La Verdad

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La cultura del ‘like’
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Andrea Tovar | 12-11-2017 | 18:38

Individuos introduciendo en sociedad a nuevo individuo. Vía Facebook (fuente: Suffle Sketch)

Individuos introduciendo en sociedad a nuevo individuo. Vía Facebook (fuente: Suffle Sketch)

La búsqueda de la aceptación en sociedad no es una novedad del siglo XXI, ni de los millennials. Estoy convencida de que el sentimiento de pertenencia a una comunidad ha guiado gran parte de las conductas humanas durante toda la Historia. Desde la adhesión a un grupo religioso o político, pasando por la práctica de ciertas actividades -deportes, ramas artísticas- o profesiones, absolutamente todos los atributos de la persona sirven para clasificarle y, por tanto, habilitarle la entrada a uno u otro colectivo. En esa inmersión, el sujeto encuentra la seguridad de ser aprobado por los demás, que son de su misma clase, similares de alguna forma.

Esto no ha cambiado con la llegada de Internet. Lo que ha cambiado es que ahora ese grado de aprobación se mide. Se cuantifica. Se expone al resto.

Cualquiera puede comprobar el número de likes («me gusta») o de followers («seguidores») de un sujeto o empresa y sacar así conclusiones rápidas sobre su calidad, prestigio o relevancia en el mercado. Suena a objetualización, pero es así. En los departamentos de recursos humanos ya prestan atención a la presencia en redes a la hora de contratar. De esta forma, los usuarios de redes sociales tenemos dos facetas de cara a nuestro universo virtual: la de juez, valorando las publicaciones ajenas, y la de investigador, haciendo un sencillo rastreo sobre la gente nueva que conocemos.

Con un vistazo a las redes sociales de alguien puede extraerse mucha información. Aun el mero de no tenerlas, o de no actualizarlas, es bien elocuente respecto de esa persona o empresa. Este rastreo ha venido sustituyendo a la tradicional primera impresión que se establecía cara a cara. Las reglas han cambiado, y con ellas, la manera de encajar en sociedad en un impacto inicial.

Además, el público se ha multiplicado hasta el infinito. Ya no se queda en las barreras del pueblo o ciudad de turno, por grande o pequeño que estos sean, sino que abarca la práctica universalidad, y con ello me refiero, por supuesto, al mundo occidental digitalizado –no olvidemos que los ciudadanos de una inmensa parte del mundo siguen sin disponer de Internet, y este es el menor de sus males-. La plataforma que ofrecen las redes sociales es gigante, y por ello, a pesar de la función diferenciadora que ejerce el número de likesfollowers, en sí mismos, Internet es un instrumento que homogeneiza a las gentes. Es muy habitual que algunos outsiders (marginados) triunfen en redes, mientras que en su día a día siguen siendo eso, excluidos sociales. La gente que puede sentirse identificada con ellos aumenta, porque así lo hace el zoom. En estos casos, Internet no solo ofrece compañía y un juicio justo para los individuos originales, auténticos, sino que, en general, premia a aquellos con mejores aptitudes para convocar interés, sea por la causa que sea, y de generar empatía, de transmitir un mensaje potente que enganche a los demás. Surge un nuevo tipo de fenómeno-fan alejado de las celebridades convencionales, centrado sobre gente «normal», de a pie, como los youtubers.

Surgen también profesiones como esta que acabo de mencionar: youtubers, instagrammers, twitteros…, que adquieren su nombre de la red social en la que despliegan su presencia mayoritariamente. Y a través de esa relevancia, conseguida con muchos likes y muchos followers y muchas visitas, llegan a servir de medio para vender eventualmente un producto, y son contratados por las empresas de publicidad, que obviamente se han percatado del fenómeno y saben que tal o cual figura pública, creada desde y para el pueblo llano de usuarios de Internet, venderá más que un anuncio colocado en la televisión pública, por ejemplo. Además, ellos mismos se convierten en el producto, y se les abren puertas -colaboraciones, proyectos- a las que, siguiendo el sistema de formación y méritos, no accederían.

