La Verdad
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Categoría: Cartas del director
San Javier languidece

Las cifras ascendentes de pasajeros en San Javier durante el segundo trimestre del año, justo después de la salida de Aena a Bolsa, fueron un espejismo. El verano ha sido negativo en volumen de viajeros, en contraposición al conjunto de la red estatal y, más en concreto, al aeropuerto de Alicante. En febrero se anunció un plan de relanzamiento de San Javier. O no se ha hecho o no ha dado resultados. Volcada con El Altet, Aena ni impulsa el aeródromo murciano ni firma el protocolo de cierre que haría más atractivo el concurso para la gestión de Corvera. Aena se lo puede permitir mientras San Javier no entre en pérdidas y el balance de su red aeroportuaria sea positivo. No así la economía regional. Si el turismo va a ser uno de los motores de la reactivación económica, tenemos delante un serio problema.

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Una brecha abierta

Se cuenta que a Jean Paul Sartre, uno de los ‘padres’ del existencialismo, le atormentaba ya desde niño la imposibilidad de controlar la imagen que de él tenían los demás. En su obra teatral más reconocida, ‘A puerta cerrada’, desarrollaba la idea de que adquirimos consciencia de nosotros mismos a través de las miradas ajenas. Pero su visión no era muy optimista. La mera observación distante por los demás nos termina por cosificar. «El infierno son los otros», concluía Sartre.

Para nuestros políticos el drama es justo el contrario. Ya no es que suspendan en los sondeos. Es que ni siquiera son reconocibles por una gran mayoría, que ni les mira. La encuesta postelectoral acometida por el CIS en las semanas posteriores a las autonómicas revela un abrumador desconocimiento público de los líderes regionales. Ni quien ganó y formó gobierno, Pedro Antonio Sánchez, cosecha un nivel aceptable: el 44,6% de los murcianos no le conocen. A la mayoría de los políticos este problema les obsesiona. Lo de hacerse la foto, cualquiera que sea el motivo, tiene su fundamento. ¿Cómo te van a valorar si te ignoran? Pero, por otro lado, ¿a qué tanto interés en bombardear a la sociedad con imágenes de ‘políticos haciendo cosas’ si a la mayoría no le interesa en absoluto? Tanta mirada indiferente hacia la clase política ha terminado por cosificarla y ya hasta sus líderes regionales resultan indistinguibles. Ahora priman las marcas sobre los liderazgos. A la dialéctica se sobreponen hoy los gestos. Se trata de generar nuevas expectativas para cicatrizar esa brecha abismal entre políticos y ciudadanos. El PP anunció el viernes su oficina parlamentaria con la que, asegura, quiere ganar proximidad con la sociedad murciana. También propone la creación del ‘escaño popular’ en la Asamblea. Otros partidos han dado pasos similares, algunos, además, como el PSOE, C’s y Podemos, con avances en la democracia interna de sus organizaciones. Los Plenos en la Asamblea y en algunos municipios ya se retransmiten por internet y dentro de poco algunos ayuntamientos se embarcarán en presupuestos participativos, siguiendo la estela de Molina de Segura. Son progresos en la buena dirección, aunque se disiparán como el humo si no se atiende la principal reclamación de los ciudadanos: que los cargos electos resuelvan sus problemas. No es tanto una cuestión de cercanía como de eficacia lo que explica que más del 40% califique de mala la situación económica y política en la Región. A ello se suma un relativismo con el cumplimiento de la legalidad que ha sido demoledor para unos partidos que, en cuanto se descuidan, vuelven al sectarismo, al conmigo o contra mí y a comportarse como agencias de colocación para los afines. El mantra de la ‘nueva política’ evoca al ‘New Deal’ posterior al crack del 29, solo que sin Roosevelt, sin dinero para grandes inversiones y sin enjundia política. Que la Asamblea se haya revitalizado no significa que el debate haya cogido vuelo. Ni está Castelar ni se le espera. Pero comparado con lo que quedó atrás, no hay color. De hecho, no creo que los nuevos líderes murcianos merezcan el suspenso de las encuestas. Sobre todo si se valora ese esfuerzo por conectar con la sociedad y que el sondeo del CIS se hizo cuando la legislatura no había arrancado. A poco que se mire por el retrovisor, la nueva situación parece más estimulante por mucho que se preste al embrollo inane. Sucede que los problemas estructurales de la Región siguen tan enquistados como hace décadas, fomentando el desánimo. No hace falta abrir oficinas, encargar encuestas o crear comisiones para saber de dónde brota el hastío. Esto no se arregla solo con un nuevo talante. Se necesita eficiencia, transparencia y honradez para cumplir con los objetivos colectivos y fijar nuevos retos para dejar atrás una herencia política de difícil digestión. Hasta que las infraestructuras pendientes, la falta de agua y la escasa financiación no sean cosa del pasado, la agenda política no saldrá del soporífero tiovivo en el que se ha convertido y que eclipsa otros retos acuciantes, como la calidad de la enseñanza, el sostenimiento de la sanidad pública o la creación de empleo estable. Igual entonces los ciudadanos volverán a mirar y prestar atención a sus políticos.

