La Verdad

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Prestigiar la lectura
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Alberto Aguirre de Cárcer | 21-02-2010 | 10:29| 0

De todas las crisis que vivimos hay una que nunca figura en la agenda política y sólo residualmente ha sido objeto de debate parlamentario. Y es así porque la presión y preocupación social es casi inexistente, aunque está en las raíces de muchos males de nuestro tiempo. Hablo del hábito de la lectura, esa costumbre en vías de extinción que, según el último barómetro de la Federación de Gremios de Editores de España, practica poco más de la mitad de los españoles. Nuestra Región no es ninguna excepción. La tasa de población lectora se sitúa siete décimas por debajo de la media nacional (55%), algo mejor que la de Extremadura, Andalucía, Castilla-La Mancha y Asturias. Mal bagaje en general para un país que aspira a incorporarse a la sociedad del conocimiento con el resto de la UE. Esta semana, nuestro compañero Antonio Arco puso el dedo en esta llaga al preguntar al escritor Javier Cercas por qué es necesaria la lectura. Su respuesta fue certera: «Porque sin leer te vuelves tonto y te mueres de asco». Tiene tanta razón como Antonio Muñoz Molina cuando sentencia que «leer es el único acto soberano que nos queda». Desde las administraciones públicas y los medios de comunicación hemos contribuido irresponsablemente a ese desinterés por la letra impresa, a esa renuncia voluntaria a la lectura que hace la mitad de la población. Se ha explotado la telebasura hasta límites insospechados y se ha transmitido la idea de que no es necesario tener conocimientos para triunfar porque basta con dinero, juventud y belleza. Además se han jaleado los fuegos de artificio culturales, fogonazos brillantes pero que sólo dejan olor a pólvora, sin exigir la universalización de las bibliotecas municipales y campañas de promoción de la lectura. Por la parte que me toca debo reconocer que los periodistas no hemos sabido prestigiar la lectura de nuestros periódicos. Incurrimos ahí en un grave error porque los diarios de información independientes son el último reducto para el intercambio civilizado de ideas y el territorio natural para comprender las claves de los acontecimientos globales y locales con informaciones contextualizadas y de calidad. Si no ponemos en valor nuestras fortalezas, llevar un periódico bajo el brazo o un libro en la mano puede convertirse en un signo de distinción intelectual de una exigua minoría. A esos fieles lectores que nadan contracorriente les debemos corresponder con opiniones fundamentadas y ponderadas e informaciones rigurosas, contrastadas, independientes, interesantes y útiles. De esa forma contribuiremos a forjar un país sin riesgo de articularse con una ciudadanía adormecida, manipulable y, a la postre, menos libre.

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Monteagudo
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Alberto Aguirre de Cárcer | 14-02-2010 | 10:22| 0

Cuando la noche engulle la huerta de un veloz bocado y la sumerge en la oscuridad, veo todas las tardes desde ‘La Verdad’ cómo la luz de esta tierra se apaga lentamente desdibujando el imponente perfil del Cristo de Monteagudo. Cada uno tiene su particular ‘skyline’, su momento mágico del día, su paisaje más evocador. Y el mío es el Cristo de Monteagudo y su fortaleza morisca en los atardeceres de Murcia. Ni siento que irradie energía negativa ni que profane un castillo árabe ni que sea «una especie de postizo que deforme la belleza del lugar», como afirma el abogado José Luis Mazón en la excelente entrevista que firma hoy Ricardo Fernández en páginas interiores. Aunque reconozco su historial jurídico trufado de éxitos, tampoco comparto su interpretación de la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre los símbolos religiosos en la vida pública. Y mucho menos estoy de acuerdo con este letrado cuando afirma estar sorprendido por la supuesta existencia de una «Murcia ultracatólica y exacerbada». Sin embargo, desde esa profunda discrepancia, respeto sus opiniones y jamás entraría en el juego de las descalificaciones personales. Es más, como profesional del periodismo siento una especial curiosidad por saber cuáles son las motivaciones personales de quien ha sido capaz de suscitar un clamor tan generalizado contra su iniciativa legal. De ahí el interés periodístico de la entrevista de ‘La Verdad’ con este abogado, que autodefine su labor de quijotesca y se declara un profundo admirador de la obra de Cervantes. Nada menos que veinte veces ha leído esa pieza cumbre de la literatura española, una pasión comparable a la del ingenioso hidalgo por los libros de caballerías, esos que le hicieron perder el sentido de la realidad. Filósofos como Jürgen Habermas y Luc Ferry han debatido y escrito sobre la presencia de los símbolos religiosos en la vida pública desde una perspectiva laica pero sin llegar al extremo que predica José Luis Mazón. Sinceramente creo que esta iniciativa atenta contra el sentido común, al igual que piensan otros muchos ciudadanos que no son ultracatólicos o fanáticos religiosos. Entre el fundamentalismo y el relativismo moral hay posiciones intermedias donde se sitúan un gran número de personas, que no alterarían su punto de vista si el objeto de la polémica fuera un monumento musulmán. Los símbolos religiosos no deben invadir el espacio público si resquebrajan los principios básicos de nuestra cultura democrática, pero no parece el caso de una larga lista de monumentos que exclusivamente reflejan las profundas raíces cristianas, musulmanas y judías de la historia de España.

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Desconfianza
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Alberto Aguirre de Cárcer | 07-02-2010 | 10:22| 0

Con la mirada perdida, las piernas de trapo y la titubeante capacidad de reacción de un boxeador al borde del ‘knock out’, acaba Zapatero su semana más negra de la legislatura. Tras los directos propinados por la Comisión Europea, el FMI y otros organismos internacionales al mentón de cristal de su política económica (el déficit público), el presidente viajó a Davos para recuperar la credibilidad exterior de nuestra economía. Tomó aire y desde allí lanzó promesas de austeridad en las cuentas públicas. Fue la antesala de sus propuestas de reforma del sistema de pensiones y del mercado laboral, dos iniciativas de calado estructural que reclamaban desde hace años las principales instituciones de referencia. Pero los resultados de ese giro positivo resultaron devastadores en términos políticos. La jubilación a los 67 años pilló por sorpresa a las filas socialistas, puso en pie de guerra a los sindicatos y provocó el enojo general de los futuros pensionistas. A los actuales ya los había ‘calentado’ con la pérdida de poder adquisitivo al suprimir los 400 euros de deducción en el IRPF. Los mercados, implacables, dictaron sentencia en la Bolsa con un desplome del 6%. Lejos de recuperar crédito, el Gobierno suscitó acusaciones de improvisación y descoordinación. En la opinión pública flota ahora una percepción mayoritaria: la confianza en Zapatero está bajo mínimos. La plegaria junto a Obama quedó en una anédcota para quien, según el CIS, ya no es el líder más valorado. Tampoco lo es Rajoy sino Rosa Díez. Y eso añade nuevos interrogantes sobre el papel del presidente del PP en la encrucijada que atraviesa España. A Rajoy no le gusta que le marquen los tiempos y hace oídos sordos a los cantos de sirena de los partidarios de una moción de censura o de elecciones anticipadas. Como hizo con los conflictos internos del PP, Rajoy practica por ahora la suerte de Don Tancredo. Ese lance taurino que le sitúa, inmóvil, en el ruedo de la política con la esperanza de que el toro, en este caso la bestia negra de la crisis, le confunda con una estatua y no le arrolle. Puede optar por contemplar el naufragio de su adversario o intentar consensuar con él esas dos reformas ineludibles. Lo segundo es difícil de digerir para el PP que, en materia económica, ha sido ninguneado y tachado de antipatriota por el Gobierno. Pero, ¡ojo!, lo que de verdad inquieta a la ciudadanía no es el futuro de Zapatero o Rajoy, sino el destino de un país que bordea un precipicio. Quien gobernase sobre los escombros, sea uno u otro, tendría una parte alícuota de responsabilidad.

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No en mi jardín
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Alberto Aguirre de Cárcer | 31-01-2010 | 10:20| 0

El rechazo social a los almacenes de residuos nucleares es un fenómeno global. En los años 90 tuve la posibilidad de observarlo in situ en el emplazamiento candidato de Yucca Mountain (Estados Unidos) y en el entorno de la mina de sal de Gorleben, donde Alemania deposita los desechos de sus centrales. Pero lo sorprendente, y quizá único del caso español, es que los mismos políticos que aprobaron en sede parlamentaria un plan de residuos radiactivos, con el mandato de construir un almacén temporal centralizado (ATC), sean los que ahora se oponen a esta instalación si se ubica en su territorio. Todos lo aceptan, pero de ninguna manera en su patio trasero. Lo que está ocurriendo en nuestro país alcanza dimensiones escandalosas porque el ministro de Industria que impulsó ese plan, José Montilla, impone ahora como presidente de la Generalitat un veto al ATC en Cataluña. con el argumento de que allí no que no hay un consenso social. A esas tesis se sumó alegremente el presidente castellano-manchego, José María Barreda, poco después de que María Dolores de Cospedal amenazara a un alcalde de su partido con un expediente por presentar la candidatura de su municipio. El despropósito general se acrecienta aún más cuando, en un intento de apaciguar las aguas, Zapatero interviene. Promete que el emplazamiento se elegirá por consenso y logra una exigua tregua de pocas horas. Es el propio ministro Sebastián quien la revienta al tachar de insolidarios a Montilla y Barreda. En fin, un bochornoso sainete, trufado de argumentos populistas y demagógicos, que esconden intereses electorales. Con la polémica ha saltado por los aires toda una estrategia, basada en la voluntariedad de los ayuntamientos, que el propio Gobierno diseñó hace años para solventar este espinoso asunto. Nadie pensaba que iba a ser fácil, pero tampoco que la oposición al ATC iba a proceder del propio ‘cerebro’ del plan. Las consecuencias son nefastas porque se contamina para mucho tiempo el debate sobre la energía nuclear, crece la percepción de insolidaridad territorial y retrasa la apertura de una instalación incómoda, pero necesaria. A partir del 1 de enero, España deberá pagar 60.000 euros al día a Francia por conservar los residuos radiactivos de Vandellós si no tenemos un almacén para conservarlos y siguen en territorio galo. ¿Adivinan quien, a la larga, acabará pagando el pato por la vía de la factura de la luz?

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Jugar con fuego
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Alberto Aguirre de Cárcer | 24-01-2010 | 10:19| 0

Alguien con mucho criterio me comentaba días atrás que España parece abocada a un proceso de ‘italianización’ donde convivirían, en mundos paralelos y desconectados, una clase política en permanente bronca, sin visión de Estado y alejada de los ciudadanos, y una sociedad civil emprendedora pero condenada a avanzar, sin ayuda, por la senda del crecimiento económico. Y aunque es posible abrirse paso como país con esos mimbres, nadie en su sano juicio apostaría por ese modelo de sociedad. Esta desafección con los dirigentes políticos es hoy perceptible en asuntos centrales que preocupan a la ciudadanía, como el mercado de trabajo, el problema del agua, la financiación local, la inmigración o la gestión de los desechos nucleares. Mientras la mayoría de los españoles reclaman soluciones urgentes y consensuadas sobre esos temas, los partidos políticos están a otra cosa. Toda las prioridades, ritmos y posiciones están ahora supeditadas al calendario electoral y a las expectativas en las urnas. Este año hay una cita importante en Cataluña y el próximo habrá municipales y autonómicas. En este escenario, PSOE y PP se mueven por cálculo electoral. El caso del estatuto de Castilla-La Mancha transita por esas coordenadas. Zapatero sabe que no tiene asegurada la victoria de Barreda y Rajoy cree que Cospedal puede ganar. Con Murcia no hay dudas, ni en Ferraz ni en Génova: la victoria de Valcárcel se da por descontada en 2011. De ahí el interés de la dirección nacional del PP en proteger las aspiraciones de Cospedal y en trasladar toda la responsabilidad sobre el futuro del trasvase Tajo-Segura a Moncloa. Esa estrategia centrada en el desgaste de Zapatero tiene sus réditos, aunque es insuficiente porque no sirve para que los populares sean percibidos como alternativa. Los ‘barones’ lo saben e insisten a Rajoy en que también es hora de exhibir la gestión realizada en Murcia, Madrid o Valencia. Los riesgos son aún mayores si por asegurar una victoria en Castilla-La Mancha, el PP cae en contradicciones y se desdibuja una posición inequívoca y única, a nivel nacional, sobre el agua o la energía nuclear. El último episodio sobrevino esta semana cuando el municipio de Yebra (Guadalajara), gobernado por los populares, anunció que quiere el almacén de residuos nucleares. Cospedal se opuso, Javier Arenas la desautorizó y Rajoy se quitó de en medio («no tengo una opinión fundada»). A eso se le llama jugar con fuego.

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