La Verdad

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Lanzarse a la piscina
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Andrea Tovar | 06-11-2017 | 09:44

Vía Tumblr (fuente: vanish)

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Te dicen, «lánzate. Lánzate a la piscina».

Tú contestas, «bueno, calma, no sé, déjame ver, no llevo los manguitos, quizá me dé un chapuzón rápido», y te responden, «estás cagado. Es que tienes miedo. El miedo no sirve para nada».

La verdad es que no sabes si el agua estará fría o caliente, ni si habrá agua siquiera. Lo mismo te tiras de cabeza y acabas vegetal. Lo mismo no lo cuentas. Lo mismo dentro de la piscina hay un tiburón gigante. Cómo vas a saberlo. Mitch Buchannon no va a venir a salvarte, ni los dos enormes flotadores de Pamela. Es que es peligroso, no me jodas. Lanzarse a la piscina.

En realidad no importa tanto lo que haya ahí, si agua caliente o fría o tiburones. El quid de la cuestión está en que ya tienes magulladuras por todo el cuerpo. Te duelen los músculos de nadar. Estás hasta las narices de bregar y de tratar de flotar solo, en aparente compañía.

Lo que todos te dicen: «Merece la pena. Merece la pena lanzarse al agua».

Lo que nadie te dice: «La mayor parte de las veces, ni la hueles, ni siquiera te acercas a una mínima conexión humana. Y cada esfuerzo que hagas por sumergirte, por nadar y acercarte al otro, será en vano. Cuando estés húmedo, de pronto, se acabará el baño, por un motivo u otro, y tendrás que ponerte a secar al sol, si es que lo pillas. Si es invierno, pulmonía y te jodes. Sin más. Ahora, si quieres, lánzate. Ahora si quieres hablamos también del agua fría o caliente o de su ausencia o de los tiburones o de Pamela».

El primer amor es el que más se siente porque ahí ibais vírgenes, se te tatúa en el alma porque aún no había exigencias y erais un folio en blanco, dispuestos a anotar cualquier cosa, a modularos al clima y a moldear vuestro carácter para complacer al otro, hasta cierto punto. Creíais en las promesas y en los proyectos, aunque sonaran tan lejanos. Erais jóvenes y el mundo estaba ahí, esperándoos a vosotros y a vuestro amor eterno. Que luego lo mismo tu amorcito te ponía los cuernos en una discoteca cutre con cualquiera, pero oye, el amor seguía siendo invencible y nadie entendía esos vaivenes tan vuestros, cómo dolía, qué ortopédico era el sexo al principio, cómo sentíais las discusiones, qué profundas -que a lo mejor radicaban en que no se había conectado al Messenger a la hora que acordasteis, y ya está, ahí teníais gresca para un rato largo-. Y qué Pasión de Gavilanes y Rebelde Way y todas las bazofias que veíamos, qué The O.C. –que no es bazofia en absoluto- y qué de todo.

Ya no quieres un Juan, ni un Franco, ni un Óscar Reyes, ni una Mía ni una Marizza con zeta ni Marissa con ese ni un Seth Cohen, pero bueno, tampoco quieres que te destripe un tiburón, ni quedarte vegetal. Ahora lo único que pides es un poco de humanidad, a lo mejor, una relación interpersonal sincera, productiva. Que nadie te diga ojos verdes tienes si son negros. Que te digan ojos negros tienes, qué bonitos, si lo piensan de verdad, si los han mirado lo suficiente como para creerlo. Y si no, que se callen.

Callémonos todos si no es para decir verdades, por favor. Que de hipocresía está lleno el planeta y el telediario y basta ya. Un poco de valores de Jon Snow, digo yo. Seamos más Jon y menos Little Finger.

Es que si no te tiras a la piscina es porque ya tienes pelicos, entiéndeme. Ya no tienes ganas de hacer el subnormal y acabar lisiado, ¿o no? Qué romántico suena todo cuando viene en formato americanada, y qué poco sincero, qué poco Jon Snow. No sirve. No sirven esas chorradas a última hora del día, cuando necesitas algo real. Una charla, un abrazo, una cerveza. No sirve de nada y entonces piensas pa’ qué. Inviertes lo más valioso que tienes, el tiempo, en conocer a alguien, pero la mayoría de veces no le estás conociendo de verdad, porque vamos con cuidado de no mostrarnos. Qué pereza.

Vía Tumblr (fuente: vanish)

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El mercado de la carne funciona bajo una lógica esquizofrénica con reglas no escritas que pueden resumirse en lo siguiente: «actúa como si te importara, pero que no te importe una mierda». Esto es: que parezca que te lanzas a la piscina alegremente, no por nadie, solo por gusto, que si no llegan los agobios, tiene que parecer que eres siempre así, una persona desprendida y con ganas de pasar un buen rato con el primer ser humano que se cruce, y entonces te das un baño a lo tuyo, hablas y haces y te pegas un restregón si acaso, pero que parezca que es así como por casualidad, y luego haz concesiones, di que es un chapuzón especial y todo eso, pero que sea una bola, no lo digas en serio, dilo solo por cumplir, y si es verdad pírate rápido porque estás en peligro serio. Porque ahí es cuando vienen los tiburones y todo eso, ahí te habrás lanzado de verdad a la piscina y eso no mola, estás ya magullado, piénsatelo dos veces. Te van a destrozar vivo.

No hagas caso a la industria del marketing amoroso, protégete. Protégete de los depredadores y de las mentiras. No te creas ni media. No hasta que tengas motivos de peso para ello. No te lances a la piscina. Remoja los pies, si eso. Cuídate muy mucho el corazón, recúbrelo con papel de ese de pompitas con que se protege el vidrio en las mudanzas.

Supongo que el único peligro de hacer tal cosa -de protegerte- es que al final el corazón acabe tan embalado que no sepas cómo retirar el film cuando llegue alguien que merezca la pena.

Un peligro mínimo. Irrisorio.

Que también es posible que la única manera de deshacerse de la protección, llegado el momento, sea rasgar las capas con algo afilado. Y ya se sabe que lo que está tan a cubierto durante mucho tiempo se vuelve débil. Lo mismo se te va el cuchillo y te rajas el corazoncito y adiós muy buenas, ahora sí que estás jodido.

Así que las opciones son dos: o te proteges o no lo haces.

Si te proteges y llega alguien que merece la pena, lo mismo estás solidificado por fuera y demasiado tierno por dentro.

Si no te proteges en absoluto… buena suerte.

 

Sobre el autor Andrea Tovar
De momento, veinticinco primaveras o un cuarto de siglo, según se mire. Me resulta complicado pitar cuando conduzco, así que vuelco esa ira sobrante aquí. Sin embargo, me gustan más cosas de las que me disgustan: me gusta gesticular cuando hablo, la gente que se sienta en el suelo y los helados de Stracciatella, por ejemplo. El pelo me cambia de color según los posts que escribo. Puedes leer mis relatos en la web de la revista literaria RSC (Relatos Sin Contrato). Para más info de lo que hago, sígueme en Instagram: @atovv

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