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Payasada diabólica

Convertido el Parlamento en una prefiesta de disfraces propia de Halloween (el no de ayer a Rajoy será mañana abstención), Pablo Iglesias escogió el papel del ‘payaso diabólico’ para continuar, supongo, con aquello tan ingenuo de dar «miedo a los poderosos». Pero más que terror lo que produce es repelencia cuando espeta que «hay más delincuentes potenciales en esta Cámara que allí fuera», en alusión a la protesta que rodeará mañana el Congreso de los Diputados. En su afán por erigirse, por las vías de la polarización y la crispación, en el líder de la oposición, Iglesias se ha abonado a los excesos. Como ya es costumbre, el PP entró al trapo, que para eso está siempre presto Rafael Hernando, otro dechado de moderación. Se ve que en política esto de las payasadas diabólicas es viral. Ayer mismo se oyó en la Región otra genuinamente estúpida.

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La universidad ya no es elitista

La universidad, la pública como la privada, está cambiando muy deprisa hacia no sé dónde. La singularidad del mundo académico regional me tiene perplejo, aunque lo más probable es que servidor, desde hace años alejado de las aulas como docente, está completamente desfasado. La ciencia de excelencia nunca tuvo muchos apoyos externos en los campus, pero ahora, bajo la frivolidad imperante, se sitúa también en un segundo plano desde dentro, con centros superiores de enseñanza que brillan más por sus exitosos clubes deportivos profesionales que por sus laboratorios y su producción científica, o que crean cátedras de innovación ecuestre dando marchamo académico a nuevas terapias de eficacia científica no contrastada. La ‘buena’ noticia es que la universidad se ha abierto a la sociedad y ya no es elitista: mañana cualquiera puede ser catedrático honorífico o presidir una cátedra internacional.

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Ocupados

Leo que la diputada andaluza Verónica Pérez, que se autoerigió en la máxima autoridad del PSOE a las puertas de Ferraz, lleva 17 años cobrando sueldos públicos y que no ha tenido actividad profesional fuera de la política, en la que entró con 18 años. No es un caso aislado. Hay numerosos ejemplos a diestra y siniestra, empezando por la propia ministra de Trabajo. En la Región tampoco faltan. El crecimiento económico se ralentiza y el paro vuelve a arrojar cifras preocupantes, pero, habida cuenta que muchos se juegan su propio tajo, prevalecen otro tipo de cuitas. Y así, el PP escudriña si el efecto del caso ‘Gürtel’ y otros de corrupción están amortizados en la opinión publica, el PSOE sopesa los costes de una abstención a Rajoy frente a unas terceras elecciones y Podemos amaga con llevar la inestabilidad institucional a varias Comunidades.

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Aena pasa de San Javier

En el verano en que ha vuelto a batirse una llegada récord de turistas a España, el aeropuerto alicantino de El Altet incrementó en agosto un 14,8% el número de pasajeros respecto a 2015 mientras que el de San Javier bajó un 7,2%. Pero Aena, que gestiona ambos aeropuertos públicos, achaca a las compañías aéreas el bajón de tráfico en el aeródromo murciano, pese a su «labor constante de marketing aeroportuario». Suena a excusa barata. A balones fuera. Mientras no pierda dinero, San Javier recibirá la atención justa de Aena, que potencia todo cuanto puede El Altet para recuperar la millonaria inversión realizada en su nueva terminal. Lo más penoso es que ningún responsable político en la Región le pida cuentas a Aena de su gestión aeroportuaria. Menuda ayuda nos presta para impulsar el turismo.

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¿Por qué y para qué este acto?

Lejos de contribuir a sensibilizar a la opinión pública sobre el drama de los refugiados sirios, el acto celebrado ayer en dependencias de la Comunidad con las primeras familias que son acogidas en la Región quedó circunscrito a una emotiva foto con la consejera de Familia y un breve mensaje de agradecimiento de Hayat, una de las mujeres que ha logrado escapar del avispero sirio. Ante la falta de contenido y de mensajes de utilidad pública, en un acto a la postre completamente innecesario, sobre todo para estas familias, se amontonan algunos interrogantes ¿Por qué Cruz Roja se presta a una petición de la Consejería y luego, una vez fotografiados hasta la extenuación, decide que no cabe hacer preguntas a los refugiados para «proteger su intimidad»? ¿Acaso cabe desprotegerla un poco para que un político se haga una foto? ¿Por qué Cruz Roja y la Consejería convocan a periodistas si de antemano no se nos va a permitir ejercer el trabajo que esperan nuestros lectores? ¿Qué tipo de preguntas y respuestas querían evitarse? En definitiva, ¿por qué y para qué este acto?

Los lectores de ‘La Verdad’ conocen bien la situación en Siria. Desde hace años, nuestro corresponsal en Oriente Medio, Mikel Ayestarán, que compartimos los diarios del grupo Vocento, ha viajado frecuentemente a ese país para relatar de primera mano el horror y hablar con las víctimas de esta cruel tragedia, sorteando todo tipo de obstáculos y poniendo en peligro su propio pellejo para cumplir con su obligación de informar. Pero la de ayer fue una oportunidad perdida para conocer de forma directa la opinión de quienes llevaban mucho tiempo esperando en el Líbano o en Turquía a que la Unión Europea pusiera en marcha su controvertida y varias veces demorada operación de acogida.

