La Verdad
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El curioso caso de los abstinentes sexuales
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Andrea Tovar | 18-12-2017 | 08:45

'Friends', Netflix, Cap. 804- 'El de la cinta de vídeo'

‘Friends’, Netflix, Cap. 804- ‘El de la cinta de vídeo’

 

He observado un fenómeno en las calles.

No sé si podría llamarse así, aunque en una búsqueda en Google he descubierto que hay libros que recomiendan estas prácticas para conseguir todas tus metas: preservar energía, concentrarse en lo importante. Se conoce que suele recomendarse a deportistas y es imperativa en la vida contemplativa de los religiosos.

Para la aproximación a la abstinencia sexual voluntaria contamos con dos testimonios.

El primero es de mi amiga Ambrosia, nombre en clave de su elección. Dice que le encanta ese nombre. Pues bien, Ambrosia tiene que soportar nuestras burlas continuas porque hace dos años que no moja por decisión propia. Hasta ahora nadie había prestado atención al matiz último. «Por decisión propia». La gente, al oír algo así, suele pensar que eso es una trola mayúscula.

El otro día Ambrosia me contó que se había reunido para tomar café con otras dos chicas que llevaban igual o más tiempo que ella sin mantener relaciones.

Poco después, en otra charla con un amigo, esta vez varón -al que llamaremos Agapito para seguir con los nombres de anciano-, se repitieron argumentos. Él había pasado medio año en el dique seco.

—Estoy cansado de perder el tiempo con tías que no van a ninguna parte— confesó—. Prefiero concentrarme en mí.

«Aquí hay tomate», pensé.

Y efectivamente, lo había.

Ambrosia mantuvo un perfil activo en Tinder durante una temporada. Según cuenta, se divirtió mucho. Sin embargo, y paradójicamente, empezó a sentir que su autoestima se estaba dañando. Porque aunque en un plano físico, las redes sociales y las apps de citas elevan exponencialmente el buen concepto de uno mismo, en una faceta más profunda eso no ocurre.

—Te planteas, en el fondo, por qué ninguno habrá durado más. Después de repasar un catálogo tan amplio, ¿no hay nadie que se interese por mí?

Esta voluntad de «retener» es algo que se achaca generalmente a las mujeres, comentamos. Es el principal motivo por el que los hombres huyen rápido, o nos llaman «locas». Hay una descompensación inicial en las relaciones: mientras que el propósito y culmen de la cita para un hombre suele ser el sexo, la mujer tarda más en abrirse y confiar. Para cuando lo hace, el chico ya tiene ganas de pirarse.

Podría pensarse, por tanto, que esa sensación de «elígeme para tu equipo» digna de las clases de Educación Física de Primaria, es típica en mujeres. Muy al contrario, Agapito habla de ese vacío también. Conocer a hordas de mujeres que no encajen, dice, es algo frustrante. Aunque parece que él utiliza la voz activa para referirse a ello: «ninguna encaja conmigo», mientras que ella usa la voz pasiva: «no salgo elegida».

En otra cosa coinciden los dos: el tiempo que eso resta. Aunque Ambrosia sigue métodos digitales y Agapito es más del cara a cara, ambos señalan que el proceso de cortejo continuo es agotador.

—Es mejor saltárselo. Aunque con las tías eso es más difícil.

Por su parte, en cambio, Ambrosia lo niega:

—Cuando me cansé de las cenas previas, empecé a tirarles las llaves por la ventana para que subieran al piso directamente.

Se siga el método de ligoteo –qué baby-boomer ha quedado eso- que se siga, hay que considerar que siempre va a haber conversación previa por Whatsapp. «Y eso es cansadísimo», concluyen ambos.

 

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Me recuerda a la figura del tonel agujereado que se menciona en el Gorgias de Platón, que representa los deseos inagotables de los individuos: una continua búsqueda de la saciedad, cíclica, repetitiva, sin fin. Además, la presión social inclina hacia esa dirección, la del hedonismo colectivo: ¿por qué, si no, haríamos burla de Ambrosia, con su revalorización del pussy? Esta cultura Inditex, de usar y tirar, de cómpralo barato y devuélvelo si tiene taras, de cómpralo con taras a mitad de precio, también induce a un frenesí de experiencias múltiples y sin gran contenido.

—Lo peor, creo, es que al principio te crees que le importas a alguien. Cuando, claramente, no es así— dice Ambrosia.

Ella echa de menos ese tipo de contacto humano. Nos preguntamos si a veces no se produce una búsqueda de afecto envuelta en una petición de sexo, porque parece que la necesidad de este último ha llegado a ser menos difícil de confesar. Aun así, asegura estar recuperando el amor propio en estos años en que se ha mantenido alejada del mercadeo.

—Si te gusta alguien intentas gustarle tú también. Y para eso tienes que ir modificando cositas que te definen. Al final, si haces eso durante mucho tiempo, dejas de gustarte a ti misma.

Le pregunto si cree que encontrará alguna diferencia sustancial en su modus operandi cuando ponga fin al período de abstinencia.

—No creo— dice—, tengo la sensación de que aún no están asentados los cambios. Me pregunto si no es inevitable actuar siempre de la misma manera. Intentar complacer al otro, y llegado el punto, retenerlo.

Lo que sí señala es que no volverá a usar Tinder, porque la app se ha pervertido muchísimo, según cuenta. «Una vez incluso me ofrecieron dinero por ir a casa de un tío», suelta, asqueada.

¿Y Agapito?

¿Qué tal va Agapito con su abstinencia?

Le llamo por teléfono y parece muy relajado, mucho más que estas últimas semanas.

—Eso de no hacerlo es una tontería— me cuenta—. Al final, si pasas de las tías ni te concentras en ti ni nada, porque estás salido como un mono.

Dos caras de la misma moneda.

 

Sobre el autor Andrea Tovar
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