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El gran atasco

Casualmente ayer me vi atrapado en el peor atasco del año en Madrid. Hora y media bajo la lluvia en una retención interminable. Hay cosas que no cambian, gobierne quien gobierne. Lo vivido ayer en la capital guarda analogía con la situación política. Todo está embotellado en Madrid a la espera de las elecciones. De momento, mucho ruido pero poco avance. La vida sigue, pero nadie toma grandes decisiones a la espera de lo que deparen las urnas. En total stand-by están los círculos políticos y económicos. Viéndolas venir y haciendo pronósticos de posibles alianzas. De aquí al 20-D se nos avecina un chaparrón de mensajes en la línea de lo ya oído en las últimas semanas. El año electoral ha sido largo y empieza a pesar. Lo mejor es armarse de paciencia. Y no pensar que aún quedan más de dos meses para la descongestión.

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Reindustrializar la Región

Murcia es la comunidad donde más cuesta crear una empresa con actividad industrial, según el Banco Mundial. Pedro Antonio Sánchez debe acelerar su prometido plan de impulso al sector que hoy es motor de la recuperación

 

La reindustrialización de la Región de Murcia fue uno de los temas de fondo de la última campaña electoral de mayo. Desde el PP a Podemos, todos los partidos coincidieron en este punto. El propio presidente Pedro Antonio Sánchez prometió en su discurso de investidura un Plan Integral de Reindustrialización. «Apostaremos por el crecimiento de los sectores más competitivos de nuestra industria, aumentando su tamaño y capacidad, y por lo que se ha venido a llamar industria 4.0., la nueva revolución industrial basada en la automatización», señaló hace cien días en la Asamblea Regional. Ese plan que está por llegar es absolutamente necesario para fortalecer nuestro sistema productivo y generar empleo. Más aún a la vista de las nuevas incertidumbres que ya asoman con la ralentización de la economía a escala global.

La economía española moderó su crecimiento en el tercer trimestre, en parte debido a la desaceleración de China y de algunos países emergentes, en parte debido a que las decisiones de gasto en los hogares y en las empresas están mediatizadas por la incertidumbre de las políticas económicas que se aplicarán en nuestro país tras las elecciones de diciembre. Crecemos pero a un ritmo más lento que antes del verano, según el Banco de España, que advirtió esta semana de los riesgos de desviación en las previsiones gubernamentales. Y aún no sabemos el impacto que el escándalo de los motores manipulados de Volkswagen tendrá para el sector del automóvil, de gran importancia para España. El asunto es delicado porque la industria, en su conjunto, se había consolidado como el primer motor de la recuperación. La última estadística del INE sobre los pedidos de las fábricas indicaba un crecimiento en el primer semestre del 8% respecto al mismo periodo del año anterior. Y el Índice de Producción Industrial también mostraba un buen ritmo de crecimiento interanual con una aumento del 5,2%, algo inferior en el caso de la Región de Murcia (4,4)%. Una parte es atribuible a un contexto internacional favorable y algo habrá aportado el Ministerio de Industria con su agenda para el fortalecimiento del sector industrial. Pero, sin duda, la principal causa es el esfuerzo acometido por las empresas para ganar competitividad y los acuerdos en materia laboral entre empresarios y sindicatos. En Murcia hay varios sectores industriales que están saliendo de la crisis gracias a su empuje exportador, pero sigue siendo complicada la creación de nuevas empresas, sobre todo si tienen actividad industrial. Y eso tiene mucho que ver con las trabas burocráticas. Montar una empresa en España supone el doble de trámites y de tiempo, así como un coste por encima de la media, que en otros países de la OCDE, como pone de relieve el informe ‘Haciendo negocios en España’ del Banco Mundial.
El caso de la Región de Murcia es preocupante porque en otras quince comunidades es más sencillo todo el proceso necesario para la creación de una empresa. Y no digamos si se va a realizar una actividad industrial. Ahí aparecemos en la peor posición a gran distancia del resto. Siete trámites y ocho meses de media para constituir una pyme industrial son demasiados. Lo viene advirtiendo la Croem desde hace años. Si uno quiere esconder la cabeza y no ver el problema, lo más sencillo sería apuntar que los datos del informe son incorrectos o incompletos, pero lo cierto es que son estos documentos los que manejan los inversores internacionales cuando proyectan sus planes de negocio. El consejero de Desarrollo Económico, Turismo y Empleo, Juan Hernández, tiene una tarea urgente por delante para resolver un problema que viene de lejos. Decía Pedro Antonio Sánchez en su discurso de investidura que quiere «potenciar un sector industrial basado en hacer de forma excelente lo que hasta ahora solo hacíamos bien». En esa línea lo primero debería ser despejar, en las administraciones locales y en la regional, todos los escollos que dificultan, desaniman y entorpecen la actividad industrial. Estoy convencido de que ese diagnóstico lo comparte y espero que, tras la bajada de impuestos, se fije ese objetivo para los próximos cien días.

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El laberinto catalán

La única esperanza para evitar el desastre que apuntan los sondeos es la afluencia masiva a las urnas de los catalanes que apuestan por no romper lazos porque se sienten parte relevante de España

No puedo dejar de acordarme hoy, cuando millones de catalanes deciden en las urnas muchísimo más que la composición de su Parlamento, de algunas sensaciones que experimenté en 2008 en una visita al entonces presidente José Montilla. La primera impresión en el Palau de la Generalitat vino de la constatación de que el ‘tripartito’ era un gobierno de coalición donde hasta el reparto del espacio físico era triangular. Carod Rovira (ERC) y Joan Saura (ICV) flanqueaban las dependencias de las dos alas de la primera planta, mientras que Montilla ocupaba las estancias reservadas al presidente en una planta superior. Sus palabras revelaban la compleja gobernanza con sus socios. Afable, pero inexpresivo por su acentuada sobriedad gestual, como la de un animal que opta por el camuflaje y la inmovilidad al verse acechado, Montilla transmitía una imagen de dirigente maniatado y vigilado, como cautivo en palacio. Así le fue. No lo tenía nada fácil aquel president al que los nacionalistas, empezando por la inefable esposa de Jordi Pujol, le reprochaban, deleznablemente, sus orígenes charnegos.

Mucho más cautivos, inmovilizados y vigilados han estado durante décadas en Cataluña amplios sectores sociales de ideología dispar por la presión del nacionalismo más excluyente. La ‘cuestión catalana’ que ya se planteaba Ortega viene de muy lejos, pero fueron los primeros Gobiernos de CiU quienes la llevaron al disparadero. Sabedores de que, como decía Baroja, el carlismo se cura leyendo y el nacionalismo viajando, la inmersión lingüística y la alambicada fabulación de la historia en las escuelas fue ejecutada con precisión y persistencia. Décadas de adoctrinamiento en las aulas han engendrado este magma social. De nada sirvieron las sentencias del Supremo que certificaban la vulneración de los derechos de los castellanoparlantes, ya fueran padres de alumnos o comerciantes del Barrio Gótico. Cualquier cosa era posible para conducir a los catalanes, como a Sancho Panza, aunque sin nobleza, hacia una Ínsula Barataria inexistente. Por ejemplo, renunciar a parte del legado cultural, marginando a lo mejor de las letras catalanas: Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Enrique Vila-Matas, Sergi Pàmies y Javier Cercas, entre otros «inadecuados espirituales», como tachó Pujol a Josep Pla por su rechazo del nacionalismo y por escribir en español. Igual tenía razón Antonio Maura -el problema catalán «solo es cuestión de cincuenta años de administración honrada»-, pero el 3% y la retahíla de casos de corrupción nos ha impedido comprobarlo.
La principal esperanza para evitar el desastre que apuntan los sondeos es la afluencia masiva a las urnas de los catalanes que apuestan por no romper lazos porque se sienten parte relevante de España. Más vale que sea así. En términos políticos, históricos, económicos y sociales, los efectos de un proceso unilateral de desconexión de una Comunidad que representa el 18% del PIB nacional son imaginables. No cabe la independencia desde el punto de vista de la legalidad. Y aun así, la jornada de hoy es inquietante por la ausencia de un plan real en los centros de poder de Madrid y Barcelona para el día después, cualquiera que sea el resultado. Hace tiempo que a Artur Mas se le fue de las manos el proceso separatista. Encendió la mecha cuando estalló la crisis y las protestas brotaron ante los hospitales por su mala gestión. Hoy lo propulsan esas organizaciones sociales que llenarán la noche de esteladas si la aritmética parlamentaria les sonríe. Hasta el Gobierno de Rajoy se zambulló en el hervidero emocional de quienes plantearon estas elecciones como un plebiscito. A la desesperada intentó movilizar el voto indeciso con ayuda de la UE y de los principales líderes mundiales, que advirtieron de las funestas consecuencias de una teórica independencia. Si al final el miedo al abismo no impide un recuento adverso, Rajoy debe salir esta noche para dejar claro que, mientras no se cambie la Constitución, cualquier decisión sobre la unidad del país recae en el conjunto de los españoles. Somos el país de las patrias chicas, decía el historiador Gerald Brenan. Ojalá que ese sentimiento no se imponga hoy en Cataluña.

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Complejo histórico

Del «no me he sentido español ni cinco minutos en mi vida», que dijo Fernando Trueba al recoger el Premio Nacional de Cinematografía, hemos pasado al «gracias por hacerme sentir como un español más», que gritó ayer Nikola Mirotic en Madrid ante el entusiasmo de los seguidores que festejaban el triunfo en el Eurobasket. Trueba, un buen cineasta, aclaró ayer que su intención era pronunciar un discurso divertido: «Es como las películas, a veces intentas hacer una comedia y te sale un drama». Aunque la gracia no apareció por ninguna parte de su intervención, Trueba no se merece la hoguera, como nadie que exprese una opinión. Pero debería mirárselo. En sus palabras subyace algún complejo histórico demasiado extendido. Mirotic carece de él. Su agradecimiento fue mucho más sincero y divertido.

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