Habría sido entendible que Cruz Roja, una organización con una labor humanitaria intachable, hubiera optado por eludir un acto de estas características para que estas familias se recuperen cuanto antes en la intimidad. Lo que es incomprensible es optar por una exposición pública que acaba en una exhibición gratuita del dolor ajeno y que en nada beneficia a las víctimas y a la comprensión de su drama. Estoy convencido de que no hubo mala fe en los convocantes, pero desde luego ayer lo hicieron rematadamente mal en un tema muy sensible.

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Dos elecciones y un funeral

Parad los relojes y desconectad el teléfono, dadle un hueso jugoso al perro para que no ladre, haced callar a los pianos, tocad tambores con sordina, sacad el ataúd y llamad a las plañideras… El poema de W. H. Auden, que protagoniza una escena de la película británica ‘Cuatro bodas y un funeral’, se ha fundido en negro con la realidad. En la campaña electoral de 2015, el primer ministro David Cameron entregó a los euroescépticos de su partido un referéndum que nadie demandaba solo para que dejaran de ladrar. Y ahora media Gran Bretaña festeja el divorcio del ‘Brexit’ con la alegría propia de una boda, y la otra media lo llora con la pena de un funeral. Imagino la vergüenza que los soldados británicos que desembarcaron en Normandía para liberar a Europa del nazismo habrían sentido si hubieran oído a Nigel Farage, líder del Partido Independentista del Reino Unido, hablar de patriotismo y clamar tras el triunfo del ‘Brexit’: «Es la victoria de la gente real, la victoria de las personas decentes». Ahora que el desembarco en las playas europeas es de miles de víctimas de la guerra en Siria, el nuevo populismo, encarnado en el Reino Unido por un partido nacionalista y xenófobo, lo ha tenido muy fácil para que lo impensable hace un año se haya vuelto irreversible. Nadie podía imaginar que los británicos votarían a favor de salir de la UE, pero esto es lo que puede suceder cuando en las urnas predominan las emociones sobre el cálculo de pérdidas y ganancias y se produce una trágica concurrencia de líderes políticos irresponsables.

Cameron deja como legado un país más aislado y completamente dividido, generacional y territorialmente, con Escocia llamando de nuevo a las puertas de su independencia, por una consulta sobre una decisión trascendental que hubiera precisado de una mayoría cualificada, en lugar del lanzamiento de una moneda al aire. Las consecuencias para el Reino Unido y la UE son demoledoras. Todos perdemos. Se abre una peligrosa senda de deserciones de otros Estados miembros que ya está siendo alentada por la ultraderecha francesa y holandesa, mientras los líderes de la UE se muestran incapaces de resolver la crisis de desafecto hacia el proyecto europeo. No son pocas las incertidumbres para España y para una región exportadora y receptora de turistas como la nuestra.

Hoy, con la resaca del ‘Brexit’ y el horizonte europeo cargado de sombras, los españoles estamos llamados a votar por segunda vez en seis meses. Cada cual sacará conclusiones de lo ocurrido desde diciembre, hará balance de la legislatura, sopesará las últimas ofertas de la campaña, reflexionará sobre qué candidato le inspira más confianza y decidirá qué modelo de región y de país quiere para el futuro. Habrá quienes voten emocionalmente y quienes lo hagan analíticamente. Todas las motivaciones son legítimas y cada papeleta tiene el mismo valor. No conviene orillar uno de los recordatorios del ‘Brexit’: cada voto, vaya donde vaya, tiene sus consecuencias. Y son irreversibles hasta dentro de cuatro años, en condiciones normales de estabilidad democrática. El último fracaso en la formación del gobierno es responsabilidad directa de la clase política, pero el reparto de fuerzas es solo atribuible a la voluntad de los votantes. Nuestros políticos son el reflejo de lo que somos y de lo que queremos ser. Votar es una nueva oportunidad para marcar el rumbo de España y colmar nuestras aspiraciones personales y como Región. También es legítimo renunciar a esta toma de decisión colectiva, pero la autoexclusión solo sirve para que los demás decidan por cada uno de nosotros.

Los sondeos de las últimas semanas arrojan un resultado incierto. Se vislumbra una aritmética tan compleja o más que la observada en diciembre para la formación de gobierno. Pero la encuesta que vale, la auténtica y real, es la que hoy saldrá de las urnas. Esta vez, los líderes políticos españoles ya no podrán rehuir el máximo esfuerzo para lograr los pactos que conformen un gobierno. Volver a las líneas rojas, el ‘teatrillo’ y demás estrategias dilatorias para desembocar en una tercera vuelta supone por anticipado un escenario inadmisible para una ciudadanía que lleva dos años acudiendo a las urnas para comicios municipales, autonómicos y generales. España está necesitada de estabilidad política para dejar atrás la crisis y para llevar a cabo las reformas institucionales y de regeneración política que demanda una inmensa mayoría. Precisa de una política económica definida que inspire confianza y que sea predecible para que el mercado de trabajo acelere su reactivación. Necesita de acuerdos para solventar la crisis de nuestro modelo de financiación autonómica y encontrar soluciones a problemas estructurales para nuestra Región, como la ausencia de agua para sus campos. En juego hay demasiados asuntos relevantes como para plantearse abdicar del derecho a influir a través del voto. La suma de todos ellos pondrá sobre la mesa esta noche cuál es el deseo mayoritario de los españoles.

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