La Verdad

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Millennials autodefiniéndose entre quintos
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Andrea Tovar | 29-03-2017 | 15:31

Mis amigos ya están sentados en la terraza. Sobre la mesa hay un cubo lleno de quintos y uno de ellos los abre a diestro y siniestro.

– Has abierto uno de más.

– Y qué. Nos sobra el dinero.

Me río. El que lo ha dicho está en paro. Oficialmente, para la Seguridad Social quiero decir, nunca ha trabajado, aunque llevaba un año y pico en un despacho. Cobraba cuatrocientos euros. Tenía suerte. En cambio, la de su izquierda, que lía un cigarro y se atusa el pelo decolorado, sólo gana ciento veintiséis. Es graciosa la precisión, ciento-veinti-séis. Ni cuatro ni seis, ciento veintiséis. Tampoco tiene contrato. El último del grupo oposita desde hace un par de años. Nos pasamos la vida en la calle porque todos vivimos con nuestros padres.

– ¿Qué pensáis que es un millennial?- pregunto, después de un rato en silencio.

– No sé- contesta el parado- Lo escucho siempre pero no sé qué es.

– Cómo no vas a saberlo –dice ella- Tú eres un millennial.

Entonces explica, muy docta ella, que los millennials somos los nacidos entre el año ochenta-ochenta y dos y el noventa- noventa y dos. Más o menos. Nos guste o no, los cuatro somos millennials. Las pautas que han conformado nuestro carácter son dos: un auge bestial de las tecnologías y una crisis económica bien fresca justo en el momento en que debíamos salir al mundo laboral.

– Pero yo no tengo Facebook ni nada- se queja el parado.

– Ya, y estás todo el día mirando las fotos de perfil de Whatsapp de tus conocidos.

– Eso es de viejos, tío- dice el opositor, con el móvil plantado frente a las narices- Hazte Instagram y cotillea como es debido.

Me mira fijamente y añade:

– Los millennials sólo quieren ser ninis, pero con dinero. Quieren ser… como sus ídolos de Youtube, de Instagram. Se creen especiales sin serlo.

Mi amiga replica, pero no es la primera vez que oigo un comentario así. Hay una corriente extendida que analiza las particularidades de nuestra generación desde un prisma poco favorecedor. Supongo que no les faltan razones: la enorme tasa de depresión y trastornos ansiosos en jóvenes, la más que tardía edad de emancipación, escasa capacidad de concentración, involuntaria hiperactividad para mantener un trabajo durante demasiado tiempo… Si lo pienso, estas características son consecuencia de uno u otro de esos rasgos definitorios de los millennials: la crisis y la tecnología.

Sin embargo… hay un factor que siempre se queda fuera de la ecuación. Parece que fuéramos niños caprichosos… porque sí. Y es el siguiente: ¿Cómo se nos ha educado?

Mis amigos y yo tenemos carrera y máster. Hablamos varios idiomas. Somos creativos, nos gusta socializar. Tenemos cierta cultura de libros, cine y series. Es cierto que soñamos. ¿Pero acaso no nos animaron a apuntar alto? Lo único que nos granjeaba la simpatía del universo era una calificación alta bajo el brazo. Fue lo único que se nos pidió, mientras el dinero corría con cierta fluidez e íbamos a veranear, veíamos algo de mundo, la nevera estaba llena y nosotros éramos súper listos y, por supuesto, estábamos destinados a triplicar todo aquello en el futuro.

Y ahora que hay que recoger los frutos… Les miro. Mi amigo, el parado, se va a Escocia o Irlanda o algún sitio del estilo a aprender inglés, lo que se traduce como una excusa para vivir, sin dar más explicaciones. Mi amiga no sabe a qué dedicarse, porque lo que le gusta es dificilísimo de conseguir y lo que ya tiene –la carrera, el máster, los ciento veintiséis euros- resulta tan esclavo, tan gris… Y el opositor, en fin. Los opositores se ponen en modo automático hasta nuevo aviso. Es mejor no zarandearles mucho.

¡Nos mintieron! Eso pienso mientras doy un trago al quinto, a cero cincuenta la botellita -yo salgo barata porque con dos cervezas estoy más que servida-. A lo mejor por eso estamos tan desilusionados con este mundo, aunque sólo tengamos veintialgo.

Así que brindamos y nos hacemos un selfie.

Sobre el autor Andrea Tovar
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