La Verdad

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¿De qué color son mis ojos?
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Andrea Tovar | 07-08-2017 | 08:15

Vía Tumblr (fuente: @kinoaida)

Vía Tumblr (fuente: @kinoaida)

 

Nos presentamos así, entre sonrisas tímidas y palabras elocuentes. Cada gesto tenía un profundo eco, y la menor distancia entre los cuerpos era proporcional a la velocidad del latido. Nos mirábamos el color de los ojos, estudiábamos las arrugas que se formaban en las comisuras al reír. Espiábamos cuando el otro miraba hacia un lado. La textura de la piel, la forma del cuello.

Queríamos querernos. Y nos quisimos.

Nos quisimos tanto que se nos olvidó mirarnos. Así, directamente, sin clandestinidad.

 

-¿De qué color son mis ojos?

-Del color de la duda.

-¿De la duda?

-No hay nada más cierto que esta eterna duda que nos envuelve.

-Yo si de algo dudo es de todo menos de esto.

-¿De esto?

-De nosotros. De querernos.

 

Sin embargo, se acabó la función, se despejó la duda.

No había solución para el problema. Tendíamos a más infinito, o eso pensábamos, pero se quedó en cero. Aquí estamos. Justo en este punto. Tú en el tuyo, yo en el mío. Empezando caminos o dando más pasos en cada uno de los senderos. Las líneas no son secantes. Lo fueron, en algún momento, aunque puede que solo fuéramos paralelas que ansían tocarse de vez en cuando.

Te hablo, con lo poco que sé, de líneas y números, aunque yo soy más de humo y colores. A veces intuyes cosas en el fondo de las pupilas que no están en las entrañas, y te fías de eso, esperas que anuden dos destinos, que fuercen las líneas paralelas hasta convertirlas en secantes. El color de unos ojos es solo la superficie del lago. Nadie puede bucear tan profundo. Sumergirse hasta abajo.

No sé la receta del amor, ni tampoco la fórmula del desamor. Soy más de humo y colores, como digo, y de despejar la equis con palabras. No ansío vivir en el interrogante perpetuo. No, no me gusta la eterna duda que todo lo envuelve. No me gusta no sonreír. Ni llorar –no así-. Ni sentir que la superficie del lago de pronto se ha vuelto de hielo, y darme de bruces contra un casquete congelado. Golpear la cabeza una y otra vez contra tus pupilas, gritando y llorando, intentando atisbar por fin el fondo. ¿De qué color es tu fondo? El color del iris lo sé de memoria. Sé tu cuerpo de memoria. La piel que lo recubre. Pensábamos que eso era suficiente.

No lo era.

No hay culpas. Las hay, claro que las hay, pero no sirven. No consuelan ni alivian, sino que curvan aún más la espalda, añaden peso en el estómago, cierran la boca de la garganta. Secan el ojo de agua helada. Las culpas son solo excusas para transitar de un lado a otro y dejar que las horas transcurran mientras se llega a un sitio más sereno. No sirven a largo plazo. La ira, a corto sí, pero luego se diluye y se vuelve un monzón caprichoso. Asola el mundo a su paso.

Tu culpa me hierve por dentro y la mía me ahoga.

No sirve.

El amor que nos tuvimos, eso sí sirve. Eso no muere, ni hoy ni nunca. Se va a transformar en otra cosa, y lo mismo hasta desaparece de la faz de la Tierra, y ya no lo encontraremos en el mundo, en las cosas, ni en hogares ni en mezcla genética. Pero pervivirá en la superficie del cuerpo, una huella imperceptible en la piel, un toc-toc en la pupila que acaso consiguió bucear, romper el casco de hielo. Bajar hacia el fondo. Convertir el crudo invierno en un lago de montaña, fresco y revitalizante, durante quién sabe cuánto tiempo.

Y si luego se congela de nuevo, si vuelve a juntarse el hielo y borra la señal de la fractura de las manos que llamaban, de la huella de los dedos, no debemos preocuparnos: otras manos se atreverán a acercarse a la superficie, y para esos ojos quizá volveremos a ser cálidos. Verán esos ojos por fin el color de nuestras entrañas. Y así, cuando les preguntemos,

 

-¿De qué color son mis ojos?

Nadie dirá:

– Negros.

Contestarán, en cambio:

– Son de todos los colores. Y deseo vivirlos todos.

-¿Aunque parezcan de uno solo?- responderemos nosotros.

Y ellos dirán,

-Sí. Tus adentros contienen todos, y yo quiero seguir bajando por tu alma y entrando en tu cuerpo. De eso no tengo ninguna duda.

 

Sobre el autor Andrea Tovar
De momento, veinticinco primaveras o un cuarto de siglo, según se mire. Me resulta complicado pitar cuando conduzco, así que vuelco esa ira sobrante aquí. Sin embargo, me gustan más cosas de las que me disgustan: me gusta gesticular cuando hablo, la gente que se sienta en el suelo y los helados de Stracciatella, por ejemplo. El pelo me cambia de color según los posts que escribo. Puedes leer mis relatos en la web de la revista literaria RSC (Relatos Sin Contrato). Para más info de lo que hago, sígueme en Instagram: @atovv

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