudiera interpretarse en clave sucesoria por si el ‘caso Auditorio’ le dejara en fuera de juego. Potencia a sus dos ‘pretorianos’ (Víctor Martínez y Fernando López Miras), Patricia Fernández y Marcos Ortuño se quedan como estaban y Teodoro García sigue de enlace en Madrid. No hay plan B ni más líder que el ‘señor de Murcia’, como le llamaron Rajoy y el fiscal general del Estado.

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'Los otros' de la política

La coyuntura política regional me recuerda un episodio que viví en una redacción de periódico donde, como decía el colega Enric González, cada mesa era un Vietnam. Se barruntaba una revolución en la cúpula, pero los afectados lo desconocían o lo disimulaban bien. Los redactores que intuían el relevo se referían a los defenestrados en ciernes como ‘Los Otros’: están muertos pero no lo saben, decían, como Nicole Kidman y los dos críos de la película de Amenábar.

En la arena política murciana se presagian luctuosos acontecimientos en las próximas semanas o meses. La crisis abierta por la investigación al presidente, y las que discurren en paralelo, se cobrarán cabezas. ¿Cuántas y cuáles? ‘Los Otros’ de la política regional pueden ser uno, dos, tres e incluso cuatro. Es tan posible que los cuatro líderes sigan en sus puestos a final de año como que no quede ninguno. Pedro Antonio Sánchez saldrá hoy elegido presidente del PP con el apoyo unánime del partido, pero su destino está ligado a una resolución del TSJ. Desde ayer se sabe que Pérez-Templado no resolverá antes del 27M, lo que traslada toda la presión a Miguel Sánchez. Al líder regional de Ciudadanos le tiemblan las piernas y cualquier día, visto que PAS no afloja, nos sorprende incluso con su dimisión. Si finalmente hay moción de censura y convocatoria inmediata de elecciones tampoco está claro que Sánchez fuera el candidato de C’s. Para Tovar, el último tranvía es ocupar San Esteban por la vía de la moción de censura. Si falla estaría listo de papeles. La gestora del PSOE no quiere elecciones anticipadas antes del congreso regional, donde las alcaldesas del PSOE quieren dar un golpe de timón en busca de otro liderazgo.

Y los ‘pablistas’ de Podemos ya han comenzado a moverle la silla a Urralburu. Si no prospera la moción de censura, sus adversarios encontrarán otro motivo para precipitar su caída con la ayuda de Madrid. Ya ven, ‘Los Otros’ pueden ser todos.

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