La Verdad

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Por qué sigues atrapado en tu deprimente pasado. Tiempos (I)
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Andrea Tovar | 07-08-2017 | 08:14

 

Vía Tumblr (fuente @peoplealwaysleave-99)

Vía Tumblr (fuente @peoplealwaysleave-99)

 

El otro día tuve una revelación clara, mediocre en apariencia, pero efectiva en cuanto al fondo. Me refiero a que cuando dejas que las palabras calen en toda su esencia, tocan puntos inesperados:

«El pasado ya no existe. El futuro tampoco. Todo lo que tengo en esta vida es esto, el aquí y el ahora».

Se ha escrito y hablado mucho sobre el tiempo, esa cuarta dimensión en la que nos desarrollamos, nosotros y nuestra larguísima historia personal. Creo que la razón de ello es que no parece justo que, con la ligereza que comporta el presente –estoy en esta cafetería, bebo café, tengo veinticinco años, peso cincuenta y tres kilos-, tengamos que pasear cargados con las pesadas mochilas del pasado y del futuro.

Con este post abro la trilogía de Tiempos, un repaso por Pasado, Presente y Futuro. Como los tres fantasmas de la Navidad, solo que en época estival, aprovechando que ahora tenemos, precisamente, más tiempo para pensar en ello, y que se nos concede un descanso de la rutina que deja espacio a la reflexión serena.

Vía Tumblr (fuente @neonsigsn)

Vía Tumblr (fuente @neonsigsn)

Así que empezamos por el yo era, yo estaba, yo tenía. ¿Cómo deshacerse del peso del pasado? Esa lista interminable de victorias y fracasos que conforman, con mayor rotundidad según la magnitud de la experiencia, el catálogo de adjetivos y sustantivos con que nos etiquetamos –y nos etiquetan-.

Una de las premisas básicas de la Psicología es la siguiente: no recordamos, sino que reconstruimos. No existe una revisión del pasado –que ya no es tangible, como este café o el ordenador/móvil que tienes delante- que sea puramente objetiva, desligada de toda emoción o matiz que tienda a enardecer aspectos particulares de la vivencia. Narramos la Historia de nuestras Vidas como si fuera unívoca, y clasificamos los grandes acontecimientos como positivos o negativos, a grandes rasgos.

Pues te digo una cosa: ese verano, esa relación de pareja, aquel año en que estuviste tan bueno… todo eso no fue tan estupendo. Tampoco ese invierno, esa turbulenta relación ni aquel trabajo fueron tan horribles. Si desciendes al detalle, si haces zoom en la época en cuestión, lo más normal es que te des cuenta de que había cosas buenas y malas, como siempre. Aun así, anhelamos o denigramos en nuestra mente momentos del pasado, en bucle. Y normalmente, tanto el pasado glorioso como el desdichado se tiñen de una capa oscura en nuestro recuerdo, sea por la agria nostalgia de querer más de aquello o por el mal sabor de boca de haber vivido algo tan duro.

El motivo de que sigas atrapado en tu deprimente pasado no es otro que el funcionamiento de tu cerebro. Según Sharon M. Koenig, y parece unánime el dato, tenemos aproximadamente 60.000 pensamientos al día, pero la mayoría de estos son antiguos, del pasado, y además, negativos. No es tu culpa. Bueno, un poco sí. Porque hay margen de actuación.

A pesar de que cada día es una página en blanco, relativamente disponible para garabatear nuevas ideas o proyectos, las conexiones neuronales que dan lugar a pensamientos concretos crean auténticas autopistas cuando se repiten una y otra vez. Es como si los pensamientos trazaran vías en la masa gris. A mayor tránsito, mejores son las condiciones de esta calzada, que pasa de ser pedregosa a asfaltada. Y por tanto, más rápido se reproducirá el pensamiento. Es economía, al fin y al cabo, reducción de los costes.

Por tanto, el número de pensamientos nuevos que tengas al día, aumentará las posibilidades –por estadística- de que halles una solución original a aquello que te inquieta. Es lo que llaman, en otro contexto, thinking outside the box (pensar fuera de la caja). En lugar de darle a la tecla del replay en el disco rayado de tu mente, puedes poner los pies en tierra virgen y decidir dar un paso en una dirección alternativa, siquiera en un plano conceptual. Es aquí donde reside tu poder de cambio, el control sobre tu propia psique.

Con todo, en ocasiones es más que recomendable echar la vista atrás, pero cuando la tarea se acometa con el mayor rigor científico, si se me permite la expresión. Cuando te hallas imbuido de un estado anímico muy potenciado, la visión es borrosa y condicionada. En cambio, con la mente clara, con una predisposición sincera a ver lo bueno y lo malo del pasado, se pueden llevar a cabo las dos facetas de la superación: la comprensión y la aceptación.

Vía Tumblr (fuente @thegoodvybe)

Vía Tumblr (fuente @thegoodvybe)

En primer lugar, hay que entender por qué se hizo lo que se hizo –o se nos hizo lo que se nos hizo-. Por qué ocurrió aquello. El cúmulo de factores que produjeron aquella situación. La razón es una luz potente que desvela, en ocasiones, la inevitabilidad de lo que estaba aconteciendo.

En segundo lugar, hay que aceptar que ocurriera. Y en ese caso, es habitual la práctica del perdón. En mi experiencia personal, una vez que se comprende y se acepta el pasado, el perdón hacia uno mismo y hacia los demás llega casi automático.

A veces es necesario cerrar la etapa con algún gesto externo. Aunque en puridad no exista, como parte del pasado que es, e incluso parezca ilógico de cara a la galería estar rumiando aquello, cuando el pasado sigue sangrando en la cabeza y ha dejado un reguero de traumas y malas concepciones personales, sea de la vida, de uno mismo o de los demás; lo más conveniente es poner puntos de sutura a través de algún acto, el que sea más adecuado. Puede que se trate de mantener una conversación con alguien, lo más sincera posible. Incluso escribir una carta, si el cara a cara no funciona. Otras veces se trata de una actividad personal, más propia e íntima: hacer tal o cual cosa, o dejar de hacerlo. Lo que sea. Pero hay que hacerlo.

Porque esos momentos liberan lastre. Saben a fin de capítulo de un libro muy largo. Es una pena que emborronemos las páginas nuevas con la tinta confusa de las páginas de ayer. Cuando el pasado está sanado e integrado es más fácil que el cerebro se ocupe de nuevos asuntos. De estas nuevas reflexiones e ideas, más frescas, nacen proyectos y utilidades desconocidas, enriquecedoras, que nos hacen crecer y ser más felices día a día.

Alguien me dijo ayer que cuando el pasado pesa más que las experiencias que aún quedan, uno es oficialmente viejo. Y creo que es verdad: uno puede ser viejo con dieciocho años sin darse cuenta. Y también tener ochenta y uno y seguir atento, avispado. Piensa en los ancianos que se manejan en Internet mejor que tú.

Aunque suene a tópico, cada día nos ofrece una nueva oportunidad de soltar parte de ese peso y caminar más ligeros, más erguidos, para aprovechar las potencialidades del hoy. El presente se llama así por eso, porque es un regalo. Pero eso… lo dejamos para el siguiente capítulo.

 

 

 

 

 

 

 

Sobre el autor Andrea Tovar
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