Por eso, alguien que se dedique en un principio a ser él mismo, a colgar su contenido y compartir sus publicaciones -como el común de los mortales del siglo XXI-, puede llegar a tener más privilegios que otros sujetos formados en determinados campos del saber. Un individuo con un teléfono u ordenador se convierte un poco en periodista, un poco en fotógrafo, un poco en director de cine, un poco en actor, un poco en modelo, un poco en orador motivacional, un poco en escritor o poeta, un poco en artista gráfico, pintor, ilustrador, viñetista, un poco en crítico de arte; independientemente de su formación académica. Esto no es bueno ni malo, es un hecho. Y, si se me permite, en ciertos casos es incluso productivo, porque democratiza las áreas de conocimiento y arte y las aleja de la antigua meritocracia que, en ocasiones, está más que contaminada de amiguismos y conveniencias sociales.

Reportero- youtuber inmortalizando la experiencia de ser zampado por un tiburón. Vía Facebook (fuente: Suffle Sketch)

Reportero- youtuber inmortalizando la experiencia de ser zampado por un tiburón. Vía Facebook (fuente: Suffle Sketch)

El sistema, con tendencia a reposar tranquilo y anquilosarse, ya no puede ceder a la modorra, porque Internet le obliga a actualizarse a golpe de like. Gracias a -o por culpa de- las redes sociales, todo tiene nota, todo. Sacamos un dos, un siete o un diez con cada cosa que compartimos en el mundo virtual. Uno lo sabe, sabe que los demás le están poniendo nota, y lo acepta porque él también evalúa a los demás y se guía por estos juicios a la hora de formarse una opinión sobre algo o alguien. Es una especie de pacto tácito. Pensemos un momento en las películas. Lo primero que hacemos los millennials es buscar el título en Filmaffinity, si tiene menos de un 6 no solemos verla. ¿Es injusto que procedamos de esta forma? ¿O es un criterio equitativo del que nos fiamos porque esta nota no es la crítica concreta de un individuo que ni conocemos, sino que refleja el sentir de un número incontable de usuarios que han visto la película y la han puntuado?

Es verdad que, en términos subjetivos, el sistema siempre falla. Es lógico. Siempre estaremos en desacuerdo con el podio global, nos parecerá que tal o cual persona no es para tanto, o que es directamente penosa, y lo mismo al revés, creeremos que hay gente magnífica oculta en las tinieblas. Sin embargo, sucede que en democracia todas las opiniones valen lo mismo, y no se excluye a nadie del uso de las redes. Están volcadas en ellas una cantidad de personas muy diversas, con diferentes gustos y diferentes aspiraciones, y por tanto, modos y criterios a la hora de puntuar. A mí, personalmente, suelen darme escalofríos los libros más leídos en Amazon. ¿Pero acaso estoy más de acuerdo con los más vendidos en las librerías? Digo. Sin embargo, encuentro en redes un espacio donde acceder a lecturas afines, un espacio, una subcultura, que no es compartida por las personas físicas que me rodean diariamente. Y así sucede, en definitiva, con todo.

Aquellos que critican la cultura del like se olvidan de que en su propio proceder habitual, la inmensa mayoría de actos o conductas que despliegan se dirigen a conseguir la aprobación o el amor de los demás. Aquellos que son esclavos del like son también esclavos del resto en su vida cotidiana. El like es un medio para un fin, no el fin en sí mismo. 

 

 

 

 

 

 

Sobre el autor Andrea Tovar
De momento, veinticinco primaveras o un cuarto de siglo, según se mire. Me resulta complicado pitar cuando conduzco, así que vuelco esa ira sobrante aquí. Sin embargo, me gustan más cosas de las que me disgustan: me gusta gesticular cuando hablo, la gente que se sienta en el suelo y los helados de Stracciatella, por ejemplo. El pelo me cambia de color según los posts que escribo. Puedes leer mis relatos en la web de la revista literaria RSC (Relatos Sin Contrato). Para más info de lo que hago, sígueme en Instagram: @atovv

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