La Verdad
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Hemos venido a jugar
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Andrea Tovar | 29-01-2018 | 09:18

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Decía uno de mis todólogos preferidos, Ken Wilber, que esa nostalgia por ser niños es absurda: los niños son egocéntricos. Si se tapan los ojos, están convencidos de que nadie les ve. Conforme crecemos ampliamos la conciencia del mundo, del otro.

Aunque siempre comulgo con lo que expone, esta vez me enroco. No.

En marzo de 2012 me encontraba en los Giardini Margherita de Bolonia con un gran amigo. Le observaba hacer el pino y escribí esto.

«Quien no entiende de mecanismos gana el inventarse el siguiente paso. Y se convierte en capitán del barco con bandera blanca, piloto de inocencia. Usa los sentidos y los exprime en cada oportunidad.

Recuerda la alegría que brota inesperada como el berreo de un bebé. La que crece desde dentro, se multiplica y retumba, creando una onda expansiva que derrumba edificios, semáforos, señales».

Su mujer y yo –ahora está casado, el eterno niño- siempre decimos que un día le cascarán un buen mamporro, porque este amigo se comporta como si todo estuviera a su disposición: la naturaleza, las personas, los planes. Si quiere hacer una pregunta, la hace. No se plantea cómo será recibida. A veces le alertamos de que está metiendo la pata, y si le convencemos de ello, no duda en volver a levantarse para disculparse con el sujeto de turno. Más de una vez hemos temido que le reventaran el tabique nasal, pero hasta hoy no ha ocurrido.

Y una cosa digo: cuando se la lleve, se la habrá llevao. Pero el mundo es de mi amigo y de quienes no dejan de ser niños.

Lo he entendido de verdad esta semana. Al ordenar las estanterías repletas de VHS, decidí llevar unos cuantos a la tienda de fotografía para pasarlos a DVD.

De pronto, ahí están, en la pantalla del ordenador: familia, amigos, todos con más chicha en la cara, la voz una nota más aguda, el pelo encrespado y abundante, hombreras y pantalones sobaqueros -como ahora, todo vuelve-. Y yo misma, un pigmeo rubio y pizpireto que canta, baila, conversa sin pudor.

De eso va la vida.

De jugar.

De filmar imágenes de tus seres queridos en tonos azulados y amarillentos. De hacer funciones en el patio de una casa de veraneo. De arrancarse a bailar en pleno salón. De tener bebés. De dormir la siesta con ellos babeándote la barriga. De discutir a voz en grito y luego llorar y volver a sellar la paz con un beso. De golpearte contra todas las paredes con el taca-taca. De hacer una exhibición de judo o de mimo y cobrarla a cien pelas, junto con un vaso de limonada, y volver a invertir el dinero en helados. De hacer el pino hasta que te salga bien, en un parque en Italia, mientras un grupo de africanos toca el ukelele a tu lado.

De querer. Tanto. A esas caras. De quererlas ya, ahora, mientras las grabas con el ojo, sin esperar veinticinco años para revisar las cintas.

De amar los paisajes y fundirte con ellos.

De aprovechar las oportunidades como vengan.

De no pensar tanto. Y de pensar lo suficiente.

Decía Pablo d’Ors el otro día, en una conferencia en Cajamurcia, que la mayor virtud es la humildad: tener ganas de aprender. Ganas de recibir. Tantos regalos hay en el día a día que las arcas se llenan y no puedes hacer más que dar, en un círculo vicioso de los buenos. Nace un entusiasmo muy bonito (enthousiasmós, en griego, que significa «posesión divina») que tiene que ver con esa conexión a la fuente, al centro de uno mismo, y con la capacidad de ponerse en juego continuamente en el presente.andre-iloveimg-resized

Vivir el presente en presente. Convertir lo que toque en lo mejor que podría ser, aunar el conjunto de factores y vivirlo de la mejor manera, aunque sean situaciones tristes.

Nos da miedo estar tristes o enfadados, pero los niños sollozan y se rebotan con pasmosa facilidad. Me encanta mirar cómo se les congestiona la cara antes de explotar en emoción. Pasado un rato, vuelven al reposo.

Ojalá pudiéramos vivir así, dejando que las cosas tuvieran su impacto y consecuencia y que volvieran a discurrir, como el agua clara de un río que se renueva. De ese modo, nada se atascaría. Estamos tan acostumbrados a aguantar, a tragar, que nos caga vivos abrir el grifo: a saber la de porquería que habrá ahí dentro. Sigo en el escrito de marzo de 2012:

«Complicamos lo sencillo, llenando el cerebro de ecuaciones irresolubles, el hígado de alcohol y los pulmones de hierba, ansiando una medicina que antaño habría sido una mona y un Kinder. Nos volvemos, piano piano, miopes, y compramos gafas de pasta. Nos quedamos sordos con el volumen del iPod y nos perdemos el ruido de un ukelele improvisado, de un susurro o un canturreo de ducha mañanera».

Siempre he sabido que todos los males que me he causado han sobrevenido por una de dos: o bien porque he perdido de vista esta imagen de mi yo infante, y me he olvidado del cariño que se le debe a todo niño, a todo ser humano, y más a uno mismo; o porque he llevado la aventura y la curiosidad un punto demasiado lejos. Estas últimas me las absuelvo, prudencia para el futuro y bienvenidas sean. Las primeras no.

Yo, que tan obsesionada estoy con eso de hacerse mayor, de pasar la barrera de los treinta, me encuentro volviendo a las raíces y maravillándome con la manera de comerme un helado o de saludar a la cámara con cuatro años.

Y se me antoja la manera idílica de ser.

Prometo que viviré honrando esa mirada de niña.

Sobre el autor Andrea Tovar
Ya he cumplido 26: voy de capa caída. Al menos tengo una web: andreatovar.org | El org del final me hace sentir como una entidad benéfica. Dame likes y shares y visitas. Make me rich